LA BEBÉ CON MANITAS DE LEON

A mi hermana Gloria en su cumpleaños

El día más triste de mi infancia fue aquel primer domingo de enero de 1954 en que murió mi padre; el más feliz, el 22 de octubre de 1951.

Mi madre estaba encinta. Todos esperábamos a la criatura con gran ilusión.  (Años más tarde supe que después de nacidas mi hermana Lucía, que entonces contaba con 9 años, y yo que tenía 7, mi madre había perdido un embarazo.)

Cuando aquel lunes inolvidable, nuestro chofer Raúl nos fue a buscar a la hora de almuerzo  a Lucía y a mí al colegio de Margot Párraga, donde cursábamos la primera enseñanza, en vez de seguir a recoger a mis padres a la consulta de Papi, fuimos directo para casa. Nos explicaron que mi madre se había puesto de parto y nuestro padre (que además era médico ginecólogo) estaba con ella.

Sentadas solitas en el comedor, sonó el teléfono instalado en un pasillo entre ese salón y la cocina.  Corrimos las dos a contestarlo. No recuerdo si fue Papi o nuestra tía Sara quien nos dio la noticia. Teníamos una hermanita.

Logramos que no nos llevaran a la escuela esa tarde, sino a la Clínica Miramar. Mi madre estaba preciosa – o así me pareció a mí. Tenía su propio ropón y una mañanita color rosa claro. Entraron a la bebé en una cunita de cristal. Era la primera vez que visitaba a un recién nacido en un hospital. Recuerdo quedarme mirándola asombrada. No lo supe poner en palabras entonces pero intuí por primera vez que cada nacimiento repite el milagro de la creación.  Lucía  se atrevió a acariciarla. No sé cuál de las dos dijo:

–Tiene manitas de león.  – Nunca he entendido qué fantasía infantil produjo la comparación pero la frase se quedó en la familia para siempre.

Dr. Ernesto R. de Aragón y su esposa Uva Hernádez Catá con sus hijas Lucía, Uva y Gloria. La Habana, 1951

Los primeros meses en casa todo giró en torno a Gloria Aurora, como mi padre escogió ponerle: el primer nombre porque aseguraba que sería la gloria de todos, y el segundo en memoria de su hermana preferida que había muerto de cáncer hacía unos cinco años.

Cuando Gloria tenía ya 8 o 9 meses  comencé a disfrutarla más. Confieso que había mediodías que esperaba ansiosa que se despertara de la siesta, y con lo grande que era,  me metía en la cuna a jugar con ella.  Los primeros pasos los dio en el verano en la playa Veneciana. Recuerdo el momento con tanta claridad como cuando años después lo hicieron mis hijas.

Gloria de Aragón celebrando su primer cumpleaños con sus hermanas Lucia y Uva

Al año siguiente, estando precisamente en esa playa del este de La Habana, mi padre tuvo un infarto y lo  trasladaron para La Habana. Pocos días más tarde, nosotras tres regresamos a casa, donde el quiso que lo atendieran. Fueron meses tristes, donde el hogar adquirió esa atmósfera de olores, silencios, pasos sigilosos, murmullo de voces. de cuando hay un enfermo crónico. Yo me refugié en la lectura y en tratar de alegrar la vida de Gloria, para quien mi madre, dedicada a atender a su esposo, tenía menos tiempo.  Cuando Papi murió, mi hermana menor tenía 2 años y 2 meses. Apenas lo recuerda, aunque está convencida, y no lo dudo, que la cuida desde otras dimensiones.

El 28 de septiembre de 1956 mi madre se casó con Carlos Márquez Sterling. La ceremonia fue muy íntima, en la biblioteca de nuestra casa, a donde Carlos y su hijo Manuel vinieron a vivir. (Luego supe que Mami no quiso que hubiera demasiados cambios en nuestras vidas y que prefirió conservar la casa que había mandado a construir nuestro padre y que veía como parte de su herencia a nosotras.)  Aquel hogar que pocos años antes se había ensombrecido, se llenó de luz, música, personas de todas las edades, pues todos nos sentíamos con libertad de traer a los amigos a casa.

En el comedor donde Lucía y yo almorzábamos solas cuando recibimos la noticia del nacimiento de Gloria, podían sentarse a cenar personajes de la talla de un Sergio Carbó o un Gastón Baquero, con jóvenes amigos de Manuel o compañeritas de Lucía o mía. Fue una época feliz.

La casa en la Calle de la Copa, el reino de nuestra infancia

Todos mimábamos a Gloria.  Panchita, su tata, una mujer afrocubana, de cara redonda y amplia sonrisa, le había enseñado múltiples canciones que ella interpretaba con gracia.  Había que verla con una saya verde estrecha que no sé por qué le compraron o le mandaron a hacer, imitando a Sarita Montiel:

“Fumando espero

Al hombre que yo quiero

Tras los cristales

De alegres ventanales…”

No todas las canciones eran tan adultas. También se sabía el Ratoncito Miguel y muchas que cantaban Olga y Tony como La marcha de las letras, Sonríete, Niña y el Chuchú del tren.

Había en esa época un programa de televisión – si mal no recuerdo los domingos – que a ella le encantaba y comenzaba:

El ciiircooooo con… ¡Valencia!

Nos encantaba cuando Gloria repetía la frase imitando al locutor.  Creo que fue el novio de Lucia quien encontró un juego inspirado en el programa, con una pequeña carpa amarilla y El Circo de Valencia escrito en letras rojas. Ella se pasaba horas jugando con él. Y  aunque ya adolescente yo tenía otros intereses en mi vida, siempre encontraba un rato para sentarme en el suelo con Gloria, su diminuto circo o  sus muñecas.

Quizás la malcriábamos demasiado porque cuando empezó el primer grado en el Ruston, Mami le mandaba con el chofer el bistecito de filete picadito y otras cosas que le gustaban para el almuerzo.  Si así fue, no le hizo daño, pues nunca fue una niña antojadiza, exigente ni llorona, sino en verdad “la gloria” de aquella casa.

La vida nos cambió a todos cuando nos fuimos de Cuba el 13 de julio de 1959.  En los próximos dos años, aquel familión se redujo a mis padres, Gloria y yo que vivíamos en un apartamento de dos cuartos en Washington, D.C.  Porque se pudo cobrar una póliza que mi padre había hecho para nuestra educación con una compañía canadiense, y porque las hijas de varios cubanos que vivían en el mismo edificio asistían al Colegio del Sagrado Corazón (Stone Ridge) en las afueras de la ciudad, allí nos matricularon a Gloria y a mí. Nunca habíamos visto a una monja y les teníamos pánico. A los quince años, yo tenía más recursos internos para lidiar con esos  miedos infundados, pero a los 7, Gloria pasó mal los primeros meses. En muchas ocasiones me escapaba al comedor – que entonces me parecía inmenso – donde la dejaban solita hasta que se comiera los vegetales. Yo usaba todos mis poderes de persuasión para que se tragara el brócoli o la col, y si fallaba, entonces tenía que  exhortar a la monjita de turno para que la perdonara. Sé que ella no ha olvidado esas intervenciones mías.

Gloria y yo con nuestros padres acabados de llegar al exilio. Washington, D.C. Septiembre 1959

En 1962, un año después de mudarnos a N.Y. por razones de trabajo de Carlos – un verdaderos segundo buen padre para las tres–, me casé, y en 1963, cuando salí en estado de mi hija mayor, regresé a la zona de Washington, donde vivía ya Lucía.  Desde entonces, Gloria y yo no hemos vuelto a vivir en la misma ciudad.

Han pasado muchos años desde aquel lunes de octubre en que nació. Este día 22 cumple 67 años. La vida nos ha separado en muchas cosas, y nos ha mantenido unidas en otras. Hace unos meses estuvo gravemente enferma, y aunque todavía convaleciente, está ya en plena recuperación. No podía ser de otra manera. La hermanita pequeña, protegida por el padre que no la vio crecer pero tanto la quiso, no puede írsenos antes de tiempo.

De derecha a izquierda, Lucía, Uva y Gloria
Maryland. Verano 2013

Escribo estos recuerdos para que no se los lleve el viento, y para reiterarle a Gloria en este cumpleaños cuánta alegría trajo a nuestras vidas cuando llegó al mundo la bebé con manitas de león.

Acerca de uvadearagon

escritora cubana
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3 respuestas a LA BEBÉ CON MANITAS DE LEON

  1. TERESA EMILIA FERNANDEZ SONEIRA dijo:

    Me ha encantado tu relato sobre tu hermana y tu familia en Cuba. Fueron tiempos felices que posiblemente no regresen. Pero mantenemos la esperanza. Felicidades a Gloria en su cumpleaños y que Dios le regale mucha salud para cumplir muchos más,

  2. Virginia Aponte dijo:

    La memoria nos rescata del olvido y nos reúne en el afecto.

  3. Wekayak dijo:

    Me encantó! 🙂

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