El reino de la infancia

A Vitalina Alfonso, por su regalo

Casi todos los exiliados, especialmente los que vinimos de Cuba “casi-niños”, al decir de Ileana Fuentes, tenemos una extraña fijación con la casa que dejamos en Cuba. Quizás no sea tan raro. Nos fuimos sin saber que no volveríamos por muchos años, o en algunos casos, nunca. Dejamos allí nuestras cosas: libros, enseres escolares, juguetes, fotos. Sobre todo, en aquellos salones, habitaciones y jardines quedaban los recuerdos de nuestras breves existencias hasta ese mismo momento. No podíamos ni sospechar que todo cambiaría para siempre.

Nuestra antigua casa en la Calle 42 # 115 en Miramar

Nuestra antigua casa en la Calle 42 # 115 en Miramar


Perdimos un proyecto de vida que algunos teníamos claro desde muy jóvenes; perdimos crecer en nuestra ciudad, rodeados de la familia extendida y los amigos de toda una vida; perdimos acceso al apoyo de nuestro País; a desarrollarnos en nuestro idioma y nuestra cultura. Perdimos una Patria, que es mucho más que un himno y una bandera.

Todo eso lo sabemos, y sin embargo, es la casa lo que más nos duele, aunque desde entonces hayamos vivido en otras, posiblemente hasta mejores. ¿Por qué? Para un niño el hogar es mucho más que paredes, ventanas, muebles. Es el beso de la madre que se acerca silenciosa mientras dormimos. Es la sonrisa del padre cuando traemos buenas notas. Es Nochebuena; mañana de Navidad; fiestas de cumpleaños, juegos con primos, amigos, hermanos; horas tranquilas coleccionando sellos o descubriendo el placer de la lectura; es el perrito que nos recibe con alboroto; es la merienda de guayaba y queso o de la natilla que mandó la abuela; es el día que llegó a la casa un bebé recién nacido, aquel hermano o hermana perfecto como un milagro; es la rueda rueda en el jardín, la suiza en la acera, la bicicleta por el barrio. En esa casa es donde aprendimos a bailar, donde tal vez nos dieron el primer beso, donde nos tomábamos de la mano con el noviecito de la adolescencia. Allí lloramos por vez primera la muerte de un ser querido. Allí, antes de irnos, escuchamos a nuestros padres hablar bajito preocupados por el futuro de Cuba, y casi en secreto, como si fuéramos fugitivos, preparar nuestra salida del País.

Cpn mi madre Uva, mi abuela Lila, mi tía Sara y mi hermana Gloria en el jardín de la casa, circa 1957

Cpn mi madre Uva, mi abuela Lila, mi tía Sara y mi hermana Gloria en el jardín de la casa, circa 1957

La casa de Cuba es el castillo de nuestra infancia recreado en la memoria.

Celebrnado un cumpleaños con mi hermana Lucía

Celebrnado un cumpleaños con mi hermana Lucía

Los que volvemos siempre visitamos la antigua casa. A veces nos dejan entrar y son amables. Otras no. Algunas están igualitas pero en mal estado. Otras cambiadas y bien conservadas. Son y no son lo que eran. Siguen nuestras en la memoria, pero la realidad nos desmiente.

Nuestra casa es actualmente la Embajada de Gambia. En mi último viaje a Cuba el Embajador y sus colaboradores tuvieron la amabilidad de recibirme, de querer saber sobre los que habíamos vivido allí, de servirme café, de hacerme sentir que aquella era todavía mi casa, de enseñarme cada rincón. Se los agradezco en el alma. Tomé fotos. Conversé con ellos. Les hice cuentos. No lloré.

Algunas cosas permanecen iguales. Otras no. Por eso no compartí todas las fotografías con mis hermanas. Supe enseguida que lo que más me había afectado no era lo que estaba igual, sino lo que había cambiado. Han renovado cocina y baños, han cambiado algunos pisos, hay cortinas donde antes entraba el sol y la brisa. Hay plazas de parqueo en vez del jardín para que los niños jugáramos. Han quitado los árboles de anón que sembró mi padre.

Me alegra el magnífico estado de la casa, el cariño que le tienen, el que me expresaron. Pero yo sigo recordando el hogar de hace más de cincuenta años. Donde ahora hay oficinas, estaban nuestras habitaciones, nuestra vida más íntima, el diario ir y venir de nuestra familia.

Tampoco el barrio es igual, aunque esté la misma farmacia enfrente, el mismo centro comercial La Copa a media cuadra. Quizás por eso, desde esa visita en Febrero, no he podido escribir al respecto. Ver la casa cambiada, aunque sea para mejor, fue como perderla de nuevo.

La esquina de mi casa ahora tiene mi nombre

La esquina de mi casa ahora tiene mi nombre

Entonces ayer me traen de La Habana un regalo que me manda Vitalina Alfonso, editora, ensayista, amiga del alma. Aquí lo tienen. Es un mogote en miniatura de la esquina de mi casa. Lo llevo afuera y lo retrato sobre el asfalto. Lina le ha puesto mi nombre a la calle 42 y la Avenida 3era en Miramar, a un tiro de piedra del No. 115 donde crecí. Y ese regalo enviado con tanto amor, con tanta comprensión de alguien que ha estudiado mi obra y la de muchos en la diáspora, me llega como un abrazo solidario, como un mensaje de comprensión, desde dentro de la Isla y desde otra generación, de alguien que entiende el valor simbólico de la pérdida de una casa, que es, en verdad, el reino de la infancia que ya nunca será.

Calle 42 y Avenida 3ra en Miramar. A mano derecha, pintada de beige, se ve al costdo de mi antifua casa

Calle 42 y Avenida 3ra en Miramar. A mano derecha, pintada de beige, se ve al costdo de mi antifua casa

Gracias, Lina. Las cosas no son hasta que las nombramos. Ahora sé que esa esquina por donde paseé en bicicleta, a las que nos acercábamos en el auto ansiosos ya de llegar al hogar, sigue siendo mía y en ella, como en todo el barrio y como en mi antigua casa, continúa mi esencia y las de todos los que allí vivimos. Ella sigue siendo tan nuestra como nosotros de ella. Nada tiene que ver con títulos de propiedad. . Es una pertenencia del espíritu que ni siquiera los escritores sabemos explicar bien, pero que los que han vivido experiencias similares sabrán entender. Mi casa de Cuba continúa siendo el hogar de mi alma de niña. Es suficiente.

El alma de la niña que fui vive aún en el reino de su infancia

El alma de la niña que fui vive aún en el reino de su infancia

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Acerca de uvadearagon

escritora cubana
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3 respuestas a El reino de la infancia

  1. Armando Carvallo dijo:

    ¡Mucha verdad! Y aún sin ser niño a la hora de la partida, la casa queda siempre en la memoria más inmediata y entrañable… ¡al menos a mi me pasa!

  2. uvadearagon dijo:

    Es cierto, porque en definitiva nuestra casa y nuestro barrio son la patria chica.

  3. cecilio1942 dijo:

    Vivimos una época dramática para todos y trágica para algunos. Gracias Uva por el testimonio que comparto y entiendo. Ojalá que más pronto que tarde lleguemos a la normalidad.
    Un abrazo

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