El mundo íntimo de Carlos Márquez Sterling

Publicado en Diario Las Américas, 1 de mayo de 2003

El mundo íntimo de Carlos Márquez Sterling

El 3 de mayo se cumplen doce años de la muerte de Cárlos Márquez Sterling. Y aunque la memoria de mi segundo padre me acompaña todos los días, la fecha es adecuada para compartir con los lectores algunos recuerdos de este cubano ejemplar.

Carlos poseía una educación exquisita. Vestía bien, incluso dentro de la casa. Y no porque gastara en ropas caras. Era hombre de gustos sencillos, casi asceta. Pero su figura alta y delgada llevaba con elegancia los “ternos”. Nunca lo vi en mangas cortas y apenas usaba guayaberas. Lo más que logramos en su retiro en Miami fue que usara camisas de “sport” de mangas largas. Sabía comer. Y, de nuevo, no porque fuera un conocedor de platos “gourmets”, —disfrutaba, principalmente, los buenos desayunos– sino porque sus modales en la mesa podían competir con los de un príncipe. Era caballeroso con las mujeres. Les abría una puerta, les cedía el paso o el asiento. No hacía distinción de clases. Trataba con igual deferencia a una dama de sociedad que a una camarera o una estudiante. Era servicial con conocidos y desconocidos. Contestaba su correspondencia. Hacía favores. Disfrutaba inmensamente los almuerzos-tertulias semanales con sus amigos. Sin embargo, no siempre le gustaba hablar por teléfono, tal vez porque en sus últimos años perdió bastante el oído.

Trabajador infatigable, a veces pasaba horas y horas doblado sobre su fiel Smith Corona. Su concentración era tal que podía caerse al mundo a su alrededor. Él seguía tecleando con dos dedos e incansable rapidez. Escribía los borradores en papel rayado, de esos con tres agujeros que usan los estudiantes en la escuela. Luego colocaba los manuscritos en carpetas. Era organizado, tenaz, serio en su labor como profesor, periodista, historiador.
Leía mucho, siempre lápiz en mano, subrayando un pasaje, escribiendo una nota al margen. Prefería el género de las biografías, pero conocía a la perfección la literatura española. Y no poca de la de otros países. De los del “boom” latinoamericano, destacaba a Vargas Llosa, quizás por el apego a la realidad sociopolítica de su narrativa. Le escuché elogiar especialmente “La guerra del fin del mundo” e “Historia de Maitá”.

Poseía el arte de la conversación. Siempre tenía a flor de labio una anécdota. Disfrutaba de una memoria privilegiada. Igual desentrañaba el árbol genealógico de una familia cubana, que recitaba de memoria la “Marcha Triunfal” de Rubén Darío, los reyes de España o los presidentes norteamericanos. Conocía de cine, deportes, literatura. Le apasionaba la historia y la política. Lector diario de The New York Times, hasta sus últimos años estuvo al tanto del acontecer mundial. Cuba era su obsesión. Agramonte, Martí y Don Manuel Márquez Sterling, sus héroes. Creía que no se había hecho justicia con Don Tomás Estrada Palma. Repetía a menudo cuánto había aprendido de Orestes Ferrara, en cuyo bufete empezó a trabajar recién graduado de abogado con apenas veinte años. La vida política republicana no tenía secretos para él. Conocía las interioridades que no recogen los libros de texto. Nunca, sin embargo, pese a la insistencia de muchos, aceptó escribir sus memorias. Había visto lo bueno y lo malo de sus compatriotas. No quería faltar a la verdad, pero tampoco deseaba herir, descubrir públicamente las bajas pasiones, las mezquindades, las intrigas del escenario político patrio. Prefirió siempre exaltar lo mejor de los cubanos y excusar sus defectos, que sabía hijos de los dolores de crecimiento de una nación en formación.

Hombre de vida pública, poseía un gran mundo interior. Leía, escribía, meditaba. Disfrutaba la buena compañía. Necesitaba su cuota de soledad. Tras el hombre erudito e inteligente, habitaba un ser humano con sentido del humor, una dosis exacta de sensibilidad y una bondad rayana en el estoicismo.
Con mi madre tenía gestos de conmovedora ternura. Ella era inquieta; él, sereno. Amaba la calle mi madre; Carlos disfrutaba de las horas tranquilas en el hogar. Los unía, sin embargo, un amor a toda prueba, una comunicación continua, una fe inagotable el uno en el otro. He visto pocos matrimonios tan compenetrados.

Tenía gracia con los niños. Los nietos lo recuerdan con nostalgia. Igual les daba dinero para el heladero que despejaba sus dudas para una tarea. Siempre los escuchaba con la misma cortesía que hubiera tenido con un Presidente, y conoció a muchos.

Quizás porque sufrió en su larga vida desilusiones y hasta traiciones. Márquez Sterling valoraba, sobre todas las virtudes, la lealtad. Nunca, sin embargo, le escuché un reproche. No fue hombre de rencores ni odios. Tampoco las veces que estuvo enfermo le oí quejarse. Soportaba el dolor –-fisico o espiritual-– con entereza. Era un hombre recio. Lógico, elegante y justo, a veces le decíamos que no parecía cubano sino inglés. No era broma que le hiciera gracia. Cuba, ya he dicho, fue su obsesión.

Carlos fue un hombre bueno hasta para morir. El martes 30 de abril de 1991 no quiso levantarse. Rehusó vestirse y acudir a una cita con el médico señalada para ese día. Fueron inútiles las súplicas. Estaba consciente y lúcido, pero guardaba largos silencios. No quería comer. Se levantaba solamente para ir al baño. No se quejaba. Si sintió cerca la muerte, nunca lo sabremos. No habló con sus muertos ni se despidió de su familia. Al tercer día, como si quisiera evitarle a mi madre el mal rato, esperó a que yo viniera a la casa a la hora de almuerzo y ella saliera a comprarle unos víveres, para morir en mis brazos en apenas unos minutos, que a mí, sin embargo, me parecieron los más largos de mi vida.

Carlos Márquez Sterling fue una figura pública de la República que creyó siempre en los procesos políticos, en el estado de derecho, en la voluntad popular expresada en las urnas. Se destacó no sólo en la política, sino en la docencia, el periodismo, la abogacía. Dejó escritos una veintena de libros de historia y de biografías. Fue un repúblico honesto y respetado. En este aniversario de su muerte, he querido recordar su mundo íntimo, porque comprendo cada vez más qué gran privilegio fue haberlo compartido.

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Acerca de uvadearagon

escritora cubana
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