Nostalgias y milagros navideños

Es época de Navidad. La familia está reunida. La mesa desborda en abundancia de alimentos y cariño. Los amigos visitan, llaman, envían postales. Luces, adornos, villancicos, intercambio de regalos… Y en medio de la algarabía, la certeza del milagro del nacimiento del Niño Dios.

Cuando llegamos a la tercera edad, estos días también despiertan nostalgias, especialmente por los seres queridos que no nos acompañan: padres, abuelos, tíos, hermanos, primos. Personalmente, me refugio en el recuerdo de las tres etapas en que fui más feliz durante las celebraciones de diciembre.

La tienda Fin de Siglos decorada por las Navidades en La Habana de mi infancia

Infancia habanera. Mi padre conduciendo por el malecón de noche para llevarnos a ver las luces y vidrieras de la ciudad. Mi madre adornando el arbolito. Mi tía enseñándonos villancicos: “La virgen se está peinando/entre cortina y cortina/los cabellos son de oro/el peine de plata fina”. Aquel calendario de cartón en que íbamos abriendo ventanitas cada día hasta la llegada de la Nochebuena. Saboreo el turrón de yema de la Casa Suárez y la inquietud de aquellas horas en espera de la mañana de Navidad. Apurar a los padres para que se despierten. Correr escaleras abajo junto a mi hermana con la ilusión de encontrar los juguetes anhelados. Recuerdo en especial cuando hallé junto al árbol un carrito de helados, hecho a la medida de mis cinco años, con el rótulo en grandes letras “Helados Uvita”. (Muchos años después me conmovió enterarme que mi padre lo había encargado a un carpintero).

Salto en el tiempo y en el espacio. Navidades bajo el frío en las afueras de Washington junto a mis adoradas hijas. La tradicional excursión para admirar el gran árbol en los jardines de la Casa Blanca, a menudo sobre un manto de nieve. Escoger nuestro pino, adornarlo con la ayuda de mis niñas. La Misa de Gallo con una de ellas sobre mi regazo. Tarde en la madrugada de Nochebuena armando los regalos. Y el ritual que se repite en ellas, despertando a los padres soñolientos, y todo se torna en reguero de papeles de envolver, risas, alegría y amor de familia. ¡Mira mi muñeca! ¡Me trajeron la cocinita que pedí!

Mis hijas Uvi y Cristina abriendo sus regalos. Silver Spring, Md. Navidades 72

Sigo caminando en el tiempo y rememoro el nacimiento de mis cuatro nietos entre 1992 y 1996. Todos esos años tuvimos un bebé bajo el árbol, como si nuestro pesebre fuera viviente. Con cada niño, se acentuó aún más la alegría, y esa oración íntima y profunda para que crezcan en un mundo de paz. Y otra vez coloqué con renovada ilusión mi árbol y adornos (algunos hechos por sus madres cuando niñas), y los nacimientos comprados en distintas partes del mundo. Y fueron ellos, los nietos, los que en su niñez venían a ayudarme a decorar la casa. Era en el brillo de sus ojos donde se reflejaba de nuevo la magia de estas fiestas la mañana del 25 de diciembre.

Con mis hijas Uvi y Cristina y mis dos nietos mayores Zachary y Cristian, Navidades 94

No hay ahora niños en el núcleo íntimo de la familia. Los nietos han crecido. Este año se ha roto el pequeño árbol que compré con ellos y que al girar se encendía con luces de colores. Como estoy aún convaleciente por la fractura del fémur, no he comprado otro y apenas he puesto adornos. Me pregunto si alcanzaré a ver a los bisnietos.

En estas fechas festivas, espero un momento, aunque sea breve, en que se me revela el milagro de la Navidad. Nada tiene que ver con cosas materiales. A veces es una melodía que remueve algo en mi interior y humedece mis ojos. En ocasiones, es la voz de un amigo que llama inesperadamente. En otras, un instante de armonía y risas en familia, cuando las bendiciones nos colman de una melancólica alegría. Ese instante de magia puede llegar en la iglesia al escuchar al coro o en el momento más imprevisto. Lo sentí hace muchos años en Nueva York cuando saliendo de una tienda, abrí el paraguas porque nevaba y se me cayeron los regalos. Un desconocido se agachó para ayudarme a recogerlos. No siempre son escenas así estilo Hollywood. Por lo general, son instantáneas, soplos, rendijas por las que intuimos la verdadera grandeza, el misterio insondable del nacimiento en un pesebre en el villorrio de Belén de un niño iluminado que vino al mundo a morir por nosotros.

Es causa suficiente para ahuyentar nostalgias y recibir el nuevo año con renovada esperanza.

Este artículo también puede leerse en
http://www.elnuevoherald.com/opinion-es/article191578199.html

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Acerca de uvadearagon

escritora cubana
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4 respuestas a Nostalgias y milagros navideños

  1. Armando Carvallo dijo:

    Muy bonito y nostálgico…

  2. Virginia Aponte dijo:

    Estos recuerdos son para siempre…

  3. TERESA EMILIA FERNANDEZ S dijo:

    Muy lindas tus memorias. Las mias de Cuba tambien son felices e imborrables.
    El Niño Dios viene para todos. Que El nos bendiga.
    Feliz Navidad y Año Nuevo!

  4. Cristobal Diaz Ayala dijo:

    Claro que vas a ver los biznietos y/o biznietas….Tío Grumpy

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