Presentación de un nuevo llbro Octubre 25

La traducción al inglés por Jeffrey C. Barnett y Kathleen Bulger-Barnett de mi novela de detective El Milagro de San Lázaro. Un milagro de más de veinte años. (Miami: Eriginal Books, 2016) está en proceso de edición por Mango Publishing. La fecha de publicación es Octubre 15 y se puede ordenar con anticipación en https://www.amazon.com/Miracle-Saint-Lazarus-Mystery-Twenty-ebook/dp/B07RQVKQTK/ref=sr_1_1?crid=ORVI2WMTGXQM&keywords=uva+de+aragon&qid=1563821988&s=gateway&sprefix=Uva+de+%2Caps%2C144&sr=8-1

Espero ver a los amigos y lectores de Miami en Books and Books el 25 de Octubre

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Celia, lo mejor de nosotros

En el aniversario de su muerte reproduzco este artículo publicado en
Diario Las Américas, el 24 de julio de 2003 y que aparece en mi libro Morir de exilio (Miami: Ediciones Universal, 2006)

Celia Cruz

Todos –y ella también– conocíamos de la grandeza y la fama de Celia. No tuvo que morir para recoger aplausos, premios y elogios que no erosionaron su elegante sencillez. Pero nadie previó la conmoción mundial que ha causado su muerte. Los rotativos más importantes le han dedicado páginas y páginas. The Washington Post, hasta un editorial. Se recibieron visitas o mensajes de pésame de los más altos dignatarios. Famosos artistas la acompañaron en su última gira. En Miami y en Nueva York, sus admiradores le dijeron adiós en un velorio que mezclaba el dolor de su partida con la alegría que nos legó en una música que la sobrevive. Cubanos, venezolanos, puertorriqueños, mejicanos, españoles, argentinos, nicaragüenses, todos dijeron presente. Viajaron desde lejos. Hicieron cola bajo el sol. Llevaban banderas, letreros, estampitas, fotos de Celia, sobrecitos de azúcar prendidos a la ropa. “La negra tiene tumbao” escribieron en sus camisetas. Lloraban, reían, aplaudían, rezaban, bailaban. Todo en la mayor armonía, el mayor respeto. Y como si un hálito de poesía los animara, hablaban a la prensa en hermosas frases: “Celia es la estrella de la bandera”. “Celia es la garganta de la isla”. “Se nos fue la reina negra”. “Se llevó el azúcar para el cielo.”

¿Qué extraño secreto guardaba esta mujer que conquistó tanta fama como cariño? Celia poseía las mayores virtudes de los cubanos, y ningunos de nuestros defectos.

Los cubanos nos hemos destacado en todo, o casi todo: –literatura, artes plásticas, ballet, medicina, negocios, docencia, béisbol, boxeo, ajedrez, esgrima– pero en ningún campo hemos mostrado mayor talento que en el de la música. De Esteban Salas a Leo Brauer, de Ignacio Cervantes a Manuel Barruecos, de José White a Aurelio de la Vega, de Eduardo Sánchez de Fuente a Julián Orbón, de Ernesto Lecuona a Silvio Rodríguez, de Gonzalo Roig a Pablito Milanés, de René Touzet a Arturo Sandoval, de Sindo Garay a Polo Montanés, de Esther Borja a Albita, de Compay Segundo a Paquito D´Rivera, de Elena Burke a Olga Guillot, de Jorge Bolet a Olga Díaz, de Bola de Nieve a Chucho Valdés, de Rita Montaner a Gloria Estefan, del Trío Matamoros a los Van Van, de Benny Moré a Celia Cruz, la lista de compositores e intérpretes que han paseado nuestra música por la isla y por el mundo entero sería interminable. Y en esa constelación, Celia brilló con luz propia. Por su innato talento. Por su voz inigualable. Por el ritmo de su cuerpo. Por su capacidad de trabajo. Su profesionalismo. Su calidad humana.

Celia nació pobre, mujer y negra. La situación política en su país la convirtió en exiliada. Estas desventajas no la desanimaron. Su exitosa carrera musical representa, también, el triunfo del espíritu emprendedor de sus compatriotas sobre todas las adversidades. Su matrimonio con Pedro Knight, los lazos tan estrechos que la unían a sus hermanos, sobrinos, ahijados e íntimos son reflejo de los valores de familia y amistad de la Cuba mejor.

Supo combinar la disciplina más férrea con la espontaneidad más natural. Siendo la más cubana de las cubanas, también fue la más universal. No sólo cantó en el mundo entero, sino que incorporó ritmos de otras tierras a los de la suya. Permitió, como Martí quería, que el mundo se insertara en Cuba.

La humildad no es característica que nos distinga. Los hijos de la Perla de las Antillas solemos creer que nos las sabemos todas. Celia, sin embargo, escuchaba consejos. Nunca la fama alimentó su vanidad. Por el contrario, sus triunfos la hicieron más accesible a su público. Para cientos de jóvenes artistas no sólo fue ejemplo y guía, sino que los ayudó en cuanto estuvo a su alcance. Compartió escenarios con todos: desde Pavarotti a nuevos talentos.

Se mantuvo vigente hasta el final, porque no quiso, como otros, vivir del pasado. Su reloj no se detuvo el día que se fue de Cuba ni vivió de la nostalgia. Se reinventó a sí misma a cada paso. Por eso su éxito fue inagotable. Por eso generaciones y generaciones han bailado y bailan con sus discos. Yo lo hice en mi adolescencia con su “hierberito”. Hoy mis nietos se contonean al ritmo de “La vida es un carnaval”.

A Celia nunca se le escuchó una palabra peyorativa sobre nadie. Parecía alérgica al chisme, las capillitas, los celos, las mezquindades. Su generosidad no tuvo límites. Dio de su tiempo y talento a importantes obras caritativas, como la Liga Contra el Cáncer. También se daba de otra forma: con una palabra cariñosa, un gesto inesperado, la dedicatoria en una foto, el envío de una postal de su puño y letra. Muchas anécdotas sobre Celia reflejan esa capacidad suya para el toque íntimo, personal.

Le dolía no poder cantar en su Patria. Pero cantó para ella en todos los escenarios del mundo. Nunca se dejó utilizar ni por tirios ni troyanos. Supo distinguir entre el estado y la nación, entre la ciudadanía y la nacionalidad. Por eso no necesitaba retórica barata ni estridencias altisonantes. Lo suyo era Cuba, y llevar alto su nombre. Sus éxitos eran los de la nación, y lo sabía. Quizás, por eso, la decencia y la sencillez presidieron todos sus actos. No importaba que llevara pasaporte americano. Apenas hablaba inglés. Su garganta estaba hecha de tambores y huracanes. Su corazón, de azúcar. Su cuerpo se movía con la gracia de un cañaveral. Los colores del trópico –naranja sol, azul Varadero, blanco cresta de ola, verde cañaveral, plata de luna– rompían en arco iris en sus vestidos y pelucas.

Nos daba, entre tantos regalos, lo que más tenía: tumbao, carnaval, son, guaracha, alegría de vivir. Pero nos dio más. Nos dio un ejemplo de serena dignidad, una lección callada entre tanta sandunga. Al final, cumplió el deseo de su padre de ser Maestra, y con mayúscula. Criolla y cosmopolita, risueña y profunda, populachera y elegante, en su música dejó un legado imperecedero que trasciende tiempo y espacio. Vence a la muerte.Celia reinó en una isla que nunca tuvo monarquía. Se fue de Cuba pero vivía también allí. Como Cuba vivía en ella. Representa, sin duda, lo mejor de nosotros.

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Memoria del silencio/The Memory of silence still captures attention

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Tres cuartos de siglo de vida

La Habana, circa 1946

El 11 de julio de 1944 el Dr. Ernesto R. de Aragón asistió a su esposa Uva Hernández-Catá en el Hospital Anglo American en la Calle 2 esquina a 15 en El Vedado, con el parto de la segunda hija de ambos a quien bautizaron con el nombre de Uva de los Ángeles. Este jueves, pues, cumplo tres cuartos de siglo de vida.

Siempre me parece que los aniversarios son fechas no sólo para celebrar, sino para pasar balance, reflexionar. Veo mi vida en etapas. Mi infancia y adolescencia habanera, rodeada de amor y personas extraordinarias, donde sufrí también el dolor de la temprana muerte de mi padre. Los primeros años de exilio. En Washington: estudiante protegida por mis padres, descubriendo un mundo nuevo, sufriendo el desgarrón de dejar atrás todo lo que conozco y amo. Nueva York: joven novia y esposa enamorada. Maryland: la maternidad, la pobreza antes desconocida, nuevos amigos, mis primeros libros, el cambio de las estaciones, ver a mis hijas crecer. Y siempre, siempre, la ilusión del regreso.

Mudada a Miami en 1978. Reencuentro con el mar y los sabores de la infancia. Mis padres junto a nosotros al retirarse. Estudiar hasta terminar el doctorado. Mis años trabajando en FIU. Colegas. Alumnos. Mi columna en Diario Las Américas. Ver a Cuba con otros ojos. Las hijas haciéndose mujeres, casándose, dejando el hogar, convirtiéndome en abuela. La muerte de mis padres. El divorcio, doloroso al principio, pero que con el tiempo deviene en amistad. Nuevos libros publicados. Viajes. Nuevos amores. El regreso a Cuba. Tecnologías que me acercan a viejos amigos, me permiten ver crecer a los niños que están lejos. La jubilación. Los nietos haciéndose hombres, uno ya casado. Ir envejeciendo. La muerte de los mayores de la familia, y ahora, de amigos de mi propia edad.

En todas estas etapas voy creciendo, reafirmando mi personalidad. Tímida de joven; aventurera cuando mujer madura. Amante de mi soledad tanto como del tiempo compartido entre familiares y amigos. No dejo de tener mis egoísmos pero perdura la voluntad de servicio inculcado desde la cuna. Me enojan las injusticias. Me apasiono al discutir. Amo el mar. Prefiero, sin embargo, el asfalto bajo los pies. Caminar las calles de Madrid, La Habana, Nueva York, París. Soy amiga de mis amigos y disfruto sus éxitos como propios. Me encanta que vengan a mi casa. Aunque mi escritorio sea un reguero indescriptible, organizo mi tiempo. Me siento culpable si pasa un día sin hacer algo útil. Reconozco mis defectos; me esfuerzo por ser mejor todos los días. Mis cruces –y no me faltan– intento llevarlas con dignidad. No voy mucho a la Iglesia, pero tengo una fe inquebrantable en Dios y el poder de la oración.

En todos estos años, hay ciertas constantes: amor a la familia, los amigos, los libros y Cuba; compromiso con mi obra literaria; curiosidad intelectual; conciencia de los eventos mundiales y nacionales; respeto por las libertades individuales; devoción por la historia, las tradiciones; afán de modernidad. Y un goce inagotable por las cosas pequeñas que ofrece la vida

Los últimos dos años, desde que en mayo del 2017 me caí y sufrí una fractura múltiple del fémur, han sido de los más difíciles de mi vida. Semanas en un centro de rehabilitación, meses en una silla de ruedas dependiendo de otras personas para todo, han sido lecciones en humildad. Volver a subir un escalón, manejar, caminar con bastón, metas alcanzadas con dolor, voluntad, esfuerzo.

Hay cosas que no volveré a hacer. No podré bañarme en el mar, pero sí verlo, aspirar sus aromas, escuchar su respiración. No caminaré de nuevo sola por ciudades que amo, pero regresaré a algunas del brazo de seres queridos, y me sentaré en un balcón o un café a observar a los que transitan por las calles que antes yo recorría.

No soy la única con problemas de salud. También mi hermana Lucía se fracturó el fémur como yo y mi hermana Gloria, tanto menor que nosotras, tuvo serios problemas pulmonares. Me preocupan. Otros amigos y familiares padecen asimismo diversos achaques o enfermedades. Claro que mal de muchos consuelo de tontos. Todos ansiamos sentirnos bien y “vivir siempre, así fuese de barriga”, como escribió Vallejo.

Agradezco, pues, estar viva. En los últimos meses se me han ido, sin tiempo para adioses, queridos amigos – la periodista Juana Isa, la profesora Ana Cairo, el poeta Armando Álvarez Bravo, los compañeros de Ruston Academy, Otalio Soca, Ruben Ortiz y Joaquín Rodríguez, el vecino de los primeros años del exilio Charles Rodríguez. Con cada uno, se va algo de mí misma.

Quisiera creer que aunque tenga mis momentos malos, estos tiempos difíciles hayan servido para ofrecerles a hijas y nietos un ejemplo de cómo afrontar la adversidad. No me dejo vencer. Escribo. Me invento ilusiones, aunque no sean las mismas de antes. Pero yo soy la misma todavía. Es suficiente para dar gracias a Dios. Y celebrar tres cuartos de siglo de vida. Tómate hoy una copa por mí.

Foto reciente por Alberto Romeu

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Réquiem por Valeria

Los cadáveres de Oscar Alberto Martínez Ramírez y su hija Valeria de 23 meses

Oscar Alberto Martínez Ramírez y su esposa Tania querían un futuro mejor para su hijita Valeria de dos años que la violencia y la pobreza que enfrentaban en El Salvador. Oscar vendió su motocicleta, pidió dinero prestado y la familia viajó 1000 millas en busca del sueño americano. Fueron, como indica la ley, a un lugar en México donde solicitar asilo para entrar a Estados Unidos. Esperaron varios días en un calor de más de 100 grados. Se desesperaron y trataron de cruzar el Río Grande. Oscar logró alcanzar la orilla de Estados Unidos, e intentó dejar allí a la niña para volver en busca de su mujer que se había quedado atrás. Pero la pequeña lloraba desesperada. No quería quedarse sola. El padre se la puso a las espaldas. No pudo contra la corriente. La madre miraba horrorizada como las aguas se los tragaban. Cuando aparecieron muertos, aún el bracito de la pequeña Valeria rodeaba el cuello de su padre. La foto de sus cadáveres es la evidencia más dolorosa de la presente crisis migratoria.

La política de la actual administración con los inmigrantes no puede ser más inhumana, cruel e hipócrita. Para empezar, está basada en la falsa premisa que los inmigrantes son una amenaza a la sociedad. Todo lo contrario. Está probado que el índice de criminalidad es menor que el de los naturales del país. Tampoco les quitan trabajo a nadie. Hacen lo que nadie quiere hacer. Si mañana por arte de birlibirloque desaparecieran todos los indocumentados, en pocas semanas no tendríamos vegetales frescos en los mercados, muchos hijos de familias pudientes se quedarían sin niñeras, cantidad de personas de la tercera edad no obtendrían quienes las atendieran. Ni habría quienes limpiaran gran número de casas de personas de cualquier status. Con los años, muchos inmigrantes y sus descendientes han sobresalido y hecho grandes contribuciones al país en las artes, la ciencia, la vida pública y otros renglones.

Si hay sectores de la sociedad que no se benefician de la prosperidad que vive Estados Unidos hoy, no es culpa de los inmigrantes. Hay que señalar mucho antes el papel de las compañías farmacéuticas, los monopolios, la industria de las armas, el código de impuesto que favorece a los más pudientes, y un largo etcétera.

Los Estados Unidos es un país de inmigrantes. Vienen muchas veces con la ropa puesta. Traen la lengua y las costumbres de su país natal, ya sea Alemania, Italia, Polonia. Cuba, Vietnam, México e El Salvador. Los une un denominador común: unas ganas inmensas de trabajar, una fuerza interna que los empuja a salir adelante y un deseo sincero de que su hijos se integren al país de adopción y tengan una vida mejor. La búsqueda del sueño americano siempre se ha aplaudido; nunca, hasta ahora, se había estigmatizado y perseguido.

La crueldad de la política migratoria va más allá de crear entre los estadounidenses una xenofobia destructora. Los tratos a los inmigrantes violan los derechos humanos más elementales. Arrancar a los niños, inclusos bebés, de los brazos de sus padres y tenerlos enjaulados, hacinados, sin higiene, cuidados médicos, ni un trabajador social, una religiosa o una maestra que les muestre afecto, constituye una de las páginas más vergonzosas de la historia contemporánea de Estados Unidos.

Me es muy difícil entender que haya cubanos que, a sabiendas de los tantos privilegios que hemos recibido, puedan no sólo justificar esta política, sino culpar a los padres que huyen de peligros similares y en muchos casos hasta peores de los que enfrentamos nosotros cuando dejamos nuestra Isla. Parecen olvidar el buen trato que tuvieron los 14,000 Pedro Panes. Creo que tenemos una deuda moral de defender los derechos de otros niños a un trato humanitario.

Tampoco comprendo que la administración, lejos de aumentar la ayuda a los países de Centro América, la haya disminuido. Si no se va a la raíz del problema, no se detendrá el flujo de migrantes. Se argumenta que los gobiernos corruptos no harán buen uso de los fondos. Existen organismos internacionales, ONGs, y muchas vías para asegurar la efectividad de la inversión.

No se trata de un problema de demócratas o republicanos. Aceptamos que no hay soluciones fáciles. Pero nada, absolutamente nada, justifica la crisis de falta de humanidad que se vive en la frontera. Ojalá que la pequeña Valeria y su padre no hayan muerto en vano, sino que sean un aldabonazo en la conciencia del pueblo americano. A mí la imagen de sus cuerpos mojados e inertes no me deja dormir.

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Homenaje a Amelia del Castillo

El pasado sábado 9 de marzo el Pen Club de Escritores Cubanos en el Exilio rindió merecido homenaje a la poeta y escritora Amelia del Castillo. Estuve presente para aplaudir y abrazar a Amelia. Ahora, para unirme al reconocimiento, reproduzco este artículo publicado en Dario Las Américas el 23 de junio de 2005, uno de los muchos que he escrito sobre su obra. Este trabajo también aparece en mi libro El mundo y mi Cuba en el Diario, tanto en la edición de Ediciones Holguín publicada en Cuba en 2016 como la de Eriginal Books, de ese mismo año, que puede comprarse en Amazon.

Amelia del Castillo y su azul

La conozco desde hace muchos años y me una a ella una vieja amistad. Pero no nubla mi criterio el cariño que le profeso, ni el reconocimiento de sus virtudes como ser humano.

Los escritores Matías Montes Huidobro, Amelia del Castillo, Yara González de Montes, Rita Geada, Uva de Aragón y Orlando Rodríguez Sardiñas (Rossardi), durante la serie “Jueves de literatura” Miami 2005

Amelia del Castillo es una de las voces líricas más singulares de la poesía cubana de la segunda mitad del siglo XX. He leído todos sus libros. No necesito consultarlos para describir su poesía. Su forma: exacta, sin estridencias ni malabarismos. Su tono: entre el grito y el silencio. Sus temas: un ir y venir de la esperanza a la pena, del amor al desamor, del recuerdo al olvido, de la certeza a la duda, de la rosa a la espina. Quiere encauzar el tiempo, pero en cambio va tejiendo en su urdimbre voces del silencio. Siempre en diálogo con sí misma, al final descubre a géminis deshabitado. El hambre de sus espigas se mitiga, no se sacia.

Narra cuentos con oficio y prosa tersa, por más trampas y fantasías que ponga en ellos. Es en la poesía donde su espíritu va calando, como una llovizna tan fina y afilada que hiere sobre la piel. Se desnuda y se cubre con más velos que Salomé. Hay un misterio presentido que tiembla en cada verso. Su poesía no es oscura, ni hermética, pero su transparencia es engañosa, como un lago tranquilo que esconde el espíritu inquieto de una doncella dormida en su fondo.

Amelia del Castillo ha publicado hace pocos meses “Un pedazo de azul para el naufragio”. No está en estos versos el mar de espuma blanca y reír de campana de “Agua y espejos”, versos de juventud, premiados en la plenitud. En estas páginas, el mar de Amelia del Castillo está herido. Lo surcan orillas escabrosas, sangres de ausencia. Hay cruces y más cruces. La sed es insaciable y los perros mansos huyen junto a los fieros. En el portal del paraíso los hijos de la noche quebraron de un golpe los sueños con odios fratricidas. La furia del incendio arde sin tregua. Se burlan los espejos, y el viento se hace amigo del lamento y el naufragio. Hasta el blanco está sin luz

Hace varias semanas, en el Centro Cultural Español, se exhibieron cuadros de Carmen María Galigarcía –a quien también se debe la portada del cuaderno– junto a poemas de Amelia del Castillo. Pese al vínculo familiar que une a la poetisa y a la pintora, ninguna conocía la obra de la otra mientras la creaban. Se asombraron al descubrir cómo coincidían en el nivel de angustia existencial, la denuncia de atropellos e injusticias, y la compasión por el desvalido.

Se trata, en ambos casos, de una obra que nos coloca frente al horror. No son cuadros ni versos para agradar, sino para punzar. Están cocidos al fuego lento en las heridas, con todo el dolor del mundo amasado en lienzos y versos.

“Un pedazo de azul para el naufragio” no menciona a Cuba, pero es sobre Cuba, y, al mismo tiempo, la trasciende. Lo propio se vuelve de toda la humanidad. La isla se agiganta como una llaga que desgarra por los bordes. Al final, Amelia del Castillo, de regreso de tantos viajes de ida y vuelta por los caminos de la ausencia y el sacrificio, lanza un desafío. “No voy a renunciar a mi estatura, /ni a la raíz febril de mi andadura,/ ni al pabellón que la paciencia tiene.//Les reto desde el vórtice y el fuego./Desde la fe, desde la cruz y el ruego./Desde el legado azul que me sostiene.” // Yo apuesto por la poeta y su azul.

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Gracias, San Dimas

Casi todos los católicos, aunque tengamos pocos conocimientos teológicos o de la historia de la Iglesia, hemos escuchado cómo crucificaron a Jesús entre dos ladrones. Uno se burlaba de él: ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”. El otro, sin embargo, le dijo que ellos dos estaban justamente condenados como pago por sus hurtos, pero que Él no había hecho nada para merecer ese castigo. Humildemente, le pidió: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”, a lo que respondió el hijo de Dios: “En verdad te digo; hoy estarás conmigo en el paraíso”. (LC23,39-43)

Con excepción de este breve pasaje del Evangelio de San Lucas, poco más sabemos de San Dimas, el buen ladrón. Mucho más conocemos de San Antonio de Padua, franciscano, doctor de la iglesia, patrón de Lisboa y de personas, almas y cosas perdidas. Era, también, el santo de mi parroquia durante mi infancia habanera, a cuya imagen con el niño en brazos le dirigí mis primeras oraciones.

Sin embargo, no sé por qué, cuando se me pierde algo, recurro a San Dimas, amarro una cinta, un pañuelo, un paño de cocina, cualquier cosa, a la pata de alguna silla o lo que esté a mano, y le pido que me lo encuentre. Y últimamente, casi todos los días extravío algo: las llaves, la tarjeta de débito, un pomo de pastillas, la chequera, una factura que acaba de llegar, el papel donde apunté un teléfono. Incluso una vez tenía que salir y no había forma de que encontrara el bastón. ¡Lo había dejado en el refrigerador! En fin, un día perderé la cabeza, como Don Distraído, un personaje de un cuento que escribí hace años.

Al pobre San Dimas lo llevo giro. Ya yo le pido las cosas con pena y le explico que lo amarro porque no me queda más remedio. Eso sí, no dejo de desatarlo en cuanto encuentro el objeto perdido. Y seguro que lo hallo. San Dimas nunca me falla. Ayer buscaba un documento importante de hace 20 años. Le prometí que si aparecía, le haría un reconocimiento público en mi blog y en Facebook. Fui directamente a la gaveta donde estaba guardado el viejo papel. Así, que aunque el buen ladrón se destaca por su humildad, cumplo mi promesa. Gracias, San Dimas. ¡No sé qué sería mi vida sin ti!

P.S. He demorado unos días en poder poner estos párrafos en el blog, porque hasta se me perdió la contraseña. Ya saben, a amarrar a San Dimas de nuevo….

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