Elegía penúltima

Publicado en Diario Las Américas, 8 de julio de 1999 y en La Gaceta de Cuba. septiembre/octubre 1999, 5, 53

Como partiste en brazos del silencio apretado
resonará más viva la luz de tus palabras.

Eugenio Florit

Eugenio Florit (Madrid, 15 de octubre de 1903 - Miami, 22 de junio de 1999)

Eugenio Florit (Madrid, 15 de octubre de 1903 – Miami, 22 de junio de 1999)

Era pequeño de estatura y grande de alma. Viejo siempre desde niño. Niño siempre hasta la muerte. Hombre solo, se tenía la paz bien sabida. Pero era una paz inquieta. Y una soledad poblada de afectos. Era sabio e ingenuo. Sus temas: lo trascendente, la muerte, el tiempo, la soledad, la poesía, Dios, los sueños. Sus temas: lo pequeño, lo cotidiano, una paloma, una vicaria que le salta entre las piedras, la gente de prisa bajo paraguas, un balcón abierto. Su tono: siempre menor. Su signo: la ternura. Su acento: el de España. Y de España, el recuerdo de un niño que dejó atrás un pueblo, la bicicleta, el maestro y la noviecita primera. Su corazón: dulce como las guayabas de la Cuba en su centro. Su escenario: la academia norteamericana. Su mundo: el de su alcoba poblada de libros y recuerdos. Su mundo: el mundo. Tanto viaje prendido a la retina. Tanto polvo sobre sus pies de caminante. Su Patria: la poesía. Su horizonte: el mar, siempre el mar, y más allá, la eternidad.

Todo lo gozaba: la majestuosidad de una catedral, una buena sopa, un rato entre amigos, la armonía de una vieja canción. Llevaba la música en la sangre y los silencios podían escucharse en sus versos. Amaba la vida y le tentaba la muerte. Un sentimiento elegiaco le temblaba en el fondo de cada estrofa. Escribió décimas, sonetos, haikús, versos libres. Por sus páginas deambulaban olas, sombras, lunas, flores, campanas, y sus muertos. También: Juan Ramón, Virgilio, Langston Hughes, Garcilaso, Brull, Martí, Shelley, Palés Matos, Becquer, Lorca, Shakespeare, Fray Luis. Sus poetas amigos de todos los tiempos, y un mismo universo: la palabra.

Las palabras las ponía una atrás de otra, como hileras de chopos en su España natal. A veces las páginas se le mojaban de azul mar, y se le llenaban de brisa de trópico y de la gracia leve de una palmera. Otras veces el ruido de los trenes subterráneos y de sirenas de ambulancia hería sus versos. Pero su castillo interior estaba hecho de estrellas, de noches claras, de sed de eternidad.

Vivió sus últimos años rodeado de afectos de familia, del hermano entrañable que llegó a convertirse en padre, memoria y oídos; de la hermana tierna, más pequeña, que él había llevado en sus brazos de niño grande a la pila bautismal. Los poetas jóvenes buscaban sus consejos. Fue mentor y guía de varias generaciones. Su antología de literatura latinoamericana –firmada junto a Anderson Imbert– ha sido fuente inagotable para catedráticos y estudiantes. Tuvo alumnos y discípulos. Fue profesor y Maestro, así, con mayúscula. Recibió honores en Nueva York, Salamanca, Miami. Los poetas de Holguín le escribían. En Cuba se pasan de mano en mano sus libros los escritores. El Internet recoge más de un ensayo crítico sobre la obra de este poeta que no tuvo que morir para convertirse en un clásico. Nunca fue un olvidado. Pero necesitaba su soledad tanto como necesitaba compañía. Fue hombre solo, de muchos amores y un solo amor: la poesía, y a través de ella, Dios, la eternidad.

Se nos ha muerto Eugenio Florit. “Antes de conocerte ya te amaba” reza un verso del romanticismo. Sobre mi mesa, su generoso prólogo a mis primeras prosas adolescentes, su caligrafía inconfundible, de picos alegres, su “eugenio” siempre con minúscula, como para pasar inadvertido, en carticas, en dedicatorias de libros. La más antigua data de 1937 –mucho antes de yo nacer– y es para mi abuelo, que era su amigo. Florit es parte de mi propia historia de familia; con él se van recuerdos que ya nadie recuerda más. Antes de conocerte ya te amaba, poeta.

Te lloro hacia adentro, Eugenio amigo. Esta es mi elegía penúltima. Esta muy cerca la pena. No puedo aún decirte adiós. Hay un gris asombrado en la ciudad. Hay un tono ámbar de crepúsculo en mi corazón entristecido. Te sé mejor. Tu sed ya apagada. Tu caligrafía sobre el firmamento. Tu búsqueda convertida en encuentro.

Pero, ¿y nosotros, Eugenio? Nos dejas tantas preguntas, nos abres caminos hacia tanta paz inquieta, hacia tanta armonía contradictoria, hacia tanto gozoso llanto, hacia tanto dolor acompañado por tu ausencia.

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Acerca de uvadearagon

escritora cubana
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