Mis tres Habanas

Publico de nuevo este artículo como homenaje a mi ciudad natal, que el pasado 15 de noviembre, cumplió 499 años de fundada.

Nací y crecí en La Habana hasta los quince años, esa edad símbolo en nuestra cultura de la plenitud de la adolescencia. En esa ciudad aprendí a caminar, leer, escribir. En sus parques y playas quedó la inocencia de mis primeros años. “Señora Santa Ana,¿por que llora el niño…?”

Mañana de domingo. Misa en la Iglesia de San Antonio. En la acera le doy unas monedas a una viejecita y me regala una estampita que guardo en mi misal. Al regreso a la casa, los discos de 78 en el tocadiscos. Las guitarras de los Panchos llenan el aire. “Como un rayito de luna…” Una copita de Oporto para los mayores mientras en la cocina dan los últimos toques al almuerzo. Hoy todos juntos alrededor de la mesa. La tarde en casa de la abuela jugando en el zaguán con los primos a los escondidos, los pasos americanos, las estatuas.

Habana de mis escuelas, mis maestros, mis compañeros de aula. Habana de mis primeras lecturas, mis primeras cuartillas. Habana y Pilar con sus zapatos rosa. Habana de Primera Comunión. Habana enmarcada por le ventana del ómnibus escolar mientras sueño con ser escritora, publicar libros…

La Habana y mi padre. Su mano que toma la mía para cruzar la calle. Vamos a la Casa Suárez a comprar turrones. Mi padre en los juegos de pelota. Mi padre en el Hospital Calixto García y la Clínica Miramar visitando a sus pacientes. Mi padre, león dormido, al que sus niñas tratan de robar una flor imaginaria, y despierta rugiendo para comernos a besos.

La Habana del primer gran dolor. La casa entristecida. Batas blancas que van y vienen. Cámara de oxígeno. Voces que susurran. Mi padre ha muerto. La niña no es niña más.

La Habana y mi madre. El tintineo de las medallas que prende a su ropón hieren el silencio de la madrugada cuando se inclina ante las camas de sus hijas para asegurarse que duermen tranquilas. Mi madre adornando un nacimiento. Mi madre llevándonos de compras a La Habana Vieja. Qué salto me da el corazón cuando pasamos por la Beneficencia y pienso en los pobres huérfanos… Mi madre viuda. Mi madre enamorada. Vuelta a casar. La casa llena de sol y vida.

La Habana y Mamá Lila. La abuela que me lee poesía. Me hace cuentos del abuelo escritor. Me enseña el romancero. Me canta…”Había una vez un barquito chiquitico, había una vez…”

La Habana y las tertulias en casa de mi tia Sara. Escritores, pintores. Luis Carbonell recitando. Ella reina entre todos.

La Habana de los primeros bailecitos, el primer amor, el primer beso. Habana de carnavales. Habana de boleros y chachachá. “Cuando Miñoso batea de verdad…” Habana de ciclones. Habana de paseos por el Malecón.

La Habana de violencia, bombas, tiroteos, dictadores, revolución. “Mambrú se fue a la guerra qué dolor qué dolor qué pena…”

La Habana del adiós, el desgarrón, el corazón adolorido. “Cuando me fui de Cuba…”

Mi segunda Habana. La Habana del exilio. La Habana del recuerdo. Por las noches, antes de dormir, recorro mentalmente mis caminos. De mi casa a la de mi abuela, de mi casa a mi escuela, de la capilla del cementerio a la tumba de mi padre, a la de mi abuelo. No quiero olvidar mi ciudad. Quiero fijar en la memoria sus imágenes. Sus calles, sus edificios, sus barrios, sus monumentos, sus iglesias, sus paseos. La Habana en mis noches de desvelo. La Habana en versos ungidos de nostalgia.

Mi tercera Habana. La Habana del regreso. Del reencuentro. Con familiares y amigos que quedaron atrás. Con mis árboles. Con los lugares grabados con exactitud en la memoria pese al largo paso del tiempo. Todo a la medida de mi recuerdo. Habana que redescubro, que camino con mis pies de desterrada, con mi baúl de preguntas sin respuestas, con mis heridas abiertas. Como yo, La Habana está más vieja, con más cicatrices, más necesitada de pintura. Con sus zonas de ruinas y pobreza. Con su arquitectura monumental y única. Medios puntos y enrejados. Fortificaciones y palacetes.

Habana de plazas, marchas, consignas, pancartas. Habana íntima, de viejos y nuevos afectos. Habana de los poetas. Mito y realidad, pecado y salvación, horror y paraíso. Mi Habana en tres tiempos. Todo en ti cabe, ciudad donde nací y donde algún día descansarán mis huesos.

Diario Las Américas, 16 de Septiembre de 2004

Este artícuo aparece en El mundo y mi Cuba en el Diario. Compilación y prólogo de Vitalina Alfonso. Holguín, Cuba: Ediciones Holguín, 2015. Segunda edición. Miami, Florida: Eriginal Books, 2016 Puede obtenerse en Amazon https://www.amazon.com/El-mundo-Cuba-Diario-Spanish/dp/1613700911/ref=sr_1_11?s=black-friday&ie=UTF8&qid=1542512268&sr=8-11&keywords=Uva+de+Aragon

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LA BEBÉ CON MANITAS DE LEON

A mi hermana Gloria en su cumpleaños

El día más triste de mi infancia fue aquel primer domingo de enero de 1954 en que murió mi padre; el más feliz, el 22 de octubre de 1951.

Mi madre estaba encinta. Todos esperábamos a la criatura con gran ilusión.  (Años más tarde supe que después de nacidas mi hermana Lucía, que entonces contaba con 9 años, y yo que tenía 7, mi madre había perdido un embarazo.)

Cuando aquel lunes inolvidable, nuestro chofer Raúl nos fue a buscar a la hora de almuerzo  a Lucía y a mí al colegio de Margot Párraga, donde cursábamos la primera enseñanza, en vez de seguir a recoger a mis padres a la consulta de Papi, fuimos directo para casa. Nos explicaron que mi madre se había puesto de parto y nuestro padre (que además era médico ginecólogo) estaba con ella.

Sentadas solitas en el comedor, sonó el teléfono instalado en un pasillo entre ese salón y la cocina.  Corrimos las dos a contestarlo. No recuerdo si fue Papi o nuestra tía Sara quien nos dio la noticia. Teníamos una hermanita.

Logramos que no nos llevaran a la escuela esa tarde, sino a la Clínica Miramar. Mi madre estaba preciosa – o así me pareció a mí. Tenía su propio ropón y una mañanita color rosa claro. Entraron a la bebé en una cunita de cristal. Era la primera vez que visitaba a un recién nacido en un hospital. Recuerdo quedarme mirándola asombrada. No lo supe poner en palabras entonces pero intuí por primera vez que cada nacimiento repite el milagro de la creación.  Lucía  se atrevió a acariciarla. No sé cuál de las dos dijo:

–Tiene manitas de león.  – Nunca he entendido qué fantasía infantil produjo la comparación pero la frase se quedó en la familia para siempre.

Dr. Ernesto R. de Aragón y su esposa Uva Hernádez Catá con sus hijas Lucía, Uva y Gloria. La Habana, 1951

Los primeros meses en casa todo giró en torno a Gloria Aurora, como mi padre escogió ponerle: el primer nombre porque aseguraba que sería la gloria de todos, y el segundo en memoria de su hermana preferida que había muerto de cáncer hacía unos cinco años.

Cuando Gloria tenía ya 8 o 9 meses  comencé a disfrutarla más. Confieso que había mediodías que esperaba ansiosa que se despertara de la siesta, y con lo grande que era,  me metía en la cuna a jugar con ella.  Los primeros pasos los dio en el verano en la playa Veneciana. Recuerdo el momento con tanta claridad como cuando años después lo hicieron mis hijas.

Gloria de Aragón celebrando su primer cumpleaños con sus hermanas Lucia y Uva

Al año siguiente, estando precisamente en esa playa del este de La Habana, mi padre tuvo un infarto y lo  trasladaron para La Habana. Pocos días más tarde, nosotras tres regresamos a casa, donde el quiso que lo atendieran. Fueron meses tristes, donde el hogar adquirió esa atmósfera de olores, silencios, pasos sigilosos, murmullo de voces. de cuando hay un enfermo crónico. Yo me refugié en la lectura y en tratar de alegrar la vida de Gloria, para quien mi madre, dedicada a atender a su esposo, tenía menos tiempo.  Cuando Papi murió, mi hermana menor tenía 2 años y 2 meses. Apenas lo recuerda, aunque está convencida, y no lo dudo, que la cuida desde otras dimensiones.

El 28 de septiembre de 1956 mi madre se casó con Carlos Márquez Sterling. La ceremonia fue muy íntima, en la biblioteca de nuestra casa, a donde Carlos y su hijo Manuel vinieron a vivir. (Luego supe que Mami no quiso que hubiera demasiados cambios en nuestras vidas y que prefirió conservar la casa que había mandado a construir nuestro padre y que veía como parte de su herencia a nosotras.)  Aquel hogar que pocos años antes se había ensombrecido, se llenó de luz, música, personas de todas las edades, pues todos nos sentíamos con libertad de traer a los amigos a casa.

En el comedor donde Lucía y yo almorzábamos solas cuando recibimos la noticia del nacimiento de Gloria, podían sentarse a cenar personajes de la talla de un Sergio Carbó o un Gastón Baquero, con jóvenes amigos de Manuel o compañeritas de Lucía o mía. Fue una época feliz.

La casa en la Calle de la Copa, el reino de nuestra infancia

Todos mimábamos a Gloria.  Panchita, su tata, una mujer afrocubana, de cara redonda y amplia sonrisa, le había enseñado múltiples canciones que ella interpretaba con gracia.  Había que verla con una saya verde estrecha que no sé por qué le compraron o le mandaron a hacer, imitando a Sarita Montiel:

“Fumando espero

Al hombre que yo quiero

Tras los cristales

De alegres ventanales…”

No todas las canciones eran tan adultas. También se sabía el Ratoncito Miguel y muchas que cantaban Olga y Tony como La marcha de las letras, Sonríete, Niña y el Chuchú del tren.

Había en esa época un programa de televisión – si mal no recuerdo los domingos – que a ella le encantaba y comenzaba:

El ciiircooooo con… ¡Valencia!

Nos encantaba cuando Gloria repetía la frase imitando al locutor.  Creo que fue el novio de Lucia quien encontró un juego inspirado en el programa, con una pequeña carpa amarilla y El Circo de Valencia escrito en letras rojas. Ella se pasaba horas jugando con él. Y  aunque ya adolescente yo tenía otros intereses en mi vida, siempre encontraba un rato para sentarme en el suelo con Gloria, su diminuto circo o  sus muñecas.

Quizás la malcriábamos demasiado porque cuando empezó el primer grado en el Ruston, Mami le mandaba con el chofer el bistecito de filete picadito y otras cosas que le gustaban para el almuerzo.  Si así fue, no le hizo daño, pues nunca fue una niña antojadiza, exigente ni llorona, sino en verdad “la gloria” de aquella casa.

La vida nos cambió a todos cuando nos fuimos de Cuba el 13 de julio de 1959.  En los próximos dos años, aquel familión se redujo a mis padres, Gloria y yo que vivíamos en un apartamento de dos cuartos en Washington, D.C.  Porque se pudo cobrar una póliza que mi padre había hecho para nuestra educación con una compañía canadiense, y porque las hijas de varios cubanos que vivían en el mismo edificio asistían al Colegio del Sagrado Corazón (Stone Ridge) en las afueras de la ciudad, allí nos matricularon a Gloria y a mí. Nunca habíamos visto a una monja y les teníamos pánico. A los quince años, yo tenía más recursos internos para lidiar con esos  miedos infundados, pero a los 7, Gloria pasó mal los primeros meses. En muchas ocasiones me escapaba al comedor – que entonces me parecía inmenso – donde la dejaban solita hasta que se comiera los vegetales. Yo usaba todos mis poderes de persuasión para que se tragara el brócoli o la col, y si fallaba, entonces tenía que  exhortar a la monjita de turno para que la perdonara. Sé que ella no ha olvidado esas intervenciones mías.

Gloria y yo con nuestros padres acabados de llegar al exilio. Washington, D.C. Septiembre 1959

En 1962, un año después de mudarnos a N.Y. por razones de trabajo de Carlos – un verdaderos segundo buen padre para las tres–, me casé, y en 1963, cuando salí en estado de mi hija mayor, regresé a la zona de Washington, donde vivía ya Lucía.  Desde entonces, Gloria y yo no hemos vuelto a vivir en la misma ciudad.

Han pasado muchos años desde aquel lunes de octubre en que nació. Este día 22 cumple 67 años. La vida nos ha separado en muchas cosas, y nos ha mantenido unidas en otras. Hace unos meses estuvo gravemente enferma, y aunque todavía convaleciente, está ya en plena recuperación. No podía ser de otra manera. La hermanita pequeña, protegida por el padre que no la vio crecer pero tanto la quiso, no puede írsenos antes de tiempo.

De derecha a izquierda, Lucía, Uva y Gloria
Maryland. Verano 2013

Escribo estos recuerdos para que no se los lleve el viento, y para reiterarle a Gloria en este cumpleaños cuánta alegría trajo a nuestras vidas cuando llegó al mundo la bebé con manitas de león.

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El mundo íntimo de Carlos Márquez Sterling

Publicado en Diario Las Américas, 1 de mayo de 2003

El mundo íntimo de Carlos Márquez Sterling

El 3 de mayo se cumplen doce años de la muerte de Cárlos Márquez Sterling. Y aunque la memoria de mi segundo padre me acompaña todos los días, la fecha es adecuada para compartir con los lectores algunos recuerdos de este cubano ejemplar.

Carlos poseía una educación exquisita. Vestía bien, incluso dentro de la casa. Y no porque gastara en ropas caras. Era hombre de gustos sencillos, casi asceta. Pero su figura alta y delgada llevaba con elegancia los “ternos”. Nunca lo vi en mangas cortas y apenas usaba guayaberas. Lo más que logramos en su retiro en Miami fue que usara camisas de “sport” de mangas largas. Sabía comer. Y, de nuevo, no porque fuera un conocedor de platos “gourmets”, —disfrutaba, principalmente, los buenos desayunos– sino porque sus modales en la mesa podían competir con los de un príncipe. Era caballeroso con las mujeres. Les abría una puerta, les cedía el paso o el asiento. No hacía distinción de clases. Trataba con igual deferencia a una dama de sociedad que a una camarera o una estudiante. Era servicial con conocidos y desconocidos. Contestaba su correspondencia. Hacía favores. Disfrutaba inmensamente los almuerzos-tertulias semanales con sus amigos. Sin embargo, no siempre le gustaba hablar por teléfono, tal vez porque en sus últimos años perdió bastante el oído.

Trabajador infatigable, a veces pasaba horas y horas doblado sobre su fiel Smith Corona. Su concentración era tal que podía caerse al mundo a su alrededor. Él seguía tecleando con dos dedos e incansable rapidez. Escribía los borradores en papel rayado, de esos con tres agujeros que usan los estudiantes en la escuela. Luego colocaba los manuscritos en carpetas. Era organizado, tenaz, serio en su labor como profesor, periodista, historiador.
Leía mucho, siempre lápiz en mano, subrayando un pasaje, escribiendo una nota al margen. Prefería el género de las biografías, pero conocía a la perfección la literatura española. Y no poca de la de otros países. De los del “boom” latinoamericano, destacaba a Vargas Llosa, quizás por el apego a la realidad sociopolítica de su narrativa. Le escuché elogiar especialmente “La guerra del fin del mundo” e “Historia de Maitá”.

Poseía el arte de la conversación. Siempre tenía a flor de labio una anécdota. Disfrutaba de una memoria privilegiada. Igual desentrañaba el árbol genealógico de una familia cubana, que recitaba de memoria la “Marcha Triunfal” de Rubén Darío, los reyes de España o los presidentes norteamericanos. Conocía de cine, deportes, literatura. Le apasionaba la historia y la política. Lector diario de The New York Times, hasta sus últimos años estuvo al tanto del acontecer mundial. Cuba era su obsesión. Agramonte, Martí y Don Manuel Márquez Sterling, sus héroes. Creía que no se había hecho justicia con Don Tomás Estrada Palma. Repetía a menudo cuánto había aprendido de Orestes Ferrara, en cuyo bufete empezó a trabajar recién graduado de abogado con apenas veinte años. La vida política republicana no tenía secretos para él. Conocía las interioridades que no recogen los libros de texto. Nunca, sin embargo, pese a la insistencia de muchos, aceptó escribir sus memorias. Había visto lo bueno y lo malo de sus compatriotas. No quería faltar a la verdad, pero tampoco deseaba herir, descubrir públicamente las bajas pasiones, las mezquindades, las intrigas del escenario político patrio. Prefirió siempre exaltar lo mejor de los cubanos y excusar sus defectos, que sabía hijos de los dolores de crecimiento de una nación en formación.

Hombre de vida pública, poseía un gran mundo interior. Leía, escribía, meditaba. Disfrutaba la buena compañía. Necesitaba su cuota de soledad. Tras el hombre erudito e inteligente, habitaba un ser humano con sentido del humor, una dosis exacta de sensibilidad y una bondad rayana en el estoicismo.
Con mi madre tenía gestos de conmovedora ternura. Ella era inquieta; él, sereno. Amaba la calle mi madre; Carlos disfrutaba de las horas tranquilas en el hogar. Los unía, sin embargo, un amor a toda prueba, una comunicación continua, una fe inagotable el uno en el otro. He visto pocos matrimonios tan compenetrados.

Tenía gracia con los niños. Los nietos lo recuerdan con nostalgia. Igual les daba dinero para el heladero que despejaba sus dudas para una tarea. Siempre los escuchaba con la misma cortesía que hubiera tenido con un Presidente, y conoció a muchos.

Quizás porque sufrió en su larga vida desilusiones y hasta traiciones. Márquez Sterling valoraba, sobre todas las virtudes, la lealtad. Nunca, sin embargo, le escuché un reproche. No fue hombre de rencores ni odios. Tampoco las veces que estuvo enfermo le oí quejarse. Soportaba el dolor –-fisico o espiritual-– con entereza. Era un hombre recio. Lógico, elegante y justo, a veces le decíamos que no parecía cubano sino inglés. No era broma que le hiciera gracia. Cuba, ya he dicho, fue su obsesión.

Carlos fue un hombre bueno hasta para morir. El martes 30 de abril de 1991 no quiso levantarse. Rehusó vestirse y acudir a una cita con el médico señalada para ese día. Fueron inútiles las súplicas. Estaba consciente y lúcido, pero guardaba largos silencios. No quería comer. Se levantaba solamente para ir al baño. No se quejaba. Si sintió cerca la muerte, nunca lo sabremos. No habló con sus muertos ni se despidió de su familia. Al tercer día, como si quisiera evitarle a mi madre el mal rato, esperó a que yo viniera a la casa a la hora de almuerzo y ella saliera a comprarle unos víveres, para morir en mis brazos en apenas unos minutos, que a mí, sin embargo, me parecieron los más largos de mi vida.

Carlos Márquez Sterling fue una figura pública de la República que creyó siempre en los procesos políticos, en el estado de derecho, en la voluntad popular expresada en las urnas. Se destacó no sólo en la política, sino en la docencia, el periodismo, la abogacía. Dejó escritos una veintena de libros de historia y de biografías. Fue un repúblico honesto y respetado. En este aniversario de su muerte, he querido recordar su mundo íntimo, porque comprendo cada vez más qué gran privilegio fue haberlo compartido.

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Historia e intrahistoria del primer exilio

El profesor Lisandro Pérez acaba de publicar, bajo el sello editorial de New York University Press, “Sugar, Cigars & Revolution. The Making of Cuban New York.” Se trata de un estudio de los cubanos en Nueva York en el siglo XIX, con especial énfasis en el período de la Guerra de los Diez Años (1868-1878) y sus consecuencias

El primer capítulo, que va de 1823 a 1868, comienza con un poético pasaje de un frágil sacerdote caminando con cuidado del brazo de un adolescente en las heladas calles de Manhattan. Era el 15 de diciembre de 1823. El padre Félix Varela llegaba a la ciudad a bordo del Draper, un barco de carga que había zarpado de Gibraltar. Huía de la ira del Rey Fernando VII. Lo recibía su ex alumno, Cristóbal Madan, miembro de una de las familias acaudaladas que viajaban constantemente entre La Habana y Nueva York para atender sus negocios.

En los próximos capítulos, utilizando como fuentes primarias las informaciones de los censos y los periódicos, además de archivos y una amplia bibliografía, Pérez nos cuenta la vida de los cubanos en Nueva York, la mayor comunidad latinoamericana en la zona en esos años. Seguimos el destino de los Aldama, los Mora, los Madan y otras familias ricas involucradas no solo en el negocio del azúcar y el tabaco sino en diversas actividades comerciales, como inversiones en bienes raíces. Y, más tarde, de una forma u otra, en la lucha contra España.

Prácticamente recorremos todos los hogares donde viven cubanos, los nombres y edades de los hijos, el número y procedencia de los empleados domésticos. Vemos cómo la comunidad cambia de una elite financiera a una que incluye trabajadores en las refinerías, exiliados políticos, sastres, obreros, libreros, administradores de pensiones, y, sobretodo, tabaqueros. Conocemos las ideas políticas de los intelectuales y los activistas: algunos anexionistas, otros reformistas, muchos intransigentemente independentistas. Se nos descubren sus rencillas. También nos sentimos presente en actos de trascendencia histórica, como la primera vez que se iza la bandera cubana, que no fue en la Isla, sino en la ciudad junto al Hudson.

En estas páginas nos enteramos de cuántos chicos y chicas asisten a qué colegios, cuáles son las suntuosas bodas que reseña la prensa, cómo algunas familias se arruinan y pierden todo su dinero, como otras logran salvar parte. Nos cuenta también lo malo, como un crimen pasional que termina en la ejecución del culpable. Y lo muy triste, como un suicidio.

Seguimos el recorrido en la gran metrópolis de personajes importantes, entre ellos el poeta José María Heredia, con detalles como la mensualidad que le envía un tío para que pueda mudarse a un lugar mejor, donde paga $6.50 a la semana, más $2.00 en invierno para que mantengan encendida la chimenea. Otros protagonistas famosos son el escritor Cirilo Villaverde y su esposa Emilia Casanova, una luchadora por la libertad de Cuba, crítica acérrima de los cubanos pudientes.

Aunque el autor pensó al principio que no escribiría muchas páginas sobre el más célebre de los exiliados, le dedica un capítulo a José Martí, en que sobresalen detalles de su vida íntima. Pérez no pinta al héroe, ni al mártir, sino al hombre de carne y hueso, al neoyorquino, y al cubano que se sabe destinado a una causa, y espera las circunstancias adecuadas para llevarla a cabo. Se destaca un momento clave en la vida de Martí. Su comprensión de que serán las clases obreras –como los tabaqueros de Tampa y Cayo Hueso–y no las familias ricas, las que financiarán la guerra independentista.

El epílogo es desgarrador, pues conocemos el final de las vidas de estas familias con las que nos hemos identificando ya que a través del libro hemos seguido sus trayectorias durante décadas. Pérez nos hace acompañarlos hasta las tumbas donde descansan.

Las intimidades de la comunidad cubana en Nueva York están enmarcadas en la gran Historia, protagonizada por Estados Unidos, España y los propios cubanos. El gobierno americano va desde ofrecerle a España comprar a Cuba, hasta detener a los exiliados por violar las leyes de neutralidad con expediciones a la Isla. Confisca sus armas y barcos. España no vende a Cuba y no da tregua a los exiliados, para lo que contrata a la agencia Pinkerton, que los vigila con agentes que son verdaderos perros sabuesos. Las noticias de la guerra en Cuba afecta la vida y el estado de ánimo de los exiliados de entonces.

En prosa clara y precisa, Lisandro Pérez cuenta la historia de los cubanos del siglo XIX en Nueva York con rigor y una dosis exacta de empatía hacia los protagonistas. Este libro académico, sin duda un aporte incalculable a la historiografía cubana, se lee, sin embargo, como si fuera una novela.

“Sugar, Cigars & Revolution. The Making of Cuban New York” de Lisandro Pérez será presentado en Books and Books en Coral Gables a las 8 p.m el viernes 7 de septiembre. Les recomiendo que asistan, compren y lean el libro. Esta historia e intrahistoria del primer exilio cubano, nos ilumina muchas aspectos de nuestro atribulado siglo XX y de nosotros mismos.

Este artículo también puede leerse en https://www.elnuevoherald.com/article217517875.html

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Entrevista sobre la Constitución de 1940

Esta entrevista me la hicieron desde Cuba y aparece en The Havana Times en español

https://www.havanatimes.org/sp/?p=135046

y en inglés

https://www.havanatimes.org/?p=135929

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Con la marcha de los jóvenes, soplan brisas de esperanza…

Publicado en El Nuevo Herald 3-28-2018

Espectadores desde el balcón del Newseum, en Washington, observan a los manifestantes el 24 de marzo en Pennsylvania Avenue, durante la protesta para pedir mayor control de las armas en EEUU. Jose Luis Magana AP

Nacieron con el siglo XXI. Se entretuvieron desde temprana edad con videos, tabletas, teléfonos electrónicos. No jugaron, como sus padres y abuelos, con muñecas o soldaditos de plomo, ni mucho menos corretearon por las calles de sus barrios. Siempre los acechaba el miedo: a los enfermos sexuales, los ataques terroristas, los tiroteos en las escuelas. Algunos los creímos indiferentes. A menudo se los veía escuchando música con audífonos, ausentes del mundo a su alrededor. No llamaban por teléfono; enviaban textos. Pero sus padres y maestros sabían que los tiempos habrían cambiado, pero no la necesidad de una buena educación

Un día le dijeron basta al miedo. Cuando alzaron sus voces, comprobamos asombrados qué bien pensaban y cuán elocuentes eran. Con la ayuda de los medios sociales que manejan desde la cuna, organizaron el pasado 24 de marzo una gran marcha a la capital de Estados Unidos y a un buen número de ciudades. Movilizaron a millones de jóvenes, maestros, padres, abuelos, y celebridades. Ellos, sin embargo, fueron los protagonistas. No perdieron el aplomo ni un momento. Había que ver a Emma González, luciendo en su brazalete la bandera cubana de donde nació su padre, en silencio frente a la multitud durante 6 minutos y 20 segundos, el tiempo que le llevó al asesino ultimar a sus 17 víctimas y herir a otros tantos. Había que escuchar a aquellos “casi niños” conversar con los periodistas como si estuvieran acostumbrados a ser figuras públicas todas sus cortas vidas.

La marcha de los “millennials” ha sido un soplo de esperanza, una ráfaga de aire fresco. Ya han logrado algunos cambios en las leyes en la Florida, pues la chispa del movimiento ha surgido en nuestro estado, tras la masacre en una secundaria en el Condado Broward, llamada Marjory Stoneman Douglas. Es un merecido tributo a una activista del movimiento sufragista, adelantado a sus tiempo por sus preocupaciones ecológicas, que esta corriente se haya gestado en una escuela que lleva su nombre.

Lo más asombroso no ha sido, sin embargo, la organización y los discursos de un movimiento que apenas cuenta con semanas, sino cómo se ha ido delineando su estrategia. Sus peticiones son realistas. No atacan la segunda enmienda. Piden medidas razonables para el control de las armas. Además, los sobrevivientes de Parkland han buscado alianzas con las comunidades afroamericanas, donde las balas han sesgados muchas vidas jóvenes. Son multiculturales como la nación. Algunos repitan las consignas en español.

Saben que en el movimiento de mujeres que recorre el país encontrarán asimismo compañeras en esta lucha. Comprenden que no basta con manifestaciones. La clave está en el voto. Los muchachos mayores podrán hacerlo en las elecciones parciales en noviembre. Muchos otros en 2020. Ya han comenzado la campaña para inscribir a los votantes. El cambio más profundo lo lograrán a través de las urnas, cuando otras ideas y otras generaciones controlen la política.

Desde hace medio siglo, cuando el movimiento pro derechos civiles y la Guerra de Vietnam, los jóvenes no habían abrazado una causa. En esa ocasión fueron muy efectivos. Ahora, con el poder de los medios sociales, apuesto de nuevo por ellos. Los “millenials” van a cambiar el país y salvarlo de muchos peligros que nos acechan. Enough is enough. ¡Basta ya!

En Washington, esa bella ciudad junto al Potomac, tras un crudo invierno, irrumpe al fin la primavera, y el futuro.

Este artículo también puede leerse en http://www.elnuevoherald.com/opinion-es/article207031479.html

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Las estudiantes y el predicador

Lo recuerdo con claridad asombrosa. Fue en el otoño de 1960. Llevaba poco más de un año en el exilio. Cursaba mi último año de secundaria (high school) en Stone Ridge, el colegio del Sagrado Corazón en las afueras de Washington. Aunque al comienzo me resistí a ir a un colegio de monjas –mi propia madre, por su experiencia con ellas en España en los años 20, nos había dado una visión aterradora de estas religiosas – ya me encontraba a gusto en la escuela. Regresábamos mis compañeras y yo en tren de un retiro en Filadelfia. Habíamos pasado tres días de silencio, oraciones, meditación.

Con mis compañeras de Stone Ridge en una visita al Capitolio, 1961

Algunas chicas, tras callar tanto tiempo, charlaban animadamente.
Otras leíamos o mirábamos distraídamente el paisaje otoñal enmarcado por la ventanilla. De pronto, llegó un hombre alto y delgado a nuestro vagón.

Nunca olvidaré la forma singular de su cabeza, la amplia frente, la quijada cuadrada, el brillo de sus ojos, la sonrisa amplia, y la ondulada y abundante caballera color castaño. Puedo ver aún el movimiento de sus grandes manos y escuchar el tono de su voz.

Mis compañeras estaban nerviosas, excitadas. Lo achaqué a lo buen mozo que era, a la atención que nos dedicaba aquel hombre de unos 30 años. Entonces escuché su nombre que recorría el vagón como un susurro cómplice: Billy Graham.

El Reverando Billy Graham a finales de los años 50

No conocía entonces nada de él ni recuerdo qué nos digo, pero sé que nos tuvo a todas cautivas durante las dos horas del trayecto.

El Reverendo Billy Graham, el predicador más famoso y influyente de Estados Unidos, acaba de morir a los 99 años de edad. Ayudó espiritualmente a varios Presidentes y a muchas más personas humildes. Hizo de la fe evangélica un valladar contra el comunismo ateo. Fue un precursor en el uso de la radio y la televisión para difundir su doctrina religiosa. Llevó su prédica a los hogares del país. Tendió puentes con el catolicismo. En ocasiones, fue controversial. Principalmente, se ganó el respeto del pueblo americano y del mundo.

Recuerdo hoy a aquellas jovencitas con sus uniformes escolares escuchándolo con atención. Y pienso en el privilegio que fue haberlo conocido. Descansa en paz, Reverendo Graham.

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