Una estrella para Adolfito

Publicado en Diario Las Américas, Agosto, 2004

A finales de abril de este año, cuando los cerezos junto al Potomac estaban en flor, se abrió al público el recién construido monumento en honor a los 16 millones de hombres y mujeres que pelearon en la Segunda Guerra Mundial. Un mes después, el Presidente George W. Bush, el ex Presidente Bill Clinton y un gran número de personalidades participaron en la inauguración oficial del lugar, situado entre los monumentos a Washington y a Lincoln. Los invitados más importantes, sin embargo, eran los veteranos, casi todos octagenarios, con sus rostros arrugados y sus uniformes de gala. La ocasión fue agridulce. La emoción de los soldados y sus familiares de recibir, casi sesenta anos después, este altar de piedra, como homenaje a su valentía y sacrificio, no mitigaba el recuerdo adolorido de los que murieron en el frente. Las 4,000 estrellas doradas sobre un muro de mármol oscuro, representando los 400,000 estadounidenses fallecidos durante el conflicto bélico, son un sombrío recordatorio del costo de las guerras.

Los artículos y reportajes de televisión sobre este monumento en Washington, D.C., me trajeron un sin fin de recuerdos. Vino a mi mente la foto de mi primo Adolfo de Aragón Portela, en su uniforme militar, el quepis sobre la amplia frente. Era un retrato de medio cuerpo, en blanco y negro, 8 x 10, que durante mi infancia habanera ocupaba un lugar preferencial en todas las casas de mi familia paterna. Todos los niños sabíamos que Adolfito había muerto en combate durante la Segunda Guerra Mundial. Su nombre, sin embargo, se pronunciaba con admiración, pero en voz baja, pues a nuestra abuela le ocultaron por más de 10 años, hasta que murió, el trágico destino del nieto.

Adolfo de Aragón y Portela (924-1945)

Adolfo de Aragón y Portela (924-1945)

Adolfito era hijo de mi tío Adolfo y su primera esposa, Margarita Portela. Quizás porque cuando él era pequeño, la familia buscó asilo en Estados Unidos durante la Guerra del 95, tío Adolfo, que era médico y dentista, residió la mayor parte de su vida en este país. Cuando se divorció de Margarita, se volvió a casar, y creó otra familia, nuestra abuela le sugirió que mandara a Adolfito a estudiar a Cuba. El muchacho cursó el Bachillerato en el colegio de los Escolapios y los que lo recuerdan de esos años aseguran que era muy cariñoso y simpático. Mi madre, en particular, nos contaba que iba mucho por nuestra casa y que le gustaba jugar con mi hermana Lucía, de pocos años de edad.

Cuando Adolfito se graduó, regresó a Estados Unidos y se matriculó en la universidad para estudiar medicina como su padre, su tío y su abuelo. Sin embargo, poco después, los japoneses atacaron Pearl Harbor y sus amigos comenzaron a irse al frente. El joven cubano sintió que debía luchar con ellos, y defender al país que generosamente lo albergaba. Su hermano Alberto recuerda la conversación de Adolfito con su padre, en el Hotel McAllister, en Miami, cuando le anunció que iba a presentarse como voluntario en el ejército americano. “Papá le respondió que como padre le rogaba que desistiera, que su patria era Cuba y que podía regresar a ella cuando quisiera. Pero agregó, ‘como hombre comparto tu valiente posición y creo que haría lo mismo que tú’”, me escribe Alberto.

Adolfito pertenecía al cuerpo de señales. Su trabajo consistía en desembarcar en puntos de conflicto junto a un grupo reducido, adentrarse en territorio enemigo y enviar señales a su comando para que, según la situación, enviarán o no las tropas. Si la decisión era atacar, debía cobijarse hasta que llegaron sus compañeros de armas. Si por el contrario, se ordenaba la retirada, debía buscar la forma de regresar al punto de partida por su cuenta y riesgo. No sólo en estos cometidos mostró su coraje. Se ofrecía de voluntario para las misiones más riesgosas. En más de una ocasión, logró salvar a varios de sus compañeros. Fue un héroe. El 19 de febrero de 1945, en el desembarco en Iwo Jima, murió Adolfito. Tenía 19 años. Pocos meses después, en mayo de ese año, terminaba la guerra.

Su hermano Alberto recuerda al llegar la noticia “ver a Papá llorando desgarradoramente, tirado en un sofá y con una pieza de tela en la cara, no sé si un pañuelo o una camisa, inculpándose por lo ocurrido.” Tiempo después, en 1949, trajeron el cadáver a La Habana, donde yace en el panteón de la familia en el Cementerio de Colón.

También años después de su muerte un americano llegó a La Habana en busca de los parientes de Adolfito. Era uno de sus compañeros de armas que había prometido entregar a sus seres queridos sus pertenencias y narrarles los pormenores de su valentía en el frente.

Diez y siete años después de que partiera para la guerra Adolfito, en la misma estación donde su padre lo vio por última vez, la familia despedía a su hermano Alberto, que marchaba a combatir a Vietnam. Alberto no sufrió el mismo destino que su hermano, y regresó de la guerra, pero no así nuestro primo César Eduardo Carvallo, quien también comenzaba su carrera de medicina, y murió a los 23 años, después de 13 meses de servicio en Vietnam,con el permiso de regreso ya en el bolsillo.

Muchas veces a través de la vida me he preguntado cómo pudieron ocultarle a Otra Mamá (así llamábamos a mi abuela) la muerte del nieto que se fue al norte a estudiar medicina y nunca regresó. Me imaginaba, quizás erróneamente, que le leerían cartas apócrifas – en sus últimos años estaba ciega –, y le inventarían razones por las cuales Adolfito no podía viajar a Cuba. Hoy pienso si acaso esta gran mentira a la que contribuía toda la familia, era una forma inconsciente de mantener a aquel muchacho con vida, de ir hilvanado la existencia que pudo haber tenido para que no muriera del todo…Quizás nunca engañaron a la abuela, y era ella quien fingía ante ellos para consolarlos…

No sé. Ya hace tiempo murió la abuela. Ya se fueron tío Adolfo y todas las tías. Pero esta primavera, cuando en Washington los cerezos estaba en flor, y los Estados Unidos inauguraron un monumento en honor de los soldados de la Segunda Guerra Mundial, no fui la única en recordar a Adolfo de Aragón Portela. Lo hicieron sin duda sus hermanos — Delia, Armando, Alberto, Marta – y muchos de sus primos, que hubiéramos querido haberlo conocido, tratado, y verlo allí, entre los veteranos. Consuela saber que cuando no estemos, cuando nadie lo recuerde ya, habrá siempre en la capital del país por el que él murió, una estrella en su honor.

Agosto de 2004

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Acerca de uvadearagon

escritora cubana
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Una respuesta a Una estrella para Adolfito

  1. info@albertoromeuphotography.com dijo:

    Linda historia muy bien contada. Alberto Romeu Alberto Romeu Photography Ph: 305.266.3532 http://www.albertoromeuphotography.com

    _____

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