El mundo íntimo de Carlos Márquez Sterling

Publicado en Diario Las Américas, 1 de mayo de 2003

El mundo íntimo de Carlos Márquez Sterling

El 3 de mayo se cumplen doce años de la muerte de Cárlos Márquez Sterling. Y aunque la memoria de mi segundo padre me acompaña todos los días, la fecha es adecuada para compartir con los lectores algunos recuerdos de este cubano ejemplar.

Carlos poseía una educación exquisita. Vestía bien, incluso dentro de la casa. Y no porque gastara en ropas caras. Era hombre de gustos sencillos, casi asceta. Pero su figura alta y delgada llevaba con elegancia los “ternos”. Nunca lo vi en mangas cortas y apenas usaba guayaberas. Lo más que logramos en su retiro en Miami fue que usara camisas de “sport” de mangas largas. Sabía comer. Y, de nuevo, no porque fuera un conocedor de platos “gourmets”, —disfrutaba, principalmente, los buenos desayunos– sino porque sus modales en la mesa podían competir con los de un príncipe. Era caballeroso con las mujeres. Les abría una puerta, les cedía el paso o el asiento. No hacía distinción de clases. Trataba con igual deferencia a una dama de sociedad que a una camarera o una estudiante. Era servicial con conocidos y desconocidos. Contestaba su correspondencia. Hacía favores. Disfrutaba inmensamente los almuerzos-tertulias semanales con sus amigos. Sin embargo, no siempre le gustaba hablar por teléfono, tal vez porque en sus últimos años perdió bastante el oído.

Trabajador infatigable, a veces pasaba horas y horas doblado sobre su fiel Smith Corona. Su concentración era tal que podía caerse al mundo a su alrededor. Él seguía tecleando con dos dedos e incansable rapidez. Escribía los borradores en papel rayado, de esos con tres agujeros que usan los estudiantes en la escuela. Luego colocaba los manuscritos en carpetas. Era organizado, tenaz, serio en su labor como profesor, periodista, historiador.
Leía mucho, siempre lápiz en mano, subrayando un pasaje, escribiendo una nota al margen. Prefería el género de las biografías, pero conocía a la perfección la literatura española. Y no poca de la de otros países. De los del “boom” latinoamericano, destacaba a Vargas Llosa, quizás por el apego a la realidad sociopolítica de su narrativa. Le escuché elogiar especialmente “La guerra del fin del mundo” e “Historia de Maitá”.

Poseía el arte de la conversación. Siempre tenía a flor de labio una anécdota. Disfrutaba de una memoria privilegiada. Igual desentrañaba el árbol genealógico de una familia cubana, que recitaba de memoria la “Marcha Triunfal” de Rubén Darío, los reyes de España o los presidentes norteamericanos. Conocía de cine, deportes, literatura. Le apasionaba la historia y la política. Lector diario de The New York Times, hasta sus últimos años estuvo al tanto del acontecer mundial. Cuba era su obsesión. Agramonte, Martí y Don Manuel Márquez Sterling, sus héroes. Creía que no se había hecho justicia con Don Tomás Estrada Palma. Repetía a menudo cuánto había aprendido de Orestes Ferrara, en cuyo bufete empezó a trabajar recién graduado de abogado con apenas veinte años. La vida política republicana no tenía secretos para él. Conocía las interioridades que no recogen los libros de texto. Nunca, sin embargo, pese a la insistencia de muchos, aceptó escribir sus memorias. Había visto lo bueno y lo malo de sus compatriotas. No quería faltar a la verdad, pero tampoco deseaba herir, descubrir públicamente las bajas pasiones, las mezquindades, las intrigas del escenario político patrio. Prefirió siempre exaltar lo mejor de los cubanos y excusar sus defectos, que sabía hijos de los dolores de crecimiento de una nación en formación.

Hombre de vida pública, poseía un gran mundo interior. Leía, escribía, meditaba. Disfrutaba la buena compañía. Necesitaba su cuota de soledad. Tras el hombre erudito e inteligente, habitaba un ser humano con sentido del humor, una dosis exacta de sensibilidad y una bondad rayana en el estoicismo.
Con mi madre tenía gestos de conmovedora ternura. Ella era inquieta; él, sereno. Amaba la calle mi madre; Carlos disfrutaba de las horas tranquilas en el hogar. Los unía, sin embargo, un amor a toda prueba, una comunicación continua, una fe inagotable el uno en el otro. He visto pocos matrimonios tan compenetrados.

Tenía gracia con los niños. Los nietos lo recuerdan con nostalgia. Igual les daba dinero para el heladero que despejaba sus dudas para una tarea. Siempre los escuchaba con la misma cortesía que hubiera tenido con un Presidente, y conoció a muchos.

Quizás porque sufrió en su larga vida desilusiones y hasta traiciones. Márquez Sterling valoraba, sobre todas las virtudes, la lealtad. Nunca, sin embargo, le escuché un reproche. No fue hombre de rencores ni odios. Tampoco las veces que estuvo enfermo le oí quejarse. Soportaba el dolor –-fisico o espiritual-– con entereza. Era un hombre recio. Lógico, elegante y justo, a veces le decíamos que no parecía cubano sino inglés. No era broma que le hiciera gracia. Cuba, ya he dicho, fue su obsesión.

Carlos fue un hombre bueno hasta para morir. El martes 30 de abril de 1991 no quiso levantarse. Rehusó vestirse y acudir a una cita con el médico señalada para ese día. Fueron inútiles las súplicas. Estaba consciente y lúcido, pero guardaba largos silencios. No quería comer. Se levantaba solamente para ir al baño. No se quejaba. Si sintió cerca la muerte, nunca lo sabremos. No habló con sus muertos ni se despidió de su familia. Al tercer día, como si quisiera evitarle a mi madre el mal rato, esperó a que yo viniera a la casa a la hora de almuerzo y ella saliera a comprarle unos víveres, para morir en mis brazos en apenas unos minutos, que a mí, sin embargo, me parecieron los más largos de mi vida.

Carlos Márquez Sterling fue una figura pública de la República que creyó siempre en los procesos políticos, en el estado de derecho, en la voluntad popular expresada en las urnas. Se destacó no sólo en la política, sino en la docencia, el periodismo, la abogacía. Dejó escritos una veintena de libros de historia y de biografías. Fue un repúblico honesto y respetado. En este aniversario de su muerte, he querido recordar su mundo íntimo, porque comprendo cada vez más qué gran privilegio fue haberlo compartido.

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Historia e intrahistoria del primer exilio

El profesor Lisandro Pérez acaba de publicar, bajo el sello editorial de New York University Press, “Sugar, Cigars & Revolution. The Making of Cuban New York.” Se trata de un estudio de los cubanos en Nueva York en el siglo XIX, con especial énfasis en el período de la Guerra de los Diez Años (1868-1878) y sus consecuencias

El primer capítulo, que va de 1823 a 1868, comienza con un poético pasaje de un frágil sacerdote caminando con cuidado del brazo de un adolescente en las heladas calles de Manhattan. Era el 15 de diciembre de 1823. El padre Félix Varela llegaba a la ciudad a bordo del Draper, un barco de carga que había zarpado de Gibraltar. Huía de la ira del Rey Fernando VII. Lo recibía su ex alumno, Cristóbal Madan, miembro de una de las familias acaudaladas que viajaban constantemente entre La Habana y Nueva York para atender sus negocios.

En los próximos capítulos, utilizando como fuentes primarias las informaciones de los censos y los periódicos, además de archivos y una amplia bibliografía, Pérez nos cuenta la vida de los cubanos en Nueva York, la mayor comunidad latinoamericana en la zona en esos años. Seguimos el destino de los Aldama, los Mora, los Madan y otras familias ricas involucradas no solo en el negocio del azúcar y el tabaco sino en diversas actividades comerciales, como inversiones en bienes raíces. Y, más tarde, de una forma u otra, en la lucha contra España.

Prácticamente recorremos todos los hogares donde viven cubanos, los nombres y edades de los hijos, el número y procedencia de los empleados domésticos. Vemos cómo la comunidad cambia de una elite financiera a una que incluye trabajadores en las refinerías, exiliados políticos, sastres, obreros, libreros, administradores de pensiones, y, sobretodo, tabaqueros. Conocemos las ideas políticas de los intelectuales y los activistas: algunos anexionistas, otros reformistas, muchos intransigentemente independentistas. Se nos descubren sus rencillas. También nos sentimos presente en actos de trascendencia histórica, como la primera vez que se iza la bandera cubana, que no fue en la Isla, sino en la ciudad junto al Hudson.

En estas páginas nos enteramos de cuántos chicos y chicas asisten a qué colegios, cuáles son las suntuosas bodas que reseña la prensa, cómo algunas familias se arruinan y pierden todo su dinero, como otras logran salvar parte. Nos cuenta también lo malo, como un crimen pasional que termina en la ejecución del culpable. Y lo muy triste, como un suicidio.

Seguimos el recorrido en la gran metrópolis de personajes importantes, entre ellos el poeta José María Heredia, con detalles como la mensualidad que le envía un tío para que pueda mudarse a un lugar mejor, donde paga $6.50 a la semana, más $2.00 en invierno para que mantengan encendida la chimenea. Otros protagonistas famosos son el escritor Cirilo Villaverde y su esposa Emilia Casanova, una luchadora por la libertad de Cuba, crítica acérrima de los cubanos pudientes.

Aunque el autor pensó al principio que no escribiría muchas páginas sobre el más célebre de los exiliados, le dedica un capítulo a José Martí, en que sobresalen detalles de su vida íntima. Pérez no pinta al héroe, ni al mártir, sino al hombre de carne y hueso, al neoyorquino, y al cubano que se sabe destinado a una causa, y espera las circunstancias adecuadas para llevarla a cabo. Se destaca un momento clave en la vida de Martí. Su comprensión de que serán las clases obreras –como los tabaqueros de Tampa y Cayo Hueso–y no las familias ricas, las que financiarán la guerra independentista.

El epílogo es desgarrador, pues conocemos el final de las vidas de estas familias con las que nos hemos identificando ya que a través del libro hemos seguido sus trayectorias durante décadas. Pérez nos hace acompañarlos hasta las tumbas donde descansan.

Las intimidades de la comunidad cubana en Nueva York están enmarcadas en la gran Historia, protagonizada por Estados Unidos, España y los propios cubanos. El gobierno americano va desde ofrecerle a España comprar a Cuba, hasta detener a los exiliados por violar las leyes de neutralidad con expediciones a la Isla. Confisca sus armas y barcos. España no vende a Cuba y no da tregua a los exiliados, para lo que contrata a la agencia Pinkerton, que los vigila con agentes que son verdaderos perros sabuesos. Las noticias de la guerra en Cuba afecta la vida y el estado de ánimo de los exiliados de entonces.

En prosa clara y precisa, Lisandro Pérez cuenta la historia de los cubanos del siglo XIX en Nueva York con rigor y una dosis exacta de empatía hacia los protagonistas. Este libro académico, sin duda un aporte incalculable a la historiografía cubana, se lee, sin embargo, como si fuera una novela.

“Sugar, Cigars & Revolution. The Making of Cuban New York” de Lisandro Pérez será presentado en Books and Books en Coral Gables a las 8 p.m el viernes 7 de septiembre. Les recomiendo que asistan, compren y lean el libro. Esta historia e intrahistoria del primer exilio cubano, nos ilumina muchas aspectos de nuestro atribulado siglo XX y de nosotros mismos.

Este artículo también puede leerse en https://www.elnuevoherald.com/article217517875.html

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Entrevista sobre la Constitución de 1940

Esta entrevista me la hicieron desde Cuba y aparece en The Havana Times en español

https://www.havanatimes.org/sp/?p=135046

y en inglés

https://www.havanatimes.org/?p=135929

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Con la marcha de los jóvenes, soplan brisas de esperanza…

Publicado en El Nuevo Herald 3-28-2018

Espectadores desde el balcón del Newseum, en Washington, observan a los manifestantes el 24 de marzo en Pennsylvania Avenue, durante la protesta para pedir mayor control de las armas en EEUU. Jose Luis Magana AP

Nacieron con el siglo XXI. Se entretuvieron desde temprana edad con videos, tabletas, teléfonos electrónicos. No jugaron, como sus padres y abuelos, con muñecas o soldaditos de plomo, ni mucho menos corretearon por las calles de sus barrios. Siempre los acechaba el miedo: a los enfermos sexuales, los ataques terroristas, los tiroteos en las escuelas. Algunos los creímos indiferentes. A menudo se los veía escuchando música con audífonos, ausentes del mundo a su alrededor. No llamaban por teléfono; enviaban textos. Pero sus padres y maestros sabían que los tiempos habrían cambiado, pero no la necesidad de una buena educación

Un día le dijeron basta al miedo. Cuando alzaron sus voces, comprobamos asombrados qué bien pensaban y cuán elocuentes eran. Con la ayuda de los medios sociales que manejan desde la cuna, organizaron el pasado 24 de marzo una gran marcha a la capital de Estados Unidos y a un buen número de ciudades. Movilizaron a millones de jóvenes, maestros, padres, abuelos, y celebridades. Ellos, sin embargo, fueron los protagonistas. No perdieron el aplomo ni un momento. Había que ver a Emma González, luciendo en su brazalete la bandera cubana de donde nació su padre, en silencio frente a la multitud durante 6 minutos y 20 segundos, el tiempo que le llevó al asesino ultimar a sus 17 víctimas y herir a otros tantos. Había que escuchar a aquellos “casi niños” conversar con los periodistas como si estuvieran acostumbrados a ser figuras públicas todas sus cortas vidas.

La marcha de los “millennials” ha sido un soplo de esperanza, una ráfaga de aire fresco. Ya han logrado algunos cambios en las leyes en la Florida, pues la chispa del movimiento ha surgido en nuestro estado, tras la masacre en una secundaria en el Condado Broward, llamada Marjory Stoneman Douglas. Es un merecido tributo a una activista del movimiento sufragista, adelantado a sus tiempo por sus preocupaciones ecológicas, que esta corriente se haya gestado en una escuela que lleva su nombre.

Lo más asombroso no ha sido, sin embargo, la organización y los discursos de un movimiento que apenas cuenta con semanas, sino cómo se ha ido delineando su estrategia. Sus peticiones son realistas. No atacan la segunda enmienda. Piden medidas razonables para el control de las armas. Además, los sobrevivientes de Parkland han buscado alianzas con las comunidades afroamericanas, donde las balas han sesgados muchas vidas jóvenes. Son multiculturales como la nación. Algunos repitan las consignas en español.

Saben que en el movimiento de mujeres que recorre el país encontrarán asimismo compañeras en esta lucha. Comprenden que no basta con manifestaciones. La clave está en el voto. Los muchachos mayores podrán hacerlo en las elecciones parciales en noviembre. Muchos otros en 2020. Ya han comenzado la campaña para inscribir a los votantes. El cambio más profundo lo lograrán a través de las urnas, cuando otras ideas y otras generaciones controlen la política.

Desde hace medio siglo, cuando el movimiento pro derechos civiles y la Guerra de Vietnam, los jóvenes no habían abrazado una causa. En esa ocasión fueron muy efectivos. Ahora, con el poder de los medios sociales, apuesto de nuevo por ellos. Los “millenials” van a cambiar el país y salvarlo de muchos peligros que nos acechan. Enough is enough. ¡Basta ya!

En Washington, esa bella ciudad junto al Potomac, tras un crudo invierno, irrumpe al fin la primavera, y el futuro.

Este artículo también puede leerse en http://www.elnuevoherald.com/opinion-es/article207031479.html

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Las estudiantes y el predicador

Lo recuerdo con claridad asombrosa. Fue en el otoño de 1960. Llevaba poco más de un año en el exilio. Cursaba mi último año de secundaria (high school) en Stone Ridge, el colegio del Sagrado Corazón en las afueras de Washington. Aunque al comienzo me resistí a ir a un colegio de monjas –mi propia madre, por su experiencia con ellas en España en los años 20, nos había dado una visión aterradora de estas religiosas – ya me encontraba a gusto en la escuela. Regresábamos mis compañeras y yo en tren de un retiro en Filadelfia. Habíamos pasado tres días de silencio, oraciones, meditación.

Con mis compañeras de Stone Ridge en una visita al Capitolio, 1961

Algunas chicas, tras callar tanto tiempo, charlaban animadamente.
Otras leíamos o mirábamos distraídamente el paisaje otoñal enmarcado por la ventanilla. De pronto, llegó un hombre alto y delgado a nuestro vagón.

Nunca olvidaré la forma singular de su cabeza, la amplia frente, la quijada cuadrada, el brillo de sus ojos, la sonrisa amplia, y la ondulada y abundante caballera color castaño. Puedo ver aún el movimiento de sus grandes manos y escuchar el tono de su voz.

Mis compañeras estaban nerviosas, excitadas. Lo achaqué a lo buen mozo que era, a la atención que nos dedicaba aquel hombre de unos 30 años. Entonces escuché su nombre que recorría el vagón como un susurro cómplice: Billy Graham.

El Reverando Billy Graham a finales de los años 50

No conocía entonces nada de él ni recuerdo qué nos digo, pero sé que nos tuvo a todas cautivas durante las dos horas del trayecto.

El Reverendo Billy Graham, el predicador más famoso y influyente de Estados Unidos, acaba de morir a los 99 años de edad. Ayudó espiritualmente a varios Presidentes y a muchas más personas humildes. Hizo de la fe evangélica un valladar contra el comunismo ateo. Fue un precursor en el uso de la radio y la televisión para difundir su doctrina religiosa. Llevó su prédica a los hogares del país. Tendió puentes con el catolicismo. En ocasiones, fue controversial. Principalmente, se ganó el respeto del pueblo americano y del mundo.

Recuerdo hoy a aquellas jovencitas con sus uniformes escolares escuchándolo con atención. Y pienso en el privilegio que fue haberlo conocido. Descansa en paz, Reverendo Graham.

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Salvemos a los jóvenes

Publicado en El Nuevo Herald 2-20-2018

Un grupo de manifestantes yace en el suelo, exigiendo una reforma al control de las armas, en Washington, el 19 de febrero. Zach Gibson Getty Images

La secundaria Marjory Stoneman Douglas, donde el pasado día de San Valentín un adolescente consiguió asesinar a 17 personas y dejar a 14 heridos, entre alumnos y maestros, se encuentra a poco más de 20 millas de Indian Trace Elementary, donde mi hija mayor es maestra de segundo grado. Uno de los jóvenes muertos estudió en la primaria donde ella trabajaba. Aunque esas masacres en las escuelas me han estremecido siempre, y he escrito varias veces sobre el tema, en esta ocasión me ha afectado más porque la violencia tuvo lugar aquí en la Florida, y cerca de donde trabaja mi hija. Mi temor por su vida y la de sus alumnos aumenta.

Me ha conmovido la muerte de estos jóvenes en el umbral de sus vidas, y el dolor de sus padres, hermanos, abuelos y amigos. Considero héroes al profesor y a los dos entrenadores que fallecieron por proteger a sus estudiantes. Rezo por ellos y por la recuperación de los heridos. Y ruego a Dios que proteja a mi hija y sus pequeños alumnos.

También estoy muy enojada, al igual que los familiares de las víctimas y gran parte del país. Empiezan a surgir manifestaciones y muchos, incluyendo algunas madres, le reclaman directamente al presidente Trump que actúe. Esta masacre ha logrado asimismo que los estudiantes se organicen y reten a los políticos a que tomen las medidas necesarias. Están convocando a una marcha en Washington y otras ciudades del país para el 24 de marzo. Estoy segura de que un gran número de jóvenes dirán presente.

Ya ha sucedido suficientes veces para que podamos ver los factores que se repiten cuando ocurren estas masacres en las escuelas: los asesinos son jóvenes blancos, con problemas mentales o de personalidad, y que casi siempre han podido comprar legalmente armas semiautomáticas y una gran cantidad de balas.

La forma de evitar o disminuir esas tragedias consiste de tres elementos básicos: poner en vigor determinadas leyes que dificulten o prohíban la compra de armas, especialmente las automáticas; brindar más atención pública y ayuda a personas con enfermedades mentales; promover una relación más estrecha entre la policía y las escuelas, que permita a padres, estudiantes, administradores y maestros, reportar conductas sospechosos.

Es inconcebible que un joven no pueda comprar una cerveza hasta los 21 años, pero que a los 18 años le sea posible comprar legalmente un rifle AR-15. Esta arma semiautomática ya ha sido utilizada en varias de las masacres más recientes como las de Aurora, Colorado; Newtown, Connecticut; San Bernardino, California; Sutherland Springs, Texas; y ahora, Parkland, Florida. Es un arma mortífera por la rapidez con que se puede disparar y por el daño que causan sus balas. Es también la favorita de muchos cazadores y propietarios de armas. Pesa poco, es fácil de manejar, y sus dueños se sienten como si fueran militares de verdad. De hecho, una de las primeras versiones las utilizaron los soldados en Vietnam.

Durante una década, de 1994 a 2004, los AR-15 estuvieron prohibidos. Durante esos diez años se cometieron 15 masacres. De 2004 al presente, más de 150. No es difícil concluir que la prohibición de los AR-15 y otras armas similares sería un paso importante.

¿Por qué no sucede? Porque la National Rifle Association (NRA) hace “donaciones” de millones de dólares a muchos políticos, especialmente legisladores republicanos. Varios de los que en estos días manifestaron su pesar por las víctimas, han recibido gran “ayuda” del NRA a lo largo de sus carreras. En las elecciones de 2016, invirtieron $50 millones. Por ejemplo, en la campaña presidencial apoyaron a Donald Trump con $21 millones, tanto en anuncios a su favor como otros atacando a Hillary Clinton. Las respuestas vagas del senador de la Florida Marco Rubio inmediatamente después de la tragedia no deben sorprendernos: el NRA lo ha subvencionado con más de $3,300,000. Estas son cifras del prestigioso Center for Responsible Politics, que han sido difundidas por la prensa.

Muchos políticos se preocupan más por el apoyo económico del NRA y por no ofender a su base del electorado, que incluye a propietarios de rifles y otras armas de fuego, que por la vida de nuestros jóvenes. Sin embargo, cuando cualquier político sale electo para un cargo público, no representa sólo a los que votaron por él o ella, sino a toda la población de su distrito, estado o nación. Es el momento para que tomen conciencia de que la matanza de Parkland ha colmado la copa. El disgusto nacional crece…

Quisiera que todos tornáramos nuestro dolor en energía positiva. Levantemos nuestras voces –como ya lo han hecho varios periodistas en estas páginas de el Nuevo Herald– de todas las formas posibles para cambiar las cosas. Debemos estar al tanto de la posición pública, del récord de votación y de la calificación que otorga la NRA a cada político. Votemos en noviembre de este año a favor de los que estén dispuestos a dar la batalla en todos los frentes por nuestros hijos, nietos y maestros.

Tenemos que salvarlos. Ya no es cuestión de política.

Es de vida o muerte.

Este artículo también puede leerse en http://www.elnuevoherald.com/opinion-es/article200975084.html

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¿Peligra nuestra democracia?

Publicado en El Nuevo Herald 2-7-2018

La historia de la división de poderes en los gobiernes tiene raíces antiguas y un largo proceso de evolución. En la antigua Grecia, hace ya más de dos mil años, Aristóteles advirtió en “La Política. Los tres poderes”: “En todas las constituciones hay tres elementos sobre los cuales debe meditar el buen legislador lo conveniente para cada régimen. Si estos elementos están bien establecidos, necesariamente también lo está el régimen, y los regímenes difieren unos de otros en lo que difieren cada uno de estos elementos”.

El concepto de la división de poderes se remonto a la antigua Grecia

Para Aristóteles, la finalidad del Estado era la promoción de la virtud y la felicidad de los ciudadanos. En cierto sentido, la política era para él la continuación y culminación de la ética. Basado en sus ideas, en el siglo II A.C. el escritor grecorromano Polibio profundiza el concepto con la idea de que los gobiernos necesitan equilibrar estos poderes; es decir, lo que hoy entendemos como sistema de “pesos y contrapesos”.

Si damos un salgo al siglo XVI el asunto se retoma cuando Gasparo Contanini estudia la Constitución de la República de Venecia, donde el poder estaba en manos de la aristocracia, que representaba solo un 5% de la población. Para evitar que sucediera lo mismo en la República de Florencia, se establece que el Rey, los nobles, el clero y el estado llano compartan las funciones de gobernar. La idea, naturalmente, era evitar la acumulación del poder en una persona o un grupo reducido.

Sin embargo, para que se pasara en la práctica a la verdadera división de poderes fueron necesarios más cambios. En 1657, el movimiento político inglés de los Levellers publica el libro “An examination of the political part of Mr. Hobbes´ Leviathan”, que afirma: “Hay un triple poder civil, o al menos, tres grados de ese poder: el primero es el legislativo, el segundo el judicial y, el tercero, el ejecutivo”.

Una de las figuras más influyentes en la elaboración de este concepto fue John Locke. Para él era de suma importancia el poder legislativo, porque sus miembros deben ser elegidos por el pueblo, y por tanto su autoridad reside en el consenso popular. Todos los poderes deben tener límites, y el gobierno no tiene sentido si no redunda en una mayor libertad y seguridad civil para los ciudadanos.

Ya en plena era de los Enciclopedistas, Charles de Montesquieu hace grandes aportes a estos conceptos pues asigna funciones claras y específicas a cada órgano del Estado. Propone un modelo válido universalmente, no limitado a un Estado específico. Su obra fundamental, El espíritu de las leyes, ha sido la base sobre la que se han establecido muchos estados modernos.

No hay palabras suficientes para reconocer la importancia de las contribuciones de Jean Jacques Rousseau, que en El contrato social explica la relación entre gobernantes y gobernados, y entre los individuos y la colectividad a que pertenecen.

La legitimidad del Estado está dada por la primacía de la voluntad general sobre la voluntad particular de los gobernantes, cualesquiera que éstos sean, y cualquiera que sea la forma de gobierno. Para Montesquieu, por ejemplo, el esquema de construcción del Estado varía de acuerdo con las condiciones de la población y del territorio, mientras que para Rousseau el principio sobre el que se construye el Estado es intocable, cambiando únicamente la Administración o el Gobierno.


A medida que va evolucionando el concepto de limitar los poderes del estado, va creciendo asimismo la idea de la necesidad de un estado de derecho y el respeto a las libertades individuales.

No es por casualidad que los fundadores de los Estados Unidos incluyeran en la Declaración de Independencia el derecho de los hombres a “Life, Liberty and the pursuit of Happiness” pues ya había una sólida base filosófica que indicaba como responsabilidad de los gobiernos contribuir a la felicidad de los ciudadanos.

En los Estados Unidos, la democracia moderna de mayor éxito, ha habido momentos en que se ha temido que el balance de poderes esté amenazado, pero siempre se han evitado crisis constitucionales serias.

Actualmente nos encontramos en uno de esas encrucijadas históricas, en que el poder ejecutivo desea controlar el judicial, y el legislativo hasta el momento parece estar dividido. Confiemos que si se produce el desequilibrio de los poderes, haya todavía legisladores que comprendan que el poder que detentan surge del mismo pueblo que los ha elegido; que su actuación no debe regirse por intereses personales o partidistas. De ellos depende el futuro del sistema democrático de gobierno; y no solo el de Estados Unidos, sino quizás también del resto del mundo.

Este artículo también puede leeerse en http://www.elnuevoherald.com/opinion-es/article198497404.html

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