POESIA

La Isla sobre mi tejado

La Isla sobre mi tejado

Atardecer en Miami

A César A. Salgado

Isla mía en su vuelo fugitiva,
Flotando libre sobre mi tejado,
Visitas mi triste hogar desterrado,
Sola, empobrecida, pero altiva.

Desde niña tu perfil me cautiva,
Cuando al delinear tu contorno amado
Del mapa por mis manos dibujado
Surgías verde entre azules captiva.

Isla sueño, raíz, caimán querido,
Persistente esperanza que te hace
Puerto firme en mi corazón herido.

A todas partes conmigo has ido,
Isla que se desdibuja y renace
Salvada en la memoria, del olvido.

Miami 11/23/2015

——————–

Declaración

Yo, que salí de Cuba todavía una niña,
que llevo exactamente
la mitad de mi vida en el exilio,
que tengo un marido con negocio propio,
dos hijas nacidas en los Estado Unidos,
una casa en los suburbios
(hipotecada hasta el techo)
y no sé cuantas tarjetas de crédito.
Yo, que hablo el inglés casi sin acento,
que amo a Walt Whitman
y hasta empiezo a soportar el invierno,
declaro, hoy último lunes de septiembre,
que en cuanto pueda lo dejo todo
y regreso a Cuba.

Declaro, además, que no iré
a vengarme de nadie,
ni a recuperar propiedad alguna,
ni, como muchos, por eso
de bañarme en Varadero.

Volveré, sencillamente,
porque cuanto soy
A Cuba se le debo.
Septiembre 30, 1974
De “Versos de exilio” Miami: Edición Aniversario, 1974

Poesías en http://www.elbeisman.com/article.php?action=read&id=536

Paisaje otoñal en Washington, D.C.

Paisaje otoñal en Washington, D.C.

Hace muchos años, a mediados de los 70, cuando José Ignacio Rasco se había mudado de Virginia para Miami y yo vivía aún en las afueras de Washington, D.C., asistí a una conferencia que le habían invitado a dar en la ciudad junta Potomac. Después, me invitó a almorzar y paseamos en el recién estrenado metro. Era un glorioso día de otoño, y en un momento, la belleza del paisaje lo conmovió al punto que vi que se le humedecieron los ojos. Supe en ese instante que se trataba de un ser humano singular, y que deseaba que fuera mi amigo. En gratitud por la tarde maravillosa que me había regalado, le escribí este poema. Hoy le hemos dado el último adios. Pero sé que nuestra amistad trasciende su muerte.

Mini-poema naranja

A José Ignacio Rasco

Enseñadme a un hombre
que ante la belleza
que un paisaje otoñal
ha llorado conmovido
Mostradme a un hombre
que disfrute por igual
lo inefable o lo más mínimo
(un poema, pasear en tren,
el buen vino),
Y romperé paredes
Entre tanta gente sola
para darle la mano
y llamarlo mi amigo.

Las ruinas de la ciudad

Las ruinas de la ciudad

Ciudad deshabitada

A Tony, por tantas cosas

Te contemplo, ciudad, enmarcada doblemente,
por un lente ajeno y las columnas de un parking;
Veo tus tejados desiguales, un auto solitario,
una torre –¿serán mis ojos cansados?– inclinada,
escombros, fachadas descoloridas, un anuncio,
un árbol, un cielo y el gran ausente:
el ser humano que presiento habita aún
en algún lado, entre el desastre cotidiano y
el terrible, el de este lado de mi realidad,
entre las ruinas de otras torres gemelas
que ya no están.

Si pudiera por un breve instante siquiera
recomponer la imagen,
sacaría de las casas cerradas
a niños, ancianos, jóvenes enamorados,
parejas mal llevadas, seres felices o solitarios,
que me asegurasen que existen, aman, odian, viven;
que el mundo no es autos, edificios, escombros, aridez,
marco, fotografía plana en blanco y negro;
sino sangre, carne, vísceras, sonrisa, mirada,
tacto, movimiento; eso, Vida, así, con mayúscula.
al borde del abismo, sí, pero Vida al fin y al cabo.
Y que vale la pena.

Estados Unidos, Septiembre 2001

Todos a veces actuamos como robots

Todos a veces actuamos como robots


Confesión

Por fuera hay un ser autómata
regido por relojes ajenos,
que se levanta,
respira, camina, conversa,
obedece leyes del tráfico,
come, bebe, y se acuesta.

Por dentro estás tú.

Por fuera hay un rostro máscara
que finge llanto, risas y asombro
Con expresiones prestadas,
y tras oscuros cristales,
esconde los ojos
para que no vean en ellos,
que, dentro, estás tú.

Por fuera hay una persona máquina
con piezas, tornillos, tuercas,
–brazos, cabeza, piernas–.
Por fuera, el disfraz, la coraza,
el uniforme del cinismo
para sobrevivir entre las fieras.

Por dentro vive aún
el sueño,
la ternura,
Dios y tú.

Abril 1974

De Versos de exilio, Miami: Edición Aniversario, 1976

Al acercarse otro aniversario de los ataques terroristas contra los Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001, publico este poema inédito, sin título. escrito pocas semanas después de aquella fecha que tanto ha hecho cambiar la vida de todos en Estados Unidos

Mounumentos en Washingon, D.C.  ciudad donde nacieron mis dos hijas

Mounumentos en Washingon, D.C. ciudad donde nacieron mis dos hijas

Poco tengo que ver con George Washington,
aunque haya visitado su mansión en Mount Vernon
más veces que la modesta casita de la Calle Paula
donde nació José Martí;
ni reclamo como mía la grandeza
de Abraham Lincoln aunque sepa
de memoria las primeras líneas
del discurso de Gettysburg
“Four scores and seven years ago…”
y haya olvidado las del Manifiesto de Montecristi.

No es mío el himno americano ni la bandera
de las cincuenta estrellas,
No sé cantar rap, ni bailar rock.
Se me confunden los nombres de las estrellas
de Hollywood y de los “sitcoms”.
Y eso que he vivido en Estados Unidos
desde la adolescencia y hablo el inglés casi sin acento.
Amo a Walt Whitman, Edgar Allan Poe,
Faulkner, Emerson, Thoreau.

Me emociona la silueta de los monumentos capitalinos
—junto al Potomac abrieron los ojos a la luz mis hijas;
y los huesos de mis padres descansan en tierras americanas.
Sufrí la guerra de Vietnam en carne propia,
— el primo de mi edad, ojos oscuros como pozos,
muerto en plenitud de veinticuatro años es herida que no sana.
Voto cívicamente en todas las elecciones
Y amo a Nueva York casi tanto como a La Habana.
Pero mi corazón está hecho de tamarindo y caña brava.

Y, sin embargo, el 11 de septiembre me pasaron cosas raras.
Cuando donaba sangre comencé a entonar entre dientes
una vieja canción del negro sublime –no, no del Bola,
sino de Nat King Cole. Nada tenía que ver el canto con la patria.
Ni con la muerte o el espanto. Era sólo una vieja canción de amor.
No sé por qué la recordé. Pero lloraba al cantarla.
Aunque me tragaba las lágrimas.
Después de todo, pese a la muerte,
la Vida, como el amor, nunca dice adiós.

26 de octubre de 2001

Señales en la Ruta 95

Señales en la Ruta 95

Ruta 95 Sur

América bicentenaria…
…amplias carreteras asfaltadas…
luces de neón prometiendo
bienes de consumo a bajo precio,
alimentos y gasolina
para automóviles grandes y pequeños.
Te ando con mis pies de desterrada
y se me cuelgan a la tristeza
las imágenes de mi infancia:
bohíos, molinos, campos de tabaco
y caña; y hasta la pobreza
de mi isla extraño
en esta riqueza ajena
de la América bicentenaria..

En la carretera de Washington a Miami, verano 1977

De Entresemáforos (Poemas escritos en ruta), Miami: Ediciones Universal, 1981

Amacer en el Malecón

Amacer en el Malecón

Durante una reunión con amigos en La Habana, hace ya más de 10 años, hablé de las cosas que nunca había hecho en mi ciudad antes de irme a los 15 años, y que hubiera querido hacer. Una de ellas era ver amanecer en el Malecón. Horas más tarde, cuando nos íbamos, ya de madrugada, mi amigo, el cantautor Mayito Darias, me preguntó si estaba cómoda. Le dije que sí pero insistió en que fúeramos a mi hotel, dejara la cartera. me cambiara los zapatos… Asombrada, le pregunté por qué, y me dijo con naturlidad — Porque ahora nos vamos al Malecón a ver salir el sol… Y así fue. Nos acompañó también Lochy LeRiverand que se acostó a dormir en un banco, una botella de ron que tomé del mini bar en el hotel, y la guitarra de Mayito. Fue una noche inolvidable. Al día siguiente se lo agradecí con este poema.

Ay, que la noche no muera

Para Mario Darias, con gratitud
por ayudarme a tornar en realidad un viejo sueño

Ay, que la noche no muera
que no rompa aún el sol de la mañana;
que se quede quieta la gran luna
con sabor de ron en la garganta.

Mujer sobre el muro adormecida
–doble de mí misma presentido–,
la mulata que seduce al policía,
tu camisa negra y la brisa.
Y va sanando mi honda herida.

Ay, que la noche no muera
que no rompa aún el sol de la mañana;
que me crezcan y crezcan los brazos
para estrechar en ellos toda mi Habana.

Mi corazón queda preso
en un arpegio de tu guitarra,
trovador que a la inversa recorriste
los caminos de mi infancia
y cobijaste tus sueños de niño
bajo esos mismos almendros
— mudos testigos de nuestros juegos–
que dieron sombra a mis primeros sueños,
hoy me regalas el malecón y su magia
mientras las olas y tus canciones
se tragan de un solo golpe
el tormento de mis nostalgias.

Ay, que la noche no muera
que no rompa aún el sol de la mañana…
Te dejo en mis versos
el parasiempre adolorido
de mi infinito destierro
y me llevo en la tibieza
de tu voz y de tu abrazo
sabor de madrugada
de risas y esperanzas
en el malecón de nuestra Habana.

Ay, que la noche no muera
que no rompa aún el sol de la mañana…

La Habana, 4 de febrero del 2001

Miami Beach 2012

Amor, hoy al fin

amor
yo te sueño en la noche
como el niño a los hados
te recorro a la inversa
desde tanta distancia acumulada
desde mi soledad hecha de adioses
y tantos permisos negados a la ternura
y la constante renuncia
quemándome las entrañas.

voy a ti desde la infancia
de mares y muertes presentidas
llena de tanta lágrima callada
y el brote dulcísimo
(senos de colegiala
bajo el blanco de la blusa)
de las primeras dudas adolescentes.

te busco desde mi falsa sabiduría
de mujer en plenitud
–esos versos aprendidos
en caminos tan distintos—
y la nostalgia rabiosa
por una tierra que rescato
día a día, del olvido y la distancia.

desde el goce milagroso de la creación
desde el otro lado de la luz
adonde tu voz m vuela
viajo a ti
de regreso de la angustia
milenariamente cansada
y aún a veces rebelde
muda de asombros y arcoiris.

ay, amor, te he buscado
desde siglos de destierro
en la alegría más pura
en la inocencia inviolada
en la ancianidad temida

y te encuentro
serena ya
sin exigencia
ni miedo
ni disfraces
distante y tuya
en la entrega que trasciende
tanta verdad…tanta mentira.

amor, hoy al fin
llega azul a los labios el cielo
y basta

De Los nombres del amor, Madrid: Editorial Torremozas, 1996

 A la sombra de los almendros

A la sombra de los almendros

Ya es hora de que hablemos

..que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.
Miguel Hernández

Desde niña he hablado con la muerte.
La vi llegar por la ventana y se llevó a mi padre.
Luego a una compañera de aula, apenas cumplidos los diez años.
Y desde entonces, a tantos seres que quiero.
Si, los quiero todavía a mis muertos siempre vivos.
Ya no necesito a la muerte como intermediaria para conversar con ellos.
Con mi padre igual rememoro los juegos de La Habana y el Almendares
que le describo a los nietos y bisnietos que nunca llegó a conocer.
Con mi madre, ni se diga, todo se lo cuento,
y le pido consejos y de alguna forma me contesta desde su largo silencio.
Les hablo a mis viejos maestros, a mis abuelos, al primo que murió en la guerra,
y a los amigos, esos de mi misma edad que se quedaron más jóvenes para siempre
porque se fueron primero.
Este rayo que es la muerte no cesa y hay tanto que hablar, compañero.
Es fácil hablar contigo, poeta y es fácil hablar con mis muertos.
Son los otros, seres vivos y, no creas, muchos buenos, pero sordos, los que no escuchan, no oyen, no toleran.
Ese viejo sueño de amor y paz se me escapa entre las manos como si fuera arena.
Ay, compañero del alma, que tenemos que hablar muchas cosas… a la sombra de los almendros,
esos que cobijaron nuestra infancia. Tanta verdad tanta mentira separándonos desde entonces
que más vale hablar de pelota, de nietos, de poesía, hablar hasta la madrugada,
escribir unos versos, atrevernos a soñar juntos, no sé, sembrar un árbol,
acaso cantar juntos un antiguo bolero, apurar un trago de ron, llorar si hace falta, o lo que quieras,
pero pronto, compañero, que el dolor agota, y es hora ya de espantar los demonios
y abrazarnos de una vez bajo el sol caliente de la Isla.

Publicado en Homenaje a Miguel Hernández en su centenario. Miami: Ediciones Baquianas, 2010

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7 respuestas a POESIA

  1. Precioso poema “Ya es hora de que hablemos”, dedicado a Miguel Hernández. Lo único que sabemos es que todo lo que aquí está vivo ha de morir, pero la vida, por definición, no acaba. No se muere para siempre. Complicado asunto. El misterio que nos envuelve es infinito para la inteligencia humana, sin apenas diferencia, cuantitativamente hablando, entre el necio y el sabio.
    Realmente son casi gemelas las siluetas de la Habana y Cádiz.

  2. jesus dijo:

    HERMOSOS ESTE POEMA DEL LIBRO DE MH, Y ESTE FINAL “CORREGIDO”:
    “es hora ya de espantar los demonios (DE UNO Y OTRO LADO!!)
    y abrazarnos de una vez bajo el sol caliente de la Isla

    JJ

    • uvadearagon dijo:

      JJ, eso está sobreentendido. Los demonios lamentablemente igual pueden estar en La Habana que en París, en Santiago que en Miami, en cualquier corazón endurecido por el resentimiento y la pasión ciega.

  3. Waldo Gonzalez Lopez dijo:

    Estimada Uva, hermosos poemas, tanto como los que leiste en la tertulia de Manny, en la Asociacion Francesa, cuando llegamos Mayra y yo a Miami, y fuimos a verte y escucharte. Felicidades, colegamiga.
    Waldo Gonzalez Lopez

  4. Carmen dijo:

    preciosa la poesía después de salir de Cuba… inigualable recordar ese lugar y esos momentos en el corazón y la retina. C.H.R

  5. Felix Orestes Suarez. dijo:

    La poesia me aviva el deseo de escribir aun mas. Ella se entrelaza en mi, apoderandoce de mi ser. Sin poesia simplemente no existo.Gracias Uva, mil gracias desde lo mas profundo de mi corazon.

  6. Jorge Alberto Martinez dijo:

    ! Lindos poemas!. Gracias Uva. Que triste que los cubanos de la isla no conozcamos de obras como estas, y que haya que atravesar el Caribe 90 millas al norte para saberlo. Comienzo a conocer tu obra y ya me atrapó. Que linda expresion: Pero mi corazón está hecho de tamarindo y caña brava. Que cubania!!!!!!

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