El miedo y sus antídotos en la era del Coronavirus

Tengo miedo. A veces, mucho. En primer término, por mi familia y seres queridos. La idea de que uno de ellos contraiga el Coronavirus me espanta. Pensarlo me ha llevado en días pasados a ataques de llantos, y no soy nada llorona. Tengo miedo. Por mi propia salud y la posibilidad de la muerte. Me asusta sobretodo que el que se enferme tiene que estar solo, lejos de sus seres queridos, incluso si le llega el momento final. Temo por los Estados Unidos, Cuba, España donde tengo tantos afectos. Me duele Italia. Me duele la humanidad.

Busco formas de aliviar el miedo. Trato de racionar las horas frente al televisor y de no leer todo lo que se publica en las redes sociales. Intento preocuparme menos y ocuparme más. Tomo las precauciones debidas. Invierto el tiempo escribiendo, leyendo, viendo Netflix, arreglando gavetas. (En realidad, desde niña, nunca me aburro.) Y llamo por lo menos a una persona querida al día, además, claro, de hablar con la familia más cercana, como siempre. He comenzado con los mayores, desde una prima que recién cumplió 100 años, hasta mis queridos nonagenarios. Lo agradecen. También, me comunico con primos, amigos de la infancia. Tanta vida compartida es un vínculo que nos renueva y protege.

A veces me consuela recordar, cerrar los ojos en ese momento de vigilia antes del sueño y recobrar los rostros de mi madre, mi abuela, mi tía Sara; el tacto de la mano de mi padre; la voz de mi segundo padre; los juegos con mis hermanas; las aulas y maestros de mi infancia; la risa de mis hijas cuando chicas; las caritas nerviosas de mis nietos cuando los perseguía por la casa como si fuera un monstruo… También, más aún, me alivia soñar. Visualizar cuando me reúna con a mi hermana Lucía, y celebremos la vida con unas margaritas gigantes; cuando conozca a mi sobrino nieto Sterling Santiago, nacido hace dos meses; cuando publique nuevos libros; cuando reciba a amigos y familiares y disfrutemos de tremendo fiestón en la terraza de mi casa.

Tengo miedo. También, gratitud. Por los médicos, enfermeras, y todos los que en primera fila, a riesgo de sus propias vidas, atienden a los pacientes. Agradezco el servicio que aún nos dan a diario los que trabajan en los mercados, las farmacias; los que limpian, reparten cartas, recogen basura, manejan para traernos a la puerta de la casa lo que ordenamos por la red, ya sea comida o medicinas. En fin, los que aún nos ofrecen servicios imprescindibles.

Tengo miedo. Pero también, esperanza. No sólo de que a nivel familiar, nacional y global sobreviremos, sino que esta pandemia nos hará darnos cuenta de cuáles son las verdaderas prioridades. Importa más la salud que las compras, más lo que nos une como seres humanos, que los que nos diferencia. El virus y la muerte nos igualan. No les importa el origen étnico, el estatus migratorio, el nivel socioeconómico. Ataca sin discriminación. Los abrazos que hoy no podemos darnos cobrarán mayor valor en el futuro.

Tengo miedo. Pero más aún, tengo fe. Fe en que Dios nos protegerá, ayudará, consolará, acogerá a los que les toque partir. Rezo. Hablo con Dios. Le cuento mis angustias. No logro descifrar sus respuestas, pero la conversación me devuelve la serenidad. Sé que nunca es más oscura la noche, que antes de que amanezca.

Para ahuyentar el miedo, escribo, me ocupo, llamo a mis seres querido, recuerdo, sueño, agradezco, espero, rezo. Miro hace dentro, y sé que aún hay fuerza y amor. Gracias, Dios.

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En el día del amor

Se conmemora hoy el Día de San Valentín, antes dedicado a las parejas, pero que con los años ha derivado en una celebración del amor y la amistad. Es bueno que así sea. Algunos nunca han sentido la maravillosa enfermedad que es enamorarse: el sudor en las manos, las palpitaciones en el pecho, las mariposas en el estómago, el júbilo de cada encuentro, la angustiosa espera en las separaciones, por breve que sean. Otros no han sido correspondidos. Y para muchos, la pasión de los amores de la juventud o plenitud, son sólo recuerdos que nos llenan de melancolía.

Raro es el ser humano, sin embargo, desprovisto de otras tantas formas de amor: a padres, abuelos, hermanos, hijos, nietos, primos, maestros, colegas, amigos. Cada uno toma formas distintas a través de la vida. De pequeños dependemos de los padres para todo. Como si fueran soles, nuestro mundo gira en torno a ellos. Sólo los abuelos compiten con los padres en el universo infantil. También ellos son refugio y guía. La relación con los padres se invierte en algún momento, y son entonces los hijos quienes protegen a sus progenitores. Hasta que la muerte no los roba. De un golpe comprendemos el significado del vocablo orfandad. Nadie nos verá como niños nunca más. Pero el recuerdo de los tiempos compartidos queda siempre en algún recodo del corazón en el que siempre podemos refugiarnos. El amor a padres y abuelos ya idos es agridulce: desgarra y consuela.

Durante nuestra niñez el mundo se ensanchará para incluir a hermanos, parientes, maestros, compañeros de clase. Las amistades que nacen en la infancia y la adolescencia son las más genuinas, pues aún no hay intereses creados. A veces hay gustos afines. Pero en ocasiones las relaciones se basan en esa misteriosa química entre los seres humanos que hace que alguien “nos caiga bien”. Incluso entre los parientes hay algunos a los que nos sentimos más cerca. En esa etapa en que los primos son cruciales, en medio de juegos en pandilla, siempre hay preferidos, como los hay entre nuestros profesores y condiscípulos.

Esas preferencias nos llevan a una de las claves de las relaciones humanas: la intimidad. El vocablo de inmediato nos hace pensar en relaciones sexuales entre parejas. Pero puedo tenerse sexo – otra cosa es hacer el amor—sin verdadera intimidad. La intimidad puede producirse en ocasiones muy disímiles: dos hermanas o amigas probándose ropa en una tienda; dos compañeros estudiando para un examen; una abuela y un nieto esperando en la oficina de un doctor; dos seres, incluso desconocidos, contemplando una luna llena, una puesta de sol. Los ejemplos son infinitos. Se trata de la comunión de las almas: de compartir la charla o el silencio, un recuerdo o un sueño común.

A medida que recurre la vida adulta, el círculo de amistades y conocidos se ensancha inmensamente. Cada etapa, ya sea como estudiantes, empleados, jefes, profesionales, vecinos, nos trae nuevas relaciones y nos va separando de otras. Y quizás sin darnos cuenta casi todas las personas de alguna forma nos influyen al igual que nosotros a ellas.

Con la vejez llegan los achaques del cuerpo, las limitaciones, las renuncias, las despedidas. Se han muerto todos o casi todos los mayores de la familia y demasiados amigos. La celebración del día del amor trae más nostalgia que ilusión. Y sin embargo…también con los años apreciamos más lo que otros hacen por nosotros: la hermana que noche a noche oye todos los detalles de nuestro día; el primo que nos lleva a médicos y teatros; los nietos que en el torbellino de sus vidas mandan un texto o nos dan una llamada; las hijas que pasan horas en un hospital cuando nos enfermamos; el ex marido que llama a diario a saber cómo estamos; el amigo que nos regala el libro recién publicado; la ex alumna que nos pone un comentario halagador en FB; la peluquera y manicurista que complacen nuestros caprichos; los médicos que nos atienden como si en ese momento fuéramos la persona más importante del mundo; la farmacéutica que nos aconseja con dulzura; las chicas que nos doblan las sábanas y toallas con amorosa minuciosidad; el jardinero que cuida con esmero nuestro jardín. Personas que cuando trabajábamos, estudiábamos, criábamos a una familia quizás nos pasaban inadvertidos, y ahora sin embargo valoramos de otra forma.

Es bueno amar por siempre a los muertos y recordar con alegría los amores ya idos. Un corazón sensible tiene capacidad para acoger a todos los que de una forma u otra son parte de nuestra vida. Y en el reino de afectos, el mayor debe ser para Dios, que no los ha dado todo, incluso la capacidad de amar.

No es fácil envejecer, pero mientras el corazón sepa amar no sólo a los seres humanos, sino a la vida misma, hay razones infinitas para celebrar. ¡Feliz fía del amor y la amistad!

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Miami Stories

MIAMI STORIES

Amid anti-immigrant fever, author is thankful for how Miami welcomed the Cubans

BY UVA DE ARAGÓN SPECIAL TO THE MIAMI HERALD

DECEMBER 16, 2019 07:28 PM

Author´s  First Home in Miami, Westchester, 1979

Author´s First Home in Miami, Westchester, 1979


After I left Cuba in 1959 as a teenager, I spent almost two decades living in Washington, New York and Maryland.

For about 15 years, my family and I would always come to Miami on vacation. It was the closest we could get to our native land. We enjoyed visiting relatives and friends, the beach, the lush tropical vegetation, the sound of Spanish and savoring Cuban food.

We would return home tanned, nostalgic, with a box of books, another one of pastelitos, and the determination that we would someday move here. In the summer of 1978, we finally did.

Not too long afterwards, in the spring of 1980, more than 10,000 Cubans sought asylum in the Embassy of Peru in Havana. A few days later, Fidel Castro declared that everyone who wished to leave the Island was free to go.

Cuban exiles in Miami spared no effort to secure boats and sail to bring their loved ones to the United States. What followed was a unique page in the history of South Florida. More than 100,000 Cubans arrived by sea in a just a few months.

At that time, I was working as a secretary and going to school at night, but soon quit my job to volunteer helping with the new arrivals. At the beginning the refugees were taken to the Orange Bowl and later on to Tamiami Park to be processed. I served as an interpreter in both locations.

What I saw appalled me: hundreds of people with dog bite marks; a small boy with both arms fractured; and a desperate woman crying incessantly because she could not find her baby, snatched from her arms as she boarded the ship.

In addition to the huge number of men, women and children who fled, Castro included some mentally ill and criminals among the legitimate escapees. Some inevitable chaos ensued.

However, the City of Miami created a tent city to house them, some were relocated to other cities, and many found relatives who took them in. In a surprisingly short period of time, the Marielitos — as they were called either with affection or contempt — were on their path to fulfill the American dream.

In the beginning, the first wave of Cubans accepted them warmly. Then, they saw them as different and distanced themselves from the newcomers.

In the end, they were integrated into the community. The new residents revitalized the use of Spanish. There were several well-known writers and visual artists among the refugees. Others were actors, radio and TV announcers who enriched the community.

The street vendors, so abundant in Cuba, started to fill the streets of Miami. The youngsters mingled in school with the children of early exiles and talked to them about the lives they had left behind.

Personally, I can say that my daughters´ new classmates taught them more about Cuba than I had been able to do throughout the years. However, it was also an unsettling time for Miami, with raising crime, homelessness and drugs.

Almost 40 years after the Mariel boatlift, I can reflect on the lessons learned. Some Cubans even mortgaged their homes to bring their relatives from Cuba, giving us an example of how family love transcends ideological differences.

I appreciate, particularly in these times signed by xenophobia, how Key West, Miami and the United States generously received my compatriots, as they had welcomed us two decades earlier. I am thankful for the Marielitos and how much they’ve contributed to our culture.

In 1981, Time magazine featured Miami as “Paradise Lost.” To many, it was the opposite. In spite of struggles and difficulties, they found freedom and their own personal slice of paradise. The Florida sun always manages to shine bright, even among the darkest clouds.

I am glad we moved here.

Uva de Aragon and Reinaldo, Arenas Kew West 1981

Uva de Aragon and Reinaldo, Arenas Kew West 1981

Uva de Aragón is a professor, journalist and author. Her latest novel, ‘The MIracle of Saint Lazarus. A mystery twenty years in the making,’ featured at the Miami Book Fair this year, takes place in Miami.

This story can also be read at https://www.miamiherald.com/news/local/community/miami-dade/miami-stories/article238446643.html

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Cuba y sus médicos

El Dr. Federico Justiniani, hombre multifacético, que además de destacarse en la medicina y la docencia, escribe, compone, toca guitarra y es un excelente fotógrafo, acaba de publicar Personalidades en la historia de la medicina cubana 1760-1959. A través de las biografías de unos cien destacados galenos, organizadas por orden cronológico, con fechas de nacimientos que van de 1764 a 1905, Justiniani nos muestra el desarrollo de la medicina en Cuba a lo largo de dos siglos y, en gran medida, la forja de una nación.

Aunque es tentador detenerse en algunas historias particulares, quisiera resaltar los aspectos que tienen en común estas vidas dedicadas a la ciencia de Hipócrates. En todas, la Universidad de La Habana ocupa un lugar prominente, por lo que hizo bien el autor en incluir una breve historia de este centro docente, así como del Hospital Calixto García. En el curso que da comienzos al siglo XIX, de 1800 a 1801, había matriculados solo 8 estudiantes en la Cátedra de Medicina. Todavía la enseñanza estaba dominada por un espíritu escolástico medieval, que fue evolucionando al secularizarse la institución en 1842 y al mudarse a la colina de Aróstegui en 1902 con el comienzo de la República. Los estudios constaban de cinco años para alcanzar el título de Bachiller en Medicina, dos años de prácticas con un médico para el grado de Licenciado y otro más para el de Doctor. Todos estos galenos estudiaron o revalidaron sus carreras en la Universidad de La Habana y fueron catedráticos de la misma. Su labor como profesores fue notable en la formación de los médicos de la Isla. Varios llegaron a ser decanos de la Escuela de Medicina e incluso rectores de la Universidad.

Durante los años de la Colonia, hubo tres acontecimientos políticos que afectaron a los médicos: la Guerra de los Diez Años (1868-1869), el fusilamiento de los estudiantes de medicina en 1871 y la Guerra del 95. Como consecuencia, muchos sufrieron persecución, cárcel y exilio. Otros pelearon en la manigua o prestaron servicios médicos a los mambises. Varios tuvieron estrechas relaciones con los fundadores de la Patria, como José Martí, Antonio Maceo, Máximo Gómez, Calixto García. Las condiciones en la Isla llevaron a un gran número de estudiantes a las aulas de universidades españolas en Madrid, Zaragoza, Barcelona. Fue París, sin embargo, la ciudad que más influyó en los cubanos, donde aprendieron, investigaron, practicaron la medicina al lado de los más avanzados científicos. También algunos se trasladaron a cursar sus carreras en Estados Unidos, especialmente en la Universidad de Pennsylvania en Filadelfia. Ya en la época republicana los vínculos con los Estados Unidos se fortalecieron mientras que se debilitaron los contactos con las universidades en la Madre Patria. Francia siempre fue un referente medular.

A través del libro del Dr. Justiniani, vamos aprendiendo sobre la fundación de innumerables instituciones, entre la que se destaca la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de la Habana. Leemos asimismo sobre las diversas publicaciones médicas que van surgiendo y sobre la creación y el desarrollo de distintas especialidades. Quizás dos de las palabras que más se repitan sean fundar y primero, pues estos médicos fueron precursores en sus especialidades, ya fuera la cancerología, la dermatología, la embriología, la hematología, la medicina legal, la medicina interna, la oftalmología, la ortopedia, la psiquiatría, la radiología y otras ramas. Fundaron cátedras, hospitales, revistas, dispensarios. Organizaron congresos. Muchas veces fueron los primeros no sólo en Cuba sino en la América Latina en hacer un tipo de cirugía, en introducir un método de cura o una vacuna. Se incluye a la primera mujer que se graduó de medicina en 1889, la Dra. Laura Martínez de Carvajal y del Camino.

Otro aspecto común de este centenar de médicos es su preocupación constante por la Salud Pública, sus esfuerzos a favor de la higiene y la salubridad, y su constante quehacer por combatir enfermedades infeccionas y tropicales. Lucharon para disminuir la mortalidad infantil y a favor de la salud de los niños. Había en ellos un gran sentido de justicia social, y muchos dedicaron su tiempo, su talento e incluso su dinero al tratamiento de enfermos de pocos recursos.

Una mayoría de estos destacados galenos nacieron en La Habana y provenían de familias pudientes, pero también otros eran de Matanzas, Las Villas, Camagüey, Oriente. Algunos vinieron de España a temprana edad y se sentían cubanos. Quizás porque la expectativa de vida era mucho menor entonces, hay varios casos de médicos que quedaron huérfanos cuando niños, y fueron criados por familiares o personas piadosas. Los hay de extracción humilde. Quizás el caso más emblemático es el del gran amigo de Martí, el Dr. Fermín Valdés Domínguez, cuya madre lo dejó en el torno de la Beneficencia con una nota informando su fecha de nacimiento y que no había sido bautizado. En todos había tal vocación por la medicina que vencieron los obstáculos en sus caminos.

Es notable la cultura tan amplia de estos cubanos, muchos de ellos políglota, que publicaron en varios idiomas, pertenecían a sociedades médicas de diversos países y recibieron reconocimientos más allá de las fronteras de su isla. No pocos estudiaron más de una carrera, y eran además dentistas, farmacéuticos o doctores en otra disciplina.

El libro va acompañado con fotografías de los doctores así como de algunos hospitales, publicaciones, y homenajes, tales como bustos o placas. Incluye un índice onomástico, otro por especialización y notas que revelan las fuentes utilizadas. No puede pedirse mayor rigor.

Podría parecer aburrido leer más de un centenar de curriculum vitaes de médicos, pero a mí me ha fascinado este libro porque documenta el desarrollo de la medicina cubana, algo de lo que hay razones sobradas para sentirnos orgullosos. Hasta los títulos de las tesis son una indicación de los temas que se investigaban en esos momentos.

Consideraría útil que el doctor Justiniani extendiera su labor para incluir las últimas generaciones de médicos cubanos que se graduaron y ejercieron su profesión durante los últimos años de la República e incluso aquí en el exilio.

Personalidades en la historia de la medicina cubana 1760-1959 es un libro que debería estar en todos los hogares cubanos y en la de muchos médicos hispanos. Encontraremos en él una visión acertada de cómo se forjó uno de los aspectos más sobresalientes de la nación cubana.

Este y otros libros del Dr. Federico Justiniani pueden comprarse en Amazon
https://www.amazon.com/s?k=federico+justiniani&crid=1GQ431T0VD6SB&sprefix=Federico+Justini%2Caps%2C170&ref=nb_sb_ss_i_1_16

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Las memorias de Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner ha publicado sus memorias. Escribió “Sin ir más lejos” porque a finales de 2017 –lo cuenta en el último capítulo— le dieron un diagnóstico médico y creyó que iba a morirse. Me parece que se precipitó y que lo más probable es que la medicina moderna lo mantenga vivo y activo por bastantes años más. Esa prisa ha tenido algunas consecuencias positivas. Montaner nos narra su vida con una sinceridad conmovedora. Se desnuda. No es un exhibicionista erótico. Es un alma triste. Un cubano a quien le duele Cuba de forma obsesiva. Un hombre que a menudo confiesa sus equivocaciones. Un ser humano que desea cuadrar la caja, halagar a sus parientes y amigos, enterrar rencores, menos uno que puede más que él: el que siente por los hermanos Castro y por todos los que colaboraron o aún lo hacen con el gobierno de La Habana.

Más de una tercera parte de las 400 páginas que tiene el volumen, publicado por Debate, del grupo editorial Penguin/Random House, está dedicada a su vida en Cuba. Antecedentes de familia; amores y desamores de sus padres; distintos barrios y escuelas; su encuentro, noviazgo y boda con Linda, ambos adolescentes, y el nacimiento de su hija Gina; su breve ilusión con el proceso revolucionario; conspiraciones, prisiones, fugas, asilo y la larga estancia en la embajada de Honduras con interesantes personajes, conforman esta primera etapa de su existencia. Hay temas espinosos, pues es sabido que la relación del autor con su padre fue conflictiva. En sus memorias, Montaner intenta ser justo, incluso generoso. Donde hay heridas, las alivia con alguna anécdota divertida, alguna frase ingeniosa. Estas primeras páginas fueron las que más disfruté, tal vez por ser la época de la vida del autor que menos conocía, o quizás porque con el paso de los años se suele evocar la infancia y la adolescencia con una mirada benévola, que embellece los recuerdos.

El libro, escrito cronológicamente muestra un hábil manejo del tiempo, pues las experiencias a menudo cobran otra dimensión con vivencias y conocimientos adquiridos más tarde. Con la perspectiva que da la edad, el autor recrea su llegada a Miami, su estancia en Puerto Rico y su larga residencia en España. Aunque hace algunos años que está radicado en Miami, no precisa un regreso a la ciudad donde comenzó su largo exilio. Todas las memorias están salpicadas con su innato sentido del humor, recurso efectivo, además, para aliviar tensiones y velar sentimientos.

Montaner cuenta sus experiencias como profesor, editor, periodista, escritor, activista político. Describe a multitud de personajes célebres con los que tiene amistad –Mario Vargas Llosa, Plinio Apuleyo Mendoza—y a otros a quienes conoce o con quienes se entrevista varias veces como Gabriel García Márquez, Guillermo Gortázar, Carlos Salinas de Gotari, y muchos más. Dedica largos párrafos a infinidad de amigos cubanos, y a las historias de sus éxitos e incluso los de sus hijos. En cierta forma, estas memorias son también las del exilio, sus logros y su único fracaso: no haber podido cambiar el régimen en Cuba.

El hilo narrativo vivencial a menudo se desvía hacia lo histórico y lo político. Mientras que las páginas de lo observado de primera mano, tal como la transición española y el derrumbe de la Unión Soviética, tienen el calor y el sabor de lo vivido, las de historia de Cuba pueden en ocasiones parecer carentes de rigor. Como el mismo Montaner aclara en los primeros párrafos “las memorias no son estudios históricos, sino el reflejo de las percepciones…” Se trata, como sucede siempre en el género, de un texto subjetivo.

Le auguro a Carlos Alberto varios años más de vida útil. Con todo, me alegra que haya escrito este libro ahora. Descubre a un hombre modesto y generoso, a quien no le ha bastado la felicidad personal y familiar, los éxitos, los viajes y la comodidad económica para ser feliz. Montaner es un intelectual reconocido internacionalmente. Cuenta en su haber con una copiosa y meritoria obra literaria que sin duda perdurará. En una Cuba democrática pero de limitados horizontes, ¿hubiera ido más lejos? Nadie lo sabe. Pero hay un hecho innegable: su angustia por los destinos de la tierra que lo vio nacer ha sido una pesada carga de la que no logra aliviarse. Con sus memorias, nos brinda un libro adolorido, que refleja además la locura monotemática de muchos exiliados. Me ha dejado un sabor amargo.

Carlos Alberto Montaner hablará de “Sin ir más lejos” en conversación con su hija, la periodista Gina Montaner, el jueves, 12 de diciembre, a las 8 pm., en Books and Books, 265 Aragón Avenue, en Coral Gables.

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Leewood 8th Grade Students Review my Novel

Last October 22 second I visited Jessica Rebhan´s 8th Grade Journalist Class as Leewood School and had a very rewarding experience with her students. The Miracle of Saint Lazarus has some very strong passages, but they were very mature in their approach. They asked intelligent questions and made keen observations. This was published in the Kendall Gazette.page 20 of the Nov.19.Dec 2, 2019 edition. I am delighted to have such young readers.

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A La Habana, en su quinto centenario

La niña que fui

La niña que fui

Mi infancia habanera.
A la rueda rueda. Tieso tieso.
El dulcero con su tablero
A la salida de la escuela.
La arena fina y el mar tranquilo.
Al doblar de la esquina,
Siempre Pilar me espera,
Descalza, sin sus zapatos rosa,
…pero va tan oronda.
«¡Di, mamá!
¿Tú sabes qué cosa es reina?»

Misa los domingos. La familia reunida.
Los mayores conversan; los niños juegan;
Se cuentan secretos las jovencitas.
La Habana y el Almendares en el estadio de El Cerro.
“Recuerde el alma dormida…”
La tarde muere. Y mi abuela leyéndome
poemas.

Por la radio galopan los Villalobos
Albertico Limonta no quiere hablar.
Las sombras de los almendros
Se mecen en las paredes de mi cuarto
de niña.
Con las ventanas abiertas,
Me arrulla. como una nana, la mar

El primer golpe me lo da la muerte.
Se lleva al padre amado, y mi inocencia.
Me consuelan el regazo de mi madre,
mis hermanos, los libros y anotar en mi cuaderno
tristezas, inquietudes, tiernos amores.

La Habana del primer beso, de la violencia
Y el danzón. La Habana de las bombas
Y los conciertos. Del miedo, y la ilusión,
Enmarcada en la ventana del ómnibus del colegio,
De ver mi nombre en letra impresa.

Adolescente, vino la partida, el desgarrón.
El largo, doloroso destierro. Las separaciones de familia.
Los parientes que nunca más volví a ver.
La pobreza estrenada. La vida siempre en otra parte.
Recordar, en ese momento antes de la conciencia dormida
Cada hogar amado, cada escuela, cada calle.
No quiero olvidar. Te recreo, Habana. Te reinvento.
Te escribo versos. Me dueles
como un hijo en las entrañas muerto.

Cuatro décadas demoró el regreso.
El reencuentro contigo, ciudad amada.
Me recibieron mis árboles, mis fuentes, mis parques.
Cantaron para mí los crotos, las aves.
Lloré en las tumbas de mis muertos
Y bebí ron y brisas en mi malecón habanero.

Hoy, aunque viva lejos, estoy libre de angustia,
en calma.
Te mando sobre la frente marmórea, un solo beso
¡Por tus cinco siglos de gloria coronada!
Y vuelve, al fin, ya en paz, el alma al alma.

La Habana, 2017. Al fondo, El Templete, donde se celebró la primera misa y el primer concilio el 16 de noviembre de 1519

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