Miguel Hernández y la luz

Publicado en El Nuevo Herald 4-5-2017

Miguel Hernández lee sus poemas

El pasado 28 de marzo se cumplieron 75 años de la muerte del poeta español Miguel Hernández en la cárcel de Alicante, condenado a treinta años por el régimen franquista. En uno de sus poemas había escrito, “Cantando espero a la muerte, que hay ruiseñores que cantan encima de los fusiles y en medio de las batallas”. En el mundo en que vivimos, donde la violencia acecha en cada esquina y las guerras tienen mil rostros distintos, sus versos cobran especial relevancia

Miguel Hernández fue pastor de ovejas, autodidacta, lector incansable de los poetas del Siglo de Oro, redactor de un diccionario taurino, dramaturgo, periodista, soldado republicano, comunista, fugitivo, preso político, condenado a muerte, esposo amante, padre, y sobre todo, poeta. Pese a su breve vida de 31 años, dejó una obra considerable, donde se distinguen dos vertientes: la del poeta de la guerra, la denuncia y la esperanza de un futuro mejor para España; y la del ser humano sensible hasta el temblor, hombre enamorado, padre que sufre la muerte de su primer hijo y el hambre del segundo.

En ocasiones ambas temáticas, inevitablemente, se unen, como en la “Canción del esposo soldado”, en que después de asegurarle a su mujer embarazada que la quiere “cercado por las balas/ ansiado por el plomo. Sobre los ataúdes feroces en acecho, sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa”, se atreve a soñar que “para el hijo será la paz que estoy forjando.”

Lloró muchas muertes y siempre sintió cerca la propia, como se transparenta en su “Elegía primera” ante el asesinato del poeta y amigo: “Rodea mi garganta tu agonía/como un hierro de horca/ y pruebo una bebida funeraria./Tú sabes, Federico García Lorca,/ que soy de los que gozan una muerte diaria.”

Le cantó a Rusia, porque a menos de 20 años de la revolución bolchevique el comunismo fue una utopía que engaño a muchos hombres buenos como él: “Los chozas se convierten en casas de granito./El corazón se queda desnudo entre verdades./ Y como una visión real de lo inaudito,/brotan sobre la nada bandadas de ciudades.”

Pero son su tierra y sus compatriotas los que más le duelen y a quienes exalta: “Despierta, toro: esgrime, desencadena, víbrate. /Levanta, toro; truena, toro, abalánzate. Atorbellínate, toro, revuélvete. /Sálvate, denso toro de emoción y de España. /Sálvate.”

La tragedia personal se inmortaliza en poesía. Cuando la esposa le escribe el hijo y ella cuentan solo con pan y cebolla para alimentarse, escribe su inmortal “Nanas de la cebolla”. Al niño “en la cuna del hambre”, le pide “Alondra de mi casa,/ríete mucho. Es tu risa en los ojos/la luz del mundo.”

Dicen que cuando murió, enfermo de tisis, no pudieron cerrarle los ojos a Miguel Hernández. Leyenda o realidad, es una metáfora acertada para un poeta que desde la prisión escribió sobre papel higiénico cuentos infantiles a su hijo. En tiempos oscuros, buscó siempre la luz. En tiempos de guerra, cantó sobre el horror. En tiempos de muerte, lloró hacia dentro, y allí, siempre, encontró el amor, la risa de su hijo, las raíces de su tierra, y la luz, real o imaginada, que llevaba consigo.

Pablo Neruda la sabía y lo expresó así; “No tenía Miguel la luz cenital del Sur como los poetas rectilíneos de Andalucía sino la luz de tierra, de mañana pedregosa, luz espesa de panal despertado. Con esta materia dura como el oro, viva como la sangre, trazó su poesía duradera.” Al poeta chileno le dolía que en su momento España lo haya desterrado a la sombra, y pidió: “¡Darle la luz! ¡Dársela a golpes de recuerdo, a paletadas de claridad que lo revelen, arcángel de una gloria terrestre que cayó en la noche armado con la espada de la luz!”

Los vecinos de Orihuela rinden homenaje a Miguel Hernández con murales en todo el pueblo

Y eso mismo está haciendo España al cumplirse tres cuartos de siglo de la muerte del poeta. Se han descubierto textos inéditos; se han escrito varias biografías y estudios críticos. Se publican nuevas ediciones de sus cuadernos; se inauguran en todo el país exposiciones sobre su producción literaria y su trayectoria vital. Orihuela, donde nació, la ha dedicado el año, que comenzó en enero con paseos teatralizados. Quizás el mayor de los homenajes sea los murales con sus versos, y dibujos sobre su vida que adornan el modesto pueblo de Alicante. Museo al aire libre. “Una paletada de claridad”, como quería Neruda. Y de amor, el de su barrio, y el de la España, para la que escribió, luchó y supo morir.

La luz nunca queda a la sombra para siempre, ni siquiera en la muerte. Los ojos abiertos del poeta lo sabían.

Este artículo también puede leerse en http://www.elnuevoherald.com/opinion-es/article142432619.html

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Conferencia en la University of California, Chico

Uva de Aragón ante una audiencia principalmente de estudiantes en la Universidad de California, Chico

Recientemente fui invitada por la Univeridad de California en Chico a hablar sobre The Memory of Silenc/Memoria del silencio. El evento lo orgnizó la profesora Sara E. Cooper, editora de Cubanabooks y de la edición bilingue de mi novela, con la colaboración de los estudiantes del grupo ELACC y los internos de Cubanaboooks.

Fue muy grato compartir con muchas estudiantes que habían leído la novela y profesores que lo enseñaron. Ninguno era cubano y sin embargo se identificaron con la historia, me hicieron preguntas y comentarios inteligentes y profundos.

Uva de Aragón comparte con los estudiantes

Abajo está el enlace a la charla, en ingles. Luego la audiencia se dividió en grupos para discutir varios temas y me fui acercando a ellos para compartir. También firmé muchos libros y los chicos y chicas me contaron sus propias historias y los aspectos que más le conmovieron del libro. Algunos estaban ansiosos porque sus padres leyeran mi novela, porque pensaba que allí estaba también la historia de su familia.

Fue una experiencia inolvidable.

https://media.csuchico.edu/media/The+Memory+of+SilenceA+Immigrant+Experience+and+Identity/0_doo7oapg

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Cuando un amigo se va…

Publicado en El Nuevo Herald 21 de marzo de 2017

El Dr- Leonel A. de la Cuesta durante la presentación de su libro “Constituciones cubanas. De 1812 hasta nuestros días” FIU, 2007

Recuerdo claramente el día que lo conocí, a mediados de diciembre de 1973, en el Primer Congreso de Literatura Cubana en el Exilio, que tuvo lugar en la iglesia St. John the Divine en Nueva York. Era mi inicio en el mundo cultural y académico del destierro, la primera vez que conocía a personas de mi edad y un poco mayores, que compartían mis inquietudes e intereses.

Entre tantos rostros nuevos, muchos de los cuales luego se convirtieron en los de queridos amigos, se distinguía un joven de poco más de 30 de años, no muy alto, de cara redonda, cabellos rubios, ojos claros, simpatía criolla y una gran medalla en el pecho que ostentaba con orgullo. Luego supe que aquel pintoresco pinareño era el Dr. Leonel Antonio de la Cuesta, y que tenía ya cuatro títulos, Doctor en Derecho (Universidad de Villanueva) y Derecho Diplomático y Consular (Universidad de La Habana), Derecho Internacional y Constitucional (La Sorbonne) y un Ph.D. en Literatura y Lingüística de la Unversidad de Johns Hopkins. El galardón con cinta tricolor que lucía era de la Universidad de París.

No me acuerdo del tema de su ponencia en aquella jornada, pero sí la impresión que me hizo su forma de hablar. No en balde en La Habana había ganado concursos de oratoria.

Desde entonces a la fecha Leonel A de la Cuesta publicó 14 libros, y numerosos artículos en prestigiosas revistas. Desarrolló una carrera docente durante tres décadas. Dos de ellas fueron en Florida International University, donde fundó y dirigió el programa de formación de traductores e intérpretes.

Antes de ser colegas en FIU, nuestra amistad era ya entrañable. En una época me llamaba desde Bowling Green, Ohio, donde enseñaba, a mi casa en Maryland para aliviar la soledad con esas comunicaciones telefónicas, que entonces costaban dinero, pero en realidad no tenían precio.

Ya ambos residiendo en esta ciudad, era invitado fijo a todas las reuniones en mi casa, que animaba recitando con gracia tanto poemas afrocubanos a lo Luis Carbonell (“Los quince de Florita”, “Y tu abuela ¿aonde está?” ) como, en el más castizo acento, páginas del Siglo de Oro. Entremezclaba con los versos nombres de los anfitriones o los invitados con facilidad inusitada.

En mi familia todos lo queríamos, desde mi segundo padre, Carlos Márquez Sterling, a quien Leonel distinguía, y con quien charlaba por horas sobre derecho constitucional, hasta mis hijas, entonces jovencitas, a quienes les divertían sus declamaciones y porte histriónico.

Otras veces nos invitaba a su apartamento en Kendall. Le debo, entre muchas otras cosas, que me presentara en su casa a María Cristina Herrera, aunque en esos momentos pensábamos de formas distintas. Con el tiempo resultó no sólo gran amiga sino una mujer que admiré grandemente. También en las deliciosas tertulias de María Cristina disfruté a menudo compartir con Leonel.

Leonel de la Cuesta era un hombre erudito y sencillo; profundo y ligero; criollo y universal; maestro con curiosidad de alumno; actor de muchas máscaras que llevaba al desnudo el alma limpia, como de niño. Era intérprete no sólo de lenguas sino de la esencia misma de la vida. Amigo fiel, reclamaba de uno para servir causas que creía justas, nunca para sí mismo. Mi “hermano astral”, como él me recordaba siempre, pues compartíamos el signo de Cáncer, era, sobre todas las virtudes que lo adornaban y las carreras que ejerció, un buen cristiano y un excelente Maestro, así, con mayúscula.

Precisamente estaba en FIU cuando me enteré de su muerte el pasado 21 de febrero. Me sentí culpable, pues lo sabía enfermo y no lo había visto ni llamado en los últimos meses. Acudí al velorio a abrazar a su prima, la única familia que tenía. Tras la misa en la Iglesia de la Divina Providencia despidieron el duelo dos de sus alumnos, un joven y una muchacha, ambos con las voces entrecortadas por el llanto. Supe entonces que además de su obra escrita –que merecerá un largo comentario en otros momentos– Leonel A. de la Cuesta había sembrado muchas semillas en sus discípulos. No sólo enseñaba, sino que guiaba, aconsejaba. Dejaba huella. Quien fue su alumno jamás lo olvidará. Cientos de ellos se sienten hoy huérfanos sin su presencia tutelar.

A mí no deja de darme vueltas en la cabeza la famosa sevillana:
.
Cuando un amigo se va
queda un espacio vacío
que no lo puede llenar
la llegada de otro amigo.

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Cuba: Ni Obama ni Trump. la gran preocupacion son las papas

Reportaje en El Nuevo Herald

http://www.elnuevoherald.com/noticias/mundo/america-latina/cuba-es/article139008658.html

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Mis recuerdos del 13 de Marzo

Publicado en Diario las Américas el 7 de marzo de 2007

En septiembre 28 de 1956, mi madre se casó en segunda nupcias con Carlos Márquez Sterling. Fue una ceremonia sencilla, en nuestra misma casa, a donde él se mudó a vivir, con su hijo Manuel, de veintitantos años. Nuestro hogar, que con la enfermedad y muerte de mi padre, se había llenado de luto y sombras, cobró una nueva luz. Manuel invitaba a sus amigos, inventaba veladas para escuchar música o jugar croquet en el jardín. A menudo cenaban con nosotros importantes intelectuales y las sobremesas eran verdaderos tertulias en que se hablaba de todo lo humano y lo divino. También nosotras, las tres muchachitas, a la sazón de 14, 12 y 5 años, traíamos a la casa a nuestras amistades. Éramos una gran familia con un hogar lleno de personas interesantes a todas horas.

Pero había signos de presagios a nuestro alrededor. El 30 de noviembre se produjo el desembarco del Granma. La oposición a Batista aumentaba. Los sabotajes eran constantes. Carlos, especialmente, expresaba de continuo su preocupación por el rumbo que tomaba el país.

El 13 de marzo nos sorprendió a todos en distintos lugares. Nosotras estábamos en el Ruston, situado en el Biltmore, lejos del lugar de los hechos. Carlos se encontraba en su bufete, en la Calle Amargura; mi madre por las tiendas en la Calle Galiano. Manuel, que estaba pelándose en la Manzana de Gómez, fue el que estuvo más cerca y hasta escuchó los tiros. Pocas horas más tarde, todos en casa, comenzamos a tener más noticias y comprender la seriedad de los hechos.

Ataque al Palacio Presidencial el 13 de marzo de 1957

Después de la cena, Manuel insistió en ir a ver a su novia, hoy en día su mujer de hace casi cincuenta años, y se marchó, pese a las advertencias de su padre de que era una noche peligrosa en que no debía salir. Mucho más tarde, cuando ya todos en la casa estábamos acostado, se oyó el timbre de la puerta. Cada uno saltó de su cama y corrimos todos al piso inferior. Se perfilaban dos siluetas oscuras tras el grueso cristal. A las preguntas de mi padre, una voz masculina respondió que era la policía. Mi padre abrió el cristal, pero no así la reja. Uno de los policías le dijo a Carlos que debía acompañarlos a la estación.

Con la mayor serenidad, él preguntó si traían una orden de arresto. Le contestaron que no. –Entonces – dijo– no puedo acompañarlos porque es una noche peligrosa y no debo dejar a mi familia sola.
Mi madre, nosotras las muchachitas, y las sirvientas, todas en pijamas o batas de casa, descalzas algunas, con pantuflas otras, lo rodeamos.

El policía parecía desconcertado. Pregunto si podía pasar a llamar por teléfono.

No –le dijo Carlos con cordialidad y firmeza a la vez. – No puedo abrir la puerta y poner a mi familia en peligro. Deje aquí a su compañero y vaya usted enfrente que hay un teléfono público. El policía lo obedeció.

En ese momento llegó Manuel de ver a su novia. Lo encañonaron. Con los ojos muy grandes nos señalaba hacia un lado, pero no entendíamos lo qué trataba de decirnos. Carlos no abrió la reja aunque su hijo estaba del lado de afuera. Por fin regresó el policía y le dijo que podía quedarse. Se fueron.

Cuando por fin abrimos la puerta y Manuel entró nos dijo muy angustiado que a cierta distancia de la casa, donde desde la puerta no podíamos verlos, había dos carros de policías vestidos de civiles.

–Papá, venían a matarte.
–Bueno, pero no pasó nada. A dormir todo el mundo, dijo Carlos.

Carlos Marquez Sterling y mi madre salen a votar el 3 de enero de 1958. Atrás se ve la reja que no abrió para los policías de Batista

Cuando supimos la noticia del asesinato de Pelayo Cuervo esa noche y días después vimos la foto de su cadáver, que había sido tirado por la zona del Laguito, tomamos conciencia del peligro que habíamos corrido. Pelayo Cuervo era del partido Ortodoxo, al que también había pertenecido Carlos. El no había estado involucrado en el ataque a Palacio, pero nos convencimos que Manuel tenía razón. Si hubiera salido de la casa esa noche, la policía de Batista lo hubiera matado.No sé si el asesinato de Pelayo Cuervo fue orden directa de Batista, pero sin duda esa noche su gente salió a la calle en busca de cualquier sospechoso.

Velorio del politico ortodoxo José Pelayo Cuervo, asesinado por la policía de Batista en la madrugada del 13 al 14 de marzo de 1957

El politico y líder obrero Menelao Mora Morales murió en el ataque a Palacio

Muchas veces en la familia hemos recordado esa noche, pero nunca había escrito ese incidente. Lo hago hoy, 50 años después, porque creo que tiene un valor histórico y porque pienso en Amada, la hija de Menelao Mora, y en Lucy, la hermana de José Antonio Echevarría, y me compenetro con el dolor que sintieron ellas y los familiares de todos los que murieron ese día, y la pérdida que han sufrido por medio siglo.

El carismático líder estdiantil José Antonio Echevarría (centro, saco blanco) fue muerto a balazos minutos después del Ataque a Palacio

Esa noche también pude haber yo perdido a mi segundo padre, y la casa se hubiera llenado una vez más de luto y sombras.

Este artíulo está incluído en mi libro “El mundo y mi Cuba en el Diario” Holguín, Cuba: Ediciones Holguín, 2016, así como en la edición del mismo nombre de Eriginal Books https://www.amazon.com/El-mundo-Cuba-Diario-Spanish/dp/1613700911/ref=sr_1_1?ie=UTF8&qid=1489459969&sr=8-1&keywords=el+mundo+y+mi+cuba+en+el+diario

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Con mi dinero, no, señor Presidente

Publicado en El Nuevo Herald 3-8-2017

El discurso del Presidente Donald Trump al Congreso el pasado 28 de Febrero recibió merecidos elogios por el tono sereno que utilizó, y por adherirse casi en su totalidad al texto que le redactaron sus ayudantes para la ocasión. En el caso de cualquier primer mandatario estadounidense no hubiera sorprendido; pero en el del poco ortodoxo hombre de negocios, se trataba de un cambio significativo que hizo que muchos se sintieran esperanzados de que en lo adelante Trump se comportaría al fin como un Presidente. La ilusión duró poco. Al día siguiente comenzaron los escándalos sobre las conexiones con Rusia de miembros de su administración. Enfurecido, Trump denunció al Presidente Obama por haber estado espiando sus comunicaciones telefónicas cuando era candidato. El famoso discurso quedó en el olvido.

Es una vergüenza que el Presidente Trump, para distraernos de la realidad creando noticias falsas, haga acusaciones tan serias contra el Presidente Obama, sin datos que las sostengan. También es una pena que el vértigo en que vivimos entre las noticias reales y las inventadas, nos haya llevado a olvidar el contenido del reciente discurso presidencial. Pese a las buenas calificaciones que merezca por la forma en que habló, hay mucho en el contenido de sus palabras que alarma. Tomemos un solo aspecto. Trump desea aumentar el presupuesto del Departamento de Defensa en $54 mil millones (billones, en inglés) a costa de recortes en el Departamento de Estado, ayuda a otros países y rebajas en otras agencias civiles. Cree que es la forma en que no se perderán más guerras, y que Estados Unidos recobrará el respeto internacional que merece.

Se equivoca, Sr. Presidente. Nadie, en verdad, cuestiona el poderío militar estadounidense, que está en una categoría única, superior a la de todos los demás países. Nuestro presupuesto militar en 2015 fue nueve veces el de Rusia, y tres veces el de China. Ninguna de las dificultades que ha enfrentado Estados Unidos en el último cuarto de siglo se debe a que sus fuerzas militares sean pequeñas o débiles. Pregúntele a Robert Gates, que cuando era Secretario de Defensa en 2007, dijo en una conferencia: “Una de las lecciones más importantes de las guerras en Iraq y Afganistán es que el éxito militar no es suficiente para ganar.” Consulte con el General David Petraeus. Cuando el periodista Fareed Zakaria le preguntó durante uno de los momentos más difíciles de la guerra en Irak, si preferiría más tropas, respondió que “Desearía que tuviéramos más funcionarios en el servicio diplomático (…)” Explicó que el mayor problema era el sectarismo ente shiítas y sunitas, árabes y kurdos. Y añadió: “Necesitamos ayuda con esos temas. De lo contrario estamos en manos de sargentos de 22 años para resolverlos. Son muchachos estupendos, pero no conocen en realidad la historia, el idioma, la política…”

El Pentágono, en las afueras de Washington, D.C., es la burocracia mayor y más costosa del mundo.

A estas alturas cualquier analista sabe que los adversarios de Estados Unidos no pelean tanque a tanque, nave a nave, soldado a soldado. Las tácticas de las guerras modernas no son simétricas. Sus armas son el terrorismo y el mundo cibernético. No hay forma de justificar asignarle más dinero al Pentágono, la burocracia más grande del mundo, que según un informe reciente poco discutido, podría ahorrar $125 mil millones de dólares en cinco años si eliminara las muchas operaciones ineficientes de sus 3 millones de empleados. A Gates le gustaba decir con ironía “Tenemos más personas en las bandas de música militares que oficiales en el cuerpo diplomático.” No le faltaba razón. Hay solo 13,000 empleados en todo el servicio diplomático comparado con 742,000 civiles en el Departamento de Defensa.

¿Por qué? Existen intereses creados, compañías grandes y multibillonarias para las que construir armamentos es un negocio redondo. Por ejemplo, se ha dicho que venden al Pentágono un tornillo pequeño en $5.00 ¿Estarán Trump y sus amigos entre los que suplen de armamentos a los militares? Imposible saberlo con la poco información que ha habido sobre las finanzas del nuevo Presidente. Otra vergüenza.

Gráfica del presupuesto de gastos de Estados Unidos en 2016 según Politifact

Somos nosotros, los que pagamos impuestos, quienes financiamos el presupuesto nacional. Después de los gastos para la salud y la seguridad social, el renglón mayor es el de Defensa: dieciséis centavos de cada dólar, en comparación con 3 centavos para educación. ¿Cómo se mide el valor de un arsenal de misiles en comparación con una población bien instruida?

Con mi dinero, no, Sr. Presidente. No necesitamos más armas, sino maneras más sensatas de actuar en el mundo y en el país. Claro, quizás usted no me entienda…

Este artículo tambiém puede leerse en http://www.elnuevoherald.com/opinion-es/article136755138.html

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La Habana 2017

En 1980, acabado de llegar de Cuba a Estados Unidos, la preguntaron al poeta Heberto Padilla durante una comparecencia en la Universidad Internacional de la Florida, cuál era su deseo para el futuro de Cuba. Cuando contestó “Un restorán que funcione bien”, me enojé. No entendí entonces que se trataba de una metáfora. El autor de “Fuera de juego” aspiraba a un país normal, donde las cosas cotidianas no fueran tan difíciles y complicadas.

Bar del restorán Los Nardos frente al Capitolio

Bar del restorán Los Nardos frente al Capitolio

En parte, su anhelo se ha convertido en realidad. En La Habana, y sospecho que en muchas otras partes de la Isla, existen hoy muchas paladares y restoranes que ofrecen excelente servicio y sabrosos platos, cosa que no sucedía cuando mi primer viaje a Cuba en 1999. La cultura del servicio se había perdido hacía rato pero el incremento en el turismo ha hecho que regrese con vigor. El turismo ha traído también más tráfico, que se escuche el inglés y otros idiomas en cualquier lugar; e incluso que algunas zonas se congestionen tanto que pierdan su encanto para el habanero, ya sea el que reside en la ciudad o la visite cada cierto tiempo. A su vez, ha creado empleos. Por ejemplo, más y más cubanos alquilan habitaciones en sus casas, y a menudo contratan a personas para que limpien, laven y tiendan sábanas y toallas, hagan las camas, preparen desayunos, etc.

Turistas visitan el Museo Nacional de Arte

Turistas visitan el Museo Nacional de Arte

No todo es positivo. La vida se le dificulta al cubano promedio. Cuando sale del trabajo no encuentra un “botero” (los automóviles que atraviesan las arterias principales y cobran en pesos cubanos), además de que ahora le cuesta más. La situación del transporte es una queja generalizada. También escasean y han subido de precio alimentos y productos de primera necesidad, desde la malanga hasta papel de inodoro, porque los acaparan los que alquilan habitaciones o sirven comida, ya sea en un chinchalito o una paladar. El restorán, como deseaba Padilla, funciona bastante bien, pero a un costo para la población porque el gobierno aún no establecido normas apropiadas para el sector no estatal.

Un sagaz analista me comentó que el problema principal de Cuba eran los salarios, muy bajos en comparación con el costo de la vida. Sin embargo, de alguna forma, los cubanos no están flacos, ni van mal vestidos o mal calzados. Cada día se ven más casas pintadas y arregladas. La cuenta no da. Es decir, no pueden vivir así del sueldo. Los ayudan las remesas y los trabajos adicionales. Un editor puede tener un cliente que le mande textos desde el exterior para que se los revise. Una profesora universitaria se consigue un contrato de seis meses para enseñar en Santo Domingo o Ecuador. Y así.

Sin embargo, sigue habiendo otra forma de ingreso prácticamente institucionalizada: el robo al Estado. La corrupción es cada vez mayor y llega a los niveles más altos, según me han informado. Nadie delata a nadie, porque todos lo hacen. A la gente no le importa cuánto es el salario en una plaza, sino qué pueden llevarse. Si son dos latas de pintura a la semana, las venderán en muchísimo más dinero que el de sus míseros sueldos. Esta práctica tiene como consecuencia también que la contabilidad de las empresas nunca responda a la realidad.

Cuba continúa ofreciendo una rica vida cultural, a veces en los lugares más insospechados. En un centro comunitario en Santo Suárez pueden realizarse actividades de un nivel sorprendente. No todo es loa al sistema en el mundo cultural. Existe la crítica, pero tiene sus límites, y a no ser figuras de renombre, pocos se atreven a no respetarlos.

Una velada artística cultual en un centro comunitario en Santo Suárez

Una velada artística cultual en un centro comunitario en Santo Suárez

No sé si el cubano promedio lo percibe, pero varias personas me comentaron que después de la muerte de Fidel, lejos de haber una apertura, ha habido un retroceso en el cumplimiento de los lineamentos, o reformas económicas, y un mayor encono del gobierno contra la prensa alternativa, es decir, los blogueros. Algunos creen que no proviene de Raúl, sino por el contrario, de remanentes ortodoxos más afines a su hermano mayor, que aún tienen más poder del que se esperaba. No me es posible comprobar la veracidad de esta observación pero me vino por fuentes diversas.

Restorán al aire libre en calle peatonal en La Habana Vieja

Restorán al aire libre en calle peatonal en La Habana Vieja


La Habana cada día se convierte en una ciudad con más vida, aunque siempre contradictoria y llena de contrastes, donde conviven el esplendor y la miseria. El malecón sigue siendo un punto de encuentro de enamorados, familias, pescadores, y turistas que corren con sus trajes deportivos. Un muro para sentir el mar que acaricia y golpea, y para mirar el horizonte todavía incierto.

El emblemáticon malecón habanero

El emblemáticon malecón habanero

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