En el día del amor

Se conmemora hoy el Día de San Valentín, antes dedicado a las parejas, pero que con los años ha derivado en una celebración del amor y la amistad. Es bueno que así sea. Algunos nunca han sentido la maravillosa enfermedad que es enamorarse: el sudor en las manos, las palpitaciones en el pecho, las mariposas en el estómago, el júbilo de cada encuentro, la angustiosa espera en las separaciones, por breve que sean. Otros no han sido correspondidos. Y para muchos, la pasión de los amores de la juventud o plenitud, son sólo recuerdos que nos llenan de melancolía.

Raro es el ser humano, sin embargo, desprovisto de otras tantas formas de amor: a padres, abuelos, hermanos, hijos, nietos, primos, maestros, colegas, amigos. Cada uno toma formas distintas a través de la vida. De pequeños dependemos de los padres para todo. Como si fueran soles, nuestro mundo gira en torno a ellos. Sólo los abuelos compiten con los padres en el universo infantil. También ellos son refugio y guía. La relación con los padres se invierte en algún momento, y son entonces los hijos quienes protegen a sus progenitores. Hasta que la muerte no los roba. De un golpe comprendemos el significado del vocablo orfandad. Nadie nos verá como niños nunca más. Pero el recuerdo de los tiempos compartidos queda siempre en algún recodo del corazón en el que siempre podemos refugiarnos. El amor a padres y abuelos ya idos es agridulce: desgarra y consuela.

Durante nuestra niñez el mundo se ensanchará para incluir a hermanos, parientes, maestros, compañeros de clase. Las amistades que nacen en la infancia y la adolescencia son las más genuinas, pues aún no hay intereses creados. A veces hay gustos afines. Pero en ocasiones las relaciones se basan en esa misteriosa química entre los seres humanos que hace que alguien “nos caiga bien”. Incluso entre los parientes hay algunos a los que nos sentimos más cerca. En esa etapa en que los primos son cruciales, en medio de juegos en pandilla, siempre hay preferidos, como los hay entre nuestros profesores y condiscípulos.

Esas preferencias nos llevan a una de las claves de las relaciones humanas: la intimidad. El vocablo de inmediato nos hace pensar en relaciones sexuales entre parejas. Pero puedo tenerse sexo – otra cosa es hacer el amor—sin verdadera intimidad. La intimidad puede producirse en ocasiones muy disímiles: dos hermanas o amigas probándose ropa en una tienda; dos compañeros estudiando para un examen; una abuela y un nieto esperando en la oficina de un doctor; dos seres, incluso desconocidos, contemplando una luna llena, una puesta de sol. Los ejemplos son infinitos. Se trata de la comunión de las almas: de compartir la charla o el silencio, un recuerdo o un sueño común.

A medida que recurre la vida adulta, el círculo de amistades y conocidos se ensancha inmensamente. Cada etapa, ya sea como estudiantes, empleados, jefes, profesionales, vecinos, nos trae nuevas relaciones y nos va separando de otras. Y quizás sin darnos cuenta casi todas las personas de alguna forma nos influyen al igual que nosotros a ellas.

Con la vejez llegan los achaques del cuerpo, las limitaciones, las renuncias, las despedidas. Se han muerto todos o casi todos los mayores de la familia y demasiados amigos. La celebración del día del amor trae más nostalgia que ilusión. Y sin embargo…también con los años apreciamos más lo que otros hacen por nosotros: la hermana que noche a noche oye todos los detalles de nuestro día; el primo que nos lleva a médicos y teatros; los nietos que en el torbellino de sus vidas mandan un texto o nos dan una llamada; las hijas que pasan horas en un hospital cuando nos enfermamos; el ex marido que llama a diario a saber cómo estamos; el amigo que nos regala el libro recién publicado; la ex alumna que nos pone un comentario halagador en FB; la peluquera y manicurista que complacen nuestros caprichos; los médicos que nos atienden como si en ese momento fuéramos la persona más importante del mundo; la farmacéutica que nos aconseja con dulzura; las chicas que nos doblan las sábanas y toallas con amorosa minuciosidad; el jardinero que cuida con esmero nuestro jardín. Personas que cuando trabajábamos, estudiábamos, criábamos a una familia quizás nos pasaban inadvertidos, y ahora sin embargo valoramos de otra forma.

Es bueno amar por siempre a los muertos y recordar con alegría los amores ya idos. Un corazón sensible tiene capacidad para acoger a todos los que de una forma u otra son parte de nuestra vida. Y en el reino de afectos, el mayor debe ser para Dios, que no los ha dado todo, incluso la capacidad de amar.

No es fácil envejecer, pero mientras el corazón sepa amar no sólo a los seres humanos, sino a la vida misma, hay razones infinitas para celebrar. ¡Feliz fía del amor y la amistad!

Acerca de uvadearagon

escritora cubana
Esta entrada fue publicada en La vejez, Mi familia, Vida de la escritora. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a En el día del amor

  1. JORGE CAPOTE dijo:

    UVA.-

    Muy bueno este articulo, y muy real para los que pasamos de veinte. Gracias, una vez mas, por tus apreciados trabajos.
    Jorge

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