El sexo y el poder

Publicado en El Nuevo Herald 10-19-2017

A la gran mayoría de hombres y mujeres –siempre hay excepciones—les gusta el sexo. Es parte del instinto humano. Rara es la persona que al ver alguna imagen erótica no sienta el cosquilleo del deseo en la entrepierna. Entre adultos, con pleno consentimiento de ambos, es válido todo lo que enseña el Kamasutra, y más. Si a las relaciones íntimas se les une el amor, pueden resultar en la experiencia más hermosa entre una pareja.

Sin embargo, desde que el mundo es mundo, han existido personas, casi siempre hombres, con desviaciones sexuales. Para algunos. el placer va unido a la excitación producida al causar dolor al otro. Además del sadismo, existe la pedofilia, que es el gusto por fantasías o actos sexuales con niñas o niños, casi siempre entre 10 y 13 años de edad. Otros hombres disfrutan de unirse a prostitutas. A diario hay mujeres forzadas. Los violadores se convierten a veces en asesinos en serie. Lamentablemente, en nuestro Siglo XXI, el secuestro de mujeres obligadas a prostituirse representa un flagelo en muchos países. El sexo, que es parte integral de la naturaleza humana, lleva también a la degradación más torcida y baja.

Los escándalos sexuales abundan en las noticias. Quizás ahora se descubra este tipo de conducta más a menudo porque la privacidad se hace más difícil. Muchas veces queda una grabación, un video, una foto. También, las mujeres se atreven a más, y a la larga, una de ellas habla, denuncia, y le da el valor que necesitan a otras víctimas para contar sus historias.

Tal es el caso de Harvey Weinstein, el magnate de Hollywood, acusado por un creciente número de mujeres de abuso sexual, violaciones. y condicionar el éxito de las carreras de las actrices a los favores sexuales que le ofrecieran. A la gravedad de estas denuncias, se suma una realidad tal vez más cruel: el silencio cómplice de Hollywood sobre las perversidades del poderoso productor. Incluso algunas actrices famosas, a quien Weinstein hizo avances sexuales pero que pudieron escaparse de él, se han mantenido calladas por años, cuando sin duda tenían que saber que otras mujeres menos afortunadas habrían sido sus víctimas. Weinstein contaba con el poder para hacer y deshacer carreras en la industria cinematográfica y lo utilizaba con vileza.

Harvey Weinstein
El famoso poruductor
acusdo de abusos sexuakes

Porque de eso se trata: de emplear una posición de poder para aprovecharse de mujeres, muchas veces jóvenes, indefensas, con el sueño de triunfar, que no saben cómo responder en una situación que al principio les parece imposible que esté sucediendo, y de la que luego no logran escapar. En ocasiones la vergüenza no les permite contarlo; otras veces piensan que no las creerán, como ha sucedido en demasiadas ocasiones.

Reese Witherspoon, unade las actrices famosas que ha lamentado no haber hablado antes de lo frecuente que es el abuso sexual en Hollywood

Lo voy a narrar. Me sucedió una vez, no con Weinstein, naturalmente, sino con una personalidad de Miami, ya fallecida. Yo vivía en las afueras de Washington, y tendría unos 32 años. Este hombre – bastante mayor que yo, y por cierto, feo — viajó a Washington por un asunto relacionado con mi trabajo. Me pidieron que lo ayudara con una traducción. Me citó en una oficina en el centro a las cinco de la tarde. Me molestó conducir en el tráfico de la hora pico y tener que hacerle el favor en horas no laborales, pero nada sospechaba. Todos se iban marchando cuando llegué al lugar. Por fin salió el personaje y me hizo pasar hasta el fondo. En menos de dos minutos lo tenía arriba de mí manoseándome y tratando de besarme. Tuve que usar toda mi fuerza física para defenderme y hasta darle un empujón. Logré correr hasta la puerta de salida. Nunca me he sentido más humillada y asustada. Sin embargo, no se lo conté a nadie. Años después en Miami tuve amistad con un matrimonio, también ya fallecido, íntimos de este hombre y su esposa, que hablaban maravillas de él. Hoy lamento que nunca les conté mi experiencia con su amigo, aunque me pregunto si me hubieran creído.

Uva de Aragón, a los 30 y pico años de edad, cuando sufrí un desagradable intento de abuso sexual

Mi caso no tuvo consecuencias serias. Lo narro como ejemplo de que todas las mujeres estamos expuestas a este tipo de situaciones, en ocasiones en los momentos más inesperados.

¿Por qué hay hombres que utilizan su poder para abusar de las mujeres? ¿Por qué existe una cultura que mantiene un silencio cómplice ante estas ofensas? ¿Son suficientemente severas las leyes para castigar esta forma de explotación? A las mujeres nos toca denunciar siempre, aún a riesgo de que no se nos crea, y ser solidarias unas con otras. El caso de Harvey Weinstein no es aislado. Los escándalos sexuales son demasiado frecuentes, y me temo que hay muchos abusos de los que ni siquiera nos enteramos. Es una verdadera vergüenza.

Este artículo también puede leerse en http://www.elnuevoherald.com/opinion-es/article179174931.html

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La naturaleza y las sociedades

Publicado en El Nuevo Herald 10-5-20

La cantidad de desastres durante las últimas semanas rebasan lo que nadie hubiera podido predecir. Familias enteras sobre el tejado de una casa esperando que los rescaten de las inundaciones en Houston. Varios ancianos muertos en el sur de la Florida por los efectos del calor y la falta de agua. Niños sepultados bajo los escombros de sus escuelas en México. El mar entrando en El Vedado hasta la calle Línea. La isla de Dominica arrasada por ráfagas de viento. Nuestro querido Puerto Rico al borde de una crisis humanitaria a casi dos semanas del paso de María.

Los mexicanos trabajan contrareloj para rescator a los sepultados bajo los escombros

A las noticias de la prensa, se suman las historias que me llegan de La Habana. La amiga que se pasó doce horas en posición fetal escuchando el viento rugir como un león enjaulado. El viejo poeta que no quiso que lo evacuaran de su hogar en el Malecón y el aire le arrancó la puerta de cuajo. También cayó en pedazos el muro de la casa al lado de la suya. La hija devota a la que le angustiaba cuidar a su padre de 94 años más que a sí misma. Los árboles centenarios arrancados de raíces. Algunos en la capital que se recupera lentamente parecen ignorar o no desean reconocer los grandes daños en el resto de la Isla, especialmente en la costa norte del centro del país. Otros tienen plena conciencia de que vienen tiempos difíciles, que la recuperación es un gran reto para una economía ya con grandes problemas.

El mar inundó las calles del reparto El Vedado en La Habana

Muchas veces he repetido que con tantos adelantos que ha hecho el hombre, no ha logrado defenderse de la Naturaleza, que parece deshacer proyectos de vida de años en cuestión de minutos, incluso segundos. Pero en esta ocasión he pensado que esa premisa es falsa. Dejemos aparte por un momento el tema del calentamiento global, en el cual creo firmemente de acuerdo con las conclusiones de los científicos. El ahorro de los gobiernos, la avaricia de las compañías de construcción no pueden ser excusa para infraestructuras, edificios y viviendas que no resistan los desastres naturales en zonas de huracanas, inundaciones y terremotos.

Si las sociedades le han robado terreno a los mares, si han construido sobre tierras movedizas, si han querido erigir lujosos rascacielos para disfrutar desde sus balcones de la vista de playas y mares, la única solución posible es invertir en cables subterráneos para el sistema eléctrico, en el cumplimiento de códigos de construcción más estrictos, en sistemas de desagüe más eficientes, en generadores que funcionen más tiempo y sean obligatorios en todo hospital y casa para ancianos.

La ayuda del gobierno federal a Puerto Rico ha sido lenta y a cuenta gotas

No es mi intención, ni mucho menos, culpar a las víctimas. Todo lo contrario. Casi siempre los que más sufren en estos desastres son los más pobres, los más vulnerables, porque a la hora de buscar donde vivir no pueden darse el lujo de preguntar qué seguridad les ofrece una vivienda. Y eso sin incluir las improvisadas en el Caribe con techos de guano o el material que se pueda conseguir.

Lo primero ahora es salir de la crisis, especialmente en Puerto Rico. Aunque la ayuda de FEMA ya ha empezado a distribuirse, ha sido a cuenta gotas. Lo cierto es que la reacción del gobierno federal no ha podido ser más lenta e ineficiente. ¿Tendrá algo que ver con que los puertorriqueños, aunque ciudadanos americanos, sean hispanos?

Superada la situación crítica, las instituciones cívicas y todos los ciudadanos tenemos que presionar para que la reconstrucción de Puerto Rico se haga de tal forma que pueda resistir los fenómenos naturales típicos de cada zona. Las mismas exigencias deben hacerse en los Cayos y en todos los territorios de Estados Unidos.

El gobierno mexicano ya parece estar haciendo planes de reconstrucción. En cuanto al futuro a mediano y largo plazo, Cuba me parece la más desamparada, con un gobierno capaz de enviar ayuda a Puerto Rico antes de ocuparse de sus propios ciudadanos, y que pone dificultades para que la Iglesia reciba y distribuya la ayuda que ha recolectado. Hay mucho que el gobierno cubano podría hacer para aliviar la situación, como eliminar temporalmente los costos de aduana para la comida, medicina y artículos de primera necesidad que lleven los cubanoamericanos a familiares y amigos; emplear camiones de cuentapropista para la distribución de la ayuda recibida; liberar de los pagos de arrendamiento a los pequeños agricultores. Esperemos que aunque lentamente algunas de estas medidas se pongan en efecto.

El gobierno cubano podría rebajar los costos de aduana para alimentos, medicinas y artículos de primera necesidad

La naturaleza puede parecer que se ensaña contra la humanidad, pero en esos momentos es cuando más solidarios debemos ser unos con otros, y cuando los gobernantes de todas partes deben poner la empatía y el respeto a las vidas humanas por encima de intereses políticos y económicos. Ojalá que así sea.

Este artículo también puede leerse en http://www.elnuevoherald.com/opinion-es/article176590276.html

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La buena muerte

Publicado en Diario Las Américas 10-4-2001

Doña Uva, a los 80 años

Mi madre siempre fue miedosa. Le temía al dolor, las serpientes, los ladrones, la oscuridad, los peligros a sus hijas y la soledad. Sobretodo, le asustaba la muerte. Su inmenso amor a la vida, ese joie de vivre que fue su signo, la ayudó a superar sus temores. Al final, afrentó la muerte con serenidad y valentía.

A no ser para dar a luz a sus tres hijas, nunca estuvo internada en un hospital hasta los 73 años cuando sufrió un infarto en mayo de 1987. Durante los próximos 45 días en el Mercy Hospital –más de la mitad en cuidados intensivos– una tarde de domingo su muerte parecía inminente. Se despidió de los miembros de la familia y de su médico con palabras de gratitud y amor. Todos llorábamos. Al momento, con su increíble sentido del humor, abrió los ojos y preguntó: “¿Qué pasa que no me muero? He hecho el ridículo.” Fue el principio de una larga pero milagrosa recuperación.

En la próxima década confrontó problemas de salud –cáncer de la mama, fractura de una cadera, infecciones renales – pero todos los superó gracias a Dios, al cuidado de sus médicos, los adelantos de la ciencia, y su tenaz voluntad de vivir. En el verano de 1997, los problemas circulatorios que sufría en las piernas a causa de la limitada fuerza de su corazón se agudizaron. Muy pronto comprendí que se acercaba el final. Aunque no lo hablábamos, también debieron darse cuenta los familiares y amigos, porque todos colaboraron a cuidarla, animarla, mimarla. Incluso los que viven fuera de Miami vinieron, en ocasiones más de una vez, desde distantes ciudades. Muchos sabían calladamente que era la despedida. Nunca les agradeceré bastante cuanto hicieron por ella, ni a Dios las fuerzas que me dio en esos meses.

Dos difíciles decisiones tuvimos que hacer mis hermanas y yo durante su enfermedad. La primera, autorizar que le amputaran una pierna. Sobrevivió la operación, y colaboró cuanto pudo con los terapeutas para recuperarse. La recuerdo durante esos días con un sweater de terciopelo azul vitral que le regalé. Ya se animaba a maquillarse. Lucía preciosa y triste. Al mes hubo que trasladarla a un “home” del mismo hospital, donde los cuidados no eran de la misma calidad. Pedí permiso para llevármela a casa. Un viernes por la noche me despedí de ella asegurándole que el lunes regresaríamos al hogar. La esperaba en su habitación un cómodo butacón de cuero blanco que acababa de comprarle.

Temprano la mañana siguiente me llamaron que tenía fiebre y la llevaban para el hospital. Se trataba de una infección. A los pocos días, su medico y los especialistas consultados coincidieron en que su organismo no poseía las fuerzas para combatirla, que no había más nada que podían hacer. Mi madre lo sabía también. Aprovechó un momento que estábamos solas para despedirse de mí. Me dijo que sus tres hijas habíamos sido su mayor bendición, me agradeció que hubiera compartido mi hogar con Carlos y ella durante sus últimos años, me pidió que no me sintiera culpable por cualquier desavenencia que hubiéramos tenido, naturales cuando las personas viven juntas, me pidió fervorosamente que mantuviera la familia unida, y me prometió con autoridad de madre que en la vida me aguardaban aún grandes éxitos y alegrías. No lloré. Sabía que esta despedida era definitiva, y quería escuchar y retener para siempre cada una de sus palabras. Las próximas me sorprendieron: “Ya no tengo tantas amigas… creo que no deben gastarse en la capilla grande de la funeraria.” Recurrí al usted que pone distancia para que no me temblara la voz al contestarle: “Pero usted es una Reina y merece lo mejor.” Y entonces, entre pragmática y vanidosa, me aconsejó con toda naturalidad: “Bueno, mira a ver si no cuesta mucho más”.

Dos días antes de que muriera, mis hermanas y yo recordamos con ella momentos de su infancia, su vida, nuestra niñez. Rezamos juntas. Incluso cantamos. A veces, a propósito, yo equivocaba alguna historia de familia, y ella me rectificaba: “No, eso no lo dijo mi hermano Alfonso, fue Alberto…” Estaba plenamente consciente. Llevaba días sin alimentarse
y pidió un helado de vainilla. Como demoraban en traerlo, lo robamos de un refrigerador en otro piso. Lo comió con gusto.

Ya habíamos tomado la segunda difícil decisión de no intentar prolongar su vida y llevarla al auspicio. Empezamos a dudar si era necesario. Pero se trataba de la falsa mejoría de la muerte. Unas horas más tarde comenzó a empeorar. Tosía incesantemente. Invocaba a la muerte. Le reprochaba que no viniera a buscársela. Hasta anunció la hora exacta de su fallecimiento y se enojó cuando vio que se equivocaba. Bromeamos con ella. “Eres tan dominante que quieres hasta decidir la hora de morirte. Uno se muere cuando puede, no cuando quiere.” Por fin la morfina la calmó y la llevamos al auspicio. Nos dijeron que seria un proceso de ocho o diez días. Nos dispusimos a esperar la muerte. No tardaría ni 24 horas. Al parecer, había escuchado sus ruegos.

Mi madre parecía un Cristo. El rostro afilado, amarillento, inexpresivo. La mirada vidriosa y perdida de los moribundos. Yacía bañada, perfumada, entre las sábanas blancas tersamente tendidas. Frente a ella, unas bellísimas flores que acabábamos de traerle, y tras la amplia ventana, un mar tranquilo y un cielo azul. La mañana había sido de visitas y llamadas. El sacerdote había venido y habíamos rezado. De pronto, todos se fueron – algunos a almorzar, otros a fumar un cigarro – y me quedé a solas con ella. Me recliné en un butacón a su lado, le tome la mano y me quede medio dormida. Me di cuenta, sin embargo, que el ritmo de su respiración cambiaba y supe, no sé cómo ni por qué, que había llegado el momento. Me puse a hablarle. Le pedí que no tuviera miedo, que ella había sido muy buena, que existía un Dios justo y comprensivo que la acogería… que la esperaban sus padres, sus hermanos, sus dos esposos, como a Doña Flor… (el humor siempre aliviando los momentos tensos…) Sin duda me escuchaba porque las lágrimas rodaban por su rostro, aun sin expresión…le pedí perdón si alguna vez la había herido, y frunció el entrecejo en señal de desacuerdo…

Entonces suspiró profundamente – ese largo suspiro de la muerte—y dejó caer el rostro sobre el pecho. Había fallecido. Al instante entraron mis hermanas y por unos 30 segundos, a sabiendas de lo importancia del momento, regresó a la vida. “Madre, siempre dices que te he ayudado mucho en la vida. Déjame ahora ayudarte a morir. No tengas miedo. Mira, estas rodeadas de cosas hermosas, de gente que te quiere, te vas de mi mano…” Mi madre entonces abrió los ojos. Su rostro fue de nuevo su rostro. Fijó su mirada en algo más allá de nosotras, de las flores, del mar…Nunca olvidare su expresión, mezcla de asombro infinito y de paz. Y entonces, libre del miedo que siempre tuvo a la muerte, se entregó a ella.

El 3 de octubre se cumplirá el cuarto aniversario de su fallecimiento. En esa ocasión, escribí sobre su vida. Nunca, hasta ahora, había podido hacerlo sobre su muerte. Lo he hecho pensando en los tantos niños huérfanos por la tragedia del 11 de septiembre que no tuvieron tiempo para despedirse de sus madres y padres, muchos de ellos trágicamente desaparecidos en la plenitud de sus vidas, consciente de la bendición que ha sido haber tenido una gran madre, que disfrutó de una vida buena y una buena muerte.

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El barquito chiquitico

Hace dos años mi hija mayor, Uvi Clavijo Delgado, maestra desde hace ya más de 15 años, comenzó a enseñar español a niños de segundo grado, como parte de un programa bilingüe (Dual Language Program) en Indian Trace Elementary School en Weston. Lo disfruta muchísimo y confiesa que también la ha ayudado a mejorar y ampliar sus conocimientos de la lengua de Cervantes.

Maestras de Segundo Grado de Indian Trace Elementary (Uvi es la segunda en la fila de atrás, de izquierda a derecha)

El pasado lunes, cuando después de una semana sin clases debido al huracán Irma, las escuelas reabrieron, Uvi sabía que sus estudiantes estarían inquietos y tendría que regresar a la rutina diaria poco a poco. A mediodía me mandó un video de YouTube con este comentario “Mira el tesoro que he encontrado para mis niños.” Al abrirlo vi un gracioso barquito moviéndose trabajosamente entre las olas

Ell barquito chiquitico

y escuché:

El barquito chiquitito
Canción infantil

Había una vez un barquito chiquito,
Había una vez un barquito chiquito,
Que no podía, que no podía,
Que no podía navegar.

Pasaron una, dos, tres, cuarto, cinco, seis, semanas;
Pasaron una, dos, tres, cuarto, cinco, seis semanas;
Y aquel barquito, y aquel barquito,
Y aquel barquito navegó.

Me emocioné. Le contesté a mi hija que mi abuela me había enseñado esa canción y le pregunté si ella recordaba que yo se la cantaba a ella y a su hermana, y luego a mis nietos cuando pequeños. Incluso me refiero a la canción infantil en mi novela “Memoria del silencio”.

La respuesta de Uvi fue inmediata. “Claro que me acuerdo. Por eso la busqué para mis estudiantes.”

En medio de las angustias de estos días debido a Irma y a tantos desastres naturales que han dañado a mi Cuba, y a lugares que amo y donde viven amigos muy queridos, especialmente México y Puerto Rico, la canción infantil que escuché una y otra vez, me regresó a la protección de Mama Lila, la abuela querida que me inculcó el amor a la poesía y me enseñó con su ejemplo cómo ser abuela. No la ví más desde que me fui de Cuba a los quince años. Es un consuelo saber que he podido transmitir su herencia.

Mama Lila con su nieto Ernesto Hernández-Catá y conmigo, Ginebra, 1950

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Réquiem por el Dr. Horacio Aguirre

Publicado en El Nuevo Herald 9-20-2017

“como se viene la muerte
tan callando”

Jorge Manrique, “Coplas a la muerte
de su padre”

Dr. Horacio Aguirre
1925-2017

Falleció el 8 de septiembre en esta ciudad de Miami, el Dr. Horacio Aguirre, fundador y director por muchos años de “Diario Las Américas”. Los periódicos dieron la noticia y sus datos biográficos, pero en medio del desastre del huracán Irma su defunción no tuvo la resonancia que merece. Según Octavio Paz las personas suelen morir como han vivido. Así lo hizo Don Horacio. Hombre de profunda fe religiosa, estaba preparado espiritualmente, y se nos fue a los 92 años, “tan callando”, con la discreción que lo caracterizó en vida.

Aguirre fue un precursor y pilar de la prensa en español de Estados Unidos, un miembro clave en la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), una presencia serena y conciliadora en un Miami a menudo convulso y herido. No puede escribirse la historia del exilio cubano, ni de las comunidades en Miami de Nicaragua, Venezuela y otros pueblos de “Nuestra América”, sin consultar los archivos de “Diario Las Américas”. Desde los primeros años del destierro, en sus páginas escribieron cubanos de varias generaciones y tendencias políticas: de un Rafael Guas Inclán a un Carlos Márquez Sterling; de un José Ignacio Rivero a un Guillermo Martínez Márquez; de un Humberto Medrano a una Anita Arroyo. Brillaron las plumas de los José Ignacio Rasco, las Josefina Inclán, las Hilda Perera. Los que llegaron años después también fueron acogidos, como Luis de la Paz, Ricardo Bofill y Álvaro Alba. La lista sería interminable. En su redacción se destacaron, de forma distinta, Ariel Remos, Luis Mario, Guillermo Cabrera Leyva, Humberto Castelló, entre otros. Compartieron responsabilidades con él, sus hijos Alejandro, Helen, y Carmen María.

En cuanto a mí, lo digo con orgullo y gratitud: “Diario Las Américas” me dio la oportunidad de comenzar la carrera periodística que desde niña soñaba y que nunca pude estudiar ni ejercer en mi Patria.

Todo acto político o cultural merecía una reseña en el “Diario”. En sus páginas pudimos ver reflejada nuestra identidad verdadera; no la que hablaba en inglés y se adaptaba para poder estudiar, trabajar, abrirse paso, sino la esencial e íntima, de donde veníamos y a donde queríamos regresar.

“Diario Las Américas” se fundó un 4 de julio, fecha en que se celebra la Independencia de Estados Unidos. Representó cabalmente los valores más elevados de la nación soñada por Jefferson, así como de las democracias modernas. No es de extrañar que la libertad de prensa haya sido su mayor obsesión. El periódico se ha mantenido latinoamericano en su idioma, su cultura, su estilo. Tradicional y moderno a la vez, fue con el Dr. Aguirre una empresa de familia en la que todos en la comunidad tuvimos voz. No era amigo de estridencias sensacionalistas, ni polémicas destructivas. Abierto a todas las ideas, mantuvo siempre una línea editorial conservadora, en el más noble sentido del vocablo.

El periódico en gran medida mostró las cualidades de su director. Aguirre a todos respetaba, y por todos era respetado. Fue una figura pública que sin embargo resguardaba su vida privada. Rara vez aparecían fotografías de sus hijos y nietos. La presencia de Don Horacio en el “Diario”, como en la comunidad, se imponía con suavidad, por el peso de su autoridad moral.

En su trato, en su forma de expresión, Horacio Aguirre combinaba el barroquismo latinoamericano con la brevedad de los sajones. No fue hombre de gestos ni palabras exuberantes. También supo sufrir en silencio. Su amistad, sus callados gestos de afecto, iban calando en el corazón de los que tuvimos el privilegio de tratarlo. La discreción, virtud rara, presidía sus actos. Nadie jamás le habrá escuchado un chisme. Su elegancia iba más allá del traje siempre recién planchado. La suya venía de adentro, del espíritu.

Incansable promotor de proyectos culturales como Florida Grand Opera, Miami Museum y muy en especial Pro Arte Grateli, fue un Quijote moderno, que pluma en ristre, luchó a favor de los valores morales, democráticos y culturales en que creía firmemente.

Recibió múltiples premios, pero me atrevo a asegurar que su mayor orgullo era la hermosa y digna familia que creó junto a su inseparable Helen. A todos sus miembros envío mi abrazo más sentido.

Mucho le debo en el orden personal. Siento que con él se me mueren de nuevo mis padres, de quien fue amigo entrañable. Su figura patriarcal no me protege ya. En las páginas de “Diario Las Américas” me hice periodista, y en este adiós adolorido, sólo puedo ofrecerle que seguiré como he hecho siempre, dando lo mejor de mí misma a mis columnas. Es el modesto tributo que puedo rendirle.

Este artículo también puede leerse en http://www.elnuevoherald.com/opinion-es/article173987981.html

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Harvey: Dolor y esperanza

Publicado en El Nuevo Herald 9-7- 201

La instructora de baile Charlee Rule, a la izquierda, organiza las donaciones de Harvey el lunes, 4 de septiembre de 2017, en su estudio iRule Dance, que alberga a unos 50 voluntarios en Beaumont, Texas. Jay Reeves – AP

El huracán Harvey ha sido para Estados Unidos una catástrofe sin precedentes en toda su historia. Houston se considera la ciudad más afectada, con lluvias de proporciones bíblicas. Las inundaciones han cobrado vidas y destruido o dañado miles y miles de hogares. El número de vehículos declarados pérdida total alcanza la cifra de medio millón. Hombres, mujeres y niños de todas las edades, razas, y clases sociales han sido afectados. Hemos visto a familias enteras sobre el techo de sus casas pidiendo con desesperación que los rescaten; a residentes en hogares de ancianos con el agua por la cintura; a bebitos prematuros ser evacuados de hospitales donde no había las condiciones para tratarlos. Quien haya observado esas imágenes en televisión o internet, no podrá evitar que se le oprima el corazón.

Contemplamos también a muchos que en los peores momentos se crecieron, como policías, bomberos, guardias y voluntarios que rescataron a riesgo de sus propias vidas a los que quedaron atrapados en sus casas o automóviles. Si los lamentables eventos de violencia racista en Charlottesville hicieron pensar que el altruismo y la solidaridad humana que caracterizaban a las comunidades de Estados Unidos habían desaparecido, la ayuda que prestaron a sus vecinos los ciudadanos de Houston y otras zonas de Texas, sin importar la raza o status migratorio, renueva la fe en que este noble pueblo no ha perdido sus virtudes esenciales. La ayuda de muchos otros estados también fue inmediata.

Por el momento la reacción del gobierno federal ha sido adecuada; pero se pondrá realmente a prueba en las próximas semanas, cuando comiencen las deliberaciones sobre un presupuesto de miles de millones de dólares para la reconstrucción de las zonas afectadas. La disyuntiva entre la aprobación de fondos para Texas, o para la construcción del muro en la frontera de México, llevará al Presidente y al poder legislativo a enfrentar una realidad distinta a la de antes del desastre de Harvey.

El presidente Trump y la Primera Dama han visitado Texas en dos ocasiones. Algunos señalan que en su primer viaje en vez de compadecerse por el sufrimiento de sus compatriotas tejanos, Trump mostró alegremente su satisfacción por el número de los que fueron a recibirlo al aeropuerto, tal como si tratara de un acto político. No consideran sincera su empatía, incluso cuando repartía botellas de agua y platos de comida. Otros, por el contrario, aplauden su comportamiento.

En medio de este desastre, al momento de escribir esta columna se esperaba que en cualquier momento el Presidente anunciara el cese dentro de seis meses de DACA, el programa que protege a más de 800,000 jóvenes que vinieron como niños indocumentados a Estados Unidos. Un número considerable vive en Houston, al igual que hay más de medio millón de hispanos indocumentados en el estado de Texas. Muchos de ellos construyeron las casas hoy dañadas, y son necesarios para el trabajo de reconstrucción, pues representan un 8.5% de la fuerza laboral. Aparte de lo que ya han ayudado desinteresadamente con las labores de rescate. Hoy, sin embargo, están en peligro de ser deportados, a no ser que el Congreso intervenga a su favor.

No podemos dejar de pensar en el sufrimiento de los afectados por Harvey. En los primeros días, todos los que fueron rescatados se sintieron felices de estar vivos. Se resignaron a las condiciones en el albergue que los acogía. Agradecieron un plato caliente, pañales de bebé, botellas de agua, una manta. Pero las aguas van regresando a sus niveles y muchos han vuelto a una casa… destrozada. Se trata de mucho más que paredes, piso y techo. Son hogares donde han crecido los hijos, con fotografías de toda una vida. Libros amados. Diplomas de graduación. Recuerdos de un viaje feliz. A veces hasta las cenizas de un ser querido. ¿Cómo se empieza de nuevo una vida? Pues muchos tejanos ya lo han hecho con una determinación admirable. Para los indocumentados, sin embargo, el futuro es un gran signo de interrogación.

No solo se han perjudicado miles de familias. El daño a la infraestructura citadina es también extraordinario. El peligro de enfermedades por las aguas infectadas es inminente. Sin embargo, Houston se va poniendo de nuevo en pie, aunque haya augurios de que la recuperación total tardará años.

A nosotros, los que vivimos lejos, nos toca ayudar de la forma que podamos, ya sea con una contribución a la Cruz Roja, por modesta que sea, o con proyectos para colectar donaciones en aulas, iglesias o grupos comunitarios. Ya hemos visto a varios personas acaudaladas y célebres contribuir grandes sumas y organizar eventos de recaudación de fondos.

En estos momentos, otra tormenta se desplaza por el Atlántico. Nunca se sabe dónde puede tocar tierra, ni si nosotros seremos en algún momento las víctimas de un desastre natural. Lo importante es estar preparados, y saber que a pesar de todo, el país se une cuando en alguna parte sobreviene una catástrofe. En medio de tanto dolor, es una señal de esperanza.

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Revisión de la Historia

Publicado en El Nuevo Herald 8-21-2017

Cuando era niña llegué a Madrid con mi familia un 20 de mayo. Mi hermana Lucía y yo nos sorprendimos de que la fecha de la independencia de nuestra Patria no se estuviera celebrando. Cuando nos pusimos a gritar “¡Viva Cuba Libre!” en el balcón del hotel, mi padre nos atajó y explicó cómo la victoria de Cuba había sido una derrota para España. Además, días después nos mostró una estatua del General Valeriano Weyler, el hombre más odiado por los cubanos, y un héroe para los españoles.

El General Valeriano Weyler

La lección me sirvió para toda la vida. La historia tiene distintas interpretaciones según quién la cuente. Con el paso de los años aprendí más: la historia no se trata de algo fijo. Se revisa. Incluso es obligación de las nuevas generaciones hacerlo, aportar puntos de vista menos parcializados y descubrir datos que pudieran haberse ocultado o perdido.

Hago estas reflexiones con motivo del movimiento para eliminar en Estados Unidos las estatuas del General Robert E. Lee, y otros símbolos de los confederados, como su bandera. Hay que recordar que lucharon en la Guerra Civil en contra de la autoridad del gobierno Federal y a favor de mantener en el Sur un estilo de vida y ganancias económicas sostenidas por el trabajo y el abuso de los negros. (Utilizo ese vocablo porque así –y con epítetos mucho peores– se referían a los afroamericanos entonces.)

Estatua del General Robert E. Lee en Charlottsville, Virginia, recientemente objeto de disturbios, y finalmente removida

Esta postura no debe extrañar. En España, a solo poco más de cuarenta años de la muerte del dictador Francisco Franco en 1975, las estatuas del Caudillo y la mayoría de la parafernalia simbólica del franquismo han desaparecido. Es más, la Ley de Memoria Histórica de 2007, establece la retirada de estos símbolos de lugares públicos. Tampoco en Alemania e Italia permanecen en parques y plazas las estatuas de Adolfo Hitler o de Benito Mussolini. Ni en Moscú se alza ya Stalin majestuosamente tiránico sobre los moscovitas. No hace tanto vimos a los iraquíes derribando la estatua de Sadam Hussein.

ültima estatua del General Francisco Franco en España, retirada de Santander en 2008

No estoy comparando al General Robert E. Lee con estos terribles dictadores. Lee fue un destacado militar que creía, como muchos en su época, que el derecho de tener esclavos provenía de Dios. En realidad, no parece que hubiera conocido los aspectos más crueles de la esclavitud, pues vivió mucho tiempo en el norte de Estados Unidos. Incluso, al terminar la guerra, se opuso a que se construyeran monumentos a los confederados, alegando que retrasaría la reconciliación necesaria. Pero en lo que se asemejan los generales confederados y sus banderas a otras tiranías de la historia, es que sus posturas ideológicas costaron millares de vidas. Las glorias que buscaban causaron profundos sufrimientos, llanto y sangre a los afroamericanos de entonces. De ahí que vale más dejar en museos y libros de historia los símbolos de aquella tragedia, y no hacer despliegue público de imágenes dolorosas y ofensivas a los descendientes de quienes la sufrieron. ¿Querrían los cubanos una estatua del General Weyler en La Habana o Miami? ¿Verían con agrado la mayoría de los venezolanos un monumento a Juan Vicente Gómez o Marcos Pérez Jiménez?

Marcha en Charlotsville de neofacistas y supremacistas blancos

Hay más. Algunas estatuas de confederados se levantaron a mediados del Siglo XX, como respuesta al movimiento pro Derechos Civiles. Su propósito no era histórico, sino expresar hostilidad ante una corriente que aspiraba a conquistar derechos civiles que aún se les negaban a los afroamericanos casi dos siglos después de la Guerra Civil. La simbología de los confederados ha sido siempre una banderilla clavada por neofascistas y supremacistas blancos en el corazón de la sociedad afroamericana. Debe, por el contrario, prevalecer una revisión de la historia que alimente la memoria colectiva con una perspectiva de justicia y verdad.

La esclavitud fue fuente de grandes sufrimientos y pérdidas de vidas

Aunque se eliminen las estatuas, no acabarán ni el racismo ni los prejuicios. Tampoco los disturbios causados por los que creen superior a la raza blanca. y expresan su rencor contra los afroamericanos, judíos e hispanos. Debería ser el Presidente Donald Trump quien tomara el liderazgo con una llamada a la cordura y la unidad nacional. No ha sido así. Queda, pues. en manos de todos los demás – políticos, instituciones, empresas, ciudadanos—predicar juntos a favor de los antídotos necesarios: el respeto a la ley y la diversidad. Y una virtud más difícil de definir, pero muy eficaz: el amor. La reciente marcha en Boston ha sido una buena señal de que existen valores suficientes en Estados Unidos para contrarrestar las voces del odio.

Miles marchan en Boston el 19 de agosto en contra del racismo y el odio y a favor de la unidad nacional

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