La buena muerte

Publicado en Diario Las Américas 10-4-2001

Doña Uva, a los 80 años

Mi madre siempre fue miedosa. Le temía al dolor, las serpientes, los ladrones, la oscuridad, los peligros a sus hijas y la soledad. Sobretodo, le asustaba la muerte. Su inmenso amor a la vida, ese joie de vivre que fue su signo, la ayudó a superar sus temores. Al final, afrentó la muerte con serenidad y valentía.

A no ser para dar a luz a sus tres hijas, nunca estuvo internada en un hospital hasta los 73 años cuando sufrió un infarto en mayo de 1987. Durante los próximos 45 días en el Mercy Hospital –más de la mitad en cuidados intensivos– una tarde de domingo su muerte parecía inminente. Se despidió de los miembros de la familia y de su médico con palabras de gratitud y amor. Todos llorábamos. Al momento, con su increíble sentido del humor, abrió los ojos y preguntó: “¿Qué pasa que no me muero? He hecho el ridículo.” Fue el principio de una larga pero milagrosa recuperación.

En la próxima década confrontó problemas de salud –cáncer de la mama, fractura de una cadera, infecciones renales – pero todos los superó gracias a Dios, al cuidado de sus médicos, los adelantos de la ciencia, y su tenaz voluntad de vivir. En el verano de 1997, los problemas circulatorios que sufría en las piernas a causa de la limitada fuerza de su corazón se agudizaron. Muy pronto comprendí que se acercaba el final. Aunque no lo hablábamos, también debieron darse cuenta los familiares y amigos, porque todos colaboraron a cuidarla, animarla, mimarla. Incluso los que viven fuera de Miami vinieron, en ocasiones más de una vez, desde distantes ciudades. Muchos sabían calladamente que era la despedida. Nunca les agradeceré bastante cuanto hicieron por ella, ni a Dios las fuerzas que me dio en esos meses.

Dos difíciles decisiones tuvimos que hacer mis hermanas y yo durante su enfermedad. La primera, autorizar que le amputaran una pierna. Sobrevivió la operación, y colaboró cuanto pudo con los terapeutas para recuperarse. La recuerdo durante esos días con un sweater de terciopelo azul vitral que le regalé. Ya se animaba a maquillarse. Lucía preciosa y triste. Al mes hubo que trasladarla a un “home” del mismo hospital, donde los cuidados no eran de la misma calidad. Pedí permiso para llevármela a casa. Un viernes por la noche me despedí de ella asegurándole que el lunes regresaríamos al hogar. La esperaba en su habitación un cómodo butacón de cuero blanco que acababa de comprarle.

Temprano la mañana siguiente me llamaron que tenía fiebre y la llevaban para el hospital. Se trataba de una infección. A los pocos días, su medico y los especialistas consultados coincidieron en que su organismo no poseía las fuerzas para combatirla, que no había más nada que podían hacer. Mi madre lo sabía también. Aprovechó un momento que estábamos solas para despedirse de mí. Me dijo que sus tres hijas habíamos sido su mayor bendición, me agradeció que hubiera compartido mi hogar con Carlos y ella durante sus últimos años, me pidió que no me sintiera culpable por cualquier desavenencia que hubiéramos tenido, naturales cuando las personas viven juntas, me pidió fervorosamente que mantuviera la familia unida, y me prometió con autoridad de madre que en la vida me aguardaban aún grandes éxitos y alegrías. No lloré. Sabía que esta despedida era definitiva, y quería escuchar y retener para siempre cada una de sus palabras. Las próximas me sorprendieron: “Ya no tengo tantas amigas… creo que no deben gastarse en la capilla grande de la funeraria.” Recurrí al usted que pone distancia para que no me temblara la voz al contestarle: “Pero usted es una Reina y merece lo mejor.” Y entonces, entre pragmática y vanidosa, me aconsejó con toda naturalidad: “Bueno, mira a ver si no cuesta mucho más”.

Dos días antes de que muriera, mis hermanas y yo recordamos con ella momentos de su infancia, su vida, nuestra niñez. Rezamos juntas. Incluso cantamos. A veces, a propósito, yo equivocaba alguna historia de familia, y ella me rectificaba: “No, eso no lo dijo mi hermano Alfonso, fue Alberto…” Estaba plenamente consciente. Llevaba días sin alimentarse
y pidió un helado de vainilla. Como demoraban en traerlo, lo robamos de un refrigerador en otro piso. Lo comió con gusto.

Ya habíamos tomado la segunda difícil decisión de no intentar prolongar su vida y llevarla al auspicio. Empezamos a dudar si era necesario. Pero se trataba de la falsa mejoría de la muerte. Unas horas más tarde comenzó a empeorar. Tosía incesantemente. Invocaba a la muerte. Le reprochaba que no viniera a buscársela. Hasta anunció la hora exacta de su fallecimiento y se enojó cuando vio que se equivocaba. Bromeamos con ella. “Eres tan dominante que quieres hasta decidir la hora de morirte. Uno se muere cuando puede, no cuando quiere.” Por fin la morfina la calmó y la llevamos al auspicio. Nos dijeron que seria un proceso de ocho o diez días. Nos dispusimos a esperar la muerte. No tardaría ni 24 horas. Al parecer, había escuchado sus ruegos.

Mi madre parecía un Cristo. El rostro afilado, amarillento, inexpresivo. La mirada vidriosa y perdida de los moribundos. Yacía bañada, perfumada, entre las sábanas blancas tersamente tendidas. Frente a ella, unas bellísimas flores que acabábamos de traerle, y tras la amplia ventana, un mar tranquilo y un cielo azul. La mañana había sido de visitas y llamadas. El sacerdote había venido y habíamos rezado. De pronto, todos se fueron – algunos a almorzar, otros a fumar un cigarro – y me quedé a solas con ella. Me recliné en un butacón a su lado, le tome la mano y me quede medio dormida. Me di cuenta, sin embargo, que el ritmo de su respiración cambiaba y supe, no sé cómo ni por qué, que había llegado el momento. Me puse a hablarle. Le pedí que no tuviera miedo, que ella había sido muy buena, que existía un Dios justo y comprensivo que la acogería… que la esperaban sus padres, sus hermanos, sus dos esposos, como a Doña Flor… (el humor siempre aliviando los momentos tensos…) Sin duda me escuchaba porque las lágrimas rodaban por su rostro, aun sin expresión…le pedí perdón si alguna vez la había herido, y frunció el entrecejo en señal de desacuerdo…

Entonces suspiró profundamente – ese largo suspiro de la muerte—y dejó caer el rostro sobre el pecho. Había fallecido. Al instante entraron mis hermanas y por unos 30 segundos, a sabiendas de lo importancia del momento, regresó a la vida. “Madre, siempre dices que te he ayudado mucho en la vida. Déjame ahora ayudarte a morir. No tengas miedo. Mira, estas rodeadas de cosas hermosas, de gente que te quiere, te vas de mi mano…” Mi madre entonces abrió los ojos. Su rostro fue de nuevo su rostro. Fijó su mirada en algo más allá de nosotras, de las flores, del mar…Nunca olvidare su expresión, mezcla de asombro infinito y de paz. Y entonces, libre del miedo que siempre tuvo a la muerte, se entregó a ella.

El 3 de octubre se cumplirá el cuarto aniversario de su fallecimiento. En esa ocasión, escribí sobre su vida. Nunca, hasta ahora, había podido hacerlo sobre su muerte. Lo he hecho pensando en los tantos niños huérfanos por la tragedia del 11 de septiembre que no tuvieron tiempo para despedirse de sus madres y padres, muchos de ellos trágicamente desaparecidos en la plenitud de sus vidas, consciente de la bendición que ha sido haber tenido una gran madre, que disfrutó de una vida buena y una buena muerte.

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El barquito chiquitico

Hace dos años mi hija mayor, Uvi Clavijo Delgado, maestra desde hace ya más de 15 años, comenzó a enseñar español a niños de segundo grado, como parte de un programa bilingüe (Dual Language Program) en Indian Trace Elementary School en Weston. Lo disfruta muchísimo y confiesa que también la ha ayudado a mejorar y ampliar sus conocimientos de la lengua de Cervantes.

Maestras de Segundo Grado de Indian Trace Elementary (Uvi es la segunda en la fila de atrás, de izquierda a derecha)

El pasado lunes, cuando después de una semana sin clases debido al huracán Irma, las escuelas reabrieron, Uvi sabía que sus estudiantes estarían inquietos y tendría que regresar a la rutina diaria poco a poco. A mediodía me mandó un video de YouTube con este comentario “Mira el tesoro que he encontrado para mis niños.” Al abrirlo vi un gracioso barquito moviéndose trabajosamente entre las olas

Ell barquito chiquitico

y escuché:

El barquito chiquitito
Canción infantil

Había una vez un barquito chiquito,
Había una vez un barquito chiquito,
Que no podía, que no podía,
Que no podía navegar.

Pasaron una, dos, tres, cuarto, cinco, seis, semanas;
Pasaron una, dos, tres, cuarto, cinco, seis semanas;
Y aquel barquito, y aquel barquito,
Y aquel barquito navegó.

Me emocioné. Le contesté a mi hija que mi abuela me había enseñado esa canción y le pregunté si ella recordaba que yo se la cantaba a ella y a su hermana, y luego a mis nietos cuando pequeños. Incluso me refiero a la canción infantil en mi novela “Memoria del silencio”.

La respuesta de Uvi fue inmediata. “Claro que me acuerdo. Por eso la busqué para mis estudiantes.”

En medio de las angustias de estos días debido a Irma y a tantos desastres naturales que han dañado a mi Cuba, y a lugares que amo y donde viven amigos muy queridos, especialmente México y Puerto Rico, la canción infantil que escuché una y otra vez, me regresó a la protección de Mama Lila, la abuela querida que me inculcó el amor a la poesía y me enseñó con su ejemplo cómo ser abuela. No la ví más desde que me fui de Cuba a los quince años. Es un consuelo saber que he podido transmitir su herencia.

Mama Lila con su nieto Ernesto Hernández-Catá y conmigo, Ginebra, 1950

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Réquiem por el Dr. Horacio Aguirre

Publicado en El Nuevo Herald 9-20-2017

“como se viene la muerte
tan callando”

Jorge Manrique, “Coplas a la muerte
de su padre”

Dr. Horacio Aguirre
1925-2017

Falleció el 8 de septiembre en esta ciudad de Miami, el Dr. Horacio Aguirre, fundador y director por muchos años de “Diario Las Américas”. Los periódicos dieron la noticia y sus datos biográficos, pero en medio del desastre del huracán Irma su defunción no tuvo la resonancia que merece. Según Octavio Paz las personas suelen morir como han vivido. Así lo hizo Don Horacio. Hombre de profunda fe religiosa, estaba preparado espiritualmente, y se nos fue a los 92 años, “tan callando”, con la discreción que lo caracterizó en vida.

Aguirre fue un precursor y pilar de la prensa en español de Estados Unidos, un miembro clave en la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), una presencia serena y conciliadora en un Miami a menudo convulso y herido. No puede escribirse la historia del exilio cubano, ni de las comunidades en Miami de Nicaragua, Venezuela y otros pueblos de “Nuestra América”, sin consultar los archivos de “Diario Las Américas”. Desde los primeros años del destierro, en sus páginas escribieron cubanos de varias generaciones y tendencias políticas: de un Rafael Guas Inclán a un Carlos Márquez Sterling; de un José Ignacio Rivero a un Guillermo Martínez Márquez; de un Humberto Medrano a una Anita Arroyo. Brillaron las plumas de los José Ignacio Rasco, las Josefina Inclán, las Hilda Perera. Los que llegaron años después también fueron acogidos, como Luis de la Paz, Ricardo Bofill y Álvaro Alba. La lista sería interminable. En su redacción se destacaron, de forma distinta, Ariel Remos, Luis Mario, Guillermo Cabrera Leyva, Humberto Castelló, entre otros. Compartieron responsabilidades con él, sus hijos Alejandro, Helen, y Carmen María.

En cuanto a mí, lo digo con orgullo y gratitud: “Diario Las Américas” me dio la oportunidad de comenzar la carrera periodística que desde niña soñaba y que nunca pude estudiar ni ejercer en mi Patria.

Todo acto político o cultural merecía una reseña en el “Diario”. En sus páginas pudimos ver reflejada nuestra identidad verdadera; no la que hablaba en inglés y se adaptaba para poder estudiar, trabajar, abrirse paso, sino la esencial e íntima, de donde veníamos y a donde queríamos regresar.

“Diario Las Américas” se fundó un 4 de julio, fecha en que se celebra la Independencia de Estados Unidos. Representó cabalmente los valores más elevados de la nación soñada por Jefferson, así como de las democracias modernas. No es de extrañar que la libertad de prensa haya sido su mayor obsesión. El periódico se ha mantenido latinoamericano en su idioma, su cultura, su estilo. Tradicional y moderno a la vez, fue con el Dr. Aguirre una empresa de familia en la que todos en la comunidad tuvimos voz. No era amigo de estridencias sensacionalistas, ni polémicas destructivas. Abierto a todas las ideas, mantuvo siempre una línea editorial conservadora, en el más noble sentido del vocablo.

El periódico en gran medida mostró las cualidades de su director. Aguirre a todos respetaba, y por todos era respetado. Fue una figura pública que sin embargo resguardaba su vida privada. Rara vez aparecían fotografías de sus hijos y nietos. La presencia de Don Horacio en el “Diario”, como en la comunidad, se imponía con suavidad, por el peso de su autoridad moral.

En su trato, en su forma de expresión, Horacio Aguirre combinaba el barroquismo latinoamericano con la brevedad de los sajones. No fue hombre de gestos ni palabras exuberantes. También supo sufrir en silencio. Su amistad, sus callados gestos de afecto, iban calando en el corazón de los que tuvimos el privilegio de tratarlo. La discreción, virtud rara, presidía sus actos. Nadie jamás le habrá escuchado un chisme. Su elegancia iba más allá del traje siempre recién planchado. La suya venía de adentro, del espíritu.

Incansable promotor de proyectos culturales como Florida Grand Opera, Miami Museum y muy en especial Pro Arte Grateli, fue un Quijote moderno, que pluma en ristre, luchó a favor de los valores morales, democráticos y culturales en que creía firmemente.

Recibió múltiples premios, pero me atrevo a asegurar que su mayor orgullo era la hermosa y digna familia que creó junto a su inseparable Helen. A todos sus miembros envío mi abrazo más sentido.

Mucho le debo en el orden personal. Siento que con él se me mueren de nuevo mis padres, de quien fue amigo entrañable. Su figura patriarcal no me protege ya. En las páginas de “Diario Las Américas” me hice periodista, y en este adiós adolorido, sólo puedo ofrecerle que seguiré como he hecho siempre, dando lo mejor de mí misma a mis columnas. Es el modesto tributo que puedo rendirle.

Este artículo también puede leerse en http://www.elnuevoherald.com/opinion-es/article173987981.html

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Harvey: Dolor y esperanza

Publicado en El Nuevo Herald 9-7- 201

La instructora de baile Charlee Rule, a la izquierda, organiza las donaciones de Harvey el lunes, 4 de septiembre de 2017, en su estudio iRule Dance, que alberga a unos 50 voluntarios en Beaumont, Texas. Jay Reeves – AP

El huracán Harvey ha sido para Estados Unidos una catástrofe sin precedentes en toda su historia. Houston se considera la ciudad más afectada, con lluvias de proporciones bíblicas. Las inundaciones han cobrado vidas y destruido o dañado miles y miles de hogares. El número de vehículos declarados pérdida total alcanza la cifra de medio millón. Hombres, mujeres y niños de todas las edades, razas, y clases sociales han sido afectados. Hemos visto a familias enteras sobre el techo de sus casas pidiendo con desesperación que los rescaten; a residentes en hogares de ancianos con el agua por la cintura; a bebitos prematuros ser evacuados de hospitales donde no había las condiciones para tratarlos. Quien haya observado esas imágenes en televisión o internet, no podrá evitar que se le oprima el corazón.

Contemplamos también a muchos que en los peores momentos se crecieron, como policías, bomberos, guardias y voluntarios que rescataron a riesgo de sus propias vidas a los que quedaron atrapados en sus casas o automóviles. Si los lamentables eventos de violencia racista en Charlottesville hicieron pensar que el altruismo y la solidaridad humana que caracterizaban a las comunidades de Estados Unidos habían desaparecido, la ayuda que prestaron a sus vecinos los ciudadanos de Houston y otras zonas de Texas, sin importar la raza o status migratorio, renueva la fe en que este noble pueblo no ha perdido sus virtudes esenciales. La ayuda de muchos otros estados también fue inmediata.

Por el momento la reacción del gobierno federal ha sido adecuada; pero se pondrá realmente a prueba en las próximas semanas, cuando comiencen las deliberaciones sobre un presupuesto de miles de millones de dólares para la reconstrucción de las zonas afectadas. La disyuntiva entre la aprobación de fondos para Texas, o para la construcción del muro en la frontera de México, llevará al Presidente y al poder legislativo a enfrentar una realidad distinta a la de antes del desastre de Harvey.

El presidente Trump y la Primera Dama han visitado Texas en dos ocasiones. Algunos señalan que en su primer viaje en vez de compadecerse por el sufrimiento de sus compatriotas tejanos, Trump mostró alegremente su satisfacción por el número de los que fueron a recibirlo al aeropuerto, tal como si tratara de un acto político. No consideran sincera su empatía, incluso cuando repartía botellas de agua y platos de comida. Otros, por el contrario, aplauden su comportamiento.

En medio de este desastre, al momento de escribir esta columna se esperaba que en cualquier momento el Presidente anunciara el cese dentro de seis meses de DACA, el programa que protege a más de 800,000 jóvenes que vinieron como niños indocumentados a Estados Unidos. Un número considerable vive en Houston, al igual que hay más de medio millón de hispanos indocumentados en el estado de Texas. Muchos de ellos construyeron las casas hoy dañadas, y son necesarios para el trabajo de reconstrucción, pues representan un 8.5% de la fuerza laboral. Aparte de lo que ya han ayudado desinteresadamente con las labores de rescate. Hoy, sin embargo, están en peligro de ser deportados, a no ser que el Congreso intervenga a su favor.

No podemos dejar de pensar en el sufrimiento de los afectados por Harvey. En los primeros días, todos los que fueron rescatados se sintieron felices de estar vivos. Se resignaron a las condiciones en el albergue que los acogía. Agradecieron un plato caliente, pañales de bebé, botellas de agua, una manta. Pero las aguas van regresando a sus niveles y muchos han vuelto a una casa… destrozada. Se trata de mucho más que paredes, piso y techo. Son hogares donde han crecido los hijos, con fotografías de toda una vida. Libros amados. Diplomas de graduación. Recuerdos de un viaje feliz. A veces hasta las cenizas de un ser querido. ¿Cómo se empieza de nuevo una vida? Pues muchos tejanos ya lo han hecho con una determinación admirable. Para los indocumentados, sin embargo, el futuro es un gran signo de interrogación.

No solo se han perjudicado miles de familias. El daño a la infraestructura citadina es también extraordinario. El peligro de enfermedades por las aguas infectadas es inminente. Sin embargo, Houston se va poniendo de nuevo en pie, aunque haya augurios de que la recuperación total tardará años.

A nosotros, los que vivimos lejos, nos toca ayudar de la forma que podamos, ya sea con una contribución a la Cruz Roja, por modesta que sea, o con proyectos para colectar donaciones en aulas, iglesias o grupos comunitarios. Ya hemos visto a varios personas acaudaladas y célebres contribuir grandes sumas y organizar eventos de recaudación de fondos.

En estos momentos, otra tormenta se desplaza por el Atlántico. Nunca se sabe dónde puede tocar tierra, ni si nosotros seremos en algún momento las víctimas de un desastre natural. Lo importante es estar preparados, y saber que a pesar de todo, el país se une cuando en alguna parte sobreviene una catástrofe. En medio de tanto dolor, es una señal de esperanza.

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Revisión de la Historia

Publicado en El Nuevo Herald 8-21-2017

Cuando era niña llegué a Madrid con mi familia un 20 de mayo. Mi hermana Lucía y yo nos sorprendimos de que la fecha de la independencia de nuestra Patria no se estuviera celebrando. Cuando nos pusimos a gritar “¡Viva Cuba Libre!” en el balcón del hotel, mi padre nos atajó y explicó cómo la victoria de Cuba había sido una derrota para España. Además, días después nos mostró una estatua del General Valeriano Weyler, el hombre más odiado por los cubanos, y un héroe para los españoles.

El General Valeriano Weyler

La lección me sirvió para toda la vida. La historia tiene distintas interpretaciones según quién la cuente. Con el paso de los años aprendí más: la historia no se trata de algo fijo. Se revisa. Incluso es obligación de las nuevas generaciones hacerlo, aportar puntos de vista menos parcializados y descubrir datos que pudieran haberse ocultado o perdido.

Hago estas reflexiones con motivo del movimiento para eliminar en Estados Unidos las estatuas del General Robert E. Lee, y otros símbolos de los confederados, como su bandera. Hay que recordar que lucharon en la Guerra Civil en contra de la autoridad del gobierno Federal y a favor de mantener en el Sur un estilo de vida y ganancias económicas sostenidas por el trabajo y el abuso de los negros. (Utilizo ese vocablo porque así –y con epítetos mucho peores– se referían a los afroamericanos entonces.)

Estatua del General Robert E. Lee en Charlottsville, Virginia, recientemente objeto de disturbios, y finalmente removida

Esta postura no debe extrañar. En España, a solo poco más de cuarenta años de la muerte del dictador Francisco Franco en 1975, las estatuas del Caudillo y la mayoría de la parafernalia simbólica del franquismo han desaparecido. Es más, la Ley de Memoria Histórica de 2007, establece la retirada de estos símbolos de lugares públicos. Tampoco en Alemania e Italia permanecen en parques y plazas las estatuas de Adolfo Hitler o de Benito Mussolini. Ni en Moscú se alza ya Stalin majestuosamente tiránico sobre los moscovitas. No hace tanto vimos a los iraquíes derribando la estatua de Sadam Hussein.

ültima estatua del General Francisco Franco en España, retirada de Santander en 2008

No estoy comparando al General Robert E. Lee con estos terribles dictadores. Lee fue un destacado militar que creía, como muchos en su época, que el derecho de tener esclavos provenía de Dios. En realidad, no parece que hubiera conocido los aspectos más crueles de la esclavitud, pues vivió mucho tiempo en el norte de Estados Unidos. Incluso, al terminar la guerra, se opuso a que se construyeran monumentos a los confederados, alegando que retrasaría la reconciliación necesaria. Pero en lo que se asemejan los generales confederados y sus banderas a otras tiranías de la historia, es que sus posturas ideológicas costaron millares de vidas. Las glorias que buscaban causaron profundos sufrimientos, llanto y sangre a los afroamericanos de entonces. De ahí que vale más dejar en museos y libros de historia los símbolos de aquella tragedia, y no hacer despliegue público de imágenes dolorosas y ofensivas a los descendientes de quienes la sufrieron. ¿Querrían los cubanos una estatua del General Weyler en La Habana o Miami? ¿Verían con agrado la mayoría de los venezolanos un monumento a Juan Vicente Gómez o Marcos Pérez Jiménez?

Marcha en Charlotsville de neofacistas y supremacistas blancos

Hay más. Algunas estatuas de confederados se levantaron a mediados del Siglo XX, como respuesta al movimiento pro Derechos Civiles. Su propósito no era histórico, sino expresar hostilidad ante una corriente que aspiraba a conquistar derechos civiles que aún se les negaban a los afroamericanos casi dos siglos después de la Guerra Civil. La simbología de los confederados ha sido siempre una banderilla clavada por neofascistas y supremacistas blancos en el corazón de la sociedad afroamericana. Debe, por el contrario, prevalecer una revisión de la historia que alimente la memoria colectiva con una perspectiva de justicia y verdad.

La esclavitud fue fuente de grandes sufrimientos y pérdidas de vidas

Aunque se eliminen las estatuas, no acabarán ni el racismo ni los prejuicios. Tampoco los disturbios causados por los que creen superior a la raza blanca. y expresan su rencor contra los afroamericanos, judíos e hispanos. Debería ser el Presidente Donald Trump quien tomara el liderazgo con una llamada a la cordura y la unidad nacional. No ha sido así. Queda, pues. en manos de todos los demás – políticos, instituciones, empresas, ciudadanos—predicar juntos a favor de los antídotos necesarios: el respeto a la ley y la diversidad. Y una virtud más difícil de definir, pero muy eficaz: el amor. La reciente marcha en Boston ha sido una buena señal de que existen valores suficientes en Estados Unidos para contrarrestar las voces del odio.

Miles marchan en Boston el 19 de agosto en contra del racismo y el odio y a favor de la unidad nacional

Este artículo también puede leerse en http://www.elnuevoherald.com/opinion-es/article168440517.html

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La graduación de Cristian

Publicado en El Nuevo Herald 8-9-2017

Cristian regresa a su asiento después de recibir su diploma de UF

El pasado sábado 5 de agosto, toda la familia asistimos a la graduación de mi nieto Cristian García Clavijo de la Universidad de la Florida (UF), una de las mejores universidades públicas del país, donde también forma parte del equipo de fútbol. No puedo describir la emoción que sentimos – creo que hablo también por sus padres, abuelo, tía y primos– cuando escuchamos su nombre y lo vimos desfilar con su toga y birrete. Es el primer nieto que se gradúa de la universidad, pero tenemos muchas otras razones para sentirnos orgullosos de Cristian.

Cuando tenía 9 años comenzó a jugar fútbol en la liga de Tamiami Park. En una de las prácticas el coach les dijo a un gran grupo de niños, que con suerte dos o tres jugarían ese deporte en la secundaria; y que con mucha suerte, tal vez uno de ellos lo haría en “college”. Para sus adentros, mi nieto se dijo a sí mismo: “Ése voy a ser yo”.

Cristian (No. 51) con su hermano Nikulas y sus primos Brandon y Zack Schabell el primer día que se puso un uniforme de fútbol en 2003

Tiempo después lo llevé con su hermano Nikulas a una exposición de pintura en el colegio Belén, y me comentó que siempre había querido ir a esa escuela. Sorprendida, le pregunté que si tenía amigos allí. “Ninguno, abuela, pero sé que si voy a Belén podré asistir a una buena universidad”.

Cristian y su hermano Nikulas el primer día de clase en Belen Jesuit Preparatory School, Agosto, 2008

Dos años más tarde, su hermano y él comenzaron a estudiar en el prestigioso colegio de la Compañía de Jesús. Allí obtuvieron una magnífica educación académica, y adquirieron solidos principios, religiosos, morales y espirituales. También hicieron buenos amigos. Cristian, además, jugó en el equipo de fútbol y recibió sabios consejos de sus entrenadores.

Cristian durante uno de los juegos dee fútbol en Belén

No siempre fue fácil. A veces su madre tenía que dejarlo en el colegio dos horas antes de que empezaran las prácticas. A menudo regresaba caminando las 5 millas que lo separaban de su casa. Por suerte, uno de los “coachs” se dio cuenta, y se ofreció a llevarlo. Mi nieto no es perfecto. Su entusiasmo por el deporte hizo que descuidara sus estudios. No se graduó con altas calificaciones y las grandes ofertas que esperaba de las universidades nunca llegaron. Aceptó una beca de cuatro años en Malone University, en Ohio, que tiene un equipo de fútbol de División II. Después de un semestre muy infeliz en Malone, logró una oferta de Florida Technical College para el semestre siguiente. Pero en el otoño comprendió que la beca no era como le habían prometido, y hubiera tenido que pedir un gran préstamo.

Sin decírselo a nadie, con solo 19 años, vendió todo lo que tenía, hizo los trámites necesarios, y se fue en su camioncito a Santa Fe College en Gainesville. Por un año estuvo sin jugar. Se ofreció de voluntario para hacer los videos de los Gators, el equipo de fútbol de División I, de la Universidad de la Florida. Fue conociendo a entrenadores y jugadores. Se pegó a los libros. Logró que UF lo admitiera como estudiante. Al comenzar las prácticas fue a ver al “coach” para que le dieran una oportunidad. Por dos días seguidos esperó tres horas en la antesala de su oficina. Al tercer día lo mandaron a que fuera para el salón de entrenamiento.

Las virtudes de Cristian en el fútbol no están en su agilidad física, sino mental. Y en su determinación y disciplina. Aunque la primera temporada apenas jugó, practicaba, hacía pesas y estudiaba las jugadas del equipo.. Por fin le dieron una oportunidad. Lo hizo bien. Y cada vez mejor. Tanto, que le ofrecieron una beca para empezar su maestría dentro de unas semanas y jugar otra temporada con los Gators.

En uno de los juegos de los Gators

No sólo en los estudios y los deportes se distinguió. El verano pasado salvó a una muchacha que estaban violando en el callejón al fondo del restorán donde trabajaba. Vio lo que estaba ocurriendo cuando salió a botar la basura. No vaciló en enfrentarse al violador que trató de pegarle pero pronto salió huyendo con un grupo de compinches que observaban el asalto sexual escondidos tras el contenedor de basura. Apresaron al hombre, que era buscado por otros casos, y hoy cumple prisión.. Cristian estaba indignado de que a la víctima, una muchacha de 19 años, la hubieran dejado sola en un bar. Su buena acción le llevó a una fama que alcanzó nivel nacional, pero mi nieto no se consideraba un héroe y le huía a la prensa, Hasta que se dio cuenta que era una oportunidad para influir a otros estudiantes universitarios y crear conciencia de cómo evitar crímenes de esa naturaleza en los recintos. Le pidieron que filmara un anuncio de servicio público en Nueva York. Lo invitaron a la Casa Blanca. El Vicepresidente Joe Biden le entregó una medalla por su coraje. Cristian piensa que no fue valor lo que lo hizo actuar aquella madrugada, sino su compás moral.

El Vice Presidente Joe Biden le entreegó una medalla a Cristian por su coraje

Creo que no solo su familia, sino sus maestros, entrenadores y esta ciudad de Miami donde nació y creció, tenemos sobradas razones para sentirnos orgullosos de Cristian García Clavijo.

¡Felicidades, nieto querido!

Cristian y su orgullosa abuela

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Frida Kahlo: mito y realidad

Publicado en El Nuevo Herald 7-26-2017

Uno de los famosos autoretratos de Firda Kahlo, 1940

El pasado 6 de julio se conmemoraron 110 años del nacimiento de la famosa pintora mexicana Frida Kahlo. Las celebraciones han sido múltiples. Por ejemplo, aquí en la Florida, el Museo Salvador Dalí la honró con una exhibición de más de 60 piezas, incluyendo entre ellas 15 pinturas, dibujos, fotografías y otros objetos. Similares homenajes han tenido lugar o se llevarán a cabo este año en museos de Italia, Brasil, México y un número de ciudades de Estados Unidos. Quizás, sin embargo, ninguna exposición haya sido tan original como la organizada recientemente por el Museo de Dallas, Texas. A los visitantes se les pidió que fueran con una indumentaria al estilo de Frida. Acudieron mujeres de todas las edades con faldas largas, mantón en los hombros, flores en la cabeza, joyería recargada e incluso una sola ceja muy negra atravesándoles la frente.

El pintor Diego Rivera y Frida Kahlo sostuvieron una tormentosa relación

Confieso mi ambivalencia hacia Frida Kahlo. Admiro su talante feminista y su talento artístico. Siento pena por los dolores físicos que sufrió. Me da lo mismo que haya sido comunista y mantenido relaciones lésbicas. Me disgusta, sin embargo, su tormentoso matrimonio con Diego Rivera, las múltiples infidelidades de ambos, incluso una relación de Diego con Cristina, la hermana menor de Frida, que ella sin embargo logró perdonar; y un affair de Frida con Trotsky, quien se hospedó con Rivera y Kahlo en la famosa Casa Azul. Había algo de morbo en esta pareja de pintores que se admiraban, amaban, odiaban y celaban de modo enfermizo.

Frida Kahlo en el autoretrato en que dramatiza los males de su columna vertebral

Quizás lo que más me hace desconfiar de Frida es no poder distinguir entre la mujer real y el personaje que ella misma creó. La gran parte de su obra, y sin duda la más famosa, está basada en sí misma, como su soledad en la niñez y sus terribles dolores tras sufrir poliomielitis, un terrible accidente y dos abortos. La mayoría de sus biografías comentan sobre una fractura de la columna vertebral que se le atribuye haber sufrido, y que ella pintaba en sus cuadros. Las investigaciones más recientes apuntan a que dicha fractura nunca tuvo lugar, y que en realidad la pintora padecía de escoliosis. Tampoco su niñez fue tan amarga, pues siempre mantuvo una relación muy estrecha con su padre, que la ayudo en su rehabilitación después de haber enfermado de poliomielitis.

Foto de juventud de Frida Kahlo tomada por su padre Guillermo Kahlo

No todo fue dolor en la vida de Frida. Durante su juventud perteneció a un grupo de alumnos llamados Los Cachuchas, por las gorras que usaban, y al que pertenecían principalmente hombres que de adultos sobresalieron en la vida intelectual o profesional de México. Eran rebeldes, críticos de la autoridad y las injusticias, y a favor de reformas en el sistema escolar. También se divertían y gastaban grandes bromas en la Escuela Nacional Preparatoria de Ciudad México, prestigiosa institución educativa a la que asistían. Frida fue una de las primeras mujeres en ser admitida.

Frida con el grupo de estudiantes Las Cachuchas, entre ellos
Alejandro Gómez Arias, su primer novio

Quizás una anécdota que demuestre la creación del mito de sí misma que la pintora fue construyendo, es la ocasión en que llegó a una de sus exhibiciones en una cama de hospital. Después del asombro y las muestras de pena de todos, se levantó, bebió, se divirtió y hasta bailó.

Sin duda fue una mujer transgresora de un sinnúmero de normas y convenciones, con mucha más fuerza y energía de la que deja ver en el mito de sí misma, que con su forma de vestir y arreglarse –inspirada principalmente en el folclore mexicano– fue creando a lo largo de su vida y obra. Además, contribuyó a crear su iconografía con las fotografías que le hiciera el estadounidense Nicholas Murray.

Frida Kahlo, 1944


Alcanzó elogios y fama en vida; pero fue en los años 70, casi dos décadas después de su muerte en 1954, que se convirtió en un ícono pop. La imagen de su rostro aparece en una gran variedad de artículos como afiches, camisetas, bolsos, postales, joyas, delantales, y un largo etcétera. Un dato curioso: la iconización de la pintora no surge en su país natal, sino en Estados Unidos, impulsada por los inmigrantes mexicanos que veían en ella una conexión con sus raíces. Después, los movimientos feministas se encargaron del resto.

Camiseta con el rostro de Frida Kahlo, hoy en día un ícono de la cultura universal

Admiro a Frida Kahlo por su talento como pintora que la hace merecedora de la fama mundial que ha adquirido, pero rechazo sus excentricidades y el mito que ella misma ayudó a crear. La impostura, a mi juicio, disminuye uno de los elementos que más admiro en el arte: la autenticidad.

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