La grande dame

Publicado en Diario las Américas, 13 de de octubre 1994

Vino al mundo un día de otoño en Madrid, en casa de su abuelo, quien quiso que se llamara como él. La bautizaron, claro, con la versión femenina del nombre del antepasado gallego. Al verla por vez primera su padre, que estaba en Londres cuando la criatura nació, exclamó: “Con ese nombre tan feo, más vale que seas muy simpática.” Como si el comentario paterno se tornara en presagio de hados, la niña creció a ser una bellísima y elegante mujer, con un especial “charm” que la distinguió siempre.

Calle de los Caños del Peral No. 3, Madrid, donde nació mi madre

Calle de los Caños del Peral No. 3, Madrid, donde nació mi madre

Su infancia de colegio de monjas, Guirlache en las Navidades, y dulce de guayaba que llegaba desde la Cuba lejana que los padres recordaban con nostalgia, fue feliz. Creció en la España de Unamuno, Ortega y Gasset, los Machado, Lorca, Alberti, a quienes conoció. Siendo niña, vio a Alfonso XIII marcharse del Palacio de Oriente y fue testigo de como el pueblo español protegió la vida del monarca. Ya adolescente, presenció otro momento histórico de la España donde había nacido y crecido: la proclamación de la República.

Su padre, escritor y diplomático, fue trasladado a América cuando su hija (era la cuarta de cinco hijos) era una joven y bella mujer. Y si ya en España se había visto rodeada de pretendientes, en todos los países en que vivió – Panamá, Chile, Brasil – encontró hombres que aspiraran a su amor.

El primer golpe duro de su vida se lo asestó la muerte. Su padre, que tenía especial debilidad por ella, murió en un accidente de aviación. La familia regresó desolada a La Habana con el cadáver. Pero las lágrimas poco a poco dieron paso al amor. Un médico, bastante mayor que ella, amigo de su padre, se enamoró locamente de aquella mujer esbelta, de abundante cabellera negra, que combinaba un desmayado aire aristocrático con una singular simpatía criolla. Al año se casaron y un año después nació la primera hija. Tendrían dos más. Fueron tiempos buenos, de viajes, salidas a cenar, al cine, al Encanto, la Carmelo, a casa de su madre. Fueron años en que la maternidad le imprimió una especial ternura. Ya adultas, sus hijas recuerdan a menudo el exagerado cuido que ponía en ellas la madre.

Mis padres Uva Hernández-Catá y Ernesto R. de Aragón, Madrid, Mayo 1950

Mis padres Uva Hernández-Catá y Ernesto R. de Aragón, Madrid, Mayo 1950

Se quedó viuda muy joven. De nuevo se vio rodeada de pretendientes. Supo escoger bien. Su segundo marido, también mayor que ella, era un intelectual de fuste, una figura pública de probada integridad, un ser humano adornado por las más nobles virtudes. Y las tres niñas que acudieron vestidas iguales a al boda de su madre, tuvieron un nuevo padre.

Vinieron años de zozobra política en el país. Llegó el exilio. La mujer de gustos refinados aprendió a cocinar, a construir un hogar en tierra extranjera. La niña que el padre escritor protegió, la madre que en Miramar se dedicó al cuidado de sus hijas pequeñas, la esposa que acompañó al político en una azarosa campaña electoral, se enfrentaba a otra vida, más dura, menos protegida. Washington fue escenario de sus primeras nostalgias. Nueva York fue testigo de sus apuros en su primer trabajo. También, de su plenitud, de su paso de mujer segura. Como en todas las ciudades en que vivió, forjó amistades entrañables.

Mi madre Uva Hernández-Catá  y mi segundo padre, Carlos Marquez Sterling, New York, circa 1978

Mi madre Uva Hernández-Catá y mi segundo padre, Carlos Marquez Sterling, New York, circa 1978

A Miami vino con su esposo ya ambos retirados. Hubo que aprender a vivir con los hijos, con las nietas. Saber de qué lado de Flagler quedaba el sur. Forjar nuevos amigos. Ver envejecer al hombre que fue su inseparable compañero. Aceptar su muerte. Como había aceptado ya la de todos los hermanos, la de tantos buenos amigos.

Conozco bien a esta grande dame porque habita en mi casa. Por años he disfrutado su conversación sabrosa, sus sabios consejos, su capacidad inagotable de comprensión. Con ella he compartido buenos y malos tiempos. Me he alimentado de su joie de vivre, de su vitalidad sin par. Conozco también sus miedos y debilidades. Y la veo, día a día, envejecer con la misma elegancia con que ha vivido siempre.

Mi madre (all centro) celebrando su cumpleaños con sus amigas Mariita Castellanos, Clarita Martíes, Silvia Saborido y Nena Colina. Miami. Circa 1988

Mi madre (all centro) celebrando su cumpleaños con sus amigas Mariita Castellanos, Clarita Martíes, Silvia Saborido y Nena Colina. Miami. Circa 1988

Hoy trece de octubre, Uva Hernández Catá Vda. de Márquez Sterling, cumple 81 años. Vengo de las tiendas, de buscar inútilmente un regalo para ella. Y como cuando era niña y le dedicaba torpes versos, me he puesto a escribirle estas cuartillas.

Feliz cumpleaños, madre. (Y, claro, gracias por ser como eres.)

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Acerca de uvadearagon

escritora cubana
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