Estados Unidos: un país en crisis III

Nada en la historia, aprendí hace años, sucede por una sola causa. El momento actual, que percibo como un punto de giro en los Estados Unidos, tiene su origen en un cúmulo de factores, que intentaré solamente mencionar brevemente, porque daría para varios libros.

Consumismo. Después de la depresión de 1929 y las dos guerras mundiales, a finales de los años 40, los estadounidenses estaban deseosos de vivir mejor. Las corporaciones comenzaron a ofrecerles nuevos productos. Algunos tuvieron consecuencias inesperadas. Al hacerse accesible el petróleo hallado en la zona del Medio Oriente en los años 30, uno de sus derivados fue el plástico. Se utilizó en Estados Unidos para fabricar a precios moderados desde vajillas, vasos, bolsas, cepillos de dientes, hasta partes para la gran industria automovilística. La pesadilla ha sido que, como se prometía, el plástico es indestructible y hoy en día forma toneladas de basura que perjudican nuestra tierra y nuestros mares. (Aconsejo ver en Netflix el documental History 101)

La casa del futuro de Disney en 1957 era hecha toda de plástico

Tres factores más contribuyeron a aumentar el consumismo: el avance de la televisión, las tarjetas de crédito, las relaciones con China.

A partir de los años 50, la televisión fue la manera más efectiva de publicidad. Un anuncio podía prometer que si conducías el carro tal, todos te verían con respeto; y otro, que si usabas la colonia más cual, serias tan sexy que las mujeres te perseguirían. Para las féminas había productos de belleza que las mantendrían jóvenes y hermosas. Y todos, naturalmente, somos vulnerables a caer en esas trampas. Compramos. Se facilitó cuando no hubo que esperar a cobrar el sueldo. Hace años que basta una tarjetica plástica para obtener lo ansiado, aunque haya que pagar un alto interés si no liquidamos el balance de inmediato. Una vez que se empezó a comerciar con China, los productos se hicieron más baratos y al alcance de una porción mayor de la población. La sociedad se fue, no solo en Estados Unidos sino en el mundo, igualando, al menos en algunos aspectos superficiales. Ya se pasee por las Ramblas en Barcelona o se asista a un juego de fútbol en cualquier estadio de este país, las personas visten con los mismos jeans, los mismos zapatos de tenis, las mismas camisetas, aunque esta igualdad, sea engañosa. Algunos productos son imitaciones. Muchos viven más allá de sus medios aún para lucir las falsificaciones de marcas famosas.

El papel de la mujer. Durante la Segunda Guerra Mundial la mujer tuvo que ocupar el papel del hombre en muchas plazas de trabajo. Terminada la contienda bélica, fue imposible volver al pasado y el porcentaje femenino en el mercado laboral continuó aumentando. También los niveles de educación y las entradas económicas de las mujeres. Como feminista, lo aplaudo. Los logros, sin embargo, no han sido tan abarcadores como quisiéramos y al mismo tiempo ha habido consecuencias negativas en el proceso. Aún las mujeres ganan menos que sus contrapartes masculinas; un “techo de cristal” no les permite, con contadas excepciones, llegar a las posiciones más altas; no están representadas equitativamente en la política ni en las grandes corporaciones; se espera más de ellas, por lo cual han de ser muy competitivas; con excepciones, las mentalidades de los hombres no han cambiado tanto, y ha habido hostigamiento sexual en muchos centros de trabajo (como ha salido a la superficie con el movimiento “Me too”); y. las labores domésticas, la crianza de los hijos, el cuidado de los ancianos, al menos hasta generaciones recientes, ha seguido recayendo sobre las mujeres.

Las dos consecuencias negativas que observo son: especialmente en la segunda mitad del siglo XX, en parte por la influencia de Dr. Bejamin Spock, al sentirse culpables por no pasar más tiempo con los hijos, algunas madres no ejercían la disciplina debida con los hijos, lo cual resultó en una generación que se creyó con derecho a todo. Otro resultado del empoderamiento de la mujer ha sido el sentimiento de inferioridad que ha producido en parte de la población masculina, y que vemos en las últimas décadas traducido, entre otras cosas, en un cambio de actitudes que ha hecho crecer los divorcios, la violencia doméstica e incluso la tenencia de armas. Que quede claro: aplaudo la incorporación de la mujer al mercado laboral, y sé muy bien que se puede ser una mujer profesional, y atender debidamente a la familia. Más bien el mayor problema ha sido que algunos hombres no han logrado adaptarse a este gran cambio de la sociedad, no sólo en EEUU sino globalmente. Lamento, igualmente, que en Estados Unidos no hayan logrado alcanzar la presidencia ni la vicepresidencia aún.

Escala de valores. El consumismo, el cambio en las estructuras de familia, la aceleración del ritmo de la vida, ha llevado a una transformación en la escala de valores. De un país regido por la ética de trabajo protestante, los Estados Unidos se han convertido en una sociedad hedonista, donde se valora el placer mucho más que el deber cumplido. Poseer el teléfono más avanzado es más importante que una cuenta de ahorros. La religión está en baja, y aparte de lo importante que para cada individuo sea la fe, desde un punto de vista social, las iglesias en su mayoría cumplen una función de cohesión comunitaria y de compás moral.

La revolución tecnológica. El mayor cambio en las últimas décadas ha sido la revolución tecnológica. Sus consecuencias son múltiples. Señalemos unas pocas. Algunos trabajos se han hecho obsoletos. Esto ha perjudicado especialmente a personas mayores, minorías, obreros. Aunque se ha ido superando, en un momento creyó más desigualdades, de acuerdo a si se tenía acceso o no a la red. Ha cambiado totalmente la forma de enseñar. Para bien o para mal, todos los datos están al alcance del clic del ratón. Google sabe más que cualquier erudito. Y Alexa ni se diga. Ya no hay que memorizar. Se requiere analizar, inducir, deducir, procesar la información. De igual forma, con ventajas y desventajas, el mundo ya no es ancho y ajeno. Todo se nos ha acercado. Sin embargo, como sucede siempre en las revoluciones, el péndulo se ha impulsado demasiado hacia un lado y en la era de la comunicación, los seres humanos están cada vez más aislados. Una familia puede estar sentada a la mesa para cenar y cada uno mira su móvil. Los amantes tienen sexo por texto. Aún antes de la pandemia, el contacto humano era un regalo en peligro de extinción.

En la era de las comunicaciones el ser humano esta cada vez más aislado

La red social y las crecientes desigualdades Llegamos a uno de los temas más importantes. La gran falacia o, al menos, el principio más engañoso de la democracia es que todos somos iguales. Es una aspiración que seamos igual ante la ley y tengamos igualdad de oportunidades, pero no siempre sucede. El afroamericano que nació el mismo día que cualquiera de mis nietos no tiene las mismas oportunidades que ellos, no sólo por cuestión de raza, sino por el nivel de educación de generaciones que los precedieron en ambos casos, incluso cuando mis nietos sean de origen hispanos y sus abuelos por vía materna exiliados. Para nivelar esas desigualdades, que afligen asimismo a personas discapacitadas, desempleados, viudas, madres o padres solteros, y muchos otros, después del crac de 1929, Franklin Delano Roosevelt, electo cuatro veces a la Presidencia, fue construyendo una red social para garantizar un mínimo de ayuda social y económica a los necesitados. El resultado más evidente del “New Deal” es el programa de Seguridad Social, que para varias generaciones garantizó una vejez tranquila. Se crearon asimismo una multitud de agencias y regulaciones a la economía con el fin de lograr una repartición más equitativa de las riquezas. Esa red social se vio ampliada en los años 60 durante las administraciones de John F. Kennedy y Lyndon B. Johnson. El “Medicare” para los que hemos alcanzado los 65 años fue el logro mayor.

Los programas del “New Deal” crearon una red de protección socioeconómica

Es posible que se excedieran y que hubiera sido beneficioso recortar algunos programas de ayuda social. Lo que ha sucedido, sin embargo, es que se ha desmontado esa red de ayuda, especialmente a partir de la presidencia de Ronald Reagan. La teoría del “trickle down economy” no funciona para los de abajo. Aunque al ver cómo se visten, la sociedad pueda parecer homogénea, se trata de una ilusión óptica. La desigualdad social y económica se ha disparado. Nadie podrá convencerme que es a causa de falta de esfuerzo de los desamparados. El círculo de la pobreza es casi imposible de escapar. Las consecuencias son múltiples. Aquellos sin fácil acceso a cuidados médicos tienen, naturalmente, más enfermedades crónicas. No es sola la pobreza de los pobres lo que preocupa, sino el creciente poder de las grandes corporaciones y su influencia en la política. Dos ejemplos evidentes son cómo se han eliminado regulaciones para proteger el medio ambiente y el poder del National Rifle Association para evitar reformas sobre el control de armas, pese a los múltiples asesinatos en masa en los últimos años. (Por cierto, perpetrados por blancos.)

La disparidad social económica en Estados Unidos es alarmante


Hasta hace unos meses la economía en Estados Unidos estaba en uno de sus mejores momentos. Sin embargo, la pandemia nos ha hecho ver su gran fragilidad. Me da la impresión que se la he hecho un MRI al país y han quedado al descubierto sus puntos débiles, sus heridas, sus cicatrices, sus enfermedades.

Además del racismo, todos los factores mencionados, y algunos que inadvertidamente se me deben haber quedado en el tintero, moldean la sociedad americana y nos han ido llevando a la crisis actual.

(Continuará)

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Estados Unidos: un país en crisis II

Más sobre el racismo

Al releer la primera parte de estas reflexiones, escritas con la urgencia que nos hacen sentir los acontecimientos recientes, me doy cuenta de que existen varios imperdonables vacíos en mi recuento del racismo en Estados Unidos. Vale la pena explicarlos antes de pasar a otros temas.

La primera aclaración imprescindible es que mi texto podría dar la impresión que el principal problema de los afroamericanos en Estados Unidos ha sido la falta de igualdad de oportunidades. Fue y es aún muchísimo más grave. Han sido víctimas de una violencia cruel, tanto de parte de organizaciones de extrema derecha que defienden la supremacía de la raza blanca, como por las propias instituciones del país. De las primeras, la más conocida es el Ku Klux Klan (KKK) que no sólo defiende la superioridad de los blancos con relación a las personas de color sino que promueve el antisemitismo, la homofobia, el anti catolicismo, el anticomunismo y la xenofobia. Es decir, también discriminan a hispanos, judíos, tribus indias, gais y todos los que no sean White Anglo Saxon Protestant (WASP.) Se pueden señalar sus tres momentos de mayor activismo: entre 1865 y 1871, como reacción a los esfuerzos de reconstrucción tras la Guerra Civil; entre 1915 hasta la depresión de 1929, cuando llegó a tener de 4 a 5 millones de miembros registrados; y en las décadas del 1950 y 1960, en respuesta al movimiento a favor de los Derechos Civiles. El KKK, constituido en su mayoría por hombres blancos ocultos tras capuchas, fue responsable de crímenes tales como linchamientos, ahorcados que dejaban colgados de los árboles, o postes, la quema de cruces en los jardines de familias negras, así como de sus iglesias. Pocos olvidamos la bomba colocada durante el servicio del domingo 15 de septiembre de 1963 en la Southern Street Baptist Church en Birmingham, Alabama, donde doce personas fueron heridas y murieron 4 niñas. Lo triste es que en los 90, treinta iglesias de los afroamericanos fueron quemadas. En esta última década, la cifra asciende por lo menos a diez.

Linchamiento del judío Leo Frank en 1915 acusado falsamente de asesinar a una jovencita

La persecución institucional ha sido más sofisticada pero tanto o más cruel. La esclavitud significaba para el Sur de los Estados Unidos la base de su economía agrícola. Los negros eran mano de obra gratuita. Al terminar la Guerra Civil miles de negros fueron liberados. Algunos viajaron al norte o se instalaron en ciudades del sur donde trataron de comenzar una nueva vida. No les fue fácil. Muchos otros quedaron en las zonas rurales en una situación de desamparo. La Enmienda Trece que garantizaba la libertad de todos, contenía una cláusula que establecía una excepción. La persona que cometía un crimen perdía su libertad. Esa fue la base para arrestar a muchos negros por cualquier infracción, incluso por vagancia, y condenarlos a trabajos forzados. Los presos negros fueron la nueva mano de obra gratis.

En 1915, entre los primeros filmes que produjo Hollywood, se estrenó The Birth of a Nation, de tres horas de duración, mezcla de historia, ficción y propaganda. Mostraba a Lincoln como hombre bueno pero iluso, glorificaba el KKK, y pintaba al negro como a un criminal, violador de mujeres blancas. (Históricamente, ha sido lo contrario. Muchos más hombres blancos han violado a mujeres negras.) La película fue un gran éxito y la imagen del hombre negro como un delincuente peligroso quedó grabada para siempre en el imaginario nacional. Vale la pena detenerse aquí un momento y pensar si nosotros mismos no hemos aceptado con frecuencia ese estereotipo, si no hemos apretado más la cartera si un negro se ha subido a un elevador en el que estamos, si no hemos apurado el paso al verlo en un parqueo, si no hemos asegurados los pestillos del carro al observarlo en la calle.

El filme “Birth of a nation” grabó en el imaginario nacional al hombre negro como un peligroso criminal, violador de mujeres blancas

Como narré anteriormente, muchos blancos se sumaron al movimiento de los derechos civiles en los años 60 y hubo un esfuerzo colectivo, sobre todo entre los jóvenes, de alcanzar una mayor armonía entre las razas. Pero no todos pensaban igual. Martin Luther King, Jr. no era para entonces para la mayoría el héroe cuyo cumpleaños es actualmente un día de fiesta nacional y que cuenta con un monumento en la capital del país. Fue acusado de violar las leyes y, al igual que sus seguidores, fue arrestado múltiples veces. Otros en esa época asumieron posiciones más radicales. Uno de ellos fue Malcolm Little, conocido como Malcom X, que se convirtió al Islam y durante algunos años criticó el espíritu pacífico del movimiento de los derechos civiles. Bajo vigilancia continua por el FBI por supuestos nexos con el comunismo, fue asesinado en 1965. Nunca ha quedado claro quiénes fueron los culpables. Varios activistas, como Bobby Seale y Huey Newton, fundadores de las Panteras Negras, y Angela Davis, tenían claras filiaciones marxistas.

Los logros de los afroamericanos tras el movimiento de derechos civiles; los reclamos de otros sectores porque aún no se había erradicado la pobreza, la falta de viviendas y cuidados médicos adecuados; y el activismo militante de un sector, fue caldo de cultivo para que Richard Nixon se presentara en su campaña presidencial contra Hubert Humphry como el candidato de “law and order”.

Desde la Presidencia, Nixon, y tras él Ronald Reagan y Bill Clinton, han contribuido a la encarcelación masiva de la población negra, especialmente la masculina. Basten unas pocas cifras. Aunque la población de Estados Unidos representa solo el 5% de la población mundial, casi un 25% de la población penal mundial está presa en este país. Es decir, de cada cuatro personas en presidio en el mundo, una está en una cárcel en Estados Unidos. Veámoslo de otro modo. Desde 1970, la población penal ha aumentado un 700% y alcanza actualmente 2.3 millones de personas. Hoy en día, de cada 3 niños afroamericanos que nacen, uno irá a la cárcel. La proporción es uno en 6 para los hispanos y uno en 17 para los blancos. Para colmos, también están aumentando las condenas excesivamente largas a mujeres negras. En caso de abuso a menores, con frecuencia el que hombre que ha cometido el abuso recibe una condena menor que la mujer acusada por no haber protegido a sus hijos.

Veamos a vuelo de pájaro las causas y consecuencias. Podría argumentarse que los afroamericanos e hispanos cometen más crímenes. No es siempre cierto. Muchas veces se les inculpa de crímenes que no han cometido, como el famoso caso de los cinco jóvenes negros condenados en 1989 por la violación y el ataque a una mujer que hacía jogging en Central Park en Nueva York, puestos en libertad en 2002 cuando pruebas de ADN confirmaron la culpabilidad de otra persona. Es un caso famoso pero no poco común. En los últimos años, gracias a los adelantos del ADN, un gran número de condenas han sido anuladas porque se ha probado la inocencia de los presos. En ocasiones, no se trata de asesinatos o violaciones sino de crímenes menores. La persona se sabe inocente, pero le ofrecen que sólo estará uno o dos años preso si se confiesa culpable, y lo amenazan que si va a juicio puede recibir una condena mínima de 15 años. Como no confía en el sistema de justicia ni tiene dinero para un buen abogado, a menudo se declara culpable de crímenes que no ha cometido.

Otra prueba de cómo el sistema perjudica a los afroamericanos puede comprobarse si analizamos los años en que se llevó a cabo la “noble” guerra contra las drogas. Las sentencias por posesión de mariguana o cocaína dadas a los blancos eran infinitamente menores que las que recibieron afroamericanos e hispanos.

Reconozco con tristeza que tanto demócratas como republicanos son responsables por la encarcelación en masa que ha tenido lugar en las últimas décadas. Una de les leyes que contribuyó grandemente a este despropósito fue el llamado “Crime Bill” de 1994 impulsado por Clinton y que condenaba a cadena perpetua a los que infringieran la ley tres veces. El propio Clinton ha reconocido sus consecuencias negativas.

¿Qué sucede cuando en una democracia la justicia no es ciega, no se aplica igual a todos, y lleva a las cárceles a millones de personas de los sectores más pobres?

Por una parte, fortalece el concepto en el imaginario nacional que los “Black and Brown” son criminales, Por otra, separa a familias, hace que más niños crezcan sin padres y dificulta el progreso de los grupos étnicos afectados. Al salir de la cárcel, no hay ayuda para reincorporarse a la sociedad. Por el contrario, tener un récord policiaco, aunque haya sido por robar un litro de leche, obstaculiza encontrar trabajo o alquilar una vivienda. El ciudadano, además, no puede votar. Ya no es de segunda clase, sino de tercera.

Las cárceles, además, se han vuelto un negocio lucrativo. Ya el estado no las construyen sino compañías privadas. Las contratas que se otorgan para alimentar, vestir, ofrecer un mínimo de cuidados médicos a los presos son igualmente fuentes de ganancia para corporaciones. Varias grandes firmas se han beneficiado del bajo costo del trabajo de los presos. Hasta hace poco, Wal-Mart y Penny´s por ejemplo, utilizaban la mano de obra de presos para la fabricación de muchos de sus productos.

Una vez más en la actualidad los presos se han convertido en mano de obra barata

No quiero decir que no haya habido progreso en los últimas décadas ni tampoco –y deseo que quede bien claro—que no haya crímenes cometidos por afroamericanos e hispanos, pero no es menos cierto que el sistema de justicia ha sido diseñado para perjudicarlos. Si tienen dudas, antes de opinar, les recomiendo que vean en Netiflix el documental Thirteen (es una referencia a la Enmienda Trece) que explica claramente lo expuesto con anterioridad.

Este magnífico documental de Netflix amplía muchos de los temas de este artículo

En estos días en defensa de la policía he oído a muchos argüir que los abusos son productos de unas pocas “manzanas podridas”. No me parece un argumento válido, y que conste que tengo en la familia a dos policías, que creo incapaces de comenter ningún abuso. ¿Aceptaríamos la misma situación si se tratara de médicos a cargo de nuestra salud o de pilotos que tienen en su mano la vida de los pasajeros?

No hay excusas para el uso excesivo de la fuerza por parte de la policía. La cantidad de hombres negros que no estaban armados y han sido muertos por los policías en los últimos años es alarmante. Personalmente he escrito de varios casos en este blog. De nuevo, no se trata solo de culpas individuales. Los departamentos de policía tienen uniones poderosas que han logrado que los que han sido llevados a corte no sean condenados. También, hemos visto como el exceso de equipo militar construido ha ido a parar a la policía. La militarización de las fuerzas del orden es un hecho temible. Asusta.

El problema no es sólo la encarcelación masiva. Otro ejemplo: todavía existen lugares – Minnesota, donde ha sucedido la reciente tragedia, es uno de ellos—donde los títulos de las propiedades residenciales estipulan que no pueden venderse a personas de color. Eso lo supe en Washington acabada de llegar de Cuba a través de una amiga de la familia en el negocio de bienes raíces, pero me parece inconcebible que exista aún. Es un ejemplo más de cómo el racismo está institucionalizado.

¿Cómo hemos llegado a los disturbios, el momento actual? El racismo, repito, es el pecado original de los Estados Unidos. No ha sido solo contra las negros. En mi infancia habanera en los años 50, mientras los libro de textos escolares condenaban como España había eliminado a los indios en Cuba, defendidos noblemente por el Padre Las Casas, en el cine aplaudíamos como los “cowboys” mataban a los indios en Estados Unidos y ocupaban sus territorios. Confieso que demoré años en darme cuenta de esta contradicción. También, aunque algunos prefieran olvidarlo, lo han sufrido distintos grupos migratorios, incluyendo a los cubanos.

Todos los grupos migratorios han sufrido rechazo y discriminación, Los cubanos también.

Nada en la historia sucede por una sola causa. Además del racismo, hay otros factores que nos han llevado a la crisis actual.
(Continuará)

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Estados Unidos: un país en crisis I

El próximo mes hará 61 años que vivo en Estados Unidos. He visto mucho, algunos acontecimientos desde la capital norteamericana donde viví largo tiempo. La crisis de los misiles, los asesinatos del Presidente Kennedy, su hermano Robert y Martin Luther King; el Movimiento de los Derechos Civiles; el primer hombre en llegar a la luna; la Guerra de Vietnam; la Guerra Fría; Watergate; la Guerra del Golfo, varias depresiones económicas; la caída del muro de Berlín; el desarrollo de la tecnología; los ataques de Septiembre 11; las guerras en Afganistán e Irak; y las elecciones de 11 presidentes, incluyendo los comicios del 2000, cuando por varias semanas no se sabía si el ganador era George W. Bush o Al Gore, para mencionar solo unos pocos. Sin embargo, pese a momentos muy difíciles, nunca recuerdo una crisis como la actual. Ahora pienso que debíamos haber sabido que era inevitable. Se han conjugado una serie de factores para crear the perfect storm. Para comprender el presente es útil recordar, analizar el origen de los problemas.

El racismo

El racismo es el pecado original de Estados Unidos. Los venerables Padre de la Patria tenían esclavos. En esa bella declaración de que todos los hombres son creados iguales, no se incluía ni a los negros ni a las mujeres. Hizo falta una Guerra Civil (1861-1865) y más de 600,000 muertos para que la “Acta de Emancipación” que el Presidente Abraham Lincoln firmara en 1863 se convirtiera dos años después en el Artículo 13 de la Constitución que abolió la esclavitud en Estados Unidos.

Fue necesaria una Guerra Civil y más de 600,000 muertos para abolir la esclavitud en 1865

La ilusión de un país que ofreciera igualdad de oportunidades a sus ciudadanos duró poco. El asesinato de Lincoln en 1865 y las llamadas leyes de Jim Crow (el nombre surge de un personaje ficticio, caricatura de un negro torpe y tonto) creadas a finales del siglo 19 y principios del 20 pusieron fin a los pocos avances que los afroamericanos habían logrado en el Sur durante el período de la Reconstrucción.

A partir de 1948 esta historia se convierte para mí en algo muy personal, porque la observé de cerca. En un viaje con mi familia en automóvil de Miami (a donde viajamos en ferry desde La Habana) a las montañas de New Hampshire ese año, no podía entender, desde mis corta edad, por qué a nuestra Tata no la permitían comer en los restoranes y la teníamos que entrar a escondidas en los moteles. (Naturalmente, era de color, y tampoco en Cuba tenía igualdad de oportunidades, pero no era sometida a un trato tan cruel.) La situación no había mejorado mucho en el Sur cuando los cubanos llegaron a Miami en 1959. Los negros tenían asientos separados en los ómnibus, bebederos apartes, escuelas distintas. Hubo letreros que decían “No se admiten negros, cubanos o perros”. No debemos olvidarlo.

No lo sabíamos los cubanos, tan ensimismados en nuestro propio drama, pero el Movimiento de los Derechos Civiles ya había comenzado. El 1 de diciembre de 1955, Rosa Parks, que regresaba a su casa de su trabajo como costurera, se negó a levantarse de su asiento en la zona para personas de color para cedérselo a un hombre blanco. La llevaron presa. Llamó a su pastor, Martin Luther King, Jr. que se había mudado recientemente a Montgomery. El resto es historia. Muchos dicen que Parks no se levantó porque le dolían los pies. Pero aquel acto de desafío no fue producto del cansancio físico, sino de la indignación moral. Es la misma que muchos sentimos ahora.

King, inspirado en Ghandi, predicó la resistencia pasiva. No por ello él y sus seguidores dejaron de sufrir arrestos, golpizas, manguerazos, mordidas de perros. Si triunfaron fue porque se encontraron en La Casa Blanca con hombres que entendieron no sólo la justicia de sus demandas, sino la necesidad para los propios Estados Unidos de terminar con la inhumana segregación. Algo habían logrado en las cortes los Presidentes Harry S. Truman e Ike Eisenhower, pero fueron los Presidentes John F. Kennedy (y su hermano Bobby entonces Fiscal General) y Lyndon B. Johnson los que hicieron posible una serie de leyes como la de los Derechos Civiles firmada en 1965, exactamente un siglo después de que la Enmienda 13 aboliera la esclavitud, y otras complementarias que prohibían la discriminación para obtener una vivienda, un trabajo, o poder votar o estudiar.

Durante la Marcha a Washington en Agosto de 1963, Martin Luther King, Jr, pronunciando su famoso discurso “I have a dream”

No fueron solo las leyes, (que beneficiaron también a las mujeres y otras minorías). El pueblo americano, especialmente los jóvenes, habían tomado conciencia de sus errores. Hubo un esfuerzo nacional para tratar de remediarlos. Una corriente de aire fresco recorrió el país. Programas de televisión como “All in the Family” y “The Jeffersons” mostraban con sano humor la mentalidad racista y la forzosa convivencia con los vecinos negros. En efecto, aunque algunos blancos no los vieran bien, los afroamericanos adquirieron más oportunidades para asistir a las universidades, conseguir mejores trabajos, mudarse a barrios en los suburbios, que sus niños asistieron a mejores escuelas.

No todo fue un lecho de rosas. El asesinato de Martin Luther King en 1968 resultó en manifestaciones violentas en todo el país, muy parecidas o peores a las que ahora vemos.

Sería engañarnos si pensáramos que las leyes pusieron fin al racismo. Vivía a flor de piel, a veces oculto, otras veces asomaba su feo rostro. No había entonces la facilidad de filmar con los teléfonos. Algunos pensaban que había exageración de parte de los afroamericanos cuando denunciaban la discriminación y la brutalidad policial que sufrían.

Es posible que la elección de Barack Obama en 2008 recrudeciera el rechazo de muchos a los afroamericanos. Y quizás, en su afán de ser el presidente de todos los americanos, Obama no hiciera lo suficiente por ayudar a los suyos, aunque hubo durante su gestión varias iniciativas útiles.
n los últimos años el racismo se ha manifestado más abiertamente en el país porque ha sido estimulado desde La Casa Blanca. Baste leer los Tweets incendiarios del Presidente Donald Trump en estos momentos en que debería en vez estar calmando los ánimos y uniendo a la nación. (Sobre Trump hablaremos de nuevo más adelante.)

Lo que es indudable es que el problema del racismo y las injusticias, especialmente contra los hombres negros, es un problema endémico. Los afroamericanos han intentado métodos pacíficos, como las manifestaciones de “Black Lives Matters” y las protestas contra la brutalidad policial comenzadas por el jugador de los equipo de San Francisco, Colin Kaepernick, de poner la rodilla en tierra al escuchar el himno nacional. Ninguno de estos esfuerzos dio resultado.

El movimiento comenzado por Colin Kaepernick de los futbolistas escuchar el himno con una rodilla en tierra como protesta no dio resultados

Otro tema del que hablaremos más adelante es el avance de la tecnología. Basta ahora decir que uno de sus beneficios ha sido que cada ciudadano puede ser un periodista y filmar lo que sucede en su presencia. Es así que el mundo ha podido ver los ocho minutos y 46 segundos en que 25 de mayo de 2020 en Minneapolis el oficial blanco Derek Chauvin estuvo presionando con su rodilla el cuello de George Floyd de la raza negra, hasta matarlo. No es posible ver el video sin sentir indignación.

El asesinato de George Floyd fue el detonante de la actual crisis pero sus causas son profundas y complejas


Ese fue el detonante de la actual crisis. Pero sus causas, desarrollo y posibles resultados es tema complejo.

(Continuará)

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El rompecabezas cubano: hacia la reconciliación de la cultura y la historia

Hace muchos años afirmaba con convicción que había una sola Cuba. Me refería principalmente a nuestra cultura. No importaba –decía– si un escritor, músico, pintor o creador de cualquier forma del arte, residía en La Habana, Ciego de Ávila, Miami o Kimbaktú, su obra sería siempre parte del patrimonio nacional. Sostengo la misma verdad de Pero Grullo, pero hoy en día tengo mis dudas sobre cuán profundo ha sido el daño causado por la falta de reconocimiento en la Isla a gran parte de nuestra cultura e historia.

Se habla de la nación y la emigración. Desde la disciplina de la sociología, los términos son correctos aunque pueda especularse que la conjunción copulativa crea una nueva ruptura, al separar de la nación a los que se van del país. Es inútil querer encasillar en una categoría diferente a los que se han visto forzados a dejar la Isla (que no a abandonarla) de los que residen en la tierra natal. Para empezar, una cosa es la ciudadanía y otra la nacionalidad. Lo primero es un término legal; lo segundo, una afirmación de identidad. Todos somos cubanos, independiente del pasaporte con que viajemos. Por ese rasero, además, tendríamos que prescindir de La Avellaneda, Félix Varela y José Martí, para nombrar solo a tres figuras del siglo XIX que vivieron la mayoría de sus prolíficas existencias en el extranjero.

Gertrudiz Gómez de Avellaneda (1814-1873)

No hay que temerle a los vocablos. Aunque todos los que nos fuimos de Cuba seamos emigrados, la primera oleada fue de exiliados. Desde la antigua Grecia, el destierro ha sido el peor castigo posible. Los que nos fuimos pronto, por las razones que fueran, muchas veces teníamos un cuño en el pasaporte o en el expediente, que prohibía la entrada al país. Imposible regresar, ni siquiera para despedir a un ser querido grave o ya fallecido. Las comunicaciones eran casi inexistentes, en parte por la errada política de aislamiento de Estados Unidos (por la que el régimen cubano tiene asimismo su cuota de responsabilidad), y también porque no era época de emails, WhatsApp, Facebook y todas las ventajas actuales. La separación de la familia fue increíblemente dolorosa. Hubo hijos y padres que tardaran años en reunirse; otros, que no se vieron nunca más. Los ejemplos abundan. No sólo se extrañaban parientes, amigos y las palmas, ¡ay!, las palmas. La vida estaba en otra parte, en otro tiempo. Ya siempre habría un antes y un después. El día en que uno se va de Cuba es como si se quebrara un espejo en mil pedazos que comienzan a reflejar imágenes distorsionadas. De nada sirven bienes materiales o éxitos. El destierro es la orfandad rotunda.

No solo se excluyeron de Cuba a seres humanos. También la cultura y la historia. Se borraron nombres de diccionarios y enciclopedias, se recortaron personas de fotografías, se engavetaron filmes, se confiscaron libros de autores exiliados, no se les publicó a los que quedaron en el inxilio –José Lezama Lima y Virgilio Piñera son los casos más emblemáticos. En fin, el que disentía ausentándose o incluso con su silencio, quedaba perseguido o fuera de juego.

Hubo más. Trató de tergiversarse la historia. Todo lo acontecido antes de 1959 había sido negativo. Cuba comenzaba con la revolución de enero. El pensamiento de los grandes se acercó al sartén más conveniente. Martí pasó a ser el autor intelectual del Granma. Muchas estatuas rodaron, o, en el mejor de los casos, fueron escondidas por décadas. El Capitolio se utilizó como establo para bovinos.

Después de unos años difíciles –y los hubo para casi todos–, los exiliados comenzaron a brillar en sus respectivas disciplinas. Se exiliaron clásicos vivos de la literatura. Las carretas rechinaron, el monte creció con nuevas ediciones, y nos alimentamos del pan de los muertos. En Madrid las magias e invenciones de la poesía barroca se multiplicaron; en Nueva York la poesía pura se refugió en una siempre penúltima antología. Para los que comenzaban a despuntar en la Isla, mañana no fue 26 sino el sitio de nadie, pese alcanzar premios en la Madre Patria. Los tres tristes tigres rugieron en Londres. Caín, pese a sus odios fratricidas con Abel, reinventó el erotismo en La Habana para un infante nostálgico más que difunto y al final lo compensaron con el Premio Cervantes. Desde la otra orilla, brillaron en versos las escamas del caribe. Algunos que vinimos “casiniños”, pese a vernos rodeados de nieve e inglés por todas partes, nos empeñamos en escribir en español, argumentando que idioma e identidad tienen una misma raíz. Otros se atrevieron a ser cubanos en dos idiomas, o incluso solo en la lengua de Shakespeare. Por mar llegó Celestino, ya no en espera del alba, sino del momento antes que anocheciera. Un sabio modesto y laborioso apresó la sociedad y economía de la Isla en 15 volúmenes de valor incalculable. El corpus de literatura –narrativa, poesía, teatro, ensayos, artículos académicos—se agiganta a diario. Y cuando no hay editoriales importantes para recoger los manuscritos, surgen los compatriotas que hacen universal lo cubano. En el principio, y siempre, fue el verbo.

Leví Marrero (1911-1995) Autor de “Cuba;Economía y Sociedad) 15 volúmenes

¡Ah, y si habláramos de músicos, pintores, cineastas, actores, arquitectos, bailarines, académicos, lingüistas, educadores, empresarios, deportistas, médicos, restoranes criollos, asociaciones cívicas y culturales, trasmisión de tradiciones…! El inventario sería interminable como incompleta cualquier lista de nombres.
Instituciones e individuos se han dado a la tarea de preservar, en la medida de sus posibilidades, esta incalculable producción de los cubanos en el extranjero. Ahí está el Cuban Heritage Collection en la Universidad de Miami (UM); y en la Universidad Internacional de la Florida (FIU), la extraordinaria colección de música de Cristóbal Díaz Ayala. En su hogar en Washington, D.C., el criollísimo Emilio Cueto vive en un museo personal, rodeado de su inusitada colección sobre la huella de Cuba por el mundo.

¿Cuánto conocen los cubanos en la Isla de la vida y obra de estas personalidades, algunas ya fallecidas? ¿Se enseña con imparcialidad en las escuelas la historia de la era republicana? Por ejemplo, incluso en fechas relativamente recientes, al conmemorarse en la Isla los 75 años de la Constitución de 1940, se omitió sistemáticamente el nombre de Carlos Márquez Sterling, quien presidió con acierto la Asamblea Constituyente. Es un ejemplo de muchos posibles.

Justo es reconocer que algunos, cada uno a su manera, como el historiador de la ciudad Eusebio Leal, y el periodista Ciro Bianchi, intentan recobrar nuestro pasado. Editoriales e instituciones publican y premian libros de “cubanos en el exterior”. En 2002 algunas revistas dedicaron dossiers al centenario de la República. No es suficiente. Hay que unir las piezas de ese disperso rompecabezas que es hoy nuestra nación.

Carlos Márquez Sterling
(Camaguey 1898 -Miami 1991)

Yo sueño con una Cuba futura en que las bibliotecas muestren en la misma fila los libros de Gastón Baquero y Miguel Barnet, los de Leví Marrero y Manuel Moreno Fraginals, los de Leonardo Padura e Hilda Perera, los de Pablo Armando Fernández y Eugenio Florit. Quisiera ver una Cuba en que se escuchara en cualquier hogar o lugar público tanto la música de Silvio y los Van Van como la de Celia Cruz y Gloria Estefan. Una Cuba que sepa reconciliar su cultura y su historia, no por nostalgia, ni siquiera como desagravio, sino como puente imprescindible hacia esa nación mejor que tanto soñamos.

Miami, 10 de febrero de 2020

Este artículo me lo pidieron de Cuba y puede verse publicado en

El rompecabezas cubano: hacia la reconciliación de la cultura y la historia

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La decadencia de Estados Unidos, ¿puede remediarse?

Vivimos momentos difíciles. No hace falta hacer un recuento de los casos de Covid-19 y de las muertes a nivel global y nacional. Eliminar el terrible virus y revivir las economías será un proceso lento, pero se logrará. Hay otra interrogación menos urgente pero más esencial, ¿hay remedio para el obvio declive de los Estados Unidos?

En mayo de 2016 y de nuevo en julio del año siguiente* escribí columnas para El Nuevo Herald, que también aparecen en este blog, en que me preguntaba si los Estados Unidos era una nación en decadencia. Achacaba los males del país a varios factores, entre ellos la pérdida de los valores de la ética de trabajo puritana que fue la base del desarrollo de la primera democracia moderna, y un creciente divorcio entre el pueblo y sus gobernantes. Es decir, una quiebra del contrato social. Sin ahondar ahora en los orígenes, creo útil señalar que se ha hecho evidente el menoscabo de la posición de Estados Unidos como la primera potencia mundial, y plantearse qué reservas existen para una posible recuperación.

Casi un tercio de los casos de coronavirus han tenido lugar en Estados Unidos, y, sin embargo, el país ha tenido más dificultad que otros para enfrentar la pandemia. Sin duda que el liderazgo del Presidente Donald Trump no puede ser peor, pero achacarle toda la culpa sería demasiado fácil. Aunque es cierto que eliminó la comisión de la Casa Blanca encargada a vigilar posibles epidemias globales como la actual, que carece de un ápice de empatía con los afectados, y que sufre grandes deficiencias mentales para entender la gravedad de la crisis, el origen del mal es anterior a su presidencia.

Ni el Presidente Trump ni el Vice Presidente Pence ni su equipo de trabajo guardan la distancia social o usan máscaras

Hace medio siglo, los Estados Unidos hubieran estado a la vanguardia en conocimientos científicos, equipos médicos, mecanismos de protección para el personal de los hospitales, pruebas de diagnóstico y de anticuerpos. Habría mandado a sus doctores a asistir a otros países menos afortunados. Ocuparía una posición de liderazgo mundial. Por el contrario, actualmente no podemos ni ayudarnos a nosotros mismos.

Hay verdades de Pero Grullo que han salido a relucir. No han sido las personalidades célebres en el deporte o el entretenimiento, ni los CEO de las grandes empresas, todos beneficiados por salarios y bonos de cantidades astronómicas, los más útiles en este momento crucial. Por el contrario, además de los médicos y las enfermeras, han sido bomberos, policías, dependientes en los mercados, choferes, equipos de limpieza en hospitales y metros, trabajadores en la agricultura y las plantas que procesan la comida, los héroes anónimos en esta crisis. Muchos son miembros de minorías, especialmente afroamericanos e hispanos; algunos, inmigrantes indocumentados, esos “bad hombres” que tanto ha insultado y perseguido el Presidente desde hace ya años.

También han sido los que más han sufrido. Sus propios trabajos los han puesto en mayor riesgo que a otros. Además, ya sufrían de más problemas de salud. Demoran en ir al médico o al hospital por falta adecuada de seguros médicos. Viven en lugares más pequeños donde el distanciamiento social es una quimera. La vulnerabilidad de esta población no sólo muestra a las claras las grandes diferencias socioeconómicas en Estados Unidos sino que hay que ser ciego para no entender qué a todos nos afecta esta situación. Por si alguien quiere que lo explique más claro, basten dos ejemplos posibles: la cantidad de enfermos en las plantas procesadoras de carne ha hecho que muchas cierren y ello podrá afectar que no lleguen esos alimentos al mercado donde semanalmente compramos nuestros víveres. Cualquier persona puede trasmitir el virus sin saber que lo tiene. Una “nanny” miembro de una minoría pudo haber contagiado a una familia rica en Manhattan antes de que se “cerrara” la ciudad. Y viceversa. Este virus puede matar a cualquiera.

¿Podrá los Estados Unidos no sólo recuperar la salud y la economía sino sus esencias, su ética de trabajo, sus valores? Hay gestos alentadores, como el sentido de compromiso de médicos y enfermeros, y el reconocimiento que reciben de la población. Asimismo. a diario nos enteramos de iniciativas generosas de ciudadanos de a pie para ayudar a otros. No es suficiente.

A pesar de las irregularidades que pueda haber en las elecciones este año, creo que Joe Biden ganará. No será fácil que Trump deje la Casa Blanca. Quizás haya que utilizar a la Guardia Nacional para desalojarlo. De un modo u otro, concibo a Biden como un presidente de transición, que podrá ayudar a sanar moralmente al país. Esperemos que para el 2024 surja un candidato con una visión de largo alcance, capacidad de liderazgo y energía que pueda llevar a cabo los profundos cambios estructurales que el país necesita en este siglo 21. Tampoco bastaría. Es necesario un esfuerzo colectivo, una toma de conciencia. ¿Seremos capaces?

*https://uvadearagon.wordpress.com/2016/05/17/estados-unidos-nacion-en-decadencia/ y https://uvadearagon.wordpress.com/2017/07/12/es-la-eleccion-de-trump-un-sintoma-de-un-mal-mayor-la-decadencia-de-estados-unidos/

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Morir en casa: réquiem por Víctor Batista Falla

Hijo de dos familias ricas y poderosas en Cuba– las que supieron aportar ampliamente al país–, Víctor Batista Falla, era, como hubiera querido Martí, “un escolar sencillo”. Este maestro de la cubanidad, fue un eterno estudiante, con un inagotable afán de desentrañar las raíces y consecuencias de nuestra tragedia nacional. Mecenas generoso de la literatura cubana en el exilio, no se desentendió, como otros, de la realidad interna del país. Por el contrario, en los últimos años luchó para que los libros de su Editorial Colibrí pudieran colocarse en la Feria del Libro de La Habana y estar al alcance de los lectores cubanos.

No solía desgastarse en nostalgias inútiles, sino que miraba siempre hacia el futuro. Le preocupaba más cada proyecto nuevo que los logros alcanzados. Dominaba el ya extinto arte de conversar. Charlar con él era una fiesta para el espíritu.

Conocí a Víctor a través de mi padre en Nueva York, a finales de los años 60 o principios de los 70. Me rencontré con él en París cuando el Primer Congreso de Intelectuales Disidentes en esa ciudad en 1979. Nos vimos alguna vez en la Feria del Libro en Miami, pero principalmente fue en Madrid, donde residía desde hacía décadas, que más coincidimos. Estuvo en presentaciones de mis libros. Me lo tropezaba en actos culturales o tertulias a los que yo asistía en mis frecuentes visitas a la capital española, especialmente en los años 90. En algunas ocasiones fuimos juntos con otros amigos a tomar copas y tapas a algún entrañable bar madrileño. Nos intercambiamos correos electrónicos por distintos motivos, como la celebración en 2014 del centenario del nacimiento del poeta Gastón Baquero, a quien ambos profesábamos admiración y afecto. Nos unían otros nexos, como mi relación con su hermano Laureano, y la suya con mi tía Sara Hernández-Catá, ambos ya fallecidos. Víctor no era un amigo íntimo, pero como el mar, aunque no lo viera a menudo, me tranquilizaba saber que estaba siempre ahí, cerca.

Al centro, Sara Hernández-Catá. En la extrema derecha, Víctor Batista Falla. Madrid, década de 1970.

No publiqué en sus revistas o editoriales, aunque acogió sugerencias mías para Colibrí que dirigió hasta 2013. Víctor sabía escuchar, rara cualidad entre cubanos. Durante sus años en Nueva York financió y dirigió una estupenda revista. Voy a mi librero y hallo de inmediato varios ejemplares de “exilio”–así era el título, con minúscula, muy a fin con su personalidad, pues huía de todo protagonismo–, con firmas como las de Humberto Piñera Llera, Eugenio Florit, Juan Gómez Sicre, Lorenzo García Vega, Julián Orbón, Ana Rosa Núñez, Carlos M. Luis, Alberto Baeza Flores. Lourdes Casal, José Ignacio Rasco, y tantos otros.

Portada de uno de los ejemplares de la revista exilio

Nacido en 1933, Víctor tenía, aunque no lo pareciera, 87 años. Si hubiera fallecido en Madrid de causas naturales, su pérdida me hubiera provocado la misma tristeza pero tal vez no el mismo asombro.

Murió el domingo 12 de abril del coronavirus en La Habana donde se encontraba desde el 6 de marzo. Era su primera visita a su ciudad natal desde que se marchó hacía 60 años. Dada la situación en Madrid, lo más probable es que ya llevara el virus consigo. Tal pareciera que consciente o inconscientemente fue a terminar sus últimos días a La Habana, en un gesto final de justicia poética, reclamando su derecho a morir en casa, regresando físicamente a esa tierra que nunca abandonó, sino que por el contrario, fue siempre para él una persistente ilusión.

No sé quién lo velará ni si lo enterrarán en el grandioso mausoleo de su familia en el Cementerio de Colón. Muchos lo lloran. Basta leer las redes sociales para comprobar que de Nueva York a Madrid, de Miami a París, de Luxemburgo a México, los que los conocimos y los amantes de nuestra cultura, nos sentimos un poco más huérfanos sin su presencia tutelar.

“La muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida,” nos enseñó José Martí. Descansa en paz, Víctor Batista Falla. Como al mar, Cuba y nosotros siempre te sentiremos cerca.

Panteón de la damiia Falla Bonet en el Cementerio de Colón en La Habana

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El miedo y sus antídotos en la era del Coronavirus

Tengo miedo. A veces, mucho. En primer término, por mi familia y seres queridos. La idea de que uno de ellos contraiga el Coronavirus me espanta. Pensarlo me ha llevado en días pasados a ataques de llantos, y no soy nada llorona. Tengo miedo. Por mi propia salud y la posibilidad de la muerte. Me asusta sobretodo que el que se enferme tiene que estar solo, lejos de sus seres queridos, incluso si le llega el momento final. Temo por los Estados Unidos, Cuba, España donde tengo tantos afectos. Me duele Italia. Me duele la humanidad.

Busco formas de aliviar el miedo. Trato de racionar las horas frente al televisor y de no leer todo lo que se publica en las redes sociales. Intento preocuparme menos y ocuparme más. Tomo las precauciones debidas. Invierto el tiempo escribiendo, leyendo, viendo Netflix, arreglando gavetas. (En realidad, desde niña, nunca me aburro.) Y llamo por lo menos a una persona querida al día, además, claro, de hablar con la familia más cercana, como siempre. He comenzado con los mayores, desde una prima que recién cumplió 100 años, hasta mis queridos nonagenarios. Lo agradecen. También, me comunico con primos, amigos de la infancia. Tanta vida compartida es un vínculo que nos renueva y protege.

A veces me consuela recordar, cerrar los ojos en ese momento de vigilia antes del sueño y recobrar los rostros de mi madre, mi abuela, mi tía Sara; el tacto de la mano de mi padre; la voz de mi segundo padre; los juegos con mis hermanas; las aulas y maestros de mi infancia; la risa de mis hijas cuando chicas; las caritas nerviosas de mis nietos cuando los perseguía por la casa como si fuera un monstruo… También, más aún, me alivia soñar. Visualizar cuando me reúna con a mi hermana Lucía, y celebremos la vida con unas margaritas gigantes; cuando conozca a mi sobrino nieto Sterling Santiago, nacido hace dos meses; cuando publique nuevos libros; cuando reciba a amigos y familiares y disfrutemos de tremendo fiestón en la terraza de mi casa.

Tengo miedo. También, gratitud. Por los médicos, enfermeras, y todos los que en primera fila, a riesgo de sus propias vidas, atienden a los pacientes. Agradezco el servicio que aún nos dan a diario los que trabajan en los mercados, las farmacias; los que limpian, reparten cartas, recogen basura, manejan para traernos a la puerta de la casa lo que ordenamos por la red, ya sea comida o medicinas. En fin, los que aún nos ofrecen servicios imprescindibles.

Tengo miedo. Pero también, esperanza. No sólo de que a nivel familiar, nacional y global sobreviremos, sino que esta pandemia nos hará darnos cuenta de cuáles son las verdaderas prioridades. Importa más la salud que las compras, más lo que nos une como seres humanos, que los que nos diferencia. El virus y la muerte nos igualan. No les importa el origen étnico, el estatus migratorio, el nivel socioeconómico. Ataca sin discriminación. Los abrazos que hoy no podemos darnos cobrarán mayor valor en el futuro.

Tengo miedo. Pero más aún, tengo fe. Fe en que Dios nos protegerá, ayudará, consolará, acogerá a los que les toque partir. Rezo. Hablo con Dios. Le cuento mis angustias. No logro descifrar sus respuestas, pero la conversación me devuelve la serenidad. Sé que nunca es más oscura la noche, que antes de que amanezca.

Para ahuyentar el miedo, escribo, me ocupo, llamo a mis seres querido, recuerdo, sueño, agradezco, espero, rezo. Miro hace dentro, y sé que aún hay fuerza y amor. Gracias, Dios.

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En el día del amor

Se conmemora hoy el Día de San Valentín, antes dedicado a las parejas, pero que con los años ha derivado en una celebración del amor y la amistad. Es bueno que así sea. Algunos nunca han sentido la maravillosa enfermedad que es enamorarse: el sudor en las manos, las palpitaciones en el pecho, las mariposas en el estómago, el júbilo de cada encuentro, la angustiosa espera en las separaciones, por breve que sean. Otros no han sido correspondidos. Y para muchos, la pasión de los amores de la juventud o plenitud, son sólo recuerdos que nos llenan de melancolía.

Raro es el ser humano, sin embargo, desprovisto de otras tantas formas de amor: a padres, abuelos, hermanos, hijos, nietos, primos, maestros, colegas, amigos. Cada uno toma formas distintas a través de la vida. De pequeños dependemos de los padres para todo. Como si fueran soles, nuestro mundo gira en torno a ellos. Sólo los abuelos compiten con los padres en el universo infantil. También ellos son refugio y guía. La relación con los padres se invierte en algún momento, y son entonces los hijos quienes protegen a sus progenitores. Hasta que la muerte no los roba. De un golpe comprendemos el significado del vocablo orfandad. Nadie nos verá como niños nunca más. Pero el recuerdo de los tiempos compartidos queda siempre en algún recodo del corazón en el que siempre podemos refugiarnos. El amor a padres y abuelos ya idos es agridulce: desgarra y consuela.

Durante nuestra niñez el mundo se ensanchará para incluir a hermanos, parientes, maestros, compañeros de clase. Las amistades que nacen en la infancia y la adolescencia son las más genuinas, pues aún no hay intereses creados. A veces hay gustos afines. Pero en ocasiones las relaciones se basan en esa misteriosa química entre los seres humanos que hace que alguien “nos caiga bien”. Incluso entre los parientes hay algunos a los que nos sentimos más cerca. En esa etapa en que los primos son cruciales, en medio de juegos en pandilla, siempre hay preferidos, como los hay entre nuestros profesores y condiscípulos.

Esas preferencias nos llevan a una de las claves de las relaciones humanas: la intimidad. El vocablo de inmediato nos hace pensar en relaciones sexuales entre parejas. Pero puedo tenerse sexo – otra cosa es hacer el amor—sin verdadera intimidad. La intimidad puede producirse en ocasiones muy disímiles: dos hermanas o amigas probándose ropa en una tienda; dos compañeros estudiando para un examen; una abuela y un nieto esperando en la oficina de un doctor; dos seres, incluso desconocidos, contemplando una luna llena, una puesta de sol. Los ejemplos son infinitos. Se trata de la comunión de las almas: de compartir la charla o el silencio, un recuerdo o un sueño común.

A medida que recurre la vida adulta, el círculo de amistades y conocidos se ensancha inmensamente. Cada etapa, ya sea como estudiantes, empleados, jefes, profesionales, vecinos, nos trae nuevas relaciones y nos va separando de otras. Y quizás sin darnos cuenta casi todas las personas de alguna forma nos influyen al igual que nosotros a ellas.

Con la vejez llegan los achaques del cuerpo, las limitaciones, las renuncias, las despedidas. Se han muerto todos o casi todos los mayores de la familia y demasiados amigos. La celebración del día del amor trae más nostalgia que ilusión. Y sin embargo…también con los años apreciamos más lo que otros hacen por nosotros: la hermana que noche a noche oye todos los detalles de nuestro día; el primo que nos lleva a médicos y teatros; los nietos que en el torbellino de sus vidas mandan un texto o nos dan una llamada; las hijas que pasan horas en un hospital cuando nos enfermamos; el ex marido que llama a diario a saber cómo estamos; el amigo que nos regala el libro recién publicado; la ex alumna que nos pone un comentario halagador en FB; la peluquera y manicurista que complacen nuestros caprichos; los médicos que nos atienden como si en ese momento fuéramos la persona más importante del mundo; la farmacéutica que nos aconseja con dulzura; las chicas que nos doblan las sábanas y toallas con amorosa minuciosidad; el jardinero que cuida con esmero nuestro jardín. Personas que cuando trabajábamos, estudiábamos, criábamos a una familia quizás nos pasaban inadvertidos, y ahora sin embargo valoramos de otra forma.

Es bueno amar por siempre a los muertos y recordar con alegría los amores ya idos. Un corazón sensible tiene capacidad para acoger a todos los que de una forma u otra son parte de nuestra vida. Y en el reino de afectos, el mayor debe ser para Dios, que no los ha dado todo, incluso la capacidad de amar.

No es fácil envejecer, pero mientras el corazón sepa amar no sólo a los seres humanos, sino a la vida misma, hay razones infinitas para celebrar. ¡Feliz fía del amor y la amistad!

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Miami Stories

MIAMI STORIES

Amid anti-immigrant fever, author is thankful for how Miami welcomed the Cubans

BY UVA DE ARAGÓN SPECIAL TO THE MIAMI HERALD

DECEMBER 16, 2019 07:28 PM

Author´s  First Home in Miami, Westchester, 1979

Author´s First Home in Miami, Westchester, 1979


After I left Cuba in 1959 as a teenager, I spent almost two decades living in Washington, New York and Maryland.

For about 15 years, my family and I would always come to Miami on vacation. It was the closest we could get to our native land. We enjoyed visiting relatives and friends, the beach, the lush tropical vegetation, the sound of Spanish and savoring Cuban food.

We would return home tanned, nostalgic, with a box of books, another one of pastelitos, and the determination that we would someday move here. In the summer of 1978, we finally did.

Not too long afterwards, in the spring of 1980, more than 10,000 Cubans sought asylum in the Embassy of Peru in Havana. A few days later, Fidel Castro declared that everyone who wished to leave the Island was free to go.

Cuban exiles in Miami spared no effort to secure boats and sail to bring their loved ones to the United States. What followed was a unique page in the history of South Florida. More than 100,000 Cubans arrived by sea in a just a few months.

At that time, I was working as a secretary and going to school at night, but soon quit my job to volunteer helping with the new arrivals. At the beginning the refugees were taken to the Orange Bowl and later on to Tamiami Park to be processed. I served as an interpreter in both locations.

What I saw appalled me: hundreds of people with dog bite marks; a small boy with both arms fractured; and a desperate woman crying incessantly because she could not find her baby, snatched from her arms as she boarded the ship.

In addition to the huge number of men, women and children who fled, Castro included some mentally ill and criminals among the legitimate escapees. Some inevitable chaos ensued.

However, the City of Miami created a tent city to house them, some were relocated to other cities, and many found relatives who took them in. In a surprisingly short period of time, the Marielitos — as they were called either with affection or contempt — were on their path to fulfill the American dream.

In the beginning, the first wave of Cubans accepted them warmly. Then, they saw them as different and distanced themselves from the newcomers.

In the end, they were integrated into the community. The new residents revitalized the use of Spanish. There were several well-known writers and visual artists among the refugees. Others were actors, radio and TV announcers who enriched the community.

The street vendors, so abundant in Cuba, started to fill the streets of Miami. The youngsters mingled in school with the children of early exiles and talked to them about the lives they had left behind.

Personally, I can say that my daughters´ new classmates taught them more about Cuba than I had been able to do throughout the years. However, it was also an unsettling time for Miami, with raising crime, homelessness and drugs.

Almost 40 years after the Mariel boatlift, I can reflect on the lessons learned. Some Cubans even mortgaged their homes to bring their relatives from Cuba, giving us an example of how family love transcends ideological differences.

I appreciate, particularly in these times signed by xenophobia, how Key West, Miami and the United States generously received my compatriots, as they had welcomed us two decades earlier. I am thankful for the Marielitos and how much they’ve contributed to our culture.

In 1981, Time magazine featured Miami as “Paradise Lost.” To many, it was the opposite. In spite of struggles and difficulties, they found freedom and their own personal slice of paradise. The Florida sun always manages to shine bright, even among the darkest clouds.

I am glad we moved here.

Uva de Aragon and Reinaldo, Arenas Kew West 1981

Uva de Aragon and Reinaldo, Arenas Kew West 1981

Uva de Aragón is a professor, journalist and author. Her latest novel, ‘The MIracle of Saint Lazarus. A mystery twenty years in the making,’ featured at the Miami Book Fair this year, takes place in Miami.

This story can also be read at https://www.miamiherald.com/news/local/community/miami-dade/miami-stories/article238446643.html

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Cuba y sus médicos

El Dr. Federico Justiniani, hombre multifacético, que además de destacarse en la medicina y la docencia, escribe, compone, toca guitarra y es un excelente fotógrafo, acaba de publicar Personalidades en la historia de la medicina cubana 1760-1959. A través de las biografías de unos cien destacados galenos, organizadas por orden cronológico, con fechas de nacimientos que van de 1764 a 1905, Justiniani nos muestra el desarrollo de la medicina en Cuba a lo largo de dos siglos y, en gran medida, la forja de una nación.

Aunque es tentador detenerse en algunas historias particulares, quisiera resaltar los aspectos que tienen en común estas vidas dedicadas a la ciencia de Hipócrates. En todas, la Universidad de La Habana ocupa un lugar prominente, por lo que hizo bien el autor en incluir una breve historia de este centro docente, así como del Hospital Calixto García. En el curso que da comienzos al siglo XIX, de 1800 a 1801, había matriculados solo 8 estudiantes en la Cátedra de Medicina. Todavía la enseñanza estaba dominada por un espíritu escolástico medieval, que fue evolucionando al secularizarse la institución en 1842 y al mudarse a la colina de Aróstegui en 1902 con el comienzo de la República. Los estudios constaban de cinco años para alcanzar el título de Bachiller en Medicina, dos años de prácticas con un médico para el grado de Licenciado y otro más para el de Doctor. Todos estos galenos estudiaron o revalidaron sus carreras en la Universidad de La Habana y fueron catedráticos de la misma. Su labor como profesores fue notable en la formación de los médicos de la Isla. Varios llegaron a ser decanos de la Escuela de Medicina e incluso rectores de la Universidad.

Durante los años de la Colonia, hubo tres acontecimientos políticos que afectaron a los médicos: la Guerra de los Diez Años (1868-1869), el fusilamiento de los estudiantes de medicina en 1871 y la Guerra del 95. Como consecuencia, muchos sufrieron persecución, cárcel y exilio. Otros pelearon en la manigua o prestaron servicios médicos a los mambises. Varios tuvieron estrechas relaciones con los fundadores de la Patria, como José Martí, Antonio Maceo, Máximo Gómez, Calixto García. Las condiciones en la Isla llevaron a un gran número de estudiantes a las aulas de universidades españolas en Madrid, Zaragoza, Barcelona. Fue París, sin embargo, la ciudad que más influyó en los cubanos, donde aprendieron, investigaron, practicaron la medicina al lado de los más avanzados científicos. También algunos se trasladaron a cursar sus carreras en Estados Unidos, especialmente en la Universidad de Pennsylvania en Filadelfia. Ya en la época republicana los vínculos con los Estados Unidos se fortalecieron mientras que se debilitaron los contactos con las universidades en la Madre Patria. Francia siempre fue un referente medular.

A través del libro del Dr. Justiniani, vamos aprendiendo sobre la fundación de innumerables instituciones, entre la que se destaca la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de la Habana. Leemos asimismo sobre las diversas publicaciones médicas que van surgiendo y sobre la creación y el desarrollo de distintas especialidades. Quizás dos de las palabras que más se repitan sean fundar y primero, pues estos médicos fueron precursores en sus especialidades, ya fuera la cancerología, la dermatología, la embriología, la hematología, la medicina legal, la medicina interna, la oftalmología, la ortopedia, la psiquiatría, la radiología y otras ramas. Fundaron cátedras, hospitales, revistas, dispensarios. Organizaron congresos. Muchas veces fueron los primeros no sólo en Cuba sino en la América Latina en hacer un tipo de cirugía, en introducir un método de cura o una vacuna. Se incluye a la primera mujer que se graduó de medicina en 1889, la Dra. Laura Martínez de Carvajal y del Camino.

Otro aspecto común de este centenar de médicos es su preocupación constante por la Salud Pública, sus esfuerzos a favor de la higiene y la salubridad, y su constante quehacer por combatir enfermedades infeccionas y tropicales. Lucharon para disminuir la mortalidad infantil y a favor de la salud de los niños. Había en ellos un gran sentido de justicia social, y muchos dedicaron su tiempo, su talento e incluso su dinero al tratamiento de enfermos de pocos recursos.

Una mayoría de estos destacados galenos nacieron en La Habana y provenían de familias pudientes, pero también otros eran de Matanzas, Las Villas, Camagüey, Oriente. Algunos vinieron de España a temprana edad y se sentían cubanos. Quizás porque la expectativa de vida era mucho menor entonces, hay varios casos de médicos que quedaron huérfanos cuando niños, y fueron criados por familiares o personas piadosas. Los hay de extracción humilde. Quizás el caso más emblemático es el del gran amigo de Martí, el Dr. Fermín Valdés Domínguez, cuya madre lo dejó en el torno de la Beneficencia con una nota informando su fecha de nacimiento y que no había sido bautizado. En todos había tal vocación por la medicina que vencieron los obstáculos en sus caminos.

Es notable la cultura tan amplia de estos cubanos, muchos de ellos políglota, que publicaron en varios idiomas, pertenecían a sociedades médicas de diversos países y recibieron reconocimientos más allá de las fronteras de su isla. No pocos estudiaron más de una carrera, y eran además dentistas, farmacéuticos o doctores en otra disciplina.

El libro va acompañado con fotografías de los doctores así como de algunos hospitales, publicaciones, y homenajes, tales como bustos o placas. Incluye un índice onomástico, otro por especialización y notas que revelan las fuentes utilizadas. No puede pedirse mayor rigor.

Podría parecer aburrido leer más de un centenar de curriculum vitaes de médicos, pero a mí me ha fascinado este libro porque documenta el desarrollo de la medicina cubana, algo de lo que hay razones sobradas para sentirnos orgullosos. Hasta los títulos de las tesis son una indicación de los temas que se investigaban en esos momentos.

Consideraría útil que el doctor Justiniani extendiera su labor para incluir las últimas generaciones de médicos cubanos que se graduaron y ejercieron su profesión durante los últimos años de la República e incluso aquí en el exilio.

Personalidades en la historia de la medicina cubana 1760-1959 es un libro que debería estar en todos los hogares cubanos y en la de muchos médicos hispanos. Encontraremos en él una visión acertada de cómo se forjó uno de los aspectos más sobresalientes de la nación cubana.

Este y otros libros del Dr. Federico Justiniani pueden comprarse en Amazon
https://www.amazon.com/s?k=federico+justiniani&crid=1GQ431T0VD6SB&sprefix=Federico+Justini%2Caps%2C170&ref=nb_sb_ss_i_1_16

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