De mis archivos

Agustín Tamargo: Quijote del periodismo

Agustin TamargoSe nos ha muerto Agustín Tamargo. El periodista, el cubano raigal, el padre y esposo amoroso, el amigo leal, para quien “Cuba primero, Cuba después, Cuba siempre” pasó de ser un lema para convertirse en un modo de vida Puede que algunos amemos a Cuba tanto como Agustín, pero ninguno más que él. Y sabía amar. Nada cubano le era ajeno. Conocer es amar, decía San Agustín. Y este tocayo del santo conocía a Cuba: su historia, geografía, idiosincrasia. Quería a Cuba en sus alimentos, su flora, su fauna, sus costumbres, su literatura, su arte, sus dicharachos. Hasta en sus defectos. Pero siempre la soñó mejor. Por eso combatió a capa y espada la dictadura de Batista. Por eso se ilusionó en los principios con la revolución de enero. Y por eso, también, vivió exilado todos estos largos años.

Como todo hombre genuino, y como el agónico Unamuno que él admiraba, era hombre de contradicciones. Sociable y huraño a la vez. Moderno y tradicional; escéptico y optimista. Anticlerical y creyente. Punzante y cortés. Cosmopolita y criollo. Analítico y vehemente. Autodidacta de amplísima cultural. Defensor hasta las últimas consecuencias de sus ideas, respetaba siempre puntos de vista contrarios. Era apasionado, pero nunca dogmático.

Su periodismo era de altura. El estilo es el hombre. Su pluma lo retrataba. Elegante en el decir. Enfático en lo esencial. Su uso de metáforas, símiles, estructuras paralelas, lenguaje sintáctico, no le restaba claridad al meollo de sus ideas. Siempre le decía pan al pan y vino al vino. Si tuvo otra pasión además de Cuba y de su familia, fue la verdad. Su integridad era de cuerpo entero. Tanto así, que cuando más joven, se marchó de muy buenos trabajos antes de transigir en sus principios. Era hombre de prontos, este noble caballero.

En la radio sobresalía entre todos, por la profundidad y amplitud de su cultura,
Sus viajes, lecturas y prodigiosa memoria, le permitían por igual entrevistar a un famoso escritor, entablar un debate sobre el tema más peregrino, o improvisar un comentario audaz y certero. Nada que hacía llevaba al signo de la mediocridad. Por el contrario, apuntaba siempre a lo más alto. Pensaba con tal agilidad, le brotaban los vocablos con tal prisa, que a veces parecían enredárseles. Y tan único como su estilo, era su voz, fuerte y ronca, como si le viniera de muy dentro.

Ajeno a frivolidades y mezquindades, era generoso en el reconocimiento de méritos ajenos. No conocía la envidia. Quizás, en el fondo de su noble pecho, sólo sentiría celos de los que pueden vivir y morir en suelo propio. Se negó a renunciar a la ciudadanía cubana y al sueño de ver de nuevo Puerto Padre, esa patria chica que le dolía por dentro y lo guiaba a la vez.

Me unían a Tamargo viejos y profundos lazos. Lo conocí cuando él era un joven bohemio y se destacaba ya con su pluma en las páginas de Bohemia; yo, apenas una adolescente, con anhelos de ser escritora. Agustín asistía a las tertulias en casa de mi tía Sara Hernández-Catá, donde se daba cita una variopinta representación de la cultura cubana, desde un Alejo Carpentier a un Luis Carbonell, de Raúl Roa a Bola de Nieves, de Nicolás Quintana al caricaturista David. Los lazos de amistad con mi tía y mi abuela se hicieran aún más estrechos durante su estancia en Caracas, donde ambas residían, al punto que fue Tamargo quien despidió el duelo de mi abuela, y es por ella que una de las hijas de Agustín lleva el nombre de Lila. Este vínculo contribuyó a que siempre fuera especialmente deferente con mis padres y conmigo, y que nosotros le correspondiéramos de la misma forma.

El pasado viernes fui a la funeraria a abrazar a su viuda Rosalba y a sus siete hijos, y a decirles que sentía que había muerto alguien de mi propia familia. Me emocionó ver el lugar lleno. Había algunas persona que conocía, pero muchas otras no. Me daba cuenta cuando los escuchaban que eran radioyentes y lectores que lamentaban dolorosamente la pérdida de una voz genuinamente cubana.

Agustín nunca renunció a las tertulias de sus años habaneros. Ya fuera en el Restaurant Roma, el Ayesterán o cualquier otro punto de reunión, se le veía a menudo rodeado de seguidores para compartir entre cervezas, amenas y acaloradas charlas.

Su muerte ha conmovido a muchos. De Caracas a Nueva York, y especialmente en Miami donde vivía desde hace más de un cuarto de siglo, los cubanos de diversas tendencias, edades y clases sociales se han unido para rendirle tributo final a este Quijote del periodismo, que pluma en ristre y micrófono en mano, luchó siempre por desfacer entuertos.

Se veía guapo en su lecho final Don Agustín. Recé junto a su féretro cubierto con la bandera tricolor y rodeado de flores. Me pareció por un momento aspirar el aroma de su pipa. Pensé que era todo una broma de mal gusto y que se levantaría en cualquier momento y nos contaría con su voz ronca cómo era el umbral de la otra vida.

A mi lado alguien comentó:

–Se fue otro cubano sin poder regresar.

Yo me alejé llorando.

Publicado en Diario las Américas el 15 de marzo de 2007

—-

Publicado en Diario Las Américas, 27 de noviembre de 1997

Ajiaco de San Gabino

Confieso a mis lectores uno de mis secretos más tontos. Casi todas las mañanas leo las efemérides y trato de relacionarlas unas con otras. Pienso si estuviera en un aula y me pidieran que escribiera un trabajo hilvanado hechos tas discímiles, ¿cómo lo haría? A veces hay relaciones claras; otras, no. Pero de una forma u otra, las noticias del día pronto acaparan mi atención y este juego privado de la imaginación queda interrumpido hasta el siguiente día.
Hoy me percato que este artículo se publicará el 27 de noviembre, aniversario del fusilamiento en La Habana de los ocho estudiantes de medicina en 1871, y día de Thanksgiving. Y se me ocurre pensar qué lazo puede haber entre ambos hechos.
El primero es una fecha de luto en la historia de Cuba, que marca la inmolación de ocho jóvenes criollos ante el despotismo de la corona española. La segunda, más remota en el tiempo, de índole religiosa más que patriótica, es una fiesta netamente norteamericana, que remeda la ceremonia de gratitud de los primeros peregrinos por la cosecha de su siembra inicial en el acogedor suelo americano.
La reflexión que inmediatamente me viene a la mente es que la colonización de América comienza en un período de intransigencia religiosa en el Viejo Mundo. De España llegan a las Indias los representantes de las vencedores, puesto que los Reyes Católicos habían logrado expulsar a los moros y unir sus reinos; por el contrario, las trece colonias del norte las fundan los perseguidos. Se me ocurre si, aparte de diferencias culturales ancestrales, este dato tan sencillo, no tendrá algo que ver con las grandes diferencias en el desarrollo político a ambas orillas del Río Grande.
Rizando el rizo, llevo el tema a un nivel personal. El fusilamiento de los estudiantes está en el corazón del patriotismo cubano. Pienso en actos escolares en mi infancia habanera, en una obrita de teatro sobre el tema escrita hace años con Siro del Castillo, en un precioso ensayo de Josefina Inclán y en el pequeño gran libro de Byron Miguel. Sentir esta fecha patria tiene mucho que ver con ser cubano.
¿Considero el ser cubana una de las cosas que agradezco a Dios en el día dedicado a darle gracias? Cuba ha sido, desde mi adolescencia, una fuente de grandes penas. Vi, apenas en la pubertad, a mis seres queridos ultrajados y perseguidos. He sufrido en carne propia el dolor del destierro, su desamparo y soledad. He sentido verguenza ajena cuando he comprobado la violencia e intransigencia de que pueden ser capaces mis compatriotas. Me ha indignado la falta de principios éticos que he observado en muchos cubanos de ambos lados de nuestra tragedia. Pero también he tenido muchas ocasiones en que me he sentido orgullosa de los míos. Y me aferro con fe a la certeza de que la generosidad, la laboriosidad, el talento creador y la alegría — que es también una virtud — son características primordiales de los hijos de la Perla de las Antillas. Sí, si me dieran a escoger no hubiera querido nacer en ninguna otra parte del mundo. Me es imposible renunciar a Lecuona y Gloria Estefan, a Heredia y Dulce María, a Amelia Peláez y Mijares, a Kid Chocolate y Liván Hernández, a Garrido y Alvarez Guedes, a Alicia Alonso y Fermín Bujones, a Alejo Carpentier y Reinaldo Arenas, a Leví Marrero y Moreno Fraginals, a Capablanca y …Me dentengo. La lista sería infinita. Y no sólo no puedo renunciar al bagaje cultural cubano en sus múltiples manifestaciones, tampoco renuncio a la arquitecutra de La Habana, ni a la luz de mi isla, ni a nuestra peculiar forma de hablar, ni al sabor de la guayaba, ni al aroma de un buen tabaco y un buen café, ni al vaivén de un cañaveral, ni al azul de las aguas de Varadero, ni a las olas el Malecón, ni a las historias de familia, ni a la Historia nuestra, con mayúscula, desde la visión idílica que de la isla tuviera el Gran Almirante hasta la que de esa misma isla, y también desde el mar, retiene para siempre con angustia cualquier balsero.
No se renuncia a la Patria — que debía ser Matria… – por la misma razón que no se cambia la madre propia por ninguna otra, ni más bella, ni m_ás buena ni más rica. En ambos casos estaríamos negándonos a nosotors mismos, rechazando nuestra esencia, esas señas de identidad que hace que compatriotas y hermanos se reconozcan y quieran.

El Día de Thanksgiving –San Gabino para el oído de un cubano recién llegado…–nos sentaremos a la mesa a celebrar una fiesta típica norteamericana, con pavo “and all the trimmings”. Habrá muchas ausencias. Se nos van muriendo los viejos, esos viejos que llegaron al exilio en la plenitud de su vida, como hace siglos los peregrinos, buscando libertad. Habrá, sin embargo, muchos niños, todos nacidos en Estados Unidos. Recordaré con nostalgia mi primer Día de Dar Gracias en este país, con mis padres, ya ambos idos. Sé muy bien que esta familia aquí reunida es la cosecha de nuestra siembra y que hay sobradas razones para dar gracias. Entre oraciones y tristezas, sentiré el peso de la responsabilidad de ser ya del “clan de las abuelas”. Y en algún momento de la noche, tras la cena y las fotos, intentaré reunir a los jóvenes para hacerles un cuento… “Había una vez ocho estudiantes de medicina…”

——–

Publicado enen Diario las Américas, 4 de diciembre de 2003

Día del Médico: tradición cubana

El principal orador fue el General J.G. Harbord. Abogó por que se removieran las tarifas comerciales entre los Estados Unidos y Cuba. Se refirió al ejemplo de otros países e insistió en la necesidad de bloques de naciones unidas por el libre comercio. Específicamente, esas uniones serían la europea, la asiática y la americana. Según el General, tales alianzas serían menos probables en Europa y Asia, pero en el Nuevo Continente pronto serían una realidad. Sabemos que el pronóstico de Harbord, hecho en el Congreso Médico Panamericano reunido en Dallas, Texas, en marzo 23 de 1933, no se ha cumplido, pues recientemente se ha llevado a cabo una reunión del ALCA en la busca de objetivos muy parecidos a los que exponía el militar americano hace más de siete décadas.

El comité ejecutivo de ese mismo congreso pasó una resolución adoptando el 3 de diciembre como “el día de la medicina panamericana.” La fecha no fue escogida al azar. Se trataba del natalicio de Carlos J. Finlay, nacido en Cuba un siglo antes, en 1833. Tiempo después, por sugerencia del periodista Guillermo Martínez, el 3 de diciembre pasó a celebrase en la isla como “El día del médico.”

Tenían sobradas razones los congresistas reunidos en Dallas para honrar la memoria de Finlay. Se le recuerda hoy en día, y con justicia, por haber descubierto el mosquito que trasmitía la fiebre amarilla, enfermedad que en siglos anteriores causó gran número de muertes. Finlay dedicó años de su vida al estudio del mortífero padecimiento, expuso su teoría en un sin fin de trabajos, y sin embargo, se le escamoteó la gloria del descubrimiento, que los norteamericanos quisieron atribuir a Walter Reed. Tanto fue así que incluso nunca le otorgaron al médico cubano el Premio Nobel de Medicina, para el que estuvo propuesto varios años. Todavía hay libros y páginas de internet escritas por estadounidenses con referencias muy vagas al papel decisivo de Finlay en un hallazgo que llevó a que desaparecieran las epidemias mortales de la fiebre amarilla.

Hijo de madre francesa y padre escocés, Carlos J. Finlay, nacido en Puerto Príncipe, fue un hombre cosmopolita. Estudió en Francia, Alemania, Estados Unidos y Cuba. Ejerció la medicina en la capital y en el campo cubano al igual que en Perú y Francia. Viajó medio mundo. Su esposa era de la isla de Trinidad. Durante la colonia, representó al gobierno español en Cuba en congresos internacionales. Cuando la primera intervención norteamericana, fue a Washington – tenía ya 65 años—a ofrecer sus servicios. Con generosidad y entusiasmo, compartió sus ideas, sus notas, el resultado de sus experimentos.

También debemos al dedicado galeno la desaparición del tétano infantil. Finlay era un gran observador, y lo guiaba la lógica y la intuición. En 1903 hizo que se analizaran los ligamentos que se utilizaban comúnmente al cortar el cordón umbilical y comprobó que eran un nido para el bacilo del tétano. Ese mismo año, concibió la idea de un paquete antiséptico que el Departamento de Salubridad comenzó a dar a las madres de pocos recursos. El resultado en la disminución de la mortalidad infantil fue inmediato, pues se redujo en más de un 50% de 1902 a 1910.

La Asociación Médica Panamericana llevó a cabo elecciones en 1933 en al congreso médico de Dallas, en vísperas del que tuvo lugar más tarde ese año en Montevideo, y, que, entre otras cosas, adelantó la abolición de la Enmienda Platt, por lo que tanto habían luchado los cubanos. Entre los galenos electos vice presidentes de la asociación se encontraban los médicos cubanos Luis Ortega, Pedro Fariñas, Alberto Inclán y mi padre, Ernesto R. de Aragón. Fueron electos miembros de la junta de fideicomisos, de Cuba, Francisco M. Fernández, Alberto Inclán, Sergio García Marrúz, León Hirzel, Miguel A. Branley y Pedro Sánchez Toledo.

La reseña del Congreso apareció en un cable publicado en The New York Times el 24 de marzo de 1933, que he obtenido con facilidad pues el periódico newyorkino está ahora digitalizado, y permite a los suscriptores a ese servicio, hacer búsquedas específicas, lo cual pone en manos de los investigadores una fuente inagotable de información de manera rápida y cómoda.

He querido compartir estas informaciones con los lectores, porque me ha parecido interesante el discurso del General Harbord, a la luz de las recientes reuniones a favor del libre comercio en las Américas, y también como un pequeño homenaje a mi padre y a todos los médicos cubanos, donde quiera que estén, herederos de una historia y una tradición que nos llena de orgullo.

Aragon, Ernesto 3

Orlando Rossardi, Rita Geada, José Ignacio Rasco, Uva de Aragón y Reinald Arenas, Rutgers University, 1988

Orlando Rossardi, Rita Geada, José Ignacio Rasco, Uva de Aragón y Reinald Arenas, Rutgers University, 1988

Reinaldo antes del alba

Llegaste huyendo por el mar y otra vez al azul infinito te escapas. Traías contigo un baúl de terrores y un canto dulce en el hablar manzanillero e infantil. Cuba te ardía aún en las pupilas cuando nos conocimos por vez primera en un vuelo de Miami a Gainesville. Nunca habías montado en un avión y tus ojos llenos de asombro devoraban cada detalle con avidez de niño. Con tu mirada de poeta embellecías los paisajes nuevos, los arcos amarillos del McDonald tan distintos al esplendor de la arboleda, la transparencia del aire de la isla, donde crecimos juntos, aunque sin conocernos, bajo la misma luna, tú entre el palmar y las reses, yo entre batas de organza y clases de francés, las mismas inquietudes, ¿a qué edad leíste a Camús? ¿Qué cuento prefieres de Borges?, los mismos libros leídos, tanto que hablamos en aquel vuelo tan corto, y esa sed de abrazar al hermano escritor que creció en la isla mientras yo sufría el exilio, se fue calmando, si hablamos la misma lengua, nos durmieron con los mismos cantos de cuna, llegamos al fin a la misma tierra por caminos tan distintos, y el parasiempre temible apretándonos 1a garganta. Tú habías ido invitado a dar una conferencia —¿recuerdas?— y se hizo tarde para tomar el vuelo de regreso y hubo que quedarse a dormir sin equipaje, y te compré un cepillo de dientes en una noche de charla y mas charla y algún vino en la que aprendimos tanto el uno del otro y ya nunca más dejamos de querernos.

Ese verano celebramos juntos el cumpleaños y después tantos congresos juntos, tantas cartas y libros cruzados de Miami a Nueva York, tanto fluir de cosas no dichas… ¿Te acuerdas de aquella lectura que hicimos juntos en la librería de Nancy y Juan Manuel en Hialeah? El saloncito estaba lleno, pese a un aguacero apoteósico… Y sólo se oía tu voz y la mía y la lluvia incesante… ¡Qué distintas nuestras voces y qué armonía de magia y poesía!

¿Después? Lo que siempre pasa después… Todos nos complicamos con trabajos y el quehacer nuestro de cada día y el contacto con amigos se hace menos constante. Pero nos vimos durante tu estancia en FIU y allí sembraste entre los jóvenes amor por la literatura y la cultura de la patria. Y nos vimos en Rutgers muchas veces con Ileana Fuentes y todo aquel grupo, ¿te acuerdas?, Rossardi, Rita, Barquet, organizando el congreso de Literatura Cubana, y siempre tu palabra de cariño, y siempre tu sonrisa de niño, y siempre entre la ternura y el escepticismo, entre el grito y la risa.

Escribiste tanto en estos diez años, Reinaldo. Con rigor a veces. Con desbordamiento impúdico otras. Con gran talento siempre. Con aún mayor honestidad. Por eso cada una de tus páginas es luz y desolación, magia y terror.

Tu vida y tu obra se mezclan, ¿dónde comienza Celestino, dónde Reinaldo niño que sólo recuerda de su padre que una vez le dio dos pesos que luego en la casa le quitaron, quién escribe poemas en las cortezas de los árboles, a quién persiguen a Fray Servando o a Reinaldo, de quién es esa voz sabia que defiende a toda la gente desamparada y sin patria, quién llora de tal forma que el llanto parecía no haber comenzado nunca, sino estar allí, en esos ojos, los de la Vieja Rosa o los míos? Oh Reinaldo, fue desayunando el sábado que leí la noticia de tu muerte, la esperaba y siempre sorprende, aquella noche de verano que Manet me dijo estabas enfermo, y te llamé aterrada, la angustia en la voz delatando el motivo de mi llamada, y tú asegurándome que estabas bien, y no, no fue al saberlo que te lloré, sino anoche, que veía tu cadáver, tu pelo crespo, tu sonrisa, tus manos grandes y expresivas, tus ojos siempre en asombro ya cerrados, y veía una y otra vez tu cuerpo entre las manos cubiertas con guantes amarillos de cuatro hombres que te bajan por la escalera del edificio en Nueva York, y te zarandean y qué mierda es la vida, Reinaldo, ¿por qué, amigo? Tú y tu talento, tú y tu denuncia, tú y tu amor a Cuba, tú y tu generosidad con los jóvenes escritores, tú y tu amistad de rosa blanca. ¿Por qué? Tal vez por la misma razón que viniste huyendo por los mares… por la necesidad de libertad.

No sé, Reinaldo, ya ahora si te lloro, si lloro al amigo que no veré más, o si lloro por los que nos quedamos, o por Cuba, o por todo eso y tanto más, por la infancia compartida a distancia, por el palmar y las batas de organza, por los niños que fuimos y nunca seremos, por los poemas que no escribirás, por el amor cuando se muere y por la muerte cuando se ama.

Ve en paz, amigo, que mucho nos diste en estos diez años. Cierto que no en todo coincidíamos. A veces, últimamente, pensé contestar algunos de tus artículos. Hoy me alegro de no haberlo hecho. Qué pequeñas me parecen las discrepancias ante la finalidad de tu muerte. Eso es, qué pequeña es la vida frente al infinito o la nada. Qué pequeña la muerte cuando queda el poema, es decir, el mito de la vida. Cierra los ojos y duerme, Reinaldo, otra vez al mar te llevaremos algún día, antes del alba, como has pedido. Otra vez al mar para que te arrulle, el mar qué no tuviste en la infancia y por el que nos llegaste huyendo un día con tu baúl de terror y tu esperanza como único equipaje, que hoy nos entregas, amigo del alma.

DIARIO LAS AMÉRICAS, 20 DE DICIEMBRE DE 1990

Vista de El Morro
Este artículo concluye la serie que escribó en 2007 sobre mis viajes a Cuba de 1999 a esa fecha. Desde entonces he regreasado dos veces más, Raúl es el jefe de gobierno, y las cosas han cambiado un poco aunque parezcan iguales. Yo también he cambiado. No me arrepiento de nada de lo escrito, pero tal vez algunas cosas las diría de otra forma. También dejé de narrar algunas experiencias inolvidable, como el viaje al Valle de Viñales con mis primos y mi hija. Es bueno que queden cosas en el tintero. Ya habrá tiempo en el futuro para nuevas reflexiones. Mientras, ojalá que éstas sean útiles a algunos lectores. Siempre aspiro, más que a entretener, a hacer pensar. Si en cierta medida lo he logrado, sera suficiente razón para sentirme satisfecha.
Reflexiones
Conclusiones sobre mis viajes a Cuba
VIII
Podría estar escribiendo mucho más sobre mis viajes a Cuba. Puedo asegurar que han significado un punto de giro en mi vida. Tratemos, sin embargo, de resumir mis conclusiones.
Primero, creo que todo el que esté listo para ir, debe poder hacerlo, por lo cual estoy en desacuerdo total con las limitaciones a los viajes de cubanoamericanos a la Isla. Aparte de todo argumento que pueda hacerse sobre el beneficio económico que signifique para el régimen, o la falta de ética que algunos les achaquen, esos viajes y remesas estaban logrando una reconciliación entre cubanos de la mejor manera posible, de abajo hacia arriba.
Vi con mis propios ojos lo que sabía –que la Revolución cubana es un proyecto fracasado. Lejos de sentir por ello satisfacción alguna, me produce produjo un gran dolor. Ha habido muchas víctimas de ambos lados, pero ni los muertos ni los presos justifican que continúe la violencia. No me incumbe a mí impartir la justicia. Lo harán algún día los tribunales. Pero sí está en mí perdonar. Libre de todo rencor, asumo el pasado como parte de mi historia, y trato de aprender de él. Sólo así puede sentirse esperanza en un futuro mejor.
Tengo muchos amigos y algunos familiares en Cuba. Hago lo que está a mi alcance para servirles, así necesiten una medicina, un par de espejuelos o un dato para sus clases o libros. Me gusta conversar con ellos, y he aprendido a hacerlo, incluso con los que no concuerdo con su manera de pensar. Los respeto y creo me he ganado el de ellos porque he sido honesta, consistente en mis principios, y por mi vocación de servicio. No me gusta restregarles a los cubanos el fracaso del sistema. Es cruel. Como darle patadas a un caballo muerto. Ellos lo saben. Invirtieron una vida de sacrificios por un futuro que ya llegó. Y ese futuro mejor que soñaron, no brinda oportunidades a sus hijos, que se les van al extranjero. Los nietos les nacen y crecen fuera. Se quedan solos en un país que se derrumba.
Cierto que hay quienes se han beneficiado de la Revolución, y la defienden. Algunos son personas de origen humilde que en efecto tuvieron oportunidades de estudiar y mejorar. Creen sinceramente que no hubieran podido tenerlas de otra manera. Otros son parte de la elite gobernante, llena de tantos privilegios, que el mismo estado se muerde la cola tratando de impedir la corrupción.
Comprendí que no tenemos en el exilio el monopolio de la nostalgia. En la isla han sufrido muchos adioses y ausencias, y el que se queda siempre extraña más que el que se va. Además, los mayores, aquí y allá, sienten melancolía por una era pasado, y los jóvenes por un futuro que se les prometió y nunca llegó. Todos hemos perdido.
Los cubanos se ven obligados por el sistema a vivir al margen de la ley, pero eso no quiere decir que no sepan diferenciar entre el bien y el mal. Como no es cierto que sean vagos; pero tampoco son tontos. No van a matarse trabajando cuando no hay estímulos, pero en cuanto hubo un poco de apertura económica a mediados de los noventa, cada cubano se convirtió en un pequeño empresario.
Es verdad que la Revolución llevó la educación y la medicina a más personas. Se apoyaban en una tradición médica y docente de siglos. Pero esos logros, lamentablemente, no han podido sostenerse, por falta de recursos, por la fuga de talentos, por la rapidez de los avances tecnológicos que Cuba no tiene capacidad de obtener.
Sin embargo, son renglones importantes para los cubanos, y deben mantenerse al alcance de la población en cualquier proyecto de futuro. El embargo, no es, y los cubanos lo saben, el origen de todos los males del país, pero ha causado algunos perjuicios, y ha ofrecido una coartada al régimen para endilgarle los fracasos del sistema.
Hay mucho que hacer en Cuba. La solución no vendrá el día que Castro muera. A mí nadie me verá bailar en las calles, ni quisiera ver ese espectáculo entre los exiliados. Por el contrario, desearía que nos uniéramos en oración por el pueblo de Cuba. Ellos tienen que tomar control de su futuro. Invertir le ecuación. No dejar que el estado los vigile, sino saber que les corresponde a ellos vigilar al estado. Comprender que el gobierno no les da nada gratis; ellos pagan con su trabajo mal remunerado. Por eso tienen derecho a exigir mejor transporte, mejores vivienda, más comida en las bodegas. La libertad no es un derecho abstracto. Es la oportunidad de poder elegir donde se vive, se trabaja, se estudia, y quién gobierna.
Ojalá llegue pronto el día que los cubanos no quieran huir, porque pueden, en vez, construir una sociedad mejor. Yo quisiera poder pegar el hombro con mis compatriotas y ayudarlos. Enseñar lo poco que sé. Porque lo más importante que comprobé en mis viajes a Cuba fue que es mi país, y que vale la pena. No hace falta decir más.
https://uvadearagon.files.wordpress.com/2013/05/el-campo-cubano.jpg”>El campo cubano El campo cubano

Reflexiones

El campo cubano

VII

Cuando me fui de Cuba a los 15 años, sólo conocía la isla desde Viñales hasta Cienfuegos. En los primeros tiempos de exilio aseguraba que al regresar, la recorrería a pie. Luego la trayectoria sería en bicicleta, más tarde en auto, hasta que bromeaba que si demoraba mucho sería en silla de ruedas, ambulancia o carro fúnebre. Cuando en pocos meses entre Julio de 1996 y Abril de 1997 murieron cuatro amigos muy queridos de mi generación –Enrique Baloyra, Raquel La Villa, Pepe Prince y Miguel González Pando–, con quienes había compartido numerosos proyectos sobre Cuba, se hizo mayor mi angustia de que nunca podría hacer realidad mi sueño.

Sin embargo, no fue así. Cuando me invitaron a dar una conferencia en Santiago de Cuba sobre mi abuelo, Alfonso Hernández-Catá, quien había sido concebido y pasado su infancia en la capital oriental –la cual aparece a menudo en sus textos– acepté de inmediato. Alquilé un auto y un gran amigo mío me acompañó. Salimos de La Habana muy temprano en la mañana el 28 de enero de 2001. Mi amigo, que me conoce bien, me dejó manejar un rato. Confieso que conducir por el malecón al amanecer fue uno de esos momentos en la vida que nunca se olvidan. Nos dirigimos a Madruga, en Matanzas, a recoger a una colega, historiadora, que se había ofrecido a enseñarme Trinidad. Cuando entramos al pueblo vimos los niños y niñas vestidos de blanco preparándose para la parada martiana. Pensé que quizás les dijeran que Martí había sido el autor intelectual del Moncada, pero que bastaría con que leyeran La Edad de Oro para que conocieran el espíritu de justicia y decoro de este hombre, cuya revista dedicada a la gente menuda tanto influyó mi infancia.

En Madruga, como por todos los pueblos que pasamos, parecía que el tiempo se había detenido. Tenía el mismo aspecto que recordaba. Sin embargo, nadie sabe qué puede esconderse detrás de cada puerta. En la de nuestra amiga nos esperaba un cafecito recién colado y uno de los patios cubanos más hermosos que he visto. Nos dirigimos hacia Cienfuegos, que yo había visitado a los catorce años, pero del que guardaba un recuerdo bastante preciso. Por la carretera, los molinos de viento, los bohíos y la belleza de los campos cubanos me devolvieron a la niñez, cuando viajaba muchas veces en las piernas de mi padre, que iba improvisando historias sobre los nombre de los ríos y los pueblos. En Cienfuegos visitamos el parque, con su glorieta, la amplia bahía, Punta Gorda. Mi amiga, experta en historia de la arquitectura, me hablaba de fechas y estilos de construcción. Yo sacaba foto tras foto y respiraba profundo los aires de Cuba.

Llegamos a Trinidad pasada las dos, muertos de hambre. Encontramos un parador donde un trío cantaba canciones de los Panchos y comimos pescado fresco a la sombra de una enredadera. Tras el café, mi amiga y yo caminamos por las viejas calles empedradas de Trinidad, donde los hombres que jugaban dominó, o una anciana que barría un portal me fascinaron tanto como la iglesia y el museo. Nuestra colega se quedó en Trinidad en casa de su hija, y mi amigo y yo seguimos hasta Camaguey, donde hicimos noche. ¡Qué maravilla despertarse con los cantos de los

gallos al amanecer!

El segundo día de viaje fue menos venturoso. Un camión casi nos mata en la Carretera Central. La amabilidad de los guajiros de la zona que cargaron el auto para sacarlo de la zanja no fue suficiente para quitarnos el susto que pasamos. En Bayamo paramos a comprar algo de comer, pero nuestro intento de almorzar en el parque se vio frustrado por un numeroso grupo de personas que venían a pedirnos dinero o comida, de forma bastante agresiva.

La estancia en Santiago fue llena de emociones encontradas. Recorrí las calles donde jugaba mi abuelo de niño, visité en el Cementerio de Santa Ifigenia, las tumbas de mis bisabuelos, de Pura del Prado, y naturalmente, la de José Martí. Dejé una foto de mi familia ante el altar de la Virgen del Cobre. Disfruté la belleza de la Bahía, el Parque Céspedes, las estatuas de los próceres. Trabé amistad con la señora en cuya casa de Vista Alegre alquilé una habitación, y a quien le he mandado varios huéspedes desde entonces. Fui al Caney. Escuché misa en la Iglesia de Santa Teresita, la parroquia del Padre José Conrado, a donde llevé ayuda para un comedor de personas de la tercera edad.

Otro aspecto interesante en Oriente fue la multitud de medios de transporte tan diversos que vi, desde la mitad de la carrocería de un camión tirado por caballos hasta carriolas de confección casera, más una serie de vehículos verdaderamente indescriptibles.

Sin embargo, la conferencia que iba a dar se canceló por motivos poco claros. Intelectuales con los que me iba a reunir, con algunas excepciones, se desaparecieron. Me asediaban personas que, por la chapa del carro alquilado, creían que yo era turista, y me pedían dinero, un pintalabios, una pluma. Naturalmente que me sentía inclinada a dárselos todo, pero mi amigo me prevenía de que tuviera cuidado, porque podían robarme, lo que afortunadamente no sucedió. Mientras escuchaba misa, le entraron a piedras a la iglesia. Me sentí vigilada en Santiago, cosa que no me había pasado nunca antes. Regresamos a La Habana un día antes de lo previsto, por la Ocho Vía, sin apenas parar más que para echar gasolina y comer algo ligero. Llegamos a La Habana al anochecer. Mi amigo me preguntó si me atrevía a manejar desde su casa en La Víbora hasta mi hotel en El Vedado. Claro que sí, le dije. Tomé Santa Catalina, la Avenida de Rancho Boyeros, la Calle G, el Malecón, hasta doblar por la calle de mi hotel.

Imposible resumir en una crónica todos los pormenores e impresiones de cuatro días de gran importancia en mi vida. Visto con la distancia de algunos años, lo que sobresale es la belleza indestructible del campo cubano: sus cañaverales, montañas, valles, sabanas, ríos, pueblos, gente a caballo, a pie, en bicicleta y esos cementerios pueblerinos donde yacen los restos de tantos cubanos.

(continuará)

Uvi y su prima Betty muestran un innegable parecido de familia,Pinar del Rio, 2004.

Uvi y su prima Betty muestran un innegable parecido de familia,Pinar del Rio, 2004.

Mi hija Uvi se va de Cuba con lágrimas en los ojos,  en el Aeropuerto José Martí, Verano 2004

Mi hija Uvi se va de Cuba con lágrimas en los ojos, en el Aeropuerto José Martí, Verano 2004

Publicado en Diario de las Americas el 10 de agosto de 2007

Reflexiones

Con los ojos de mi hija

VI

Hace pocos días, cuando regresábamos de unas breves vacaciones en la Isla de Captiva mis hijas y yo, nos pusimos a recordar sus años de infancia. Rememoraron con nostalgia cuando me acompañaban a casa de Elena Mederos o a la oficinita que tenía “Of Human Rights” en Georgetown University, y, sentadas en el suelo, ayudaban a separar por código postal los boletines que denunciaban el presidio político y la violación de los derechos humanos en Cuba. Aprendieron desde niñas, pues, el lado feo de la Revolución cubana. También tuvieron oportunidad de conocer a figuras importantes de nuestra cultura, amistades entrañables, que se hospedaron en nuestra casa en Maryland como Pura del Prado y Josefina Inclán, y otras que nos visitaban en Miami como Enrique Labrador Ruiz, Mijares, Heberto y Marta Padilla, y muchas más. Disfrutaron de sobremesas con su abuelo que eran verdaderas clases de historia. Con todo, es difícil para los jóvenes nacidos en Estados Unidos, por mucho que lean, escuchen y vean fotos de Cuba, imaginar la isla, y, más aún, prever el impacto emocional que pueda tener en ellos ir a ese lugar mítico que obsesiona a sus padres y abuelos.

Tuve oportunidad de que mi hija mayor me acompañara dos veces a Cuba, una en 2001 y otra en el verano del 2004. El impacto de estos viajes, según sus afirmaciones, ha cambiado su vida. La primera reacción fue una total identificación con el país –que insisto es mucho más que el gobierno de turno, por muy largo que sea ese turno–, casi un reencuentro, como si fuera una parte de sí misma que antes había permanecido en el vacío. Allá, cuando a menudo le decían que parecía cubana, se indignaba. “Mi sangre es cien por ciento cubana. Nací en Estados Unidos por accidente. Si hubiera nacido en China, ¿parecería china? Yo soy cubana,” insistía. Este reclamo de su cubanía no fue sólo bajo el efecto emocional del viaje, sino que ha influido en muchas decisiones que ha tomada en la vida desde entonces.

El otro impacto inmediato que tuvo en ella el primer viaje, fue comprender el dolor y la nostalgia de los exiliados, y en especial de su familia. Nunca imaginé que nuestro recorrido por la Universidad de La Habana, el Capitolio, el cementerio, las calles, casas, playas, escuelas, parques que fueron escenario de la vida de sus abuelos, y la infancia y juventud de sus padres, le afectara tanto. Se enamoró de La Habana, y añoraba poseer una máquina de tiempo que le permitiera, siquiera por un momento, observar la capital cubana, en el esplendor de los años cincuenta.

La conexión con sus primos jóvenes fue conmovedora. Se sentían tan unidos como si hubieran crecido juntos. La despedida en el segundo viaje fue un verdadero desgarrón. Conoció y conversó con mucha gente joven, y le afectó comprobar las dificultades con que viven, la falta de libertades y oportunidades básicas –escoger qué estudiar, dónde trabajar, dónde vivir, viajar, comprar un auto—. Esta empatía la llevó a dejar mucho de lo que llevaba con ella en cada viaje.

Uvi dice que ir a Cuba la ha convertido en una mejor maestra. Ella recibe en su aula a niños recién llegados, no sólo de la Isla, sino de muchos países. Otros les comentan a los alumnos sobre la suerte que tienen de estar en Estados Unidos, pero mi hija comprende la tristeza de estos niños al separase de sus abuelos, sus amiguitos, sus paisajes, los sabores de su infancia, su cultura, y trata de aliviarlos alimentando el orgullo en sus raíces y su idioma. También se ha esmerado con sus propios hijos en la enseñanza del español y de su herencia cubana.

Quizás, sin embargo, el impacto más provechoso, a mi modo de ver, que tuvieron en mi hija estos viajes, fue la posibilidad de que pudiera reconocer las huellas del pasado, el peso imborrable de la historia así como la calidad humana de la gran mayoría de los cubanos en la Isla, y tener la visión de un futuro prometedor, del que ella quiere de todo corazón ser parte.

En ese mismo viaje en carretera hace poco, dijo…”Mi sueño es poder algún día abrir un colegio en Cuba…” Se viró hacia mí y me preguntó si yo la ayudaría. Me siento tranquila de haber podido pasar la antorcha.

(continuará) Publicado en Diario Las Américas, 3 de agosto de 2007

Nota de la escritora Mirta Yañez que me esperaba en el hotel en mi primer viaje a Cuba en 1999

Nota de la escritora Mirta Yañez que me esperaba en el hotel en mi primer viaje a Cuba en 1999

Reflexiones

V

El contacto académico

Durante los años en que era posible invitar académicos cubanos a los Estados Unidos, aprendí mucho de ellos. Supe separar a los que estaban más comprometidos con un discurso político oficial de los que tenían un genuino interés en sus disciplinas. De los primeros creo que tanto ellos como yo obtuvimos el beneficio de lograr discutir con respeto e incluso desarrollar afectos personales pese a las diferencias ideológicas. En muchos de estos cubanos he encontrado seres de gran calidad humana, y he llegado a tener con muchos amistades genuinas.

Cuando llegué al hotel Victoria del Vedado en mi primer viaje a Cuba, me recibió una nota en la carpeta del hotel que decía “Bienvenida a tu tierra”, de puño y letra de Mirta Yáñez, la escritora que primero logró incluir un texto mío en Cuba en su antología de cuentos “Estatuas de sal”, luego editada en inglés como “Cubanas”. Admiro a Mirta por su obra literaria, su humor desbordante, su actitud desenfadada ante la vida y su rechazo a esa porción de chismes y piñitas que siempre existe en el mundillo cultural. Además de Mirta, tengo muchos amigos escritores en Cuba –Enrique Pineda Barnet, Ana Cairo, Nara Araújo, Oscar Zanetti, Rafael Hernández, Norberto Codina—y tantos otros que harían esta lista interminable.

He tenido la oportunidad de dictar varias conferencias en La Habana y ofrecer lecturas de mi obra. Algunas de estas ocasiones han dejado en mí recuerdos imborrables. La primera presentación la hice en 1999 en la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana sobre la vida y obra de Alfonso Hernández-Catá. No recuerdo una palabra de lo que dije, pero sí los rostros atentos de los profesores que me rodeaban, prácticamente todos los de la facultad. Tengo una viva memoria de la generosa presentación que de mí hizo la Dra. Ana Cairo. Se me recibió como heredera de miembros de la gran familia de la cultura cubana, como escritora con méritos propios, como cubana siempre interesada a tender puentes, y hasta como abuela que trasmite a la familia un sentido de cubanía.

La conferencia de mayor impacto fue la que pronuncié en el año 2000, en los salones del CEMI, (Centro de Estudios de Migraciones Internacionales), también en la Universidad de la Habana. En el pequeño salón había tanta gente que los estudiantes se sentaban en el suelo, y algunos escuchaban de pie. Todo aquél para quien había tenido alguna atención, ya fuera en su visita a Miami, o por medio de un correo electrónico en que solicitaban algún dato, me mostró su gratitud al decir presente. El tema también logró llamar la atención: “Las mujeres cubanas en el exilio”. Dividí mi trabajo en dos partes, una llena de tablas y estadísticas en que mostraba con cifras del censo de EEUU las cubanas en el mercado laboral, en qué trabajaban, cuánto ganaban, qué grados de educación alcanzaban en las distintas décadas, y su comparación con las norteamericanas y otros grupos minoritarios. Bastaban las estadísticas para comprobar los logros de nuestras mujeres, pero deseé añadirles un rostro humano, y en la segunda parte decidí narrar las historias personales de varias mujeres que llegaron sin nada a Estados Unidos, que pasaron grandes dificultades, y que con gran tesón salieron adelante, ayudaron a sus familias y alcanzaron éxitos notables. Hablé de algunas conocidas, como Mirta de Perales, y de otras menos famosas, como Carmen Riera Rumbaut. Recuerdo que al final rendí tributo a mi madre y terminé con un poema de Pura del Prado a las mujeres exiliadas.

Debí de haber transmitido bien el valor de estas mujeres y las vicisitudes de todo exiliado, porque al final muchos de los presentes mostraban las pupilas húmedas, y después de los aplausos, y unos momentos de emocionado silencio, me hicieron muchas preguntas. Incluso ya terminada la sesión, algunos estudiantes quisieron conversar más conmigo y hasta fueron al día siguiente a entrevistarme al hotel. Una de las entrevistas, hecha por Vitalina Alfonso, en que hablaba extensamente de los escritores en el exilio, salió publicada en su totalidad en la revista La Gaceta de Cuba.

Otra de las conferencias que recuerdo claramente es la primera que ofrecí en el Instituto de Literatura y Lingüística, situado en la antigua sede de la Sociedad Económica de Amigos del País. Creo que es la única conferencia que he dado sin escribirla antes, sólo con varios nombres escritos en una servilleta: Montenegro, Labrador, Baquero, Cabrera, Arroyo, Arenas, Florit, Acosta, Novás Calvo y algún otro que ahora debe de escapárseme, pues creo recordar que fueron diez. Rodeada por el magnífico grupo de investigadores del ILL y su directora, Nuria Gregory, a quien profeso gran respeto y afecto, hablé de estos escritores cubanos ya fallecidos, a quienes conocí personalmente y en muchos casos traté a fondo. Fueron brotando de la memoria del corazón los perfiles de sus personalidades, descripciones de dónde vivían, cómo conversaban, cómo se relacionaban con escritores más jóvenes, qué publicaron en el exilio, su sentido del humor, alguna anécdota. En fin, sus retratos íntimos tal y como yo los conocí.

Lo importante no es, creo yo, lo que dije, sino el gran interés de aquellos colegas. Nunca antes ni después he sentido a un grupo de especialistas en literatura cubana colgados de cada palabra que pronunciaba. Al final llovieron las preguntas, y a lo largo de los años he mantenido correspondencia con muchos de aquellos hombres y mujeres, a quienes he ayudado en sus investigaciones, en la medida de mis posibilidades, y quienes me han correspondido con igual cortesía e interés. Del ILL siempre me voy cargada de libros, pues la Dra. Gregory tiene la generosidad de obsequiarme las publicaciones del Instituto.

No menos satisfacción he sentido en las dos ocasiones que pude hacer una lectura de mis poemas, una vez a un grupo de estudiantes de letras de la UH, y otra, en el acogedor Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, en la calle Muralla No. 63, a un público diverso, en el que no faltaban escritores, poetas, compositores, jóvenes, y Mario Darios, un amigo guitarrista que puso música e interpretó uno de mis poemas. En ambas ocasiones creo que mi poesía trasmitió el desgarrón afectivo, la herida siempre abierta de vivir fuera de Cuba. Para muchos, era un aspecto de los que se fueron, en el que nunca habían pensado, y se encontraban entre sorprendidos y conmovidos.

Cada vez que he tenido oportunidad de ofrecer alguna presentación en Cuba, me he esforzado en tender puentes para ayudar a los de la Isla a entender mejor al exilio. Lo he hecho con amor y honestidad intelectual, y aunque sea sólo un granito de arena en un mar de incomprensiones, me siento orgullosa de lo que pude hacer. Sólo lamento que las nuevas leyes no me permitan continuar esa labor. Confío en que una nueva administración y un creciente número de cubanos de la diáspora entiendan el beneficio de estos contactos académicos y vuelvan a facilitarlos. Me parecen especialmente importantes para la tan necesaria y urgente reconciliación de los cubanos.

Publicado en Diario Las Américas, 26 de Julio de 2007

Después de mi conferencia en la Universidad de La Habana en 1999

Después de mi conferencia en la Universidad de La Habana en 1999

caption id=”attachment_1284″ align=”aligncenter” width=”290″]Cubanos en el aeropuerto de Miami despachando el equipaje para viajar a la Isla Cubanos en el aeropuerto de Miami despachando el equipaje para viajar a la Isla[/caption]

Reflexiones

Los encargos

IV

De enero de 1999 a febrero de 2005 hice ocho viajes a Cuba, que me llevaron a recorrer la isla desde Pinar del Río a Santiago de Cuba. Pronto comprendí que la gente con parientes y amigos en la isla conforman una red de información tan exacta y expandida como el Internet. Uno decide ir y como por arte de birlibirloque se enteran un sinnúmero de personas, muchas desconocidas, que llaman para que uno les lleve a los suyos en la isla dinero, medicinas, fotos, zapatos, cámaras, ropa, juguetes, libros, flores plásticas, llantas para bicicletas, filtros de agua, espejuelos, limas, abrelatas y toda una gama de los más inusitados artículos.

La mayoría me entregaban los encargos a último momento y siempre pesaban más de lo que habían anunciado. Como hay –o había entonces– un límite de 44 libras y un cargo de $2 por cada libra adicional, siempre tuve que pagar exceso de equipaje, aunque llevara lo mínimo para mi uso personal. Nunca le cobré a nadie por ningún encargo.

Empacar para viajar a Cuba se convierte en un verdadero arte, pues hay que deshacerse de todo lo que sea innecesario, poner el nombre de cada persona en los artículos a entregar, y cargar con “el gusano” al supermercado a pesarlo y decidir si queremos incluir más objetos o quitar algunos. Pero el problema sólo comienza ahí. Cuando uno llega a Cuba tiene que llamar a las diez o doce personas para quienes son los encargos. A veces los familiares les han avisado antes, y prácticamente están acechando al viajero en el hotel. Otras veces los teléfonos no funcionan, y localizar a alguien se convierte en una odisea. Después, aunque el hotel era de confianza, y podía dejar cualquier paquete en la carpeta segura de que lo entregarían sin problema, todo el mundo deseaba verme, lo cual quería decir citarlos en el hotel, o ir a sus casas si no tenían transporte. Tampoco era cuestión de entregarles el encargo solamente. Todos estaban ávidos de saber de sus familiares y de hablar conmigo. Luego, además, deseaban verme de nuevo antes de que me marchara con la idea de enviar cartas y recados a los suyos.

Confieso que este servicio de mensajero es con frecuencia latoso y le roba a uno mucho tiempo, pero tiene sus grandes ventajas. Visité hogares en los que me recibieron con gran cariño y no sólo por el encargo que les llevaba. Detrás de cada familia, hay una historia inusitada, una novela inédita. A veces les inspiraba confianza y me contaban sus situaciones. Otras veces, no hacían falta palabras. Guardo intacta la imagen de un apartamento que visité en Santos Suárez, donde me recibió una mujer que pelaba viandas en una pequeña cazuela de hierro. Me llevó a ver a su madre a la habitación, una ancianita consumida, que dormitaba en un lecho con una estampa desteñida del Sagrado Corazón en la cabecera. La mujer agradeció el dinero que le llevaba, como si yo hubiera sido un ángel caído del cielo. Me apena aún no haber aceptado el café que me ofreció, pero no quería que se diera cuenta de la tristeza que me producía aquel lugar.

Otros viven un poco mejor, dependiendo de si tienen FE (familiares en el exterior) o si hay gente joven en la casa que sale a la calle a “bisnear”, casi siempre en alguna actividad al margen de la ley. Todos estos hogares tienen algo en común: la dignidad con que los cubanos llevan su pobreza y la generosidad con que comparten lo poco que tienen. En todos lugares se desviven por ofrecerle al visitante café, un jugo, un dulce casero, una fruta. Y es inútil decir que no, porque en verdad se ofenden.

Cuando mi hermana y yo regresamos del primer viaje, ella contó en su trabajo la escasez que habíamos visto y sus compañeros, casi todos estadounidenses, comenzaron a vaciar sus closets y llevarle a su oficina ropas, zapatos, paños de cocina, carteras, cuanto encontraran. Mi hermana sólo aceptaba cosas en buen estado. Lo lavaba y planchaba todo con inmenso cuidado y amor, y me lo enviaba en grandes cajas, indicando tallas, y sugiriendo a quién podría servirle. Porque además de nuestros familiares y amigos, “adopté” otras familias, y a lo que les mandaban sus parientes, añadía yo siempre algo de los paquetes que enviaba Lucía, o de las cosas que mis hijas y yo destinábamos a nuestro “cajón” para Cuba.

Cuando me pedían medicinas que necesitaban receta médica, siempre tuve doctores amigos que me las facilitaron, o en algunos casos hasta me consiguieron las medicinas gratis. En cierta ocasión me pidieron una inyección que tenía que mantenerse fría, y la llevé conmigo en una pequeña bolsa de hule con hielo. Era para una mujer con un avanzado estado de osteoporosis que los dolores le impedían hasta levantarse de la cama.

También surgieron casos insólitos, como el de la señora en La Habana que me pidió traerle a Miami un certificado, sin advertirme que con el papel venía una perrita, que me negué a traer, porque no me gusta el engaño, y porque se trataba de alguien desconocido. Otra vez llevé para allá un “CD Burner” a una institución cultural, y pasarlo por la aduana en La Habana fue una experiencia surrealista.

Todo este trasiego de encargos dificulta y demora los viajes, pero ofrece beneficios incalculables: entrar en muchos hogares, conocer a muchas personas, algunas que hoy considero amigas, y, sobretodo, llevar un poco de alivio a quienes han aprendido a vivir dignamente con muy poco.

(continuará)

Publicado en Diario Las Américas el 19 de Julio de 2007

Mi hermana Luía y yo junto a la tumba de nuestro padre. Cementerio de Colón, 1999

Mi hermana Luía y yo junto a la tumba de nuestro padre. Cementerio de Colón, 1999

Reflexiones

El reencuentro

III

Regresar a Cuba en enero de 1999 con mi hermana Lucía, después de casi 40 años de ausencia, tuvo un gran impacto en mí. El reencuentro con mi ciudad, las calles de mi infancia, los parques de mis primeros juegos, los árboles cuyas sombras se proyectaban en mi habitación de niña, y el mar batiéndose contra el Malecón, me conmovió inmensamente. A cada paso nos iban recibiendo las raíces, saltaban como lo hacen entre las aceras rotas. En la Plaza de Armas un libro, abierto al azar, nos reveló el perfil de nuestro padre–mucho más joven de lo que lo recuerdo—con una síntesis de sus aportes como médico. Una borrosa foto de mi tía Sara Hernández-Catá nos sonrió bajo un cristal a la entrada de la Bodeguita del Medio. La guía en el capitolio nos mostró al Salón Bolívar, la oficina del Presidente de la Cámara, porque sabía que nuestro segundo padre ocupó ese cargo. Y el historiador de la Universidad nos contó que recordaba a nuestra madre como a una gran dama, quien según él le cocinó una vez. Mi hermana y yo nos miramos, seguras de que el buen señor se había confundido, hasta que nos dijo que le había hecho unos emparedados, en efecto una receta especial de Doña Uva

Lloramos mucho mi hermana y yo. Lloramos en distintos momentos y lugares, como si nos turnáramos. A veces incluso otros se nos sumaban. Cuando no nos dejaron entrar a nuestra antigua casa, ahora la Embajada de Serbia, Lucía sollozaba sin consuelo. La mujer tras la reja, que se llamaba Ada, al describirle yo la casa, habitación por habitación, hasta la última, donde murió nuestro padre, lloró también, pero no yo, como si el recorrido de la memoria, parada allí, en mi portal, me hubiera bastado.

En la Playa Veneciana –donde me surgieron los últimos recuerdos de mi padre antes de enfermarse y morir– soy ya la que rompo en llanto. Lo hago también en el Capitolio. En nuestro antiguo colegio de Margot Párraga. Lloro con sollozos incontrolables, como si quisiera sacarme de muy dentro el dolor de tantos años, por tantas y tantas cosas. Es una catarsis que dura una semana.

Al encontrarnos con los primos, no hubo que hablar. Todo fue abrazos y más lágrimas, no sólo nuestras. La ausencia de tantos años no había disminuido ese amor profundo, de generaciones, que corre por la sangre. Tantas veces que había sufrido yo por nosotros, los exiliados, sin Cuba, y ahora veía a Cuba sin nosotros, llena de vacíos por cada uno de los que nos fuimos. Palpé la herida de tantos adioses en los de la isla. Comprobé que también sienten nostalgia los que se quedaron, incluso los jóvenes que conocen a muchos de sus parientes sólo por los cuentos de los abuelos y las viejos fotos borrosas del álbum familiar.

En la casa de mi abuela materna, que vivía con mi tía, nos recibió la familia que trabajaba para ellas Nos reconocieron, llamándonos por el nombre antes de que nos identificáramos. Lo hicieron con júbilo y casi sin asombro, como si siempre hubieran estado esperándonos. Para nosotras fue un viaje en una máquina de tiempo. Todo estaba igual. Cada mueble en su lugar. Cada libro en el librero. Cada adorno donde lo habían dejado los antiguos residentes, ahora todos muertos. Se deshicieron en atenciones. Supe que ya tenía otra familia en Cuba, que esa siempre sería casa de refugio, casa de amor.

Fuimos a ver el mar cerca del Hotel Copacabana, a dos cuadras de nuestra casa, a donde nos escapábamos en bicicleta a observar las olas romper contra las rocas y hablar en silencio con el padre tempranamente desaparecido cuando éramos niñas. Visitamos su consulta en la Calle 23 entre H e I, y nos quedamos como bobas mirando una puerta, y hasta la retratamos. Era la de su despacho, que de pequeñas contemplábamos fijamente esperando que él la abriera al terminar el último turno, para irnos a la casa a almorzar.

Mientras comíamos en un paladar una pareja de Logroño nos preguntó de dónde éramos, y contestamos al unísono, un punto de orgullo en las voces algo temblorosas:

–Somos de aquí… –Y la frase nos dejó un sabor agridulce.

Cada mañana, al despertar, abríamos la ventana para contemplar los tejados de la ciudad, y apenas a unas cuadras, el mar, nuestro mar. Necesitábamos cerciorarnos que no soñábamos, que de veras estábamos en Cuba. Cuba, esa semana al menos, nos devolvió la infancia perdida. Pasaría tiempo antes de que pudiéramos analizar y valorar todo lo vivido. Sentíamos claramente, sin embargo, una íntima victoria. Cuando tuvimos que irnos décadas antes, nos llevamos a Cuba dentro. Al regresar, comprobamos que ella también guardaba nuestro recuerdo. En nuestro interior, habíamos dado el primer paso de reconciliación con nuestro país, que es mucho, mucho más que el gobierno, el estado, la Revolución.

(continuará)

Publicado en Diario Las Américas el 19 de Julio de 2007

Pura del Prado, Rockville, Md. 1974 Pura del Prado en mi casa en Rockville, Md. 1974. Su muerte me hizo decidir regresar a Cuba.

Reflexiones

El inesperado camino de regreso

II

A pesar de mi trato con académicos cubanos en los años noventa, nunca pensé que regresaría a Cuba durante el actual régimen. Sin embargo, algo inesperado sucedió. A principios de Octubre de 1996, Pura del Prado me llamó por teléfono. Hacia tiempo que no sabía de esa gran poeta santiaguera a quien tanto quería y admiraba, y hablamos largamente para ponernos al día sobre proyectos literarios y la familia. Me dijo que ese día estaba triste, y me había llamado porque hablar conmigo le causaba alegría. Le aseguré que antes de que acabara el mes la iría a ver.

No pude cumplir mi promesa, porque pocos días después, el 16 de octubre, Pura moría. Me había llamado a despedirse. En la funeraria supe que su hijo René iba a llevar su cadáver a enterrarlo en Santiago de Cuba, como ella había pedido. Le pregunté si iba sólo, me contestó que sí y de inmediato me lanzó: “Uva, ven conmigo, por favor. Acompáñame a Cuba a enterrar a mi madre.”

Le dije que lo pensaría pero en realidad creí que era una de esas cosas que se dicen en un momento dado y se olvidan. Me equivocaba. René me llamó al día siguiente con mil razones –todas muy válidas– por las que deseaba mi compañía en ese viaje tan difícil.

Estuve toda la noche sin dormir. Por fin hice algo que suele ayudarme a tomar decisiones: ponerme en el lugar de la otra persona. Y si fuera yo la muerta y una de mis hijas me llevara a enterrar a Cuba, ¿no tendría quien me quisiera lo suficiente para acompañarla en tan doloroso momento? Decidí que la amistad en esta circunstancia tenía que estar por encima de toda diferencia ideológica. Pensé incluso que tal vez era una señal. Pura me había llamada para despedirse pero acaso también para avisarme que juntas, en su vuelo final, veríamos desde lo alto a Cuba, como ella describía en su poema “La isla”.

Al día siguiente le expliqué la situación a mi colega y amigo, Lisandro Pérez, entonces director del CRI. Me dijo que se alegraba que yo me hubiera decidido a viajar a Cuba, pero que no creía que esa era la forma apropiada, una especie de Guantanamera al revés, llevando un cadáver de Miami a Santiago. Que debía ir la primera vez con él, con otro colega, con un familiar. Que el primer viaje era fuerte emocionalmente. Que lo pensara.

Esa noche llamé a René para decirle que no, pero la ansiedad en su voz me llevó, por el contrario, a asegurarle que haría todo lo posible por acompañarlo. Intentamos, pues, que La Habana me otorgara el permiso de entrada. Nada le dije a mi madre, que aún vivía. No hice ningún otro preparativo que comprarme una cámara y 10 rollos de fotografías (todavía no eran populares las digitales). Por los días estaba serena pero las noches eran horribles. Me habían regresado aquellas pesadillas de la adolescencia en que estaba atrapada en la isla sin poder salir.

Pasaron los días y ya René estaba al partir con el cadáver de su madre, después de los trámites de rigor. Cuando insistimos en saber si me dejarían ir, la respuesta fue negativa. Adujeron en La Habana que yo no era pariente de sangre de Pura y por lo tanto no procedía una visa humanitaria. René se fue sólo y me llamó desde Santiago inmediatamente después del entierro. Supe, por otras vías, que no se me había permitido ir por otras razones adicionales, de índole política. En parte, me sentí aliviada, pero principalmente me invadió una gran ira. Una cosa era que yo no quisiera ir a Cuba, otra era que me negaran la entrada a mi País.

Mi decisión de regresar se fortaleció. Ir a Cuba era un derecho que se me debería reconocer. No podía permitir que fuera de otra manera. Me empeñé en que ganaría la batalla. Por fin, dos años y medio después, en enero de 1999, sin poner condición alguna, el gobierno cubano cedió a las peticiones de mis colegas en la Isla, y me expidió el permiso de entrada.

Llamé a mi hermana Lucía a Washington y le pedí que me acompañara. Primero me dijo que no, pero a la media hora había cambiado de parecer. Empezamos a planear nuestro viaje, casi 40 años después de habernos ido. El papeleo y el equipaje eran asuntos mucho más complicados que en cualquier otro viaje. Pero lo verdaderamente difícil era la preparación emocional. ¿En qué maleta pongo mi miedo? ¿En dónde oculto mi dolor de exiliada? ¿Cómo ir sin llevar conmigo la angustia de tantos fusilados y presos? ¿Qué diré a primos y amigos que quedaron atrás después de tantos años de silencio? ¿Me sentiré como si fuera extranjera en mi propio país? ¿Habré idealizado a Cuba y a los cubanos? ¿Valdrá la pena esta obsesión que he tenido siempre por mi país? Estas y muchas interrogaciones más poblaban mis noches de insomnio a medida que se acercaba la fecha de mi regreso.

Publicado en Diario las Americas, el 12 de Julio de 2007

Reflexiones sobre el perdón y la reconciliación

I

Cuando comenté a un amigo sobre lo que me había gustado la charla del Padre Leonel Narváez sobre el perdón y la reconciliación que comenté recientemente en un artículo en estas páginas de Diario las Américas, se alegró de que las palabras del padre me hubieran aliviado. “No, no me sentí aliviada –le dije–. Me sentí retratada.”

Por las preguntas de la audiencia al religioso colombiano, comprendí que para muchos ese generoso perdón que él les pedía, no era fácil de otorgar. Lo sé. Por eso reflexiono hoy en alta voz sobre mi propio proceso interno.

Salí de Cuba el 13 de julio de 1959, a los 15 años recién cumplidos, con mi madre y mi hermana menor, entonces de 7 años. Atrás quedaban muchos seres queridos, entre ellos mi segundo padre, perseguido injustamente. Teníamos un gran miedo de no verlo más, aunque el mismo día de nuestra salida se asiló en la Embajada de Venezuela. Los meses anteriores habían sido difíciles. A Carlos Márquez Sterling se lo llevaron preso el 4 de enero, y yo, que había ya perdido a mi primer padre, juré, con el dramatismo de mis pocos años y mi imaginación de escritora, que si le pasaba algo, dedicaría el resto de mi vida a vengar su muerte. No era desacertado pensar que su vida corría peligro aunque su única falta hubiera sido combatir al régimen de Batista por la vía electoral en vez de la insurreccional. Eran momentos peligrosos. Fue arrestado el 4 de enero de 1959. Lo dejaron salir de la Cabaña el día siguiente, pero pasamos casi tres meses bajo arresto domiciliario. Pese a que los milicianos fueron correctos, mis hermanas y yo les teníamos pavor. Dormíamos con un mueble contra la puerta, seguras de que podrían entrar por las noches a violarnos. En la escuela, me era difícil disimular ante el espíritu de júbilo que había invadido a muchos de mis profesores y compañeros. Nunca logré cantar “Adelante, cubanos…”. En casa, los pocos amigos que se atrevían a visitarnos traían rumores, vaticinios de desastres. A mis padres les confiscaron sus cuentas bancarias, las poquitas prendas de mi madre, incluso una medallita con mucho más valor sentimental que monetario, que se le ocurrió pedir para la comunión de mi hermana menor. “Señora, esto pertenece a la Revolución” fue la respuesta del interventor.

Me fui de Cuba con tanto miedo que aún meses después, ya reunido Carlos con nosotros, me despertaba en las noches con pesadillas recurrentes, en las que me encontraba en Cuba y no podía irme, o, peor aún, en las que fusilaban a mi padre. El sonido del tiro de gracia me despertaba espantada. En más de una ocasión Carlos tuvo que venir a mi cama a tranquilizarme, y sólo con él a mi lado lograba dormirme de nuevo.

Nuestras vivencias, que he resumido escuetamente, no pueden compararse con lo que han sufrido muchos otros cubanos, pero sin duda afectaron a aquella muchachita sensible y soñadora que era entonces. Tuve la única gran crisis de fe que he sufrido en mi vida, de la que salí indemne gracias a la sabiduría de una monja que me aconsejó que leyera a Santo Tomás. Aunque en los primeros tiempos de exilio extrañaba mucho todo – novio, hermana, colegio, abuela – no me daba cuenta aún de lo más fundamental que había perdido: el derecho a estudiar y desarrollarme como escritora en mi país, rodeada de mi cultura, mi idioma, mi familia.

A medida que pasaron los años, pese a que el objetivo principal de nuestras vidas era sobrevivir, siempre busqué formas de luchar por Cuba, lo cual, en esos momentos, equivalía a combatir el castrocomunismo. Formé piquetes en las heladas calles washingtonianas, escribí cartas a periódicos y figuras influyentes, organicé actos culturales, pertenecí activamente a distintas organizaciones – los Clubes Patrióticos, Pro-Arte de Washington, Amigos de Abdala, Of Human Rights, la Junta Patriótica Cubana, el Comité de Intelectuales Cubanos Disidentes, la Unión Liberal Cubana, la Plataforma. Todas eran para mí medios, no fines. Vehículos para difundir la verdad sobre Cuba.

También leía y estudiaba la historia de Cuba, sus grandes figuras, el desarrollo de las ideas en la isla, las tesis de sus ensayistas, la riqueza de sus escritores. Cuba era una obsesión que oscilaba entre el amor y un sentimiento difuso de malestar, que no podría llamar odio o rencor, sino más bien una gran ira ante lo injusto.

En 1991 por razones de trabajo, me alejé de todo activismo político. Fue un verdadero sacrificio. Sin embargo, en 1994 comencé a trabajar en el Instituto de Investigaciones Cubanas de FIU y sentí que Dios recompensaba los desvelos por mi Patria con un cargo en que hasta me pagaban por hacer lo que antes había hecho sin recursos ni tiempo. Con entusiasmo organicé un congreso sobre Martí en el 95, otro sobre la guerra del 98, y muchas otras actividades. El nuevo puesto me daría otra oportunidad que cambiaría mi vida para siempre: la de conocer a académicos cubanos de la isla que visitaban el CRI.

Fue así como tras largas horas de conversación con muchos de ellos fui dándome cuenta que eran iguales que yo en muchos aspectos. Tenían padres mayores, que como los míos, fueron muriendo; se casaban y divorciaban, tenían hijos y luego nietos. Habíamos leído muchos de los mismos libros. Teníamos los mismos puntos de referencia. Sólo dos cosas nos diferenciaban: el lugar de residencia y nuestra visión de la Revolución cubana. Pero tenían rostro humano, humor criollo y orgullo de ser cubanos. A través de ellos fui conociendo la otra cara de la realidad cubana, a veces fea, pero genuina, cierta. En algún momento, que me es difícil precisar, entendí que esa historia, era mi historia, y que tenía que comprenderla y asumirla como mía si quería algún día hacer realidad mi sueño de regresar a Cuba y poder serle útil a mi Patria. Mi interés se centró en conocer a fondo la Cuba actual, no solo desde el punto de vista académico, sino de la intrahistoria de sus habitantes. Comenzaba un largo viaje interior que me llevó por caminos insospechados.

Publicado en Diario Las Américas el 5 de Julio de 2007

Desmond Tutu Premio Nobel de la Paz 1984

Desmond Tutu
Premio Nobel de la Paz 1984

Publicado en Diario Las Americas 6/28/07

Sin perdón no hay futuro

El lema que da título a este artículo no es mío, sino de Desmond Tutu, Premio Nobel de la Paz. Se la oí el pasado sábado al padre Leonel Narváez, de la Fundación para la Reconciliación de Colombia, durante un seminario patrocinado por el Partido Demócrata Cristiano de Cuba y otras organizaciones. Llegué cuando el padre ya estaba hablando, pero de inmediato me cautivó su palabra serena pero firme, y comencé a tomar notas. El Padre Narváez explicó que puede haber perdón sin reconciliación, y que incluso a veces la misma no es recomendable. Ofreció como ejemplo que se le puede pedir a una hija violada por su padre o una mujer maltratada por su esposo que perdone, pero que la reconciliación no es siempre posible. Sin embargo, no hay reconciliación sin perdón. En naciones sometidas por largos años a la violencia armada y social, generadora de rabias, rencores y deseos de venganza que se convierten en multiplicadores de violencia, sólo la reconciliación hace posible el camino a la democracia y la paz.

El perdón comienza como un proceso interno en el corazón y el alma del ofendido. Significa librarse de un gran carga, un puñal venenoso. Necesita de una catarsis. Un sacarse el dolor de adentro. En ocasiones las víctimas atraviesan este camino a solas, pero cuando son muchas en un país que han sido afectados, conviene brindar ayuda, comenzar de abajo hacia arriba, en los pueblecitos, las comunidades rurales, los barrios marginales y propiciar encuentros, talleres, reuniones. Hay diferentes metodologías pero de una forma u otra se produce una curación, primero a nivel individual y luego a nivel ciudadano. El perdón es un regalo que uno se hace a uno mismo. El perdón libera, y lejos de ser un acto de cobardía, conlleva heroísmo, grandeza de espíritu.

Cuando la víctima perdona y se acerca al victimario sin agresividad, lo desarma de su miedo, su crispación, su deshumanización. Una palabra dulce es más poderosa que todo un discurso iracundo. El victimario puede entonces ver a sus víctimas como a seres humanos, y a menudo se quiebra así el muro que separaba su conciencia de su forma de actuar. Se horroriza entonces de sus acciones y viene el arrepentimiento sincero que abre el camino a la reconciliación. Pero este proceso debe comenzar con los ofendidos para que pueda ser efectivo.

Si ha de comenzarse con el perdón, hacen falta otros pasos antes de llegar a la reconciliación: verdad, justicia, reparación y pacto. La verdad no es la de un lado ni la del otro, sino aquélla que se construya juntos. La justicia no siempre es castigo, sino una forma de recuperar a quien nos ha ofendido. Aquí el Padre comentó sobre las miles y miles de personas en Colombia que cometieron crímenes políticos, han depuesto las armas, y están integrándose a la sociedad. La reparación a las víctimas no es necesariamente dinero, sino el simple reconocimiento del daño que sufrieron. La democracia es un pacto social. Para alcanzarla después de períodos convulsos de guerras civiles o revoluciones, es imprescindible un pacto entre todos los ciudadanos de que nunca más se utilizará la violencia para intentar solucionar conflictos. Sólo así puede llegar la reconciliación. Sin ella, la paz es solo una tregua.

El Padre Narváez nos recomendó a los cubanos que buscáramos líderes carismáticos que pudieran inspirarnos a los de adentro y los de afuera al perdón, porque ello significa un capital espiritual de incalculable valor. Perdonar, insistió, no es olvidar, sino recordar con otros ojos. Aceptó que el perdón es un acto irracional que conlleva, sin embargo, una profunda sabiduría. Propuso, contra la irracionalidad de la violencia, la irracionalidad del perdón. Aseguró que era la forma de constituir personas sanas, ciudades felices, patrias nuevas.

Reflexionó que la verdad es la estética de la vida; la justicia, su ética, y el pacto, su mística. La reconciliación eleva a la humanidad a siglos de evolución. Comentó al final que la gran mayoría que perdona primero y se convierte en agente de la reconciliación, son las mujeres. Aconsejó que los hombres deberían desarrollar su parte femenina, y desmantelar los “cables machistas” que lo han llevado a la violencia y la guerra.

Ojalá que esta apretada síntesis de la exposición de un religioso dedicado a la reconciliación de Colombia te lleve, lector, a reflexionar. En futuros artículos compartiré el efecto que han tenido en mí sus palabras.

Adios Los adioses

El domingo mi familia y yo vimos el documental Cubanamerican. Mis hijas y nietos hicieron muchas preguntas y concluyeron que para las personas entrevistadas, como para todos los exiliados cubanos, lo más importante era la familia; salir adelante, no tanto por ganar dinero sino por alcanzar la excelencia; y una cubanía que llevan dentro con gran dolor, no importe cuánto éxito hayan tenido fuera de la Isla. Por mi parte, que tanto he “vivido” el tema, que tanto he escrito sobre el exilio, que tanta experiencia de vida he dejado en poemas y crónicas, comprendí algo nuevo sobre mi misma: que mi afán de celebrar juntos todos cuanto cumpleaños, graduación, Pascua Florida, Día de los Padres, de las Madres, o de Dar Gracias marque el calendario, y tomar además abundantes fotos, tiene mucho que ver con que el 13 de Julio de 1959 perdí para siempre la familia extendida con que había crecido. No ví más a mi abuela materna a quien adoraba ni a mis tías paternas, ni a muchos de mis primos. Y aunque mis hermanos y parientes más cercanos fueron saliendo de Cuba, nos dispersamos de tal forma, que nunca más logré celebrar una Navidad o un cumpleaños junto a mis padres y mis dos hermanas. No en balde detesto los adioses como expreso en este ya viejo poema.

Prométeme

Tu mano es ancha y fuerte.

Guarda en ella esta palabra

que hoy te entrego.

Cuídala hasta el momento

de luz donde yo muera.

Riégala entonces sobre los mares

de mi ausencia

Y verás nacer un nuevo reino

en el que estarán

terminantemente prohibidos

los adioses.

De Entresemáforos (Poemas escritos en ruta) Miami: Edicionenes Universal, 1981

José María Heredia      1803-1839

José María Heredia
1803-1839

José Maria Heredia doscientos años después

No es coincidencia gratuita que los inicios de la poesía occidental, la épica castellana y la lírica cubana tengan elementos comunes. Cuenta Homero en la Odisea sobre el cautiverio, los naufragios, las nostalgias, los engaños y las muchas vicisitudes que sufre Ulises para regresar a su Patria, su hogar y su familia en la isla de Itaca. Casi un milenio — del siglo VIII A.C. al XII D.C. — distancian el poema homérico del Cantar del Mío Cid, pero ambos, sin embargo, están unidos por el tema del suplicio del destierro, desgarrón afectivo descrito en la gesta de Cid Campeador como el dolor que se siente cuando la uña se separa de la carne. Algunos sitúan el origen de la literatura cubana en el Diario de Colón, y el canon tradicional establece “El espejo de paciencia” de Silvestre de Balboa como el primer poema cubano, por la indudable abundancia de elementos de la flora y la fauna del lugar, y por el uso, por vez primera en una obra literaria, del vocablo “criollo” para referirse a los nacidos en la isla. En los tres Manueles –Zequeira, Rubalcava y Pérez–, pese al corsé de los medios expresivos del neoclasicismo español y francés, se observa fácilmente cómo se acercan a la naturaleza de la sla con voluptuosidad de trópico y establecen ciertas líneas en nuestra lírica que permanecen hasta el presente.

A mi juicio, sin embargo, y así lo afirma Cintio Vitier en su ya clásico “Lo cubano en la poesía”, José María Heredia (1803-39) es nuestro primer poeta cabal. Y, aunque suelo huir de los superlativos, añadiría que el mejor del romanticismo americano. Una de sus primeras composiciones adolescentes, escrita a los15 años cuando viaja a México y deja en la isla un amor precoz, lleve por título “La partida”. Será la primera de muchas despedidas que irán creando en él la visión de Cuba desde la distancia. Bajo los influjos del romanticismo, en Heredia van a fundirse lo telúrico y lo espiritual, la naturaleza y el yo, las ansias de libertad –visión de futuro – y la nostalgia por el pasado que ha quedado atrás. En lo sucesivo tendrá la mirada puesta en el horizonte que se aleja, en lo que ya no está. A partir de la incongruente interrogante del poeta proscrito que ante la majestuosidad del Niágara clama por la presencia de sus palmas deliciosas, y de esos ojos húmedos de llanto del viajero que observa el hondo rastro de espuma brillante que va dejando la nave en el océano –también con Heredia empieza en Cuba la poesía del mar– cuando lo aleja de sus montes, sus amigos, su amante, sus dulces hermanas, su madre adorada, se unirán ya por siempre en la lírica de los destierros cubanos los elementos del paisaje exterior e interior con el concepto de Patria.

El fenómeno no es exclusivo de Cuba y transciende los campos de la literatura para llevarnos al de la identidad nacional. A principios del siglo 19, a medida que fue desarrollándose el concepto de estados soberanos y la idea de la nación no tan solo como un fenómeno demográfico sino un proyecto cultural común, muchos de los que en Europa, América Latina e incluso en Asia impulsaron la resistencia ante los poderes imperiales muchas veces lo hicieron desde fuera.

Es decir, que el concepto de nación, entendido tanto en su dimensión física-geográfica como en la de un espacio simbólico y político, es, en gran medida un producto de los exilios de la centuria decimonónica, y se produce fuera de las fronteras de esa misma nación que, al imaginarla, cantarla y contarla, crean los que, desde lejos, la contemplan mejor.

En el caso cubano está sobradamente estudiado el desarrollo del concepto de nacionalidad durante el siglo XIX, que culmina con el mito fundacional que a plena conciencia escribe con su obra y con su propia vida el poeta y patriota José Martí.

El 31 de diciembre de 1803 – hará dos siglos en pocas semanas—nació en Santiago de Cuba José María Heredia. Muchos de los temas de su obra y las circunstancias de su vida están aún vigente. Las cataratas del Niágara continúan siendo lugar de asombro para los muchos viajeros que la visitan. En estos días ha estado en la noticia un hombre que se tiró a sus impresionantes corrientes y sobrevivió. Muchos cubanos viven como en el siglo XIX Heredia desterrados, es decir, fuera de la tierra. Y muchos, como él cuando se vio próximo a la muerte, han regresado de visita a la tierra natal.

Es bueno para los cubanos en la isla y en cualquier parte que residan releer a Heredia con la perspectiva de casi dos siglos. Quizás su lectura ayude a los que viven en el país a entender mejor a los desterrados, exilados, inmigrantes, diaspóricos, o como quiera denominarse a los que componen la nación transnacional. Tal vez comprendan que al igual que Heredia y Martí ayer, los cubanos que vivimos fuera de las fronteras geográficas de la isla tenemos también el derecho – y yo diría que hasta el deber —de soñar la Cuba que deseamos, pues una nación es un sueño común, una unión de voluntades, un proyecto de muchos, donde deben caber todos. No es requisito vivir en la isla para quererla bien.

Y los cubanos intransigentes que se oponen a los viajes a la isla, harán bien en releer la carta de Heredia al Capitán General Miguel Tacón. Es un documento desgarrador, y que en nada merma la grandeza poética y humana del autor del “Himno del desterrado”, a quien nadie debe negar tampoco su cubanía, — por querencia, servicio y voluntad propia, pues en realidad fue muy breve el tiempo que vivió en Cuba.

En esta era de la globalización y el Internet, sería hermoso terminar el año con una lectura de los poemas de Heredia, como hacen el 23 de abril de El Quijote. De Santiago a La Habana, del Niágara a México, de Madrid a Miami, debería formarse una cadena de voces con los versos del primer poeta cabal de Cuba. Linda fiesta de cumpleaños para un eterno romántico de doscientos años.

Diario Las Americas, 13 de noviembre de 2003

La magia de un atardecer de  verano

La magia de un atardecer de verano

Los veranos

Los veranos tienen su ritmo particular, sus rituales, sus peligros. Evocan siempre memorias de tiempos idos. Los veranos de mi niñez tienen sabor de arena fina y mar de espuma. Días largos, sol sobre la piel, noches de cocuyos. Paseos en bicicleta, al aire libre siempre, corriendo, bailando a la suiza…jugando a los escondidos, a las estatuas, a la pelota. Sudarse. Bañarse a regañadientes. Volver a sudar…Rogar a los padres que nos dejen quedarnos en el jardín o en la acera cinco minutos más antes de entrar a la casa….Largos vasos de limonada o agua…agua fresca que quita mejor la sed. Jugar afuera incluso de noche, con esa magia especial del trópico y las estrellas. ¡Con qué ansiedad íbamos a cazar jaibas al muelle en la Playa Veneciana! ¡Qué susto cuando montábamos a caballo y aquella yegua mansa se desbocó! ¡Qué gozo ese cansancio físico que nos rendía al fin! Y , todo el tiempo, esa falta de total de preocupación de las vacaciones escolares que ya nunca más disfrutaremos.

Los veranos de la adolescencia trajeron los bailecitos, el primer amor, ese beso inocente en un portal de El Vedado. Y la magia del encuentro con la verdadera literatura, después de haber devorado libros para niños y jóvenes,

No todos los veranos de la infancia fueron felices. Algunos me marcaron para siempre. Pocos días después que cumplí nueve años mi padre tuvo un infarto y murió seis meses más tarde. El de mis quince me fui de Cuba, y la herida de no vivir en el suelo patrio aún no ha sanado.

Los primeros años de exilio, cuando vivía en Washington y Nueva York, los veranos cobraron un nuevo significado después de los inviernos nevados y las ansiadas primaveras. Cuando mis hijas eran pequeñas comenzó la tradición de venir a Miami de vacaciones. ¡Cómo disfrutábamos esos días de playas, el rencuentro con nuestros sabores—platos criollos en Casablanca, mangos jugosos a la orilla del mar, un cafecito de mediodía –; nuestra vegetación – los crotos, marpacíficos, flamboyanes y las palmas, ay, siempre las palmas –;nuestro idioma – los letreros en la Calle Ocho, los libros que comprábamos a Salvat, las conversaciones con familiares, amigos y desconocidos, todo en español–; nuestra cultura – un concierto de Grateli, una obrita de teatro! Y sobre todo, el mar, siempre el mar. Y en cada hogar, Cuba. En un taburete, un tinajón, una bandera. Y en la conversación, a toda hora, en todo momento, como una obsesión.

Pero las vacaciones duraban poco. Sólo dos semanas. Regresábamos con la piel dorada, libras de más y tantas nostalgias que nos llevaron por fin a mudarnos para “la capital del exilio”. El resto del verano, cuando tuvieron la edad necesaria, las niñas iban a un campamento. Guardo el recuerdo de sus caritas ansiosas esperando en el jardín del frente el ómnibus que las recogía.

El 4 de julio marca el verano en los Estados Unidos. Es día de picnics, perros calientes, fuegos artificiales. También fecha para meditar sobre las virtudes y los peligros de la democracia. Para enseñar a los pequeños sobre la responsabilidad ciudadana.

Ya están lejanos los veranos de mi infancia, e incluso aquellos en que mis hijas eran pequeñas. Ahora son los nietos los que disfrutan con despreocupación de sus vacaciones escolares y sus travesuras playeras.

Hay amores de verano que nunca mueren aunque hayan durado sólo tres meses. El verano es amarillo como un sol grande. El verano es naranja como una naranja. El verano es rojo como el fuego de una fogota en la playa para sentarse a tostar alteas y hacer cuentos de fantasmas. El verano sabe a ron. El verano sabe y huele a mar. En las noches de verano se oye al mar respirar solemne. El verano es para andar descalzo. Para vestirse de blanco. Para hacer el amor. Debería estar prohibido morirse en verano.

Sé que los veranos no son iguales para todos. Sé que hay niños sin playas ni vacaciones. Sé que para la mayoría de la población del mundo no existe el aire acondicionado, ni los ventiladores, ni siquiera la electricidad. Sé que el calor inflama las pasiones. Es tiempo de descanso para algunos; de tensión y crímenes para otros. Hay sed de verano que nunca se sacia.

El verano es la infancia que nunca regresa aunque nunca se haya ido del todo.

Publicado en Diario Las Amérias, 10 de julio de 2003

Domingo del Monte  y Aponte (1804-1853)

Domingo del Monte y Aponte (1804-1853)

Vigencia de Domingo del Monte

Descendiente de familia de origen dominicano, nació en Venezuela el 4 de agosto de 1804. Llegó a Cuba niño e hizo de la isla su Patria. Fue un cubano universal. Rico y antiesclavista. Aristócrata y romántico. Admiraba los Estados Unidos, combatió sin embargo la anexión de Cuba al coloso de norte. Apegado a sus raíces hispanas, prefirió apostar por las reformas coloniales. Veía a los poetas como a seres superiores. Se escondió bajo seudónimos para publicar sus “romances cubanos” – mediocres, tal vez, pero importantes para un criollismo literario de repercusión continental. Animador incansable de la cultura, fue el mejor crítico de su era. Aunque conciliador, estuvo involucrado en polémicas, algunas que aún perduran. No tiene discusión su inmensa influencia en la vida intelectual del siglo XIX cubano.

Se le recuerda principalmente por las tertulias que alentó, primero en Matanzas – donde residió algún tiempo – en las que se destaca la figura de José Jacinto Milanés, y luego en La Habana, de 1836 a 1843, año en que se fue del país hasta su muerte en España una década después. Es decir, este hombre multifacético, cuyo epistolario ocupa siete volúmenes, falleció a los 49 años. Sus restos fueron trasladados a Cuba.

Las ideas que venían de París o Nueva York se discutían en los salones delmontinos. Allí acudían la flor y nata de la inteligencia criolla: novelistas, poetas, presbíteros, hombres de ciencia, jurisconsultos, profesores, historiadores. Se distingue su amistad con el esclavo Juan Francisco Manzano, cuya libertad fue obtenida mediante suscripción literaria llevada a cabo entre los concurrentes a sus tertulias. Algunos poemas del escritor mulato así como pasajes de su autobiografía fueron traducidos y publicados en Londres por el abolicionista Richard R. Madden en 1840. Igualmente famosa es su relación con el poeta José María Heredia, sin duda afectada con frecuencia por motivos políticos. El autor del “Himno del desterrado” dirigió una carta a Del Monte en que lo criticaba duramente por haber aceptado un puesto con el gobierno colonial en el Juzgado de Guane en 1823. La epístola llegó a su destinatario con varios años de atraso. El mecenas de las letras cubanas se sintió inmensamente herido. Tiempo después, en 1836, enfermo de muerte, Heredia escribe su famosa carta a Tacón en que le ruega le permita regresar a Cuba de visita. Del Monte –ya fuera por venganza o incomprensión – describe entonces al poeta como un “ángel caído”. Sin embargo, a través de los años, Heredia, sin duda el mejor poeta romántico de América, aceptó a su amigo como juez y corrector de sus obras, pues, al igual que muchos de sus contemporáneos, reconocía su superioridad de criterio.

La gestión publicista de Del Monte fue inmensa. Fue gestor de numerosas publicaciones, desde la fundación de “La Moda o Recreo Semanal para el Bello Sexo” , —que pese a su título aparentemente frívolo, ofreció a los habaneros textos de Walter Scott, Goethe, Byron, Andrés Bello– hasta la excelente Revista Bimestre Cubana, en la que colaboraron los más notables intelectuales de la isla.

Fue un hombre educado, tanto en el sentido formal –en el Seminario de San Carlos y la Universidad de la Habana–, como por sus viajes, lecturas y posición social, fortalecida por su matrimonio con una de las hijas de Domingo Aldama, uno de los cubanos más ricos de la época.

Martí escribió de Domingo del Monte que fue “el más real y útil de los cubanos de su tiempo.” Nicolás Azcárate, que compartió mucho con él durante los últimos años de su vida, afirmaba, “Del Monte era antirrevolucionario, por principio y por carácter.” Sin duda, nunca negó su clase, sus privilegios. Los utilizó a favor de la cultura cubana, con plena conciencia del poder de las ideas y de las palabras. A través de los años, sus compatriotas, que han favorecido los movimientos revolucionarios en oposición a las soluciones de compromiso, han valorado la figura de Domingo del Monte con cierto desdén. Se le reprocha que no fuera independentista, cuando ese ideal no había cuajado aún entre los cubanos. Hay que recordar que murió en 1853, le mismo año que nació Martí, y que murió Félix Varela, quien dedicó sus últimos años a su labor pastoral en Nueva York, y no a la causa cubana. En la actualidad, que tanto se habla de reconciliación, transición pacífica, cambios graduales, bien valdría la pena que en este año en que se celebra el bicentenario del nacimiento de Domingo del Monte, estudiáramos su vida y releyéramos su obra desde nuevas perspectivas. Tal vez descubramos que fue un hombre de su tiempo, cuya trayectoria, a pesar de sus aparentes contradicciones – o tal vez, debido a ellas – mantiene una asombrosa vigencia.

Publicado en Diario las Américas, el 22 de enero del 2004

Pequeño oleo de Mijares que compré como un regalo a mi madre

Pequeño oleo de Mijares que compré como un regalo a mi madre

MIJARES YA POR SIEMPRE EN LOS AZULES

Ha muerto José María Mijares, el pintor de los azules. Mijares, el enfant terrible de su generación. Mijares, el exiliado envejecido, de casa abierta a las tertulias y el alma transparente como la de un niño. Mijares sentado con su perro y su cigarro. Mijares, el pintor moderno, fiel a sus tiempos y a su herencia. Mijares del pincel barroco y el espíritu sencillo. Mijares ganador de premios. Mijares de las exhibiciones, los salones, los ensayos sobre su obra. Mijares de fama internacional. De La Habana a Nueva York a Miami. Obras de Mijares en museos, en galerías, en los hogares de coleccionistas.

Mijares frente al caballete hasta siempre. El hombre que soñaba sobre los lienzos. Lienzos con figuras alargadas, como la anatomía de su creador. El artista que no temía experimentar. Se renovaba en cada nueva etapa; su esencia se mantenía inalterable. El estilo es el hombre. Nunca mejor dijo. Tras sus marinas, sus múltiples mujeres, sus arlequines, sus ciudades imaginadas o recordadas, siempre se encontraba el sello inconfundible de su modo de expresión, de su forma única, irrepetible. Y siempre, sus azules incomparables, azul más allá del cielo, más profundo que el mar. Azul vitral habanero. Azul Mijares.

En algunos momentos se le entristeció el pincel. Se le llenó de verdes. No eran verdes vibrantes de vegetación tropical, sino verdes grisáceos, como si viera la vida a través de un cristal opaco. Fue la etapa en que las formas se le hincharon, las líneas rectas como lanzas se redondearon. Parecía pintar vísceras, ojos, caracolas, rostros, vientres, perfectamente circulares. Otras veces era como si mirara en el interior de las cosas y los seres humanos y pintara sus entrañas. Como si su ojo mágico de pintor le permitiera traspasar ropas y pieles, y ver los pliegos más íntimos de los seres humanos y de las cosas. Como si buscara dentro de nosotros o de sí mismo un secreto huidizo, indefinible.

Pero regresaba siempre al azul. En el azul estaba a gusto. Resplandecían las sombrillas de sus personajes femeninos, las jaulas de sus pájaros, las escamas de sus peces, el tejido de sus fondos, los ríos bajo sus puentes. El azul era su patria, su faro, su luz. ¿Qué pensaría Mijares mientras pintaba? Sin duda era hombre disciplinado, que trabajaba todos los días. Sus cuadros no eran producto de la inspiración o la espontaneidad. Había en ellos rigor, escuela. Pero también el mundo onírico de este Quijote que defacía entuertos con la espada de su pincel. De la nostalgia del destierro, del desgarrón afectivo de dejar atrás su suelo y sus amigos, su ciudad y su cultura, Mijares se defendió creando una obra con pocos paralelos en la plástica cubana contemporánea, tanto por su cantidad como su calidad.

Tuve el privilegio de tratar a Mijares. Muchas noches de tertulia pasé en su apartamento cerca de Douglas Road. De sus labios escuché una historia que se convirtió en uno de mis cuentos cortos más afortunados y devino luego en una novela. Dos de mis libros llevan portadas suyas y otro comienza con una frase que le escuché. En mi casa mi acompañan tres óleos con su firma. He estado presente en muchas de sus exhibiciones y en la celebración por el doctorado honoris causa que le otorgó hace pocos años la Universidad Internacional de la Florida. En más de una ocasión he escrito sobre su obra. Además de admiración por su obra, quería a ese flaco genial, a ese amigo de rosa blanca, a ese cubano sereno, a ese habanero de café negro y dulzura de cañamiel.

Se ha muerto José María Mijares, el cubano, el amigo. Una sombra gris cubre Miami. Dicen que es humo de un fuego forestal. Yo creo que Mijares se llevó consigo los azules. Mijares pintor nunca morirá. Nos ha dejado una obra que es patrimonio de Cuba, de toda Cuba. Y del mundo. Mijares vive ya por siempre en los azules.

DIARIO LAS AMÉRICAS, 8 DE ABRIL DE 2004, Reproducido en el libro “Morir de exilio” (Miami: Ediciones Universal, 2006) 173-175

Cuadro de Tomás Sánchez Cuadro de Tomás Sánchez

Cuaderno de viaje

El universo de Tomás Sánchez

Durante mi breve paso por Madrid camino a Cádiz, tuve la oportunidad de visitar la exhibición de Tomás Sánchez que en esos días adornaba la Galería Malborough y de conocer al afamado pintor cubano. Nacido en 1948, Sánchez pertenece a mi misma generación. Quizás, pues, por la comprensión de una serie de códigos cifrados que comparten los seres humanos de un mismo origen y una misma época, o tal vez por esa misteriosa química que hace brotar la simpatía entre las personas, sentí de inmediato una gran afinidad con Tomás, como si fuera un viejo amigo que reencontrara en aquel otoñal atardecer madrileño.

No fue la única sorpresa. En los últimos años he visto muchas de sus obras en galerías de Miami. Incluso la reproducción de una de ellas ilustra el catálogo del Certificado de Estudios Cubanos y Cubano-Americanos que se ofrece en la Universidad Internacional de la Florida. No fue, sin embargo, hasta que vi sus grandes lienzos sobre las paredes de la galería de la Calle Orfila que comencé a entender, o, más bien, a sentir —es un proceso más sensorial que intelectual– el significado de sus montañas, valles, lagunas, ríos, en apariencia en perfecto equilibrio.

No se trata de paisajes típicamente cubanos. Aquí no hallaremos flamboyanes ni bohíos, aunque sí alguna palma. La naturaleza es tupida, como en los trópicos, pero carece de su sensualidad. Porque Sánchez retoma, en gran medida, la tradición paisajística del siglo XIX cubano. Como Henry Cleenwerk, Esteban Chartrand, Valentín Sans Carta y Miguel Arias antes que él, Sánchez recrea una naturaleza armónica, idílica, donde se escucha el silencio. Si estos artistas, invariablemente, colocaban en sus lienzos a un solitario guajiro, Tomás incluye en los suyos la de un hombre que uno adivina urbano, moderno, que medita ante la majestuosidad que lo rodea. En ocasiones, son dos, hasta tres hombres, pero colocados en distintos lugares, de modo que cada uno es una isla, alejado del otro, sólo, en búsqueda tal vez de una comunión con algo más allá de los árboles o las lagunas que contempla. Acaso – piensa el espectador, como si de pronto se metiera en el cuadro y se convirtiera en ese ser humano diminuto y callado que ha creado el pintor – acaso su pesquisa es mucho más trascendente, su mirada traspasa el horizonte inmediato, sus ansias no son de este mundo.

Verdes. Azules. Dorados. Árboles. Agua. Luz. Con eso pinta Tomás Sánchez. También, con oficio, con talento y con un amor paciente y bueno que se refleja en cada hoja de ese inmenso y tupido bosque de verdes casi idénticos pero diferenciados por un mínimo tono, a medida que la luz se vierte sobre el pincel-lienzo-paisaje que va convirtiéndose en una realidad que casi podemos oler, aspirar, hacer una con nosotros mismos.

Distanciémonos apenas unos pasos y de pronto, nos invade un temor inédito, un descubrimiento espantoso, un presentimiento fatal. Sánchez nos permite asomarnos a la armonía cósmica, y en el silencio, súbitamente, escuchamos las señales del peligro que acecha. Como Platón, el pintor sabe que el mundo está hecho de espíritu y materia, del bien y del mal. Por eso, tras el sol velado, presentimos las tormentas. En la paz imperturbable, en la prolongada soledad de sus hombres meditativos, comienzan a salir, desde un lugar lejanísimo, uno por uno los fantasmas. La luminosidad que cruza como una saeta el universo idílico de Tomás Sánchez se nos antoja entonces la memoria de un hermoso sueño…o el presentimiento de un paraíso buscado, que contrasta bruscamente con nuestros tiempos.

El siglo XX que ha terminado está plagado de horror y chorrea sangre. Quizás haya que decir más. Decir que la historia de la humanidad ha mostrado siempre un equilibrio muy precario entre el bien y el mal. Acaso incluso la balanza se ha inclinado hacia el lado más oscuro. No sólo el hombre es el lobo del hombre; es el enemigo de su hábitat, de la armonía natural que lo rodea. Infecta sus ríos y sus mares, contamina el aire, castiga la tierra.

En medio de la cósmica serenidad de los paisajes de Tomás Sánchez, uno imagino también su reverso: un gran lago negro, subterráneo, como los que se forman en el interior de las cavernas o bajo las montañas. Negro a causa de la oscuridad, y porque el líquido que lo llena proviene de estratos enormemente profundos, de las entrañas mismas de la tierra. Y ese lago, océano, ilimitada superficie oscura, es capaz de engullírselo todo. Por eso reina esa calma tensa del momento antes de la tormenta. El mar negro no tiene la menor prisa. Guarda la victoria entre las manos. Se sabe con el poder de tragarse la luz como lo hacen los agujeros negros en el espacio.

Cuando se regresa de esta aterradora visión, los lienzos de Tomás Sánchez son como un oasis __realidad o espejismo—donde el viajero se detiene anhelante a descansar, para proseguir luego el camino, con una sed mucho mayor: sed insaciable de infinito.

Diario Las Américas, 29 de noviembre de 2001

Anuncios

Una respuesta a De mis archivos

  1. lydia rubio dijo:

    Uva, que bello texto sobre Tomas, felicidades, Lydia

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s