La historia de Teo

Para Lisandro, que rescató a Teo.

Y para Osvaldo, Janet, Pepe, Paco, Gabriela y Laura que le dieron un hogar

Había una vez un niño que vivía en una Isla muy hermosa llamada Cuba. Jose creció en una zona de La Habana conocida como la Puntilla, donde termina el
el río Almendares, y las aguas del mar acarician una costa rocosa.

La Habana desde la Puntilla

Cada vez que podía, el niño se iba a la playita cerca de su casa. El mar era su mejor amigo. La abuela le decía que parecía un pez.

El niño se hizo hombre, se casó, y su mujer tuvo una bebé. Él la llevaba a bañarse en el mar, para que lo amara tanto como él.

Con los años empezaron a faltar muchos alimentos en la Isla. Los cubanos apenas tenían que comer. Desesperados, comenzaron a irse para Estados Unidos en pequeños barquitos o balsas. Como aquel niño, ya hombre, no le temía al mar, un día le dio un beso a su madre y a su niña, y se fue con un pomo de agua y un paquete de galletas hasta la orilla. Allí se subió a una improvisada embarcación.

Jose se fue en una balsa….

Aunque el mar era su amigo, las tres noches que pasó antes de pisar tierra firme a veces tuvo miedo. Pero llegó a Miami y aunque dio algunos tumbos al principio, por fin comenzó a trabajar en una fábrica de juguetes en Hialeah. El trabajo era aburrido, pues tenía que estar parado todo el tiempo para ponerles los ojitos a unos osos de peluche antes de que una gran máquina los presionara. Así quedaban pegados a Mr. Teddy, como se llamaba ese juguete, que había sido inspirado por un presidente americano llamado Theodore Roosvelt.

De vez en cuando el supervisor pasaba por el salón a ver cómo iban las cosas. Un día cogió a un oso por una pata y lo sacó de la hilera. Le gritó a Jose:

__Así no se trabaja. Este oso tiene un ojo más bajo que el otro. Los juguetes con nuestra marca no pueden tener imperfecciones. Tíralo a la la basura y ten más cuidado.

Jose pensó en cuando era niño y había que esperar a ver qué juguete le tocaba a uno cuando los repartían. Ahora mismo a él le hubiera encantado poder mandarle ese gran oso a su hijita. En vez, lo guardó en su taquilla, aunque era el oso era tan grande que casi no cabía.

Mr. Teddy pasó a llamarse Teo

Le daba pena aquel oso. Se preguntaba qué pasaría en el mundo si tiraran a la basura a todo el que tuviera un desperfecto. Ya a él lo hubieran eliminado porque desde niño tenía los pies planos.

A la hora de almuerzo, Jose sacaba al oso y lo sentaba a su lado. Comenzó a hacerle cuentos de su niñez en esa tierra encantada de palmeras y playas. Una vez una compañera de trabajo lo escuchó.

__Yo soy de Nicaragüa y también extraño mi país. Pero ese oso no te entiende. Se llama Mr. Teddy. No sabe español _ le dijo.

Jose no le hizo caso. A él le parecía que el oso lo escuchaba e incluso a veces le sonreía. y otras veces los ojitos le brillaban como si estuvieran húmedos. Decidió cambiarle el nombre. Le puso Teodoro. Le decía Teo. Por varios años Teo escuchó las penas y nostalgias de Jose, su alegría cuando recibía noticias de su familia, y sus sueños para traer a su niña, que era ya una mujercita.

Teo entendía todo lo que le contaba Jose

Un día el dueño de la fábrica vino a hacer una inspección. Traía con él a su hijo menor, un chiquillo con la cara llena de pecas y el pelo rubio que se quejaba de que había mucho calor. De pronto vio a Teo y lo cargó. Jose se lo quitó suavemente y lo guardó en su taquilla. A la hora de irse con el padre, el niño se antojó en llevarse al oso. Le dieron uno nuevo y con los ojos parejitos, pero el hijo del dueño pataleaba porque quería el de Jose.

–Mire, ni siquiera lleva la marca de la firma porque tiene un desperfecto-– explicó Jose al padre con la ilusión que se acabara de llevar a su hijo. Fue inútil. Tuvo que darle el oso al niño.

El tiempo pasó y Jose pudo ir a ver a su hija a Cuba y más tarde traerla a vivir a Miami, con su esposo e hijita. Aquel niño que parecía un pez era ya un abuelo y podía comprarle juguetes a su nieta, pero siempre se preguntó a donde habría ido a parar Teo.

Teo se había ido a vivir a Coral Gables con Johnny, el niño pecoso. Por muchos años Johnny lo quiso mucho. Como su mamá y su papá trabajaban todo el tiempo y él pasaba horas solo, el osito, que volvió a llamarse Mr. Teddy, se convirtió en su mejor amigo. Lo sentaba a la mesa a la hora de comer, lo llevaba a la cama cuando dormía.

Johnny pasaba mucho tiempo con su osito

Mr. Teddy viajó con su dueño a Nueva York, Chicago y otras ciudades. Johnny le hablaba en inglés. Una vez su nana lo escuchó y le dijo:

__Tienes que hablarle en español. El nació en Hialeah y su papá era cubano así que no entiende inglés bien.

Johnny pensó que la nana estaba loca. Él sabía que el oso no entendía, así le hablaran en inglés o español, sino porque los osos no entienden ningún idioma. Bueno, eso no era del todo cierto. Los osos entienden el lenguaje del corazón. De todas formas, ya no le hablo más. Johnny era ahora un adolescente y se pasaba la vida frente a una pantalla con juegos de videos. También tenía una amiga invisible llamada Alexa que sí le contestaba cuando él le hablaba.

Teddy quedó abandonado en un closet

Mr. Teddy quedó olvidado en un closet hasta que un día hicieron una limpieza y fue a parar a un basurero en Coral Gables. Estaba triste y asustado, pero sacó fuerzas de la tristeza, logró limpiarse un poco y sentarse en lo más alto de la basura, con la esperanza de que alguien lo viera y lo rescatara.

En efecto, al día siguiente a un inquilino del edificio le llamó la atención aquel oso tan bien cuidado sentado sobre la basura como si lo estuviera mirando todo. Ya sus hijos y nieta estaban grandes, pero el hombre, un profesor que quería mucho a Cuba, donde había nacido, pensó en cuántos niños en su país y a allí mismo en Miami apenas tenían juguetes. Acababa de pasar la Navidad y quizás algunos estaban tristes porque no habían recibido los regalos ansiados.

El profesor retrató al oso sentado sobre la basura y puso la foto en Facebook. ¿Alguien lo ha botado por error? – preguntó.

La foto de Teo salió en Facebook

Nadie le contestó y al día siguiente el profesor recogió al oso, lo subió al asiento de su carro y le puso el cinturón de seguridad. Colocó la nueva foto en FB y le preguntó a sus amigos qué debía hacer con él.

Algunos le dieron nombres de lugares donde donarlo. Otro le aconsejó que le abriera la barriga por si llevaba algo de contrabando dentro. Una amiga le habló de una familia recién llegada de Cuba con cuatro hijos.

–Seguro que ellos lo querrían…

A los dos días el profesor llevó a Mr. Teddy a casa de su amiga.

Ella lo cuidó con esmero e hizo todo lo posible para que estuviera contento. Hasta lo dejó sentarse en el mejor butacón de la casa

La amiga del profesor cuidó a Teo unos días

Poco después la familia Gallardo – Papá Osvaldo, Mamá Janet, Pepe el caso, Pablo el bueno, Gabriela la inteligente y Laura la risa, vinieron a su casa a buscar al oso.

No le habían dicho que ya tenían otro, pues les daba pena el cariño con que se les ofrecía. Y ellos querían a esa abuela un poco loca que tenía en su jardín del frente una casita en un árbol y caminaba con un bastón de flores.

Además, les parecía que el oso, como ellos, era un refugiado.

En cuanto lo vieron, Pablo dijo:

__Vamos a llamarlo Teo.

__Mira, dijo Gabriela, si ha sonreído. ¿No lo ves, Papá, que se ha reído?

__Si, hasta con los ojitos se ríe, y se le pone uno más chiquito, __observó Laura.

__ Será que es un osito cubano __ dijo el padre.

__Pues ya es parte de la familia. __dijo la madre.

__Le dedicaré una entrada en mi blog __ añadió Pepe, que era ya un joven escritor.

Y Teo, que sabía escuchar y entendía bien la nostalgia de los cubanos fuera de su país, se fue contento a su nuevo hogar donde fue muy querido y vivió muchos años. Incluso una vez hasta lo llevaron de visita a Cuba…y si no es por Mamá Janet que lo rescató, ¡hasta lo bañan en el mar!

Colorín Colorao….

Teo en un banco en Camagüey con Laura

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A mi nieto Cristian en vísperas de su boda

Cristian y Kristen. Los dos con el mismo apellido, García. Parece una unión hecha por Dios. Se conocieron en el último año de secundaria. Y desde entonces no ha habido otro amor para ninguno de los dos. Llevan ya cinco años de novios. Ambos han alcanzado muchos logros en ese tiempo. También han viajado y pasado ratos felices juntos. Algunas peleas habrán tenido, me imagino. Aun así, a medida que se acerca el día de la boda, más y más, parece un matrimonio divino.

Pero no lo es. En la iglesia católica, el matrimonio es el único sacramento que el sacerdote no oficia, sino que es un contrato de por vida entre un hombre y una mujer para el bien de ambos y de los hijos que traigan al mundo.
Es igual en la iglesia episcopal. Los novios intercambian sus votos ante Dios y la Iglesia, y reciben Su bendición para cumplirlos.

Como todo en la vida, para triunfar, se necesita la gracia de Dios, pero tener un buen matrimonio depende de ustedes. Y el matrimonio, querido Cristian, es como una planta delicada que necesita constante cuidado. Hasta una ráfaga de aire o un pequeño gusanillo puede dañarlo.

Una de las cosas más importantes en el matrimonio es confiar el uno en el otro. Y para ello es necesaria comunicación y honestidad. No es cuestión solo de no decir mentiras, sino de compartir sueños y preocupaciones, planes y temores. Ser fiel es mucho más que no tener una relación fuera del matrimonio. Tomen juntos las decisiones importantes, no dejes que nadie hable mal de tu esposa delante de ti. Sé leal en la vida cotidiana, en las cosas pequeñas, y en otras mucho mayores, como aceptar los defectos el uno del otro.

Los dos son bellos, jóvenes, inteligentes. Pero no perfectos. Si haces algo que a Kristen no le gusta y se queja, escúchala. Y trata de ser mejor. No hay nada más admirable que cambiar una forma de comportarnos para hacer feliz a la persona amada.

Habrá presiones de trabajo, de ambas familias, de la vida misma – cuentas, amigos, hijos—pero siempre mantengan un espacio que sólo ustedes dos compartan. Y no quiero decir un espacio físico, sino un lazo de intimidad expresado en una broma, una mirada, un beso. El amor es una conspiración de dos personas contra el mundo.

Las mujeres somos de Venus. Nos gustan los detalles. Somos unas románticas incurables. No permitas que la rutina ni la tecnología te hagan olvidar esos aparentemente pequeños gestos que nos gustan tanto a las mujeres – las flores inesperadas, la notica en el refrigerador, el roce de las manos en el momento apropiado.

Y tanto como necesitan cuidar ese nexo especial que comparten, cada uno requiere de su propio espacio. No la celes. Los celos pueden ser muy destructivos. No son buenos para una pareja.

Eres un verdadero caballero y no tengo que recordarte que siempre trates a tu esposa y a todas las mujeres con respeto y bondad. Habrá desacuerdos. Es parte de la vida. Mi consejo: nunca se vayan a dormir sin hacer las paces. No permitas que una pequeña pelea continúe al día siguiente, porque se puede convertir en resentimiento. No hay nada que el amor no pueda curar, y mientras más pronto, mejor.

Aprende a ceder. No siempre vale tener razón. También hay que ser generoso. Recibirás en la medida en que sepas dar.

Espero que Dios los bendiga con hijos y comenzará entonces una nueva etapa de tu vida. Estoy segura de que serás un gran padre, pero no por ello disminuyas sino por el contrario aumenta la atención que debes tener con tu esposa.

Que estés casado no quiere decir que no me puedas llamar a cualquier hora del día o de la noche, solo para conversar, pedir mi opinión o, porque por intuición, aunque no me lo digas, sabré si necesitas algo. Tu abuela siempre está dispuesta a ayudarte. Lo sabes.

Me hace mucha ilusión tu boda. Ya siento que gano una nieta.

El 4 de enero de 2019 será uno de los días más felices de la vida de ambos. Una hermosa boda es solo el principio de un largo viaje juntos. Mi deseo es que sea abundante en dichas, salud, logros, viajes, hijos, mucho amor e infinitas bendiciones de Dios.

Yo te doy la mía, nieto querido.

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To my grandson Cristian on the eve of his wedding

Cristian and Kristen. Both with Garcia as your last names. It seems a union made in heaven! You met during your last year of high school and only have had eyes for each other since then. You have been together for five years, and have both accomplished much in this time. There are many pictures that attest that you have also travelled and had fun together. You must have had a few fights too. Still, as your wedding day approaches, it seems more and more, a marriage made in heaven.

But it is not. In the Catholic Church marriage is the only sacrament the priest does not bestow on you, but it is a life-long partnership a man and a woman establish for their own good and that of their children. It is the same in the Episcopal Church. Bride and groom make their vows before God and the Church, and receive His blessings to fulfill them.

Like with everything in life, you need God´s grace to succeed, but it is up to the two of you to make your marriage work. And marriage, dear Cristian, is like a delicate plant. It needs constant nurturing. Even a draft of air, or the smallest little worm, can harm it.

One of the most important things in marriage is trust. And for trust to endure, you need to communicate and be honest. It is not only a matter of not lying, but of sharing your dreams and worries, your plans and fears. Being faithful is a lot more than not having relationships outside marriage. It is about making decisions together, about not letting anyone talk ill of your spouse in front of you, about every day actions, some small, some large, such as accepting each other´s faults.

You are both beautiful, young, smart. But not perfect. And as the years go by, you will discover each other´s shortcoming. If there are things you do, and Kristen does not like them and complaints, listen. And try to better yourself. There is nothing more admirable than to change one´s behavior for the happiness of those we love.

There will be demands from work, each other´s families, life itself – bills, friends, children—but always keep a space that is only shared by the two of
you. And I do not mean a physical space, but a special intimate bond expressed by an inside joke, a look, a kiss. True love should be a conspiracy of two against the world.

We women are from Venus. We care about details. We are incurable romantics. Don´t allow routine and technology to come in the way of those apparently small gestures that mean so much to a girl – the unexpected roses, the little sticky on the refrigerator, holding hands at the right moment.

And as much as you need to take care of the unique bond you share, you each also need space apart. And do it without reservations. Jealousy can be very destructive. If there is trust, it has no place in marriage.

You are a true gentleman and I do not have to remind you to always treat your wife and every woman with respect and kindness. There will be disagreements. It is part of life. My advice: never go to sleep mad at each other. You do not want any quarrel to carry over to the next morning, because an insignificant dispute may then turn into resentment. There are few ills love cannot cure.

Learn to compromise. It is not always about being right. It is also about being generous. And you will receive in the same measure that you give.

Hopefully, you will be blessed with children and another stage of your life will begin then. I am sure you will be a great Dad, but being a parent should not diminish but increase the attention you give to your spouse

Being a married man does not mean, however, that you cannot call me at any time of the day or night just to talk, ask for my opinion or because by intuition, without your saying it, I will know if you need something. Aba will always have your back.

I am looking forward to your wedding day. I already feel I have gained a granddaughter.

January 4, 2019 will be one of the happiest days of both your lives. A beautiful wedding is just the beginning of a long journey together. May it be filled with joy, health, achievements, travels, children, lots of love and God´s infinite blessings.

I give you mine, my dear grandson.

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Mis tres Habanas

Publico de nuevo este artículo como homenaje a mi ciudad natal, que el pasado 15 de noviembre, cumplió 499 años de fundada.

Nací y crecí en La Habana hasta los quince años, esa edad símbolo en nuestra cultura de la plenitud de la adolescencia. En esa ciudad aprendí a caminar, leer, escribir. En sus parques y playas quedó la inocencia de mis primeros años. “Señora Santa Ana,¿por que llora el niño…?”

Mañana de domingo. Misa en la Iglesia de San Antonio. En la acera le doy unas monedas a una viejecita y me regala una estampita que guardo en mi misal. Al regreso a la casa, los discos de 78 en el tocadiscos. Las guitarras de los Panchos llenan el aire. “Como un rayito de luna…” Una copita de Oporto para los mayores mientras en la cocina dan los últimos toques al almuerzo. Hoy todos juntos alrededor de la mesa. La tarde en casa de la abuela jugando en el zaguán con los primos a los escondidos, los pasos americanos, las estatuas.

Habana de mis escuelas, mis maestros, mis compañeros de aula. Habana de mis primeras lecturas, mis primeras cuartillas. Habana y Pilar con sus zapatos rosa. Habana de Primera Comunión. Habana enmarcada por le ventana del ómnibus escolar mientras sueño con ser escritora, publicar libros…

La Habana y mi padre. Su mano que toma la mía para cruzar la calle. Vamos a la Casa Suárez a comprar turrones. Mi padre en los juegos de pelota. Mi padre en el Hospital Calixto García y la Clínica Miramar visitando a sus pacientes. Mi padre, león dormido, al que sus niñas tratan de robar una flor imaginaria, y despierta rugiendo para comernos a besos.

La Habana del primer gran dolor. La casa entristecida. Batas blancas que van y vienen. Cámara de oxígeno. Voces que susurran. Mi padre ha muerto. La niña no es niña más.

La Habana y mi madre. El tintineo de las medallas que prende a su ropón hieren el silencio de la madrugada cuando se inclina ante las camas de sus hijas para asegurarse que duermen tranquilas. Mi madre adornando un nacimiento. Mi madre llevándonos de compras a La Habana Vieja. Qué salto me da el corazón cuando pasamos por la Beneficencia y pienso en los pobres huérfanos… Mi madre viuda. Mi madre enamorada. Vuelta a casar. La casa llena de sol y vida.

La Habana y Mamá Lila. La abuela que me lee poesía. Me hace cuentos del abuelo escritor. Me enseña el romancero. Me canta…”Había una vez un barquito chiquitico, había una vez…”

La Habana y las tertulias en casa de mi tia Sara. Escritores, pintores. Luis Carbonell recitando. Ella reina entre todos.

La Habana de los primeros bailecitos, el primer amor, el primer beso. Habana de carnavales. Habana de boleros y chachachá. “Cuando Miñoso batea de verdad…” Habana de ciclones. Habana de paseos por el Malecón.

La Habana de violencia, bombas, tiroteos, dictadores, revolución. “Mambrú se fue a la guerra qué dolor qué dolor qué pena…”

La Habana del adiós, el desgarrón, el corazón adolorido. “Cuando me fui de Cuba…”

Mi segunda Habana. La Habana del exilio. La Habana del recuerdo. Por las noches, antes de dormir, recorro mentalmente mis caminos. De mi casa a la de mi abuela, de mi casa a mi escuela, de la capilla del cementerio a la tumba de mi padre, a la de mi abuelo. No quiero olvidar mi ciudad. Quiero fijar en la memoria sus imágenes. Sus calles, sus edificios, sus barrios, sus monumentos, sus iglesias, sus paseos. La Habana en mis noches de desvelo. La Habana en versos ungidos de nostalgia.

Mi tercera Habana. La Habana del regreso. Del reencuentro. Con familiares y amigos que quedaron atrás. Con mis árboles. Con los lugares grabados con exactitud en la memoria pese al largo paso del tiempo. Todo a la medida de mi recuerdo. Habana que redescubro, que camino con mis pies de desterrada, con mi baúl de preguntas sin respuestas, con mis heridas abiertas. Como yo, La Habana está más vieja, con más cicatrices, más necesitada de pintura. Con sus zonas de ruinas y pobreza. Con su arquitectura monumental y única. Medios puntos y enrejados. Fortificaciones y palacetes.

Habana de plazas, marchas, consignas, pancartas. Habana íntima, de viejos y nuevos afectos. Habana de los poetas. Mito y realidad, pecado y salvación, horror y paraíso. Mi Habana en tres tiempos. Todo en ti cabe, ciudad donde nací y donde algún día descansarán mis huesos.

Diario Las Américas, 16 de Septiembre de 2004

Este artícuo aparece en El mundo y mi Cuba en el Diario. Compilación y prólogo de Vitalina Alfonso. Holguín, Cuba: Ediciones Holguín, 2015. Segunda edición. Miami, Florida: Eriginal Books, 2016 Puede obtenerse en Amazon https://www.amazon.com/El-mundo-Cuba-Diario-Spanish/dp/1613700911/ref=sr_1_11?s=black-friday&ie=UTF8&qid=1542512268&sr=8-11&keywords=Uva+de+Aragon

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LA BEBÉ CON MANITAS DE LEON

A mi hermana Gloria en su cumpleaños

El día más triste de mi infancia fue aquel primer domingo de enero de 1954 en que murió mi padre; el más feliz, el 22 de octubre de 1951.

Mi madre estaba encinta. Todos esperábamos a la criatura con gran ilusión.  (Años más tarde supe que después de nacidas mi hermana Lucía, que entonces contaba con 9 años, y yo que tenía 7, mi madre había perdido un embarazo.)

Cuando aquel lunes inolvidable, nuestro chofer Raúl nos fue a buscar a la hora de almuerzo  a Lucía y a mí al colegio de Margot Párraga, donde cursábamos la primera enseñanza, en vez de seguir a recoger a mis padres a la consulta de Papi, fuimos directo para casa. Nos explicaron que mi madre se había puesto de parto y nuestro padre (que además era médico ginecólogo) estaba con ella.

Sentadas solitas en el comedor, sonó el teléfono instalado en un pasillo entre ese salón y la cocina.  Corrimos las dos a contestarlo. No recuerdo si fue Papi o nuestra tía Sara quien nos dio la noticia. Teníamos una hermanita.

Logramos que no nos llevaran a la escuela esa tarde, sino a la Clínica Miramar. Mi madre estaba preciosa – o así me pareció a mí. Tenía su propio ropón y una mañanita color rosa claro. Entraron a la bebé en una cunita de cristal. Era la primera vez que visitaba a un recién nacido en un hospital. Recuerdo quedarme mirándola asombrada. No lo supe poner en palabras entonces pero intuí por primera vez que cada nacimiento repite el milagro de la creación.  Lucía  se atrevió a acariciarla. No sé cuál de las dos dijo:

–Tiene manitas de león.  – Nunca he entendido qué fantasía infantil produjo la comparación pero la frase se quedó en la familia para siempre.

Dr. Ernesto R. de Aragón y su esposa Uva Hernádez Catá con sus hijas Lucía, Uva y Gloria. La Habana, 1951

Los primeros meses en casa todo giró en torno a Gloria Aurora, como mi padre escogió ponerle: el primer nombre porque aseguraba que sería la gloria de todos, y el segundo en memoria de su hermana preferida que había muerto de cáncer hacía unos cinco años.

Cuando Gloria tenía ya 8 o 9 meses  comencé a disfrutarla más. Confieso que había mediodías que esperaba ansiosa que se despertara de la siesta, y con lo grande que era,  me metía en la cuna a jugar con ella.  Los primeros pasos los dio en el verano en la playa Veneciana. Recuerdo el momento con tanta claridad como cuando años después lo hicieron mis hijas.

Gloria de Aragón celebrando su primer cumpleaños con sus hermanas Lucia y Uva

Al año siguiente, estando precisamente en esa playa del este de La Habana, mi padre tuvo un infarto y lo  trasladaron para La Habana. Pocos días más tarde, nosotras tres regresamos a casa, donde el quiso que lo atendieran. Fueron meses tristes, donde el hogar adquirió esa atmósfera de olores, silencios, pasos sigilosos, murmullo de voces. de cuando hay un enfermo crónico. Yo me refugié en la lectura y en tratar de alegrar la vida de Gloria, para quien mi madre, dedicada a atender a su esposo, tenía menos tiempo.  Cuando Papi murió, mi hermana menor tenía 2 años y 2 meses. Apenas lo recuerda, aunque está convencida, y no lo dudo, que la cuida desde otras dimensiones.

El 28 de septiembre de 1956 mi madre se casó con Carlos Márquez Sterling. La ceremonia fue muy íntima, en la biblioteca de nuestra casa, a donde Carlos y su hijo Manuel vinieron a vivir. (Luego supe que Mami no quiso que hubiera demasiados cambios en nuestras vidas y que prefirió conservar la casa que había mandado a construir nuestro padre y que veía como parte de su herencia a nosotras.)  Aquel hogar que pocos años antes se había ensombrecido, se llenó de luz, música, personas de todas las edades, pues todos nos sentíamos con libertad de traer a los amigos a casa.

En el comedor donde Lucía y yo almorzábamos solas cuando recibimos la noticia del nacimiento de Gloria, podían sentarse a cenar personajes de la talla de un Sergio Carbó o un Gastón Baquero, con jóvenes amigos de Manuel o compañeritas de Lucía o mía. Fue una época feliz.

La casa en la Calle de la Copa, el reino de nuestra infancia

Todos mimábamos a Gloria.  Panchita, su tata, una mujer afrocubana, de cara redonda y amplia sonrisa, le había enseñado múltiples canciones que ella interpretaba con gracia.  Había que verla con una saya verde estrecha que no sé por qué le compraron o le mandaron a hacer, imitando a Sarita Montiel:

“Fumando espero

Al hombre que yo quiero

Tras los cristales

De alegres ventanales…”

No todas las canciones eran tan adultas. También se sabía el Ratoncito Miguel y muchas que cantaban Olga y Tony como La marcha de las letras, Sonríete, Niña y el Chuchú del tren.

Había en esa época un programa de televisión – si mal no recuerdo los domingos – que a ella le encantaba y comenzaba:

El ciiircooooo con… ¡Valencia!

Nos encantaba cuando Gloria repetía la frase imitando al locutor.  Creo que fue el novio de Lucia quien encontró un juego inspirado en el programa, con una pequeña carpa amarilla y El Circo de Valencia escrito en letras rojas. Ella se pasaba horas jugando con él. Y  aunque ya adolescente yo tenía otros intereses en mi vida, siempre encontraba un rato para sentarme en el suelo con Gloria, su diminuto circo o  sus muñecas.

Quizás la malcriábamos demasiado porque cuando empezó el primer grado en el Ruston, Mami le mandaba con el chofer el bistecito de filete picadito y otras cosas que le gustaban para el almuerzo.  Si así fue, no le hizo daño, pues nunca fue una niña antojadiza, exigente ni llorona, sino en verdad “la gloria” de aquella casa.

La vida nos cambió a todos cuando nos fuimos de Cuba el 13 de julio de 1959.  En los próximos dos años, aquel familión se redujo a mis padres, Gloria y yo que vivíamos en un apartamento de dos cuartos en Washington, D.C.  Porque se pudo cobrar una póliza que mi padre había hecho para nuestra educación con una compañía canadiense, y porque las hijas de varios cubanos que vivían en el mismo edificio asistían al Colegio del Sagrado Corazón (Stone Ridge) en las afueras de la ciudad, allí nos matricularon a Gloria y a mí. Nunca habíamos visto a una monja y les teníamos pánico. A los quince años, yo tenía más recursos internos para lidiar con esos  miedos infundados, pero a los 7, Gloria pasó mal los primeros meses. En muchas ocasiones me escapaba al comedor – que entonces me parecía inmenso – donde la dejaban solita hasta que se comiera los vegetales. Yo usaba todos mis poderes de persuasión para que se tragara el brócoli o la col, y si fallaba, entonces tenía que  exhortar a la monjita de turno para que la perdonara. Sé que ella no ha olvidado esas intervenciones mías.

Gloria y yo con nuestros padres acabados de llegar al exilio. Washington, D.C. Septiembre 1959

En 1962, un año después de mudarnos a N.Y. por razones de trabajo de Carlos – un verdaderos segundo buen padre para las tres–, me casé, y en 1963, cuando salí en estado de mi hija mayor, regresé a la zona de Washington, donde vivía ya Lucía.  Desde entonces, Gloria y yo no hemos vuelto a vivir en la misma ciudad.

Han pasado muchos años desde aquel lunes de octubre en que nació. Este día 22 cumple 67 años. La vida nos ha separado en muchas cosas, y nos ha mantenido unidas en otras. Hace unos meses estuvo gravemente enferma, y aunque todavía convaleciente, está ya en plena recuperación. No podía ser de otra manera. La hermanita pequeña, protegida por el padre que no la vio crecer pero tanto la quiso, no puede írsenos antes de tiempo.

De derecha a izquierda, Lucía, Uva y Gloria
Maryland. Verano 2013

Escribo estos recuerdos para que no se los lleve el viento, y para reiterarle a Gloria en este cumpleaños cuánta alegría trajo a nuestras vidas cuando llegó al mundo la bebé con manitas de león.

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El mundo íntimo de Carlos Márquez Sterling

Publicado en Diario Las Américas, 1 de mayo de 2003

El mundo íntimo de Carlos Márquez Sterling

El 3 de mayo se cumplen doce años de la muerte de Cárlos Márquez Sterling. Y aunque la memoria de mi segundo padre me acompaña todos los días, la fecha es adecuada para compartir con los lectores algunos recuerdos de este cubano ejemplar.

Carlos poseía una educación exquisita. Vestía bien, incluso dentro de la casa. Y no porque gastara en ropas caras. Era hombre de gustos sencillos, casi asceta. Pero su figura alta y delgada llevaba con elegancia los “ternos”. Nunca lo vi en mangas cortas y apenas usaba guayaberas. Lo más que logramos en su retiro en Miami fue que usara camisas de “sport” de mangas largas. Sabía comer. Y, de nuevo, no porque fuera un conocedor de platos “gourmets”, —disfrutaba, principalmente, los buenos desayunos– sino porque sus modales en la mesa podían competir con los de un príncipe. Era caballeroso con las mujeres. Les abría una puerta, les cedía el paso o el asiento. No hacía distinción de clases. Trataba con igual deferencia a una dama de sociedad que a una camarera o una estudiante. Era servicial con conocidos y desconocidos. Contestaba su correspondencia. Hacía favores. Disfrutaba inmensamente los almuerzos-tertulias semanales con sus amigos. Sin embargo, no siempre le gustaba hablar por teléfono, tal vez porque en sus últimos años perdió bastante el oído.

Trabajador infatigable, a veces pasaba horas y horas doblado sobre su fiel Smith Corona. Su concentración era tal que podía caerse al mundo a su alrededor. Él seguía tecleando con dos dedos e incansable rapidez. Escribía los borradores en papel rayado, de esos con tres agujeros que usan los estudiantes en la escuela. Luego colocaba los manuscritos en carpetas. Era organizado, tenaz, serio en su labor como profesor, periodista, historiador.
Leía mucho, siempre lápiz en mano, subrayando un pasaje, escribiendo una nota al margen. Prefería el género de las biografías, pero conocía a la perfección la literatura española. Y no poca de la de otros países. De los del “boom” latinoamericano, destacaba a Vargas Llosa, quizás por el apego a la realidad sociopolítica de su narrativa. Le escuché elogiar especialmente “La guerra del fin del mundo” e “Historia de Maitá”.

Poseía el arte de la conversación. Siempre tenía a flor de labio una anécdota. Disfrutaba de una memoria privilegiada. Igual desentrañaba el árbol genealógico de una familia cubana, que recitaba de memoria la “Marcha Triunfal” de Rubén Darío, los reyes de España o los presidentes norteamericanos. Conocía de cine, deportes, literatura. Le apasionaba la historia y la política. Lector diario de The New York Times, hasta sus últimos años estuvo al tanto del acontecer mundial. Cuba era su obsesión. Agramonte, Martí y Don Manuel Márquez Sterling, sus héroes. Creía que no se había hecho justicia con Don Tomás Estrada Palma. Repetía a menudo cuánto había aprendido de Orestes Ferrara, en cuyo bufete empezó a trabajar recién graduado de abogado con apenas veinte años. La vida política republicana no tenía secretos para él. Conocía las interioridades que no recogen los libros de texto. Nunca, sin embargo, pese a la insistencia de muchos, aceptó escribir sus memorias. Había visto lo bueno y lo malo de sus compatriotas. No quería faltar a la verdad, pero tampoco deseaba herir, descubrir públicamente las bajas pasiones, las mezquindades, las intrigas del escenario político patrio. Prefirió siempre exaltar lo mejor de los cubanos y excusar sus defectos, que sabía hijos de los dolores de crecimiento de una nación en formación.

Hombre de vida pública, poseía un gran mundo interior. Leía, escribía, meditaba. Disfrutaba la buena compañía. Necesitaba su cuota de soledad. Tras el hombre erudito e inteligente, habitaba un ser humano con sentido del humor, una dosis exacta de sensibilidad y una bondad rayana en el estoicismo.
Con mi madre tenía gestos de conmovedora ternura. Ella era inquieta; él, sereno. Amaba la calle mi madre; Carlos disfrutaba de las horas tranquilas en el hogar. Los unía, sin embargo, un amor a toda prueba, una comunicación continua, una fe inagotable el uno en el otro. He visto pocos matrimonios tan compenetrados.

Tenía gracia con los niños. Los nietos lo recuerdan con nostalgia. Igual les daba dinero para el heladero que despejaba sus dudas para una tarea. Siempre los escuchaba con la misma cortesía que hubiera tenido con un Presidente, y conoció a muchos.

Quizás porque sufrió en su larga vida desilusiones y hasta traiciones. Márquez Sterling valoraba, sobre todas las virtudes, la lealtad. Nunca, sin embargo, le escuché un reproche. No fue hombre de rencores ni odios. Tampoco las veces que estuvo enfermo le oí quejarse. Soportaba el dolor –-fisico o espiritual-– con entereza. Era un hombre recio. Lógico, elegante y justo, a veces le decíamos que no parecía cubano sino inglés. No era broma que le hiciera gracia. Cuba, ya he dicho, fue su obsesión.

Carlos fue un hombre bueno hasta para morir. El martes 30 de abril de 1991 no quiso levantarse. Rehusó vestirse y acudir a una cita con el médico señalada para ese día. Fueron inútiles las súplicas. Estaba consciente y lúcido, pero guardaba largos silencios. No quería comer. Se levantaba solamente para ir al baño. No se quejaba. Si sintió cerca la muerte, nunca lo sabremos. No habló con sus muertos ni se despidió de su familia. Al tercer día, como si quisiera evitarle a mi madre el mal rato, esperó a que yo viniera a la casa a la hora de almuerzo y ella saliera a comprarle unos víveres, para morir en mis brazos en apenas unos minutos, que a mí, sin embargo, me parecieron los más largos de mi vida.

Carlos Márquez Sterling fue una figura pública de la República que creyó siempre en los procesos políticos, en el estado de derecho, en la voluntad popular expresada en las urnas. Se destacó no sólo en la política, sino en la docencia, el periodismo, la abogacía. Dejó escritos una veintena de libros de historia y de biografías. Fue un repúblico honesto y respetado. En este aniversario de su muerte, he querido recordar su mundo íntimo, porque comprendo cada vez más qué gran privilegio fue haberlo compartido.

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Historia e intrahistoria del primer exilio

El profesor Lisandro Pérez acaba de publicar, bajo el sello editorial de New York University Press, “Sugar, Cigars & Revolution. The Making of Cuban New York.” Se trata de un estudio de los cubanos en Nueva York en el siglo XIX, con especial énfasis en el período de la Guerra de los Diez Años (1868-1878) y sus consecuencias

El primer capítulo, que va de 1823 a 1868, comienza con un poético pasaje de un frágil sacerdote caminando con cuidado del brazo de un adolescente en las heladas calles de Manhattan. Era el 15 de diciembre de 1823. El padre Félix Varela llegaba a la ciudad a bordo del Draper, un barco de carga que había zarpado de Gibraltar. Huía de la ira del Rey Fernando VII. Lo recibía su ex alumno, Cristóbal Madan, miembro de una de las familias acaudaladas que viajaban constantemente entre La Habana y Nueva York para atender sus negocios.

En los próximos capítulos, utilizando como fuentes primarias las informaciones de los censos y los periódicos, además de archivos y una amplia bibliografía, Pérez nos cuenta la vida de los cubanos en Nueva York, la mayor comunidad latinoamericana en la zona en esos años. Seguimos el destino de los Aldama, los Mora, los Madan y otras familias ricas involucradas no solo en el negocio del azúcar y el tabaco sino en diversas actividades comerciales, como inversiones en bienes raíces. Y, más tarde, de una forma u otra, en la lucha contra España.

Prácticamente recorremos todos los hogares donde viven cubanos, los nombres y edades de los hijos, el número y procedencia de los empleados domésticos. Vemos cómo la comunidad cambia de una elite financiera a una que incluye trabajadores en las refinerías, exiliados políticos, sastres, obreros, libreros, administradores de pensiones, y, sobretodo, tabaqueros. Conocemos las ideas políticas de los intelectuales y los activistas: algunos anexionistas, otros reformistas, muchos intransigentemente independentistas. Se nos descubren sus rencillas. También nos sentimos presente en actos de trascendencia histórica, como la primera vez que se iza la bandera cubana, que no fue en la Isla, sino en la ciudad junto al Hudson.

En estas páginas nos enteramos de cuántos chicos y chicas asisten a qué colegios, cuáles son las suntuosas bodas que reseña la prensa, cómo algunas familias se arruinan y pierden todo su dinero, como otras logran salvar parte. Nos cuenta también lo malo, como un crimen pasional que termina en la ejecución del culpable. Y lo muy triste, como un suicidio.

Seguimos el recorrido en la gran metrópolis de personajes importantes, entre ellos el poeta José María Heredia, con detalles como la mensualidad que le envía un tío para que pueda mudarse a un lugar mejor, donde paga $6.50 a la semana, más $2.00 en invierno para que mantengan encendida la chimenea. Otros protagonistas famosos son el escritor Cirilo Villaverde y su esposa Emilia Casanova, una luchadora por la libertad de Cuba, crítica acérrima de los cubanos pudientes.

Aunque el autor pensó al principio que no escribiría muchas páginas sobre el más célebre de los exiliados, le dedica un capítulo a José Martí, en que sobresalen detalles de su vida íntima. Pérez no pinta al héroe, ni al mártir, sino al hombre de carne y hueso, al neoyorquino, y al cubano que se sabe destinado a una causa, y espera las circunstancias adecuadas para llevarla a cabo. Se destaca un momento clave en la vida de Martí. Su comprensión de que serán las clases obreras –como los tabaqueros de Tampa y Cayo Hueso–y no las familias ricas, las que financiarán la guerra independentista.

El epílogo es desgarrador, pues conocemos el final de las vidas de estas familias con las que nos hemos identificando ya que a través del libro hemos seguido sus trayectorias durante décadas. Pérez nos hace acompañarlos hasta las tumbas donde descansan.

Las intimidades de la comunidad cubana en Nueva York están enmarcadas en la gran Historia, protagonizada por Estados Unidos, España y los propios cubanos. El gobierno americano va desde ofrecerle a España comprar a Cuba, hasta detener a los exiliados por violar las leyes de neutralidad con expediciones a la Isla. Confisca sus armas y barcos. España no vende a Cuba y no da tregua a los exiliados, para lo que contrata a la agencia Pinkerton, que los vigila con agentes que son verdaderos perros sabuesos. Las noticias de la guerra en Cuba afecta la vida y el estado de ánimo de los exiliados de entonces.

En prosa clara y precisa, Lisandro Pérez cuenta la historia de los cubanos del siglo XIX en Nueva York con rigor y una dosis exacta de empatía hacia los protagonistas. Este libro académico, sin duda un aporte incalculable a la historiografía cubana, se lee, sin embargo, como si fuera una novela.

“Sugar, Cigars & Revolution. The Making of Cuban New York” de Lisandro Pérez será presentado en Books and Books en Coral Gables a las 8 p.m el viernes 7 de septiembre. Les recomiendo que asistan, compren y lean el libro. Esta historia e intrahistoria del primer exilio cubano, nos ilumina muchas aspectos de nuestro atribulado siglo XX y de nosotros mismos.

Este artículo también puede leerse en https://www.elnuevoherald.com/article217517875.html

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