Descansa en paz, Reina Madre

En el aniversario de la muerte de mi madre, Uva Hernández-Caté, el 3 de octubre de 1997, reproduzco las palabras leídas en la misa en celebración de su vida en la Iglesia de St Raymond el 6 de octubre y publicadas en Diario Las Américas el 9 de octubre.

Uva Hernández-Catá. La Habana. 1953

Uva Hernández-Catá. La Habana. 1953

Uva Hernández-Catá fue una mujer singular. Encantadora, exquisita, refinada, elegante, bella, una gran dama: son todas palabras apropiadas pare describirla. Estas cualidades no eran en ella adjetivas, sino sustantivas. Su esencia misma. Porque su aristocracia no provenía de títulos nobiliarios ni de cuentas bancarias, sino del espíritu.

La distinguía por igual una innata simpatía, un “charm” especial, un incalculable poder de cautivar. Madrid, donde nació y se crió, le dio su garbo. Cuba, su increíble capacidad conciliadora. Si de su madre, Mamá Lila, heredó la belleza; el padre escritor le regaló el arte de conversar. Nadie como ella para narrar una anécdota, un chiste picante. Charlar con Doña Uva era un regalo. Sabía ponerse al nivel de todos. Donde quiera que estuviera, era el centro. La Reina Madre.

Mi hermana Gloria –y todos coincidimos– señala como uno de sus atributos más sobresaliente, su capacidad de decir una palabra agradable a cada persona que conociera o tratara, ya fuera el presidente de una república –y conoció a varios– o un simple jardinero. En efecto, sabía, o intuía, lo que cada cual necesitaba oír. Las palabras en ella se convertían en abrazos. Eran su forma de acariciar.

Los Hernández-Catá fueron siempre una familia de pensamiento abierto, liberales, en el sentido decimonónico y europeo del vocablo. También a esa herencia hizo honor. Su hija Lucía ha señalado en estos días la capacidad de nuestra madre de entenderlo todo, de no juzgar a las personas. Digna representante de una era más gentil que va muriendo, era, sin embargo, una mujer el siglo XXI. Por eso, para sus hijos y nietos, fue también amiga y confidente. No es de extrañar que desde los cuatro puntos cardinales de la tierra hayan todos venido y se reúnan aquí varias generaciones para decirle el último adiós.

Tuvo una vida llena y feliz. Nunca he conocido a nadie con un mayor joie de vivre. Era una mujer alegre, vital, que amaba la vida desinteresadamente, por sí misma. No sabía de rencores. Sólo cuando alguien hería a uno de los suyos podía vérsele enojada o herida.

Hubo tres hombres importantes en su vida: el padre que la mimó en su infancia y adolescencia; mi padre, Ernesto R. de Aragón, a quien le agradecía, sobre todo, las tres hijas que tuvieron juntos; y Carlos Márquez Sterling, su compañero en la plenitud y la vejez. De ambos maridos heredó nuevos hijos. La presencia de todos ellos aquí atestigua otra de sus habilidades: la de unir siempre. Y esa fue también una de sus peticiones antes de morir, que mantuviera unida la familia. En sus últimos años fueron los biznietos su mayor fuente de felicidad.

Uva Hernández-Catá y sus bisnietos. Miami. Domingo de Resurrección, 1997, seis meses antes de morir

Uva Hernández-Catá y sus bisnietos. Miami. Domingo de Resurrección, 1997, seis meses antes de morir

Al pensarla, se me agolpan los recuerdos, desde los días de infancia en que aliviaba la amargura de una medicina con la lectura de un poema, hasta los últimos años en que vivimos juntas solas, y en que a veces fue no sólo mi madre, sino también mi hija.

No era perfecta Doña Uva. Tenía sus egoísmos y sus vanidades, como todos. Era impaciente. Majadera para comer. Voluntariosa. También sufría sus miedos y sus penas. Creo haber tenido el privilegio de ser de las personas que más íntimamente la conoció. Y puedo decir con una propiedad que no empaña el amor filial, que era una mujer buena, en el sentido machadiano y cristiano de la palabra.

Nadie como ella me estimuló en la a veces dolorosa vocación por la literatura, y se sentía orgullosa de haberme trasmitido la misma pasión que por la escritura consumió a su padre. Pero también fui siempre para ella, como lo fueron mis hermanas, una niña. Hoy, con su muerte y nuestra orfandad, todos llegamos ya a la adultez rotunda. Somos ahora los viejos de la familia, y de ella heredamos la misión de perpetuar las historias que de generación en generación se han ido trasmitiendo.

Vivió y murió rodeada de amor y de belleza. Mantuvo hasta sus últimos momentos su sentido del humor y su dignidad. De nadie mejor puede decirse, “genio y figura hasta la sepultura.” Como la guardia imperial, murió, pero nunca rindió armas.

Doña Uva. Miami. circa 1991

Doña Uva. Miami. circa 1991

Madre, en octubre naciste y en octubre naces de nuevo para Cristo. Madre, no lo vemos en Miami, pero en octubre, en tu Madrid natal y en el Nueva York que marcó tu paso de mujer en plenitud, caen hoy las hojas doradas de otoño. Madre, hoy por ti doblan las campanas en muchos corazones.

Descansa en paz, Reina Madre.

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Acerca de uvadearagon

escritora cubana
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5 respuestas a Descansa en paz, Reina Madre

  1. Teresa Fernández Soneira dijo:

    Descanse en paz tu mamá, ahora ya junto a la mía.

  2. “Porque su aristocracia no provenía de títulos nobiliarios ni de cuentas bancarias, sino del espíritu…” Hermoso tributo a tu madre. QEPD. Carmen Montenegro

  3. José cabrera dijo:

    Tuve el placer de conocerla cuando estudiaba con Uva en UM. Infinidad de veces la vi salir de su cuarto con su garbo y gallardía. Siempre nos hacía algún comentario agradable o nos regalaba un recuerdo.

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