Cuando un amigo se va…

Publicado en El Nuevo Herald 21 de marzo de 2017

El Dr- Leonel A. de la Cuesta durante la presentación de su libro “Constituciones cubanas. De 1812 hasta nuestros días” FIU, 2007

Recuerdo claramente el día que lo conocí, a mediados de diciembre de 1973, en el Primer Congreso de Literatura Cubana en el Exilio, que tuvo lugar en la iglesia St. John the Divine en Nueva York. Era mi inicio en el mundo cultural y académico del destierro, la primera vez que conocía a personas de mi edad y un poco mayores, que compartían mis inquietudes e intereses.

Entre tantos rostros nuevos, muchos de los cuales luego se convirtieron en los de queridos amigos, se distinguía un joven de poco más de 30 de años, no muy alto, de cara redonda, cabellos rubios, ojos claros, simpatía criolla y una gran medalla en el pecho que ostentaba con orgullo. Luego supe que aquel pintoresco pinareño era el Dr. Leonel Antonio de la Cuesta, y que tenía ya cuatro títulos, Doctor en Derecho (Universidad de Villanueva) y Derecho Diplomático y Consular (Universidad de La Habana), Derecho Internacional y Constitucional (La Sorbonne) y un Ph.D. en Literatura y Lingüística de la Unversidad de Johns Hopkins. El galardón con cinta tricolor que lucía era de la Universidad de París.

No me acuerdo del tema de su ponencia en aquella jornada, pero sí la impresión que me hizo su forma de hablar. No en balde en La Habana había ganado concursos de oratoria.

Desde entonces a la fecha Leonel A de la Cuesta publicó 14 libros, y numerosos artículos en prestigiosas revistas. Desarrolló una carrera docente durante tres décadas. Dos de ellas fueron en Florida International University, donde fundó y dirigió el programa de formación de traductores e intérpretes.

Antes de ser colegas en FIU, nuestra amistad era ya entrañable. En una época me llamaba desde Bowling Green, Ohio, donde enseñaba, a mi casa en Maryland para aliviar la soledad con esas comunicaciones telefónicas, que entonces costaban dinero, pero en realidad no tenían precio.

Ya ambos residiendo en esta ciudad, era invitado fijo a todas las reuniones en mi casa, que animaba recitando con gracia tanto poemas afrocubanos a lo Luis Carbonell (“Los quince de Florita”, “Y tu abuela ¿aonde está?” ) como, en el más castizo acento, páginas del Siglo de Oro. Entremezclaba con los versos nombres de los anfitriones o los invitados con facilidad inusitada.

En mi familia todos lo queríamos, desde mi segundo padre, Carlos Márquez Sterling, a quien Leonel distinguía, y con quien charlaba por horas sobre derecho constitucional, hasta mis hijas, entonces jovencitas, a quienes les divertían sus declamaciones y porte histriónico.

Otras veces nos invitaba a su apartamento en Kendall. Le debo, entre muchas otras cosas, que me presentara en su casa a María Cristina Herrera, aunque en esos momentos pensábamos de formas distintas. Con el tiempo resultó no sólo gran amiga sino una mujer que admiré grandemente. También en las deliciosas tertulias de María Cristina disfruté a menudo compartir con Leonel.

Leonel de la Cuesta era un hombre erudito y sencillo; profundo y ligero; criollo y universal; maestro con curiosidad de alumno; actor de muchas máscaras que llevaba al desnudo el alma limpia, como de niño. Era intérprete no sólo de lenguas sino de la esencia misma de la vida. Amigo fiel, reclamaba de uno para servir causas que creía justas, nunca para sí mismo. Mi “hermano astral”, como él me recordaba siempre, pues compartíamos el signo de Cáncer, era, sobre todas las virtudes que lo adornaban y las carreras que ejerció, un buen cristiano y un excelente Maestro, así, con mayúscula.

Precisamente estaba en FIU cuando me enteré de su muerte el pasado 21 de febrero. Me sentí culpable, pues lo sabía enfermo y no lo había visto ni llamado en los últimos meses. Acudí al velorio a abrazar a su prima, la única familia que tenía. Tras la misa en la Iglesia de la Divina Providencia despidieron el duelo dos de sus alumnos, un joven y una muchacha, ambos con las voces entrecortadas por el llanto. Supe entonces que además de su obra escrita –que merecerá un largo comentario en otros momentos– Leonel A. de la Cuesta había sembrado muchas semillas en sus discípulos. No sólo enseñaba, sino que guiaba, aconsejaba. Dejaba huella. Quien fue su alumno jamás lo olvidará. Cientos de ellos se sienten hoy huérfanos sin su presencia tutelar.

A mí no deja de darme vueltas en la cabeza la famosa sevillana:
.
Cuando un amigo se va
queda un espacio vacío
que no lo puede llenar
la llegada de otro amigo.

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Acerca de uvadearagon

escritora cubana
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