La buena muerte

Publicado en Diario Las Américas 10-4-2001

Doña Uva, a los 80 años

Mi madre siempre fue miedosa. Le temía al dolor, las serpientes, los ladrones, la oscuridad, los peligros a sus hijas y la soledad. Sobretodo, le asustaba la muerte. Su inmenso amor a la vida, ese joie de vivre que fue su signo, la ayudó a superar sus temores. Al final, afrentó la muerte con serenidad y valentía.

A no ser para dar a luz a sus tres hijas, nunca estuvo internada en un hospital hasta los 73 años cuando sufrió un infarto en mayo de 1987. Durante los próximos 45 días en el Mercy Hospital –más de la mitad en cuidados intensivos– una tarde de domingo su muerte parecía inminente. Se despidió de los miembros de la familia y de su médico con palabras de gratitud y amor. Todos llorábamos. Al momento, con su increíble sentido del humor, abrió los ojos y preguntó: “¿Qué pasa que no me muero? He hecho el ridículo.” Fue el principio de una larga pero milagrosa recuperación.

En la próxima década confrontó problemas de salud –cáncer de la mama, fractura de una cadera, infecciones renales – pero todos los superó gracias a Dios, al cuidado de sus médicos, los adelantos de la ciencia, y su tenaz voluntad de vivir. En el verano de 1997, los problemas circulatorios que sufría en las piernas a causa de la limitada fuerza de su corazón se agudizaron. Muy pronto comprendí que se acercaba el final. Aunque no lo hablábamos, también debieron darse cuenta los familiares y amigos, porque todos colaboraron a cuidarla, animarla, mimarla. Incluso los que viven fuera de Miami vinieron, en ocasiones más de una vez, desde distantes ciudades. Muchos sabían calladamente que era la despedida. Nunca les agradeceré bastante cuanto hicieron por ella, ni a Dios las fuerzas que me dio en esos meses.

Dos difíciles decisiones tuvimos que hacer mis hermanas y yo durante su enfermedad. La primera, autorizar que le amputaran una pierna. Sobrevivió la operación, y colaboró cuanto pudo con los terapeutas para recuperarse. La recuerdo durante esos días con un sweater de terciopelo azul vitral que le regalé. Ya se animaba a maquillarse. Lucía preciosa y triste. Al mes hubo que trasladarla a un “home” del mismo hospital, donde los cuidados no eran de la misma calidad. Pedí permiso para llevármela a casa. Un viernes por la noche me despedí de ella asegurándole que el lunes regresaríamos al hogar. La esperaba en su habitación un cómodo butacón de cuero blanco que acababa de comprarle.

Temprano la mañana siguiente me llamaron que tenía fiebre y la llevaban para el hospital. Se trataba de una infección. A los pocos días, su medico y los especialistas consultados coincidieron en que su organismo no poseía las fuerzas para combatirla, que no había más nada que podían hacer. Mi madre lo sabía también. Aprovechó un momento que estábamos solas para despedirse de mí. Me dijo que sus tres hijas habíamos sido su mayor bendición, me agradeció que hubiera compartido mi hogar con Carlos y ella durante sus últimos años, me pidió que no me sintiera culpable por cualquier desavenencia que hubiéramos tenido, naturales cuando las personas viven juntas, me pidió fervorosamente que mantuviera la familia unida, y me prometió con autoridad de madre que en la vida me aguardaban aún grandes éxitos y alegrías. No lloré. Sabía que esta despedida era definitiva, y quería escuchar y retener para siempre cada una de sus palabras. Las próximas me sorprendieron: “Ya no tengo tantas amigas… creo que no deben gastarse en la capilla grande de la funeraria.” Recurrí al usted que pone distancia para que no me temblara la voz al contestarle: “Pero usted es una Reina y merece lo mejor.” Y entonces, entre pragmática y vanidosa, me aconsejó con toda naturalidad: “Bueno, mira a ver si no cuesta mucho más”.

Dos días antes de que muriera, mis hermanas y yo recordamos con ella momentos de su infancia, su vida, nuestra niñez. Rezamos juntas. Incluso cantamos. A veces, a propósito, yo equivocaba alguna historia de familia, y ella me rectificaba: “No, eso no lo dijo mi hermano Alfonso, fue Alberto…” Estaba plenamente consciente. Llevaba días sin alimentarse
y pidió un helado de vainilla. Como demoraban en traerlo, lo robamos de un refrigerador en otro piso. Lo comió con gusto.

Ya habíamos tomado la segunda difícil decisión de no intentar prolongar su vida y llevarla al auspicio. Empezamos a dudar si era necesario. Pero se trataba de la falsa mejoría de la muerte. Unas horas más tarde comenzó a empeorar. Tosía incesantemente. Invocaba a la muerte. Le reprochaba que no viniera a buscársela. Hasta anunció la hora exacta de su fallecimiento y se enojó cuando vio que se equivocaba. Bromeamos con ella. “Eres tan dominante que quieres hasta decidir la hora de morirte. Uno se muere cuando puede, no cuando quiere.” Por fin la morfina la calmó y la llevamos al auspicio. Nos dijeron que seria un proceso de ocho o diez días. Nos dispusimos a esperar la muerte. No tardaría ni 24 horas. Al parecer, había escuchado sus ruegos.

Mi madre parecía un Cristo. El rostro afilado, amarillento, inexpresivo. La mirada vidriosa y perdida de los moribundos. Yacía bañada, perfumada, entre las sábanas blancas tersamente tendidas. Frente a ella, unas bellísimas flores que acabábamos de traerle, y tras la amplia ventana, un mar tranquilo y un cielo azul. La mañana había sido de visitas y llamadas. El sacerdote había venido y habíamos rezado. De pronto, todos se fueron – algunos a almorzar, otros a fumar un cigarro – y me quedé a solas con ella. Me recliné en un butacón a su lado, le tome la mano y me quede medio dormida. Me di cuenta, sin embargo, que el ritmo de su respiración cambiaba y supe, no sé cómo ni por qué, que había llegado el momento. Me puse a hablarle. Le pedí que no tuviera miedo, que ella había sido muy buena, que existía un Dios justo y comprensivo que la acogería… que la esperaban sus padres, sus hermanos, sus dos esposos, como a Doña Flor… (el humor siempre aliviando los momentos tensos…) Sin duda me escuchaba porque las lágrimas rodaban por su rostro, aun sin expresión…le pedí perdón si alguna vez la había herido, y frunció el entrecejo en señal de desacuerdo…

Entonces suspiró profundamente – ese largo suspiro de la muerte—y dejó caer el rostro sobre el pecho. Había fallecido. Al instante entraron mis hermanas y por unos 30 segundos, a sabiendas de lo importancia del momento, regresó a la vida. “Madre, siempre dices que te he ayudado mucho en la vida. Déjame ahora ayudarte a morir. No tengas miedo. Mira, estas rodeadas de cosas hermosas, de gente que te quiere, te vas de mi mano…” Mi madre entonces abrió los ojos. Su rostro fue de nuevo su rostro. Fijó su mirada en algo más allá de nosotras, de las flores, del mar…Nunca olvidare su expresión, mezcla de asombro infinito y de paz. Y entonces, libre del miedo que siempre tuvo a la muerte, se entregó a ella.

El 3 de octubre se cumplirá el cuarto aniversario de su fallecimiento. En esa ocasión, escribí sobre su vida. Nunca, hasta ahora, había podido hacerlo sobre su muerte. Lo he hecho pensando en los tantos niños huérfanos por la tragedia del 11 de septiembre que no tuvieron tiempo para despedirse de sus madres y padres, muchos de ellos trágicamente desaparecidos en la plenitud de sus vidas, consciente de la bendición que ha sido haber tenido una gran madre, que disfrutó de una vida buena y una buena muerte.

Acerca de uvadearagon

escritora cubana
Esta entrada fue publicada en Mi columna semanal, Mi familia, Mujeres cubanas, Salud, Vida de la escritora. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a La buena muerte

  1. Armando Carvallo dijo:

    No recordaba esta maravillosa descripción de tu mamá… ¡absolutamente preciosa!

  2. cecilio1942 dijo:

    Muy emocionante y sincera confesión que nos enriquece por la fuerza interna y voluntad que demuestra su mamá ante un hecho trascendental.
    Un abrazo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .