Dilema de los republicanos

Publicado en El Nuevo Herald 2-27-28

A mi entender, la filosofía política y social de los conservadores está basada en la preservación de instituciones y tradiciones. El término surgió en Francia durante el período de la restauración de los Borbones. Desde entonces ha sido asociada a “la derecha”, por el lugar que ocupaban en el parlamento los que apoyaban la monarquía o el Ancien Régime.

Existe una variedad de matices en el pensamiento político de los conservadores de distintos países, pero por su origen entre los aristócratas y su defensa de la libre empresa, se asocia con las clases altas, no sólo acaudaladas, sino elegantes, de buenos modales. A pesar de su fortuna, Donald Trump, por sus constantes perogrulladas y ordinarieces, es la antítesis de un conservador, aunque sea rico y coincida con algunas de las posiciones del Partido Republicano.

No puede extrañar, pues, que un grupo considerable de conservadores haya dedicado un número del National Review a cuestionar sus credenciales ideológicas. Además de apuntar su respaldo en el pasado a candidatos demócratas, y los cambios en su manera de pensar en temas como la inmigración, el aborto, los impuestos y la salud pública, lo califican de charlatán, demagogo, egoísta y emocionalmente inmaduro, entre otras cosas. No son los únicos que están preocupados en el “ala derecha” del país. Personas que desde hace años se han estado dedicando a enviar mensajes diciendo los peores horrores de Barack Obama, ahora muestran gran ansiedad por el futuro del GOP y del país si Trump llegara a ser candidato, e incluso presidente.

Sin embargo, ninguno de los conservadores que escribió en el National Review, como tampoco el republicano asombrado ante el reality show en que se ha convertido la campaña política este año, se cuestiona (al menos públicamente) las causas de este descalabro. No tienen en cuenta que se han pasado ocho años o más hablando pestes de Obama y de todas las instituciones. Olvidaron que al rebajar al Presidente estaban dañando por igual el respeto al cargo que desempeña. En el Congreso han socavado uno de los pilares de la democracia estadounidense: la negociación, el consenso, el compromiso. Se enfrentan a sus adversarios políticos como si fueran enemigos acérrimos. Los llamados a conservar las instituciones se han dedicado a quebrantar la fe del ciudadano en ellas. El resultado está a la vista. Los estadounidenses culpan al gobierno de todos sus males, y buscan a un líder que, sin previa experiencia en el arte de gobernar, los salve. El aplauso incondicional al guapo del barrio es lo más parecido al caudillismo. Asusta.

¿Ayuda a los demócratas este desastre de los republicanos o, por el contrario, la falta de fe en el sistema aflige a todo el país? Es tema a meditar.

Donald Trump y Ted Cruz en el debate en North Charleston, Carolina del Sur.

Donald Trump y Ted Cruz en el debate en North Charleston, Carolina del Sur.

Mucho puede suceder de aquí a noviembre. Ya vemos el tablero electoral moviéndose con el enfrentamiento de Ted Cruz y Trump, algo que puede dañar a ambos, y con la posibilidad de que el ex alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, lance su candidatura presidencial.

Creo, sin embargo, que políticos y ciudadanos por igual debemos reflexionar sobre el origen del fenómeno político actual, que ha producido en el partido conservador algo tan insólito como el predominio de la vulgaridad y el afán de destruir las instituciones públicas.

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Mis recuerdos de Matanzas

Publicado en Revista del Vigía, Matanzas, Cuba, Año 23, No. 32 y 33, p. 47-51

vigiaDesde poco tiempo antes de que ya naciera en 1944, hasta más o menos mis cinco años, todos los veranos mis padres alquilaban una casa en Varadero. Tal vez mi amor a la playa proviene de mis primeros contactos con ese mar de azules inagotables y esa arena tan fina como la de Pilar en los versos martianos, que yo presentía siempre a mi lado, con su muñeca sin brazos y sus zapatos rosa. De esa etapa recuerdo un delicioso salto en el estómago, mezcla de excitación y miedo, cuando mi padre nos llevaba a pasear en auto por las lomas de Kawama; y una casa grandísima, de maderas oscuras, rodeada de misterio, que pertenecía a la familia Dupont.

Mi Hermana Lucía y yo en Varadero, circa 1948

Mi Hermana Lucía y yo en Varadero, circa 1948

Mantengo en la retina la visión de la Bahía de Matanzas que aparecía de pronto desde la carretera como un espejismo, mágico azul entre verdes, que sin embargo no desaparecía al acercarnos. Veo por igual el pequeño puente que cruzábamos antes de regresar a la carreta central. El paso por la ciudad era señal que de que ya estábamos cerca de nuestro destino playero.

Guardo otro recuerdo curioso de esos años. En un filme de 35 m.m., tomado por mi padre, salvado hoy solo en la memoria, aparecía mi abuela paterna caminando. La imagen se me gravó para siempre porque desde que tuve uso de razón. Otra Mamá, como le decíamos, ya estaba cieguecita y en una silla de ruedas. Sólo en ese momento captado por el celuloide pude verla yendo de un lado a otra, atendiendo a mi hermana pequeña y a mí, recién nacida.

Dejamos de veranear en la famosa playa matancera porque mi padre – Ernesto R. de Aragón — sufrió un infarto, y prefirió que nos instaláramos los meses de vacaciones en la Playa Veneciana, próxima a Guanabo, mucho más cerca de La Habana, a donde él iba de lunes a jueves a atender a sus pacientes en la consulta y los hospitales, pues era ginecólogo y cirujano. Murió en enero de 1954, dejando a mi madre viuda a los 40 años, y a sus hijas menores muy pequeñas. Lucía tenía 11 años; Gloria, la menor, sólo dos; y yo, nueve.

Al morir mi padre, nuestro tío político, Máximo Rodríguez, y su hijo mayor Fernando Rodríguez de Aragón, se ocuparon mucho de nosotras y nos invitaban continuamente a la finca Ácana, cerca del pequeño pueblo de Cidra. No recuerdo en qué momento aprendí que ácana es un gran árbol de ocho a diez pies de altura, que da madera recia y compacta, de gran calidad para la construcción. De pequeña, me gustaba el vocablo ácana por su musicalidad. Fui allí, en esas tierras matanceras, que descubrí el campo cubano. Despertarme con el canto de los gallos, aspirar el aire de la mañana, ver el rocío sobre las plantas fue una experiencia nueva para una niña habanera. En Ácana dormía la siesta en una hamaca, corría con libertad campo abierto, escuchaba la magia de los sonidos de la noche. No logré superar el miedo a los sapos y los majases, pero sentí la alegría de ver por primera vez un zunzuncito, esa diminuta ave nuestra. Aprendí a distinguir la llamada distintiva de los sinsontes y sus cantos en la aurora. Como las vocales abiertas y sonoras de su nombre, Ácana me entregó la llave de otro mundo y otra música. Y me ayudó a que fuera sanando la honda herida por la muerte prematura de mi padre.

En Matanzas aprendí a amar el campo cubano

En Matanzas aprendí a amar el campo cubano

Fernandito y Olguita, hijos de mi primo Fernando y Olga Amaro, su esposa entonces, se convirtieron en inseparables compañeros de juegos de mi hermana Lucía y míos. Gloria, mucho más pequeña, también se asombraba de la nueva realidad que la rodeaba, y nos deleitaba con esos comentarios entre ingenuos y sabios de los niños, que hoy lamento no haber anotado. Mi madre congeniaba muy bien con Olguita madre, y se pasaban horas chachareando. Era la época en que estaban de moda las canciones de Olga Guillot, especialmente “Miénteme”, y “Vivir de los recuerdos”, así como otra que comenzaba “Por alto está el cielo en el mundo…” , que me parece recordar interpretaba Daniel Santos. Juntos las cantábamos a coro en las noches siempre frescas, incluso en verano. Otras veces, en la cocina contaban leyendas del campo cubano, y los pequeños nos escondíamos a oírlas por las rendijas de las puertas, entre fascinados y asustados.

Fue en la finca de mi tío Máximo que le cogí el gusto al dominó, juego que he enseñado a mis hijas y nietos, a quienes les encanta. También allí aprendí a montar a caballo. Mi tío organizaba los turnos para que montáramos a Jardinera, pero me dijo en secreto que me la regalaba, que era mía, pero que no lo comentara con los otros niños para evitar celos y peleas. Me sentía dueña del mundo con mi yegua obediente y dócil, el Rocinante de aquella niña soñadora que fui. Muchos años después, en una reunión en casa de su nieta Olguita, al comparar recuerdos de infancia, comprendimos que Máximo nos había hecho el mismo cuento de regalarnos la yegua a todos los niños. Nos reímos hasta llorar y fue como si aquel tío bueno, de guayabera blanca y simpatía criolla, volviera a la vida y estuviera allí entre nosotros. Esa tarde, ya sesentones todos, regresamos a Ácana y a nuestra niñez.

Volví en varias ocasiones a Varadero durante la adolescencia. Una vez, en el verano de 1957, hicimos el viaje por un solo día para ir a ver a mi hermana Lucía que cumplía 15 años, y que se estaba pasando una semana en casa de amigos. Para esa fecha ya habían construido el Hotel Internacional y creo recordar paraba en una de las cabañas. Quizás fue ese mismo año, o al siguiente, que me hospedé unos días en casa de María Madrazo, que había sido paciente de mi padre, por quien profesaba gran devoción. María tenía dos hijos, Gabino y Servando, muy guapos, y bastante mayores que yo, o así me lo parecía entonces. Era la primera vez que estaba una temporada tan larga –debió ser una semana o diez días — lejos de mi familia, en casa de amigos, sin compañeros de mi edad. Esta circunstancia, y el trato tan deferente de aquellos dos jóvenes, me hicieron sentirme muy adulta. Estando con ellos hicimos una excursión a Punta Gorda, en Cienfuegos, donde disfrutamos de un domingo delicioso, en el que me enamoré perdidamente de un americano que no vi nunca más. Pienso ahora que yo debería de haber sido la única que sabía inglés –estudiaba en un colegio americano – y como el joven se pasó la tarde hablando solamente conmigo, me sentí halagada.

Otro viaje inolvidable a Varadero por esos años fue con mi hermano Bebo, hijo del primer matrimonio de mi padre, bastante mayor que yo. Su mujer y su hija se trasladaban en el verano a una casa alquilada por su suegro, Guillermo Portela, y Bebo iba todos los fines de semana a verlos. Un viernes me llevó con él. Nos cogió la noche en la carretera, y estuvimos todo el camino cantando viejas canciones cubanas. Aun cuando escucho “En el tronco de un árbol…” me parece regresar a aquel momento de cariño fraterno y magia. Cuando llegamos, mi hermano quiso ir a la playa. Es la única vez que he entrado en el mar de noche. La seguridad de que Bebo era capaz de protegerme de todo me hizo superar el miedo inmenso que sentía. También de esa estancia recuerdo las gratas charlas con Portela, un hombre alto y elegante, que me trataba sin esa condescendencia que a menudo muestran los mayores con la gente joven.
El 13 de julio de 1959 me fui de Cuba exliada y no regresé hasta casi 40 años más tarde. En esos tiempos era como si Cuba hubiera caído en un hueco negro, y apenas había fotos, ni mapas de la Isla. Incluso las comunicaciones por teléfono o carta eran difíciles. Mi familia más cercana fue saliendo poco a poco, y atrás quedaron las tías paternas, –que fueron muriendo –, algunos primos, unos pocos maestros y compañeros de aula.

No quería olvidar mi país. Cada noche, antes de dormir, recordaba mi hogar, el camino a la casa de mi abuela, a mi colegio, a la tumba de mi padre y a la del abuelo escritor. Recreaba en la imaginación los azules del mar de Varadero, el tacto de su arena tibia entre mis pies, el gozo de subir y bajar aquellas lomas de Kawama en el carro de mi padre. Fue un ejercicio de memoria y amor que dio resultados, pues al volver a Cuba encontré con facilidad los lugares de mi infancia sin tener que preguntar cómo llegar.
Matanzas estuvo presente en mi memoria de otras maneras. En Miami conocí y traté en sus últimos años a Agustín Acosta, nacido en la “Atenas de Cuba”, nombrado poeta nacional en 1955. Leyendo y releyendo sus poemas también recuperaba mi campo cubano: “Y al son de estos versos rechinan inquietas/las tardrs, las viejas carretas…”

Tuve asimismo ocasión de conocer, en uno de sus viajes a Miami, a otra poeta matancera, Carilda Oliver Labra. En sus versos, las tierras y playas de mi infancia, llenas de juegos inocentes, se llenaron de amor y erotismo:

No fue hasta mi tercer o cuarto viaje a Cuba, que regresé a Matanzas. La historiadora de la arquitectura cubana, Alicia García Santana, se había ofrecido a enseñarme Trinidad en un viaje que emprendí de La Habana a Santiago de Cuba, la tierra de mi abuelo. Salí con un querido amigo por la Vía Blanca una mañana fresca y clara. Era el 28 de enero de 2001. Nos dirigimos a recoger a Alicia a su casa en Madruga, entonces parte de Matanzas. Me embargó una emoción indescriptible al ver a los niños en las paradas para honrar al Apóstol de nuestra independencia, como tantas veces hice yo a edad temprana. El aroma de café recién colado nos recibió en casa de Alicia. Apenas nos detuvimos, pero me quedé prendada del bello patio interior y de las calles pueblerinas, que parecían detenidas en el tiempo.

Regresé a Varadero – y es la última vez que visité esas playas de mi niñez — en mayo del 2002, con Uva, mi hija mayor. Nos detuvimos en el Puente de Bacunayagua, una verdadera maravilla de ingeniería civil, pero que no puede competir con la hermosa vista panorámica que contemplamos del Valle Yumurí. Estar con mi hija en Varadero, después de más de cuarenta años de ausencia, me produjo una alegría indescriptible, que ella compartió a plenitud. Todo me pareció aún más hermoso que cómo lo recordaba o lo había visto reproducido en fotos o postales. Aquel baño de mar fue una especie de renovación de los votos del bautismo, donde se perdonan los pecados y reverdece la fe.

Puente de Bucanayagua

Puente de Bucanayagua

vigia 2Mi fe no es infundada. He viajado muchas veces a Cuba a partir de 1999 y cada vez estoy más convencida de la calidad humana de la mayoría de mis compatriotas, y de cómo tantos soñamos una Cuba mejor – eso, un sueño, un proyecto común, es, en definitiva una nación — que se va forjando, a base de sacrificios, amor, memoria y olvido, para felicidad de esos niños, que como yo durante mi infancia, corretean hoy por las arenas y los campos de la Isla.
Miami, 3 de diciembre de 2013

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Capablanca: su vida y su mundo

Publicado El Nuevo Herald 1-13-2016

Hace pocos meses apareció bajo el sello editorial de McFarland and Company, Inc., José Raúl Capablanca: A Chess Biography, por Miguel A. Sánchez. La obra es el producto de más de 40 años de investigación del autor, que ya en 1976 había publicado dos tomos sobre la vida del campeón mundial de ajedrez.

Asombra el rigor del copioso volumen de más de 500 páginas y el número extenso de documentos, fotos y partidas de ajedrez que lo ilustran. Sobre todo, se admira que un libro tan cargado de datos e información pueda leerse con el interés de una novela histórica. Sánchez lo logra en gran medida debido a una magnífica prosa y a la forma con que combina las distintas aristas de la obra.

El eje central del libro es sin duda la vida de Capablanca, desde su nacimiento en La Habana el 19 de noviembre de 1888 hasta su muerte en Nueva York el 8 de marzo de 1942 a los 53 años de edad. Fascinan los capítulos previos a su nacimiento, con datos de sus antepasados, los hechos históricos que los afectaron, y sus carreras militares en el ejército español, que los destaca en Cuba. De no menos interés son los pasajes sobre la evolución del ajedrez en la Isla durante la era colonial, especialmente en el siglo XIX. El libro asimismo ofrece información sobre ajedrecistas cubanos y de otras nacionalidades. Contiene un compendio de encuentros famosos en La Habana.

La obra no deja dudas sobre el nivel de importancia que alcanzó el ajedrez en Cuba, tierra fértil para las tempranas inclinaciones de un niño prodigio. Capablanca aprendió a jugar observando a su padre, a cuyo lado vio por vez primera un tablero con apenas cuatro años de edad. Desde los cinco, el padre lo llevaba al Club de Ajedrez de La Habana, y a los 13, llegó a ser campeón de Cuba. Siete años más tarde, a los 20, le ganó al campeón estadounidense Frank Marhsall. En 1921 le arrebató al alemán Emanuel Lasker el título de campeón mundial, que mantuvo hasta 1927. Continuó cultivando triunfos hasta sus últimos tiempos. Dejó, además, una huella imborrable en el ajedrez.

capablanca niño

Esta biografía narra igualmente amores y desamores, relaciones familiares y de amistad, muchos viajes, estancias en el extranjero, momentos de éxito, y problemas de salud y desaliento de este cubano universal. Retrata la sociedad y la era en que le tocó vivir, así como los cálidos aplausos y el apoyo que recibió de sus compatriotas, en algunos casos incluso para financiar su participación en importantes campeonatos. Uno de esos mecenas, que permaneció anónimo por largos años, fue el periodista y diplomático Manuel Márquez Sterling, también ajedrecista.

2004
La obra entreteje con destreza tres hilos narrativos principales: la vida de Capablanca, los ambientes en que se desenvolvió, y la historia del ajedrez en Cuba y el mundo, especialmente aquellos aspectos que de alguna manera pueden relacionarse, aunque sea tangencialmente, con el jugador criollo.

La noche de la presentación en Books and Books se reunieron numerosos descendientes de José Raúl Capablanca, especialistas de ajedrez y personas como yo, interesados en la historia y la cultura de Cuba. Conviene que el libro se haya publicado en inglés, pues tendrá un mayor alcance. Afortunadamente, una edición en español está próxima a publicarse en Cuba para que los compatriotas en la Isla puedan disfrutar también de este singular libro de Miguel A. Sánchez sobre nuestro campeón mundial de ajedrez, fuente de orgullo para todos los cubanos.

Este artículo también puede leers en http://www.elnuevoherald.com/opinion-es/opin-col-blogs/opinion-sobre-cuba/article54198520.html

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La intransigencia no es virtud

Publicado en El Nuevo Herald 12-30-2015

Una de las consignas de la Revolución Cubana, “Cuba será un eterno Baraguá”, se basa en la protesta del General Antonio Maceo ante el Pacto del Zanjón, que puso fin a la Guerra de los Diez Años. La frase intenta justificar la intransigencia y el talante bélico de más de medio siglo de Revolución. Pero la historia es mucho más compleja. Hay que recordar la intervención de Maceo para impedir un plan de asesinar al General Arsenio Martínez Campos, en esos momentos la máxima autoridad de la Corona en la Isla; y una primera entrevista entre los dos adversarios, que no lograron ponerse de acuerdo. Maceo retomó las armas con sus tropas. En poco tiempo, sin embargo, la lucha se hizo insostenible para los guerrilleros, y Maceo por fin accedió viajar a Jamaica, con todas las garantías, en un barco de guerra español. Además –hecho que mencionan pocos libros de historia– aceptó la invitación de Martínez Campos a un almuerzo en plena manigua. Es decir, que el héroe cubano de tantas batallas, tuvo momentos en que se sentó a negociar con los españoles, con dignidad y respeto de ambas partes.

El general español y el cubano se entrevistaron al menos dos veces durante la Guerra del 68

El general español y el cubano se entrevistaron al menos dos veces durante la Guerra del 68


Con motivo del primer aniversario del anuncio del Presidente Barack Obama y Raúl Castro sobre el restablecimiento de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, se han publicado una serie de artículos. Sus autores, casi todos cubanoamericanos, parecen alegrarse de lo que consideran una política fallida, aunque sólo haya dado sus primeros pasos. Personalmente, lamento que las cosas no hayan mejorado para mis compatriotas en la Isla con mayor rapidez, pero aún tengo fe en que el camino de la apertura y el diálogo es el correcto. Otros, por el contrario, buscan justificar su intransigencia ante cualquier tipo de negociación con hechos históricos, como la negativa del Mayor General Ignacio Agramonte de aceptar los argumentos de los criollos que buscaban cambios mediante reformas y no con las armas. Se olvidan, sin embargo, de las discrepancias de Agramonte, que favorecía las instituciones democráticas, aun en plena manigua, con Carlos Manuel de Céspedes, defensor de un mando centralizado político-militar. Lamentablemente a los 32 años una bala puso fin a la vida del brillante abogado camagüeyano, y Cuba demoró casi tres décadas más en conquistar una independencia mediatizada.

Ignacio Agramonte y Loynaz (1841-1873)

Ignacio Agramonte y Loynaz (1841-1873)

Durante mis años escolares, los textos de historia mostraban de forma muy negativa a los cubanos que en el siglo XIX defendían la teoría de un cambio evolutivo, no revolucionario, para la sociedad cubana. Muchos historiadores han revisado esa visión, entre otras cosas, porque las críticas de los autonomistas al colonialismo español prepararon a los criollos para la Independencia. Fueron verdaderos agentes de cambio, como ahora lo son la Iglesia en Cuba, y todos los que desde dentro o en viajes a la Isla interactúan con el pueblo cubano y lo ayudan a ser protagonista de los nuevos rumbos que necesita el País.

Habría preferido que Agramonte hubiera servido a Cuba con su talento y mentalidad civilista, en vez de haberse inmolado en una guerra que en esos momentos no se podía ganar. Con todo, admiro a un hombre que murió por sus ideales. No pueden comprarse a él los que, desde la comodidad de sus vidas en Estados Unidos, demonizar a los “reformistas” de hoy.

A menudo me pregunto cómo habría sido nuestra historia política en el Siglo XX si en el anterior hubieran triunfado las ideas en vez de los machetes. A lo mejor hubiéramos aprendido que la intransigencia no sólo no es virtud, sino que acaba por emponzoñar a los pueblos.

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La pistola de Donald Trump

Publicado en El Nuevo Herald 12-16-2015

Nunca antes el mundo, y los Estados Unidos en particular, ha cambiado tan rápidamente como en los últimas tres décadas. La revolución tecnológica, las variaciones demográficas y la globalización son los factores principales de esta transformación. Recordemos que las compañías privadas que nos dieron acceso a la red surgieron muy a finales de los 80 y principios de los 90. La elección del primer presidente de raza negra en 2008 confirmó que a la Casa Blanca sólo se podía llegar con un alto porcentaje de votos de los grupos étnicos minoritarios. La globalización es un hecho, a veces positivo –tal como la reciente Cumbre de París para detener los peligrosos cambios climáticos–, y otras negativo, como la capacidad de ISIS de reclutar seguidores en cualquier país.

La nueva sociedad requiere adaptarse en muchos aspectos de la vida diaria. Para prosperar, hace falta un mayor nivel de educación o un entrenamiento en destrezas hoy necesarias en el campo laboral. Muchos empleados de los McDonald´s, y hasta los vecinos en la mayoría de los barrios, hablan con acento e incluso en un idioma extranjero con sus familiares y amigos. Son distintos. El orden en el hogar también ha variado. Las mujeres son más educadas, trabajadoras e independientes, aunque aún no haya igualdad de oportunidades.

Algunos estadounidenses temen los cambios que confrontan. Desean regresar al pasado, a un país en que las mujeres eran sumisas, y casi todos eran WASP. Es decir, blancos, anglosajones y protestantes que se sentían poderosos, en control de su destino. ¿Quiénes están atemorizados? En su mayoría varones blancos, sin educación universitaria, y con ingresos moderados (menos de $75,000 por familia). No son necesariamente de extrema derecha en cuestiones sociales o religiosos, pero tienen dos pasiones dominantes: la afición a las armas de fuego y el odio a los “otros”; es decir, latinos, negros, asiáticos.

De este miedo se ha valido Donald Trump para mantenerse en todas las encuestas como el aspirante republicano a la candidatura a la Presidencia de Estados Unidos con mayor apoyo popular. Mientras más personas o grupos insulte, más crece esa popularidad. Se ha convertido en el arrojado cowboy de la película que acabará con todos los indios. Su pistola es el miedo y la dispara con frecuencia.

Trump cartoon

La propuesta suya más reciente de no admitir musulmanes en Estados Unidos es tan peligrosa que republicanos de alto rango le han salido al paso. El Grand Old Party (GOP) confronta una división que podría continuar hasta la misma convención en Cleveland el próximo verano, cuando se escogerá al candidato.

Los demócratas saben que estas fragmentaciones no son beneficiosas para el país. También, que los acerca a una gran victoria en 2016, e incluso una posible mayoría en el Senado y la Cámara. Si la historia se repite, basta recordar las derrotas abrumadoras de Barry Goldwater en 1964 y de George McGovern en 1972. Los americanos no suelen votar por candidatos extremistas.

Claro, todo ha cambiado tanto que… ¿quién puede atreverse a lanzar predicciones?

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Refugiados

Publicado en El Nuevo Herald 12-2-2015

Uno de los muchos debates que divide a Estados Unidos en estos momentos es si se deben admitir 10,000 refugiados sirios. A la luz de los recientes ataques terroristas, los candidatos republicanos están sembrando el miedo entre los ciudadanos y proponen no solo cerrarle la puertas, sino soluciones tan extremas como las de tener una lista de los musulmanes en el país y mantenerlos vigilados. Por otra parte, el Presidente Obama ha declarado que de todos modos los refugiados vendrán. Hasta ahora, sin embargo, no ha logrado ser muy eficaz en disipar los temores de la población.

Desde que comenzó la guerra, han muerto más de 240,000 sirios, víctimas de la violencia. Entre ellos, 12,000 niños, un poco menos que los 14,000 cubanos menores de edad que en los años sesenta vinieron a Estados Unidos en la Operación Pedro Pan. Debido a la destrucción de la infraestructura del país, aproximadamente 5 millones de sirios, casi el mismo número de la población de Cuba en 1959, no tienen acceso a cuidados médicos ni al sistema de educación. Doce millones han huido de sus hogares, la mitad de ellos niños. Cuatro millones se encuentran en Turquía, Líbano y Jordania, muchos en campamentos. Más de 700,000 han arriesgado sus vidas en 2015 para entrar a Europa. El pequeño Aylan Kurdi, de 3 años, nunca pudo llegar. Las mareas llevaron su cuerpecito sin vida hasta las playas de Grecia, y su foto conmovió al mundo. Pronto lo hemos olvidado.

Niños sirios refugiados en campamentos

Niños sirios refugiados en campamentos

Desde el 11 de septiembre del 2001, Estados Unidos ha aceptado alrededor de 785,000 refugiados, principalmente afganos e iraquíes. De ellos, sólo una docena han sido detenidos por sospechas de vínculos con terroristas, dato que debía tranquilizar a los que desean cerrarle la puerta a los sirios. Mientras, miles de ciudadanos de 90 países pueden entrar sin visas. Algunos llegan como turistas y piden después ser considerados como estudiantes. Tal fue el caso de quienes perpetraron los ataques de las Torres Gemelas. Es una política de la que se habla poco pero que necesita revisión.

En la actualidad, de los aproximadamente 23,000 sirios que las Naciones Unidas recomendaron dar entrada a Estados Unidos, sólo 2,165 fueron aceptados después de un minucioso escrutinio.

Acabo de regresar de Gainesville donde estuve con la familia y mis cuatro nietos, estudiantes universitarios. Como cualquier abuela, quiero le mejor para su futuro. Me da miedo el peligro terrorista que todos podemos correr a la vuelta de la esquina, y siento pavor por los asesinatos en masa de tanto loco legalmente armado hasta los dientes. También me asusta que mis nietos pierdan la fe en la humanidad, la compasión por los que sufren, el respeto a los de diferentes razas o culturas. Por ello, deseo que se investigue a los sirios, pero que si son admitidos en Estados Unidos, se les reciba sin prejuicios. Son víctimas, refugiados que huyen aterrorizados. Los cubanos, haitianos, salvadoreños, nicaragüenses, judíos y tantos otros con experiencias similares, deberíamos comprenderlo bien.

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También el Sol tiene manchas

Publicado en El Nuevo Herald 11-18-74

Mi admirado colega Andrés Reynaldo ha escrito recientemente que en Cuba no está cambiando nada, y que quienes insistimos en ser los “heraldos del cambio-fraude” no somos tontos, ni brutos, ni posiblemente oportunistas, sino “una manifestación tardía, vergonzante y en ocasiones pueril de nuestra cultura revolucionaria”. Quizás el brillante periodista ha caído en la trampa de confundir el régimen con el país.

Es posible que inicialmente el gobierno cubano sólo haya modificado lo que no le ha quedado más remedio. Sin embargo, aun con la resistencia de ciertos sectores, Cuba sí está cambiando; despacio quizás, eppur si muove.

Hace tiempo que sus ciudadanos se despojaron de la retórica marxista. Ya ni los viejos defienden con ardor aquella Revolución por la que hicieron tantos sacrificios. Los hijos se les han ido. Los nietos están creciendo en Miami o Madrid. Hoy más cubanos mantienen pequeños negocios. La mayoría tiene más contacto con el mundo exterior. Hasta los disidentes ya pueden viajar. Algunos cuentan con páginas en Facebook y blogs. Portan celulares. Se comunican por correo electrónico. Venden y compran “paquetes” con información del internet. En la Rampa o el parque Céspedes de Santiago, cientos de personas se comunican por Wi-Fi con sus parientes y amigos en el extranjero. Incluso, usando la aplicación IMO, pueden verse.

El periódico 14 y medio, que dirige Yoani Sánchez, evidencia los cambios. En un número reciente aparece un artículo titulado “El Biky, un nuevo espacio para la clase emergente” sobre una cafetería-restaurante en Infanta y San Lázaro, que hace pensar que no puede ser del gobierno, dado el entusiasmo y la cortesía de los empleados. Otro trabajo, firmado por Sánchez, “La rebelión de Liliput”, se refiere a una columna publicada en Tribuna de La Habana. Su autor, Alexander A. Ricardo, critica en un “texto metafórico pero certero” el estilo de vida de Antonio Castro, hijo menor de Fidel. Otra crónica está dedicada a los preparativos para celebrar Halloween a la cubana, el negocio que genera, y el embullo con que los jóvenes adoptan esta tradición foránea, pese a la reticencia del oficialismo. Los cubanos, en fin, buscan desaforadamente dar el salto a la modernidad.

Tratar de ayudarlos, pese a lo que aún no ha variado, dista mucho de ser un síntoma de nuestra larga tradición de violencia política, sino, por el contrario, un giro hacia una búsqueda de procesos de evolución, no revolución. Es un ejemplo de realpolitik. Pueril es creer que “el cambio” sucederá en un día.

En un trabajo anterior, Reynaldo asegura que no cree en la reconciliación y el perdón, sino en la memoria y la justicia. No son conceptos reñidos. Los primeros –para mí, al menos– han sido resultado de un proceso interno, personal, que incluye el compromiso de contribuir a la recuperación de una memoria histórica que comprenda al exilio. La justicia es importante, pero no estará en nuestras manos, sino en la de instituciones. Y en las de la Historia. Inevitablemente, tendrá manchas, como el Sol.

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