El papel de los intelectuales en la República de Cuba

Trabajo presentado en la XXIII Conferencia
de Latin American Study Association (LASA),
celebrada en Washington del 6 al 9 de septiembre
de 2001.y publicado en “La Gaceta de Cuba” La Habana,
Mayo-Junio, 2002,

La República de Cuba — se ha repetido infinidad de veces — nació el 20 de mayo de 1902 bajo el signo de la frustración. Ya en 1916, Manuel Márquez Sterling se lamentaba que “El pesimismo, en Cuba, ha formado legiones, apostolado: constituye algo así como una escuela política(…)” (1) Tres años después, José Ignacio Rivero se pronunciaba de igual manera al señalar el escepticismo como uno de los factores principales del desquiciamiento moral de los cubanos. Le angustiaba que “La falta de fe en los destinos de la Patria, ha originado la ausencia de amor a ella.” (2) Por esas fechas, Fernando Ortiz precisaba el origen de la desesperanza criolla:
El pueblo sabe que el gobierno es ilegítimo, y que surgió apoyado por la diplomacia norteamericana; y observa que la usurpación ha servido para el provecho personal de lo usurpadores, los cuales no han tenido la capacidad necesaria para hacerse perdonar mediante actos de gobiernos justos y beneficiosos para el país, y han erguido en sistema la corrupción, justificando la creencia popular en la impunidad de todos los delitos de los gobernantes y en la desaparición de la justicia como la base de l a vuvida república en Cuba. (3)
En efecto, la intromisión de los vecinos del norte en la guerra independentista, los términos del Tratado de París, firmado sin la presencia de un sólo cubano, la primera intervenciones militar, la imposición de la Enmienda Platt que limitaba la soberanía del país y la actitud incluso de algunos cubanos, especialmente al propiciar la segunda intervención, incubaron un sentimiento de fracaso que se reflejó en todas las facetas de la vida de la naciente República, incluyendo la literatura de la época. La larga mano de los vecinos del norte en la vida política y económica del país era una banderilla clavada en la conciencia nacional criolla.
La primera promoción de escritores republicanos concentró su creación en temas nacionales, con un marcado énfasis en la denuncia de los males social y políticos. Jesús Castellanos, por ejemplo, dedica su primera novela, La conjura (1908), a la constrictora presión del engranaje social de la vida en Cuba. José Antonio Ramos, en su drama en tres actos, Tembladera (1916), pinta la maltrecha economía del país, producto de la improvisación y de los abusos de los latifundistas extranjeros. Contra la venta de tierras a intereses foráneos, especialmente yankis, también se manifiesta Alfonso Hernández-Catá (1885-1940) en su cuento Don Cayetano el informal. El asunto social aparece asimismo en la obra de Miguel de Carrión (l882-l928). El cultivador por excelencia de la novela social y política en Cuba, Carlos Loveira (l882-1928), refleja, satiriza y critica el ambiente republicano de la época en obras medulares como Generales y doctores (1920), Los ciegos (1923) y Juan Criollo (1928).
No fueron sólo los narradores los que expresaron su descontento con la presencia norteamericana y los rumbos que tomaba la República. También los poetas. Al regresar del exilio a la isla en 1899, Bonifacio Bryne se lamentaba adolorido en estrofas que memorizaron con devoción generaciones de niños republicanos:
Al volver de distante ribera
con el alma enlutada y sombría,
afanoso busqué mi bandera
!y otra visto en lugar de la mía! (5)

Más de un cuarto de siglo después, Felipe Pichardo Moya criticaba en sus versos a los “rubios ingenieros de atlético porte…” Advertía a los cañaverales que afilaba “sus garras de acero Monroe”, y les pedía que velaran por Cuba ante los “gérmenes anexionistas,/precursores de conquistas.” (6) Agustín Acosta, libre ya de los aspectos artificiosos del modernismo, muestra su preocupación patriótica en su poemas, entre ellos “Las carretas en la noche” en el que la repetición del verso “las viejas carretas rechinan…rechinan” cuando “van hacia el coloso de hierro cercano: van hacia el ingenio norteamericano” asemeja un lamento cargado de “cubanas razones” que surge de lo más hondo del alma guajira. (7)
En las primeras décadas republicanas, la crítica y la denuncia se encauzan por diversos modos de expresión. Por ejemplo, “El manual del perfecto fulanista” (1916) de José Antonio Ramos, y “El manuel del perfecto sinvergüenza” (1922) de Tom Mix, pseudónimo de José M. Muzaurieta, son sarcásticos retratos de la vida política del país que se insertan, además, en las orillas de otra corriente de las letras cubanas, la búsqueda el origen de los males del país en el análisis del carácter del cubano, a la que tanto contribuyó Jorge Mañach con trabajos como La crisis de la alta cultura en Cuba (1925) y, sobretodo, su penetrante Indagación del choteo (1928). Surge también en estos años la caricatura del pueblo cubano, personificado por Ricardo de la Torriente en las páginas de La política cómica en la figura de Liborio, hombre narizón, patilludo, con “un tabaco en la boca y un sombrero en la mano”, observador pasivo y socarrón de los vaivenes del acontecer público. (8)
El tema nacional se agudiza en la segunda generación republicana, en los que sobresalen los nombres de Jorge Mañach, Juan Marinello, Alejo Carpentier, Rubén Martínez Villena, Sergio Carbó, Félix Lizaso, Rafael Esténger, Lydia Cabrera, Lino Novas Calvo, José Antonio Fernández de Castro, Dulce María Loynaz, Mariano Brull, Eugenio Florit y José Antonio Mella, entre otros. El negro, el campesino, el obrero explotado, el patrón inhumano e inmoral, el latifundista azucarero, el yanki imperialista, son personajes que pueblan la literatura de esa era. La conciencia nacional se canaliza en la denuncia, la protesta. El movimiento feminista cobra impulso. En l923 irrumpe en la vida nacional el Grupo Minorista. Se produce la famosa “Protesta de los trece”. La Revista de Avance marca en l927 un paso hacia la vanguardia. El término “afrocubano” se pone de moda. Se cultiva la poesía negra, en la que sobresalen las figuras de Nicolás Guillén y Emilio Ballagas. Se revaloriza la vida y la obra de José Martí quien se convierte en el “héroe adorado” de los jóvenes escritores. Pero los temas sociales y antiimperialistas persisten. La obra del cuentista Carlos Montenegro (1900-1980) es un buen ejemplo.
No todas las visiones fueron igualmente tenebrosas. O, más bien, alzándose sobre sus propias dudas y angustias, muchos intelectuales sintieron el deber de jugar un papel en la creación de una conciencia cívica nacional y, especialmente, como mentores de la juventud. Así, en la Asamblea Constituyente de1901, Rafael Portuondo aboga por el derecho de las minorías, Eliseo Giberga advierte sobre los peligros de crear demasiadas barreras para los extranjeros en la isla, y José Alemán, que había alcanzado el grado de General de División del Ejército Libertador, defiende el sufragio universal. Ante la disyuntiva que pueden enfrentar las pueblos cuando dos facciones se disputan el poder, entre “el camino de batirse en las urnas, o, por el contrario, el de la revolución”, Alemán aconseja con énfasis: “(…) señores, es preferible, mil veces, la lucha de las urnas.” (10) En 1904, en vísperas de las elecciones parciales, Ramón Roa, Secretario de Relaciones Exteriores de la República en Armas, le pedía al pueblo cubano que pusiera “todos su sentido en las elecciones para concejales, consejeros, gobernadores, representantes y senadores, a fin de que obtengan estos cargos los ciudadanos más idóneos, los más serios, y los más respetables” y aseguraba a los electores que en sus manos estaba el porvenir de la República. (11)
“A la ingerencia extraña, la virtud doméstica”, frase que acuñó Manuel Márquez Sterling, reflejaba la prédica de muchos de los intelectuales de la era. Como Márquez Sterling, Manuel Sanguily, Rafael Montoro, José Ignacio Rivero y muchos otros se afanaban, aunque desde perspectivas distintas, en trazar las normas rectilíneas de una ética cívica, en las que un optimismo sereno y reflexivo, contrarrestara esa autodenigración rayano en el desprecio que aquejaba a los cubanos y se cernía sobre la República con el peligro de que menguara cada vez más el interés y la participación en la política del ciudadano de a pie.
Merece mención aparte Enrique José Varona, figura que por su larga vida (1849-1933), fecunda obra, variada trayectoria, y su influencia medular en las juventudes, es difícil de encasillar en una generación o una categoría particular. Varona sufría asimismo esa lucha interior entre un intuitivo pesimismo y un sentido de responsabilidad en la forja de virtudes ciudadanas. Pero si su escepticismo se transparenta con frecuencia en su obra escrita, no menguó en momento alguno su energía para participar activamente en la vida pública y cultural del país. En los consejos que daba a los jóvenes desde su cátedra en la Universidad de la Habana o cuando lo visitaban en su casa de El Vedado, y con su presencia tutelar en cuanta institución o publicación se estrenara, Varona atemperó la filosofía positivista que lo había marcado, con una gran preocupación humanista. Sus críticos lo acusan de haberse excedido en su repudio a las humanidades en el Plan Varona de enseñanza. Quizás tengan razón, pero pese a las contradicciones que son signo de los seres humanos genuinos, la vida de Enrique José Varona fue una constante cruzada cívica. No puede extrañar que se convirtiera para la generación del 23, según palabras de Francisco Ichaso, en “un guía recto y sapiente, un verdadero apóstol de la cultura.” (12) Con igual devoción se manifestaron en diversas ocasiones muchos de sus discípulos como Mañach, Fernández de Castro, Raúl Maestri y Gastón Baquero, entre otros. Aún en sus últimos años, y con más mérito precisamente por el desengaño que le mordía el alma, animaba a los jóvenes en sus luchas. Salvador Bueno reconoce de esta última época de su vida “sus lúcidos pronunciamientos antidictatoriales y antiimperialista”. (13) Su reconocimiento trascendió el ámbito de lo cubano, pues José Enrique Rodó lo comparaba al Próspero de su Ariel. (14)
Jorge Mañach desempeñó asimismo el papel de mentor de juventudes, especialmente desde la cátedra de Historia de la Filosofía en la Universidad de La Habana a la que accedió por oposiciones en 1940. Según Rosario Rexach, una de sus discípulas, “Sus clases eran escuchadas –casi con reverencia — por un numeroso alumnado (…)” Esta excelente relación de amistad de las primeras generaciones republicanas con la promoción que le sigue ha descrito por la Dra. Ana Cairo como “un culto a la juventud, típica expresión de cómo el pensamiento positivita conforma su pensamiento social”. (16)
Los intelectuales cubanos no desoyeron el consejo martiano sobre el peligro de dejar la arena política en manos de los peores y cuando lo creyeron prudente, militaron en partidos políticos y ocuparon cargos públicos con el sano afán de servir y no servirse de la Patria. En la diplomacia, se destacaron figuras de las letras como Luis Rodríguez Embil, José María Chacón y Calvo, Alfonso Hernández-Catá, Fernando Ortiz, Manuel Márquez Sterling, y Luis Machado, autor de “La isla de corcho”, entre otros. Rafael Montoro, autor de libros de texto de cívica, se desempeñó como Ministro de la Presidencia; el jurista José Antolín del Cueto , el etnógrafo Fernando Ortiz y el ensayista Jorge Mañach, quien también ocupó cargos ministeriales, fueron elegidos representantes a la Cámara; Manuel Sanguily, al Senado, del cual llegó a ser Presidente; el sociólogo Roberto Agramonte fungió como Ministro de Estado y fue postulado como candidato a la Presidencia por el Partido Ortodoxo en las elecciones que debieron celebrarse en 1952, frustradas por el golpe militar de Fulgencia Batista; Francisco Ichaso y Emetrio Santovenia militaron en la filas del ABC; Marinello y Mirtha Aguirre en las del Partido Comunista, para mencionar sólo unos pocos ejemplos. Figuras públicas que también incursionaron en el mundo de las letras hay muchss, pero nos hemos limitado a destacar algunas personalidades que eran primordialmente intelectuales, y que se involucraron en la política en ocasiones extraordinarias, por razones de responsabilidad cívica.
El sentido ético que los animaba llevó a muchos intelectuales al desempleo, el exilio o la cárcel cuando tomaron una posición combativa en contra de la prórroga de poderes del Presidente Gerardo Machado en el año 1928. En el manifiesto antiimperialista de los jóvenes intelectuales del Grupo Minorista, la primera firma que aparece es la de Enrique José Varona. Una conferencia de Alfonso Hernández-Catá es interrumpida por la porra machadista y el escritor, diplomático de carrera desde 1909, renuncia a su puesto consular en España. (17) Juan Marinello, Pablo de la Torriente y Raúl Roa son detenidos. También, en un sólo día — el 14 de febrero de 1931 — 89 profesores universitarios. Raimundo Lazo es separado de su cátedra universitaria. Marchan al destierro Jorge Mañach, Fernando Ortiz, Julio LeRiverand y el científico Carlos de la Torre, entre otros. (18)
El resultado del peso de la labor de los intelectuales cubanos se hizo palpable en la reacción del pueblo cubano ante el peligro en que se ponía el estado de derecho con la reelección espurrea de Machado. Aún las clases conservadoras del país combatieron la dictadura. Las prédicas a la juventud no habían caído en oídos sordos, pues el Directorio Estudiantil jugó un importante papel en la Revolución del 33 y el derrocamiento de la dictadura machadista. Quizás, sin embargo, el mayor logro de los intelectuales fue haber combinado la denuncia con la habilidad para negociar y zafar a Cuba del yugo de la Enmienda Platt. Así lo reconoce Eusebio Leal en una entrevista publicada en la Revista Temas en la Habana al decir:: “Hay en la República elementos vitales que luchan, por ejemplo, de una forma patriótica, desde el punto de vista jurídico, y lo logran cuando hacen que [la Enmienda Platt] sea finalmente abolida, no como un acto de generosidad del nuevo trato preconizado por Franklin D. Roosvelt, sino como resultado de una gran lucha nacional, en la cual los embajadores, los ministros cubanos – entre ellos Cosme de la Torriente—van a desempeñar un papel muy importante para la desarticulación del aparato jurídico de la enmienda. Ellos lograron barrerla completamente.” (19) En esta empresa, a la que muchos contribuyeron, hay que destacar asimismo la labor de Jorge Mañach, graduado de la Universidad de Harvard, quien exponía con desenfado las exigencias cubanas en influyente publicaciones americanas como Foreign Affairs</em(20), la del historiador Herminio Portell Vilá como uno de los delegados a la Séptima Conferencia de Estados Americanos celebrada en Montevideo en diciembre de 1933, y las denuncias periodísticas y gestiones diplomáticas de Manuel Márquez Sterling, a quien, como embajador de Cuba en Washington, le cupo el honor de firmar la abrogación de la Enmienda en 1934.(21)
La revolución de 1933 desembocó en la Asamblea Constituyente de 1940, a la que fueron electos no pocos intelectuales, de diversas ideologías, que contribuyeron a los debates, y entre los que sobresalen Orestes Ferrara, José Manuel Cortina, Jorge Mañach, Fracisco Ichaso y Juan Marinello.
De nuevo, a partir del golpe del 10 de marzo de 1952, muchos intelectuales intentan poner fin a la dictadura batistiana. Rafael García Bárcenas, poeta laureado, merecedor del Premio Nacional de Filosofía en 1950, organiza un frustrado asalto al campamento de Columbia en 1953, y sufre prisión y exilio. Leví Marrero denuncia a los que “cantan las bienandanzas de las dictaduras, y elogian servilmente al hombre fuerte, como varón paradigmático, llamado a solventar todos nuestros males.” (22) Carlos Rafael Rodríguez, Juan Marinello y Mirta Aguirre redactaron en 1957 la Carta a los intelectuales y artistas. Algunos apoyaron una solución política, otros se sumaron a las filas de la Revolución, pero pocos permanecieron indiferentes. Los intelectuales cubanos, en su inmensa mayoría, tomaron partido contra la dictadura.
No se limitaron los hombres y las mujeres de letras de la república a la denunciar sus males, forjar una conciencia cívica, alentar reformas y participar de forma activa en la política. Fueron también grandes promotores de la cultura. Para ello fundaron instituciones, dirigieron revistas y periódicos, convocaron a ciclos de conferencias, mantuvieron contacto con intelectuales extranjeros y dieron muestras de una formación humanista, un conocimiento enciclopédico y una vocación universalista, que no estaba reñida con un profundo nacionalismo. Basten pocos ejemplos.
Durante el corto período republicano, se crearon con apoyo oficial y notorios esfuerzos individuales, la Biblioteca Nacional (1901), la Academia de la Historia de Cuba (1910), la Academia Nacional de Artes y Letras (1910), el Museo Nacional (1913), la Academia Cubana correspondiente a la Academia de la Lengua Española (1922) , la Academia de las Ciencias (1928), y la de Educación (1936), la Junta Nacional de Arqueología (1937) , la Sociedad Geográfica de Cuba y la de Derecho Internacional, entre otras. De las instituciones de índole privada podemos recordar el Ateneo (1902), la Sociedad de Conferencias (1911), la Universidad Popular (1914), la Sociedad del Folkore Cubano (1924), la Sociedad Pro-Arte Musical (1918), el Lyceum Lawn and Tennis Club (1928) — organización de mujeres, que pese a su nombre algo frívolo, fue un foco del pensamiento más avanzada del país además de brindar un foro a numerosas personalidades extranjeras –, la Institución Hispánica de Cultura (1936), la Alianza Cubana por un Mundo Libre contra el fascismo, (1941), la Sociedad de Estudios Africanos (1943), el Instituto Cultural Cubano-Soviético (1945) y la Sociedad Cubana de Filosofía (1948), para mencionar sólo una muestra representativa.
La nómina de revistas es igualmente prolija. Repasemos las más emblemáticas: El Fígaro, Cuba Contemporánea, Revista Bimestre Cubana, Social, Revista de Avance, Revista de La Habana, Grafos, Lyceum, Espuela de Plata, Ciclón, Orígenes, sin contar con las de corte más popular como Bohemia y Carteles, en la que sin embargo colaboraron intelectuales de talla. Se han identificado por lo menos 558 revistas, de mayor o menor duración, publicadas en ese período. (23) Imposible igualmente mencionar la variedad de periódicos que se editaban, desde el conservador Diario de La Marina hasta Noticias de Hoy, órgano del Partido Socialista Popular, pasando por El Mundo, primer periódico de empresa de tipo moderno, El Heraldo de Cuba, Discusión , Ahora, –éste último bajo la sabia dirección de Guillermo Martínez Márquez–, Prensa Libre, y muchos otros. A pesar de que algunas publicaciones respondieran a la filosofía o los intereses de sus dueños o directores, abrían sus páginas a opiniones distintas. Se da el caso, por ejemplo, que en 1928 Nicolás Guillén comienza a colaborar en la página “Ideales de una raza” de Diario de la Marina, donde aparecen en 1930 sus poemas Motivos de son que producen gran resonancia.
Los repúblicos buscaron reconocimiento de la cultura patria más allá de las fronteras nacionales. Con proverbial generosidad José María Chacón y Calvo y Alfonso Hernández-Catá trabajaron desde sus cargos diplomáticos en España para dar a conocer en la Madre Patria la labor intelectual de sus compatriotas. Sirvieron de puente entre los escritores de ambos lado del Atlántico, pues habían trabado relaciones estrechas con la flor y nata de los intelectuales españoles. Idéntica labor realizó el dramaturgo Virgilio Piñera durante los 14 años que vivió en Buenos Aires. A su intervención se debe, por ejemplo, la entrañable amistad surgida entre Julio Cortázar y José Lezama Lima. Estos contactos, y el ambiente cultural de la naciente República, atrajo a muchos intelectuales extranjeros. Algunos visitaron Cuba, siquiera brevemente, donde se les recibió con entusiasmo — entre ellos Ruben Darío, José Ingenieros, Amado Nervo, Alfonso Reyes–; otros pronunciaron inolvidables ciclos de conferencia — Gabriela Mistral, Jacinto Benevante, Federico García Lorca–. Max, Pedro y Camila Henríquez Ureña, dominicanos, vivieron en la isla y se incorporaron a su cultura. Ernest Hemingway, ganador del Premio Nóbel de la literatura, residió en Cuba, donde escribió varia de sus novelas. Buscaron refugio político en la Patria de Martí cuando se vieron necesitados de huir de las suyas los españoles Gustavo Pittaluga y Juan Ramón Jiménez, y los venezolanos Rómulo Gallegos y Andrés Eloy Blanco.
Basta asomarse a algunas de las páginas escritas por los cubanos entre 1902 y 1959 para comprobar la vastedad del conocimiento de algunas de estas figuras, que convivían, es preciso decirlo, con el provincianismo y la estrechez de miras de otros sectores. Estos hombres — y algunas pocas mujeres — citaban por igual a los clásicos que a los autores del momento, cuyas obras se publicaban en las grandes urbes culturales, con la soltura que nace de lecturas firmemente acendradas, no de la pedantería o frivolidad. Uno de los factores que nutrió esta vocación universalista fue que muchos estudiaron, y luego ocuparon cátedras o recibieron becas fuera de Cuba, lo cual ensanchó sus horizontes. Por ejemplo, además de la carrera de derecho en Barcelona y Madrid, Fernando Ortiz estudió criminología en Italia, colaboró en revistas en Estados Unidos, donde también dictó conferencias y recibió un doctorado honoris causa de la Universidad de Columbia. Igual honor concedió a Carlos de la Torre la Universidad de Harvard. Herminio Portel Vilá fue becado cuatro veces por la Fundación Guggenheim. Antonio Portuondo, posteriormente rector de la Universidad de Santiago de Cuba, enseñó entre 1946 y 1953 en las Universidades de New México, Wisconsin, Pennsylvania y Columbia. En este última también fungió como profesor Jorge Mañach. Félix Lisazo fue instructor en Princeton. Eugenio Florit y José Juan Arrom desarrollaron sus carreras académicas en Estados Unidos, en las Universidades de Columbia y Yale respectivamente. Ambroso Fornet y Pablo Armando Fernández estudiaron en Nueva York durante la era republicana. (Valga añadir un paréntsis. No todos los intelectuales cursaron estudios universitarios. Alfonso Hernández-Catá, Manuel Navarro Luna, Enrique Labrador Ruiz y Lino Novas Calvo, entre otros, eran autodidactas.) París influyó grandemente sobre los intelectuales de la isla. Cursaron estudios en La Sorbonne — donde Emilia Bernal ofreció un singular ciclo de conferencias en las primeras décadas del siglo — Roberto Fernández Retamar y Mario Parajón. Las estancias en la ciudad luz fueron vitales para Lydia Cabrera , Alejo Carpentier, Julio Le Riverend. Ofelia Rodríguez Acosta publicó sus impresiones de la capital francesa en Grafos. Lazo realizó viajes de investigación por medio mundo. Lezama estuvo en México en 1949 y en Jamaica al año siguiente.
Otra muestra del amplio horizonte de los intelectuales republicanos puede hallarse en los títulos de sus libros, que van desde las biografías de El Papa Borgia, Maquiavelo y Felipe II de Orestes Ferrara, hasta textos filosóficos como La escudilla de Díogenes del matancero Fernando Lles, Redescubrimiento de Dios de Rafael García Bárcena, Filosofía existencial de Humberto Piñera y El cristianismo en la crisis de Occidente de Pedro Vicente Aja.
Un estrecho sentido de amistad unía a los intelectuales de la República, como se hace evidente en sus epistolarios. La correspondencia entre Chacón y Calvo y Fernando Ortiz, y entre Virgilio Piñera y Lezama Lima, para dar sólo dos ejemplos, muestra no sólo los intereses culturales comunes sino hondos vínculos personales. (24) Crónicas de la época ponen al descubierto tanto en ocasiones tristes, como despedidas de duelo; o felices, como banquetes de homenaje, ese sentido de camaradería que surge entre quienes laboran hombro a hombro en un proyecto común, en este caso, la República.
Las relaciones de amistad estaban por encima de las diferencias ideológicas, generacionales o de clase, y de los inevitables celillos que surgen siempre entre intelectuales. Es difícil imaginar dos individuos más disímiles que José María Chacón y Calvo, el hispanista que contaba entre sus antepasados al primer Conde da Bayona, y el combatiente comunista Pablo de la Torriente Brau, y sin embargo, trabaron una estrecha amistad, al punto que el diplomático lo alojó en su casa en el convulsionado Madrid de 1936.(25) Con respecto al grupo Orígenes –en el que figuraron José Lezama Lima, José Rodríguez Feo, Cintio Vitier, Fina García Marruz, Angel Gaztelu, Octavio Smith y Julián Orbón– ha señalado Iván González Cruz: “El cultivo de la amistad inspiradora significa y representa una categoría esencial en este grupo donde había una unidad en lo diverso y plural, sin la cual hubiera sido difícil quizás sobrevivir o desarrollar tan altas consideraciones en el terreno de la creación literaria”. (26)
A pesar de las múltiples actividades de orden público y cultural, dentro de cada movimiento, de la oratoria de Rafael Montoro a los aforismos de Varona, del modernismo de Regino Boti al barroquismo de Lezama Lima, de la poesía pura de Eugenio Florit al teatro de la crueldad de Virgilio Piñera, los creadores cubanos fueron fieles a las normas estéticas que cada uno se fijó. No sacrificaron la calidad de sus obras ante ninguna otra exigencia y prefirieron siempre la “indiferencia oficial” a un patrocinio estatal que pusieras bridas a la libertad creadora.
Naturalmente que siempre existen excepciones. No todos fue armonía entre las clases pensantes. También hubo polémicas, duelos verbales y de las plumas, ataques personales, mezquinas envidias, imperdonables olvidos, divisiones. Algunos hombres de letras apoyaron gobiernos dictatoriales, y se beneficiaron o se mantuvieron indiferentes tanto ante la injerencia extraña como la falta de virtud doméstica. Fueron los menos. Si en la República hubo indudables aciertos, también se cometieron grandes errores. Pero frente a todo acto de corrupción, abuso de poder o injusticia hubo intelectuales honestos que utilizaron su palabra para la denuncia y la búsqueda de soluciones para la nación.
No pretenden estas cuartillas agotar el tema. Ojalá, en el umbral del centenario de la fundación de la República, contribuyan siquiera modestamente, a la revaloración de un período en el que los intelectuales jugaron un valioso papel. En la entrevista antes citada, Eusebia Leal declara, y con razón, que “No podríamos entender la Revolución sin la República”. Yo diría más. No podríamos entender la nación cubana. La revisión de la historia de la República –que afortunadamente ya ha comenzado—es vital para aprender de sus errores, emular sus logros y nutrir el imaginario nacional con una visión coherente del pasado que pueda ser útil para enfrentar los retos que sin duda traerá el Siglo XXI.

NOTAS AL CALCE – lAMENTABLEMENTE AL COPIAR EL ARTICULO NO SALEN LOS NÚMEROS DE LAS NOTAS EN EL TEXTO NI LUEGO EN ESTA RELACIÓN. HE INSERTADO LOS NUMEROS EN EL TEXTO Y LAS NOTAS LO MEJOR POSIBLE, TAMPOCO SE REPRODUCEN TODAS LAS LETRAS EN CURSIVAS Y OTROS DETALLES

(1) Manuel Márquez Sterling, “Para la historia del pesimismo en Cuba”, La Nación, 25 de agosto de 1916, Año I, No. 143, reproducido en La doctrina de la República, La Habana: Publicaciones de la Secretaría de Educación, Dirección de Cultura, 1937, 30.
(2) José Ignacio Rivero. “Impresiones”, Diario de la Marina, 11 de octubre de 1919, reproducido en Pepín Rivero, Impresiones. El pensamiento de un gran orientador, Miami: Service Offset Printers, 1964, 19.
(3)Fernando Ortiz, “La crisis política cubana: sus causas y remedios. (Resumen de un libro que ya no se escribirá)”, fechado en marzo de 1919 y publicado en El Heraldo de Cuba, el 23 de junio del mismo año. Reproducido en: Obras, La Habana: Ediciones Unión, UNEAC, 1973, y en Cuba: Fundamentos de la democracia. Antología del pensamiento liberal cubano desde fines del siglo XVIII hasta fines del siglo XX, Madrid: Fundación Liberal José Martí, s.f., 226.
.(4)Conocidos también como la “generación de las tres banderas", pues nacidos sus miembros en las últimas décadas del siglo XIX, vivieron bajo la insigne española y más tarde la de Estados Unidos, antes de contemplar al fin ondear la bandera cubana, se distinguen asimismo por la creación de la “Sociedad de Conferencias” y la fundación de la revista “Cuba Contemporánea”. Pertenecen a esta generación, entre los prosistas, Jesús Castellanos (1879-1912), Luis Rodríguez Embil (1879-1954), Fernando Ortiz (1881-1969), José Antonio Ramos (1882-1928), Luis Felipe Rodríguez (1884-1947), Alfonso Hernández-Catá (1885-1940), Emilio Roig de Leuchsenring (1889-1964), José María Chacón y Calvo (1892-1969) entre otros. Para un estudio de las distintas generaciones de intelectuales en la República, ver, entre otros, Juan J. Remos y Rubio, Historia de la literatura, Miami: Mnemosyne Publishing Co., 1969, Vol. III, originalmente publicado en Cuba en 1945; Raimundo Lazo, La teoría de las generaciones y su aplicación al estudio histórico de la literatura cubana, La Habana: Ed. Universidad de la Habana, 1954; Salvador Bueno, Historia de la Literatura Cubana. La Habana: Editorial Nacional de Cuba, 1963; y Carlos Ripoll, La generación del 23 en Cuba y otros apuntes sobre el vanguardismo, Nueva York: Las Américas Publishing Co., 1968.
(5) Bonifacio Byrne, “Mi bandera”, Cincuenta años de poesía cubana, 1902-1952. Orientación, antología y notas por Cintio Vitier, La Habana: Dirección de Cultura del Ministerio de Educación, Ediciones del Cincuentenario, 1952, 17.
6 Felipe Pichardo Moya, “El poema de los cañaverales” (1926), Cincuenta años…, 96-97.
7 Agustín Acosta. “Las carretas de la noche” (1926), Cincuenta años…, 85-87.
8 Para más sobre este tema, ver “Caricatura de la República” de Adelaida de Juan, La Habana: Ediciones Letras Cubans, 1982.
9 Para más sobre el tema, ver el esclarecedor ensayo de Carlos Ripoll, La generación del 23 en Cuba…
10 Antología del pensamiento liberal…, 189-197.
11 Idem, 184. Escrito el 20 de mayo de 1904.
12 Francisco Ichaso, “Mis recuerdos de Varona”, Homenaje a Enrique José Varona en el centenario de su natalicio, La Habana: Publicaciones del Ministerio de Educación, 1951, I, 94.
13 Salvador Bueno, “Enrique José Varona: vigencia de lo efímero”, Enrique José Varona, periodista. Selección, prólogo y notas de Salvador Bueno, La Habana: Pablo de la Torriente Editorial, 1999, 11.
14 Ripoll, La generación del 23 en Cuba…, 58.
15 Rosario Rexach, “Jorge Mañach: Tributo al hombre y a su obra”, Dos figuras cubanas y una sola actitud, Miami: Ediciones Universal, 1991, 155. Otra de las muestras de la devoción de los estudiantes por Mañach puede hallarse en los tributos que le han rendido en diversas ocasiones en el exilio, entre ellos en Nueva York en 1986 con motivo del vigésimo quinto aniversario de su muerte, y de nuevo en Miami en el centenario de su nacimiento en 1998.
15 Ana Cairo. La Revolución del 30 en la narrativa y el testimonio cubanos, La Habana: Editorial Letras Cubanas, 1993, 27.
17 En carta a Manuel Navarro Luna, fechada en Madrid el 17 de junio de 1933, Hernández-Catá, padre de cinco hijos, confiesa que “los problemas económicos que esto me crea son enormes” y menciona con entusiasmo que “su libro bomba”, con el “título de la conferencia estrangulada y seis cuentos de los años terribles” se publicaría en un par de meses. Se trataba de Un cementerio en las Antillas, Madrid: Imp. De Galo Saénz, 1933, que vio la luz pocas semanas después de la caída de Machado. La epístola mencionada se encuentra en los Archivos del Instituto de Literatura y Lingüística en La Habana.
18 Para más sobre la Revolución de 1933, ver Luis Aguilar, Cuba 1933: Prologue to Revolution, New York: Cornell University Press, 1972; Justo Carrillo, Cuba 1933. Estudiantes, yanquis y soldados, Miami: Universidad de Miami, 1985; y Ana Cairo, La Revolución del 30…
19 Pedro Martínez Pírez, Eusebio Leal: “No podríamos entender la Revolución si n la República”.
Entrevista. Temas, La Habana no. 24-25, enero-junio de 2001, 6-7.
20 “Revolution in Cuba”, Foreign Affairs, V. 12, no. 1, Octubre, 1933, 53. En este artículo Mañach expresa “…the best service which the United States could render Cuba would be to consent to the abrogation of the Platt Amendment, which is the fundamental cause of the psychological semi-subjection of the Cuban people.”
21 El 7 de enero de 1919, Manuel Márquez Sterling, declaraba desde México en El Heraldo de Cuba: “El verdadero propósito de la Enmienda consistió en evitar las revoluciones del pueblo contra el Gobierno y fomentó las revoluciones del Gobierno contra el pueblo. Su norma puede condensarse en esta fórmula precisa: la paz a todo trance. Y la paz a todo trance es, en la historia, la dictadura”. Citado por Jorge Ibarra en Cuba: 1898-1921. Partidos políticos y clases sociales, La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1992, 3. Para más información sobre el tema ver Herminio Portel Vilá, Historia de Cuba en sus relaciones con los Estados Unidos y España, La Habana, 1941; y Manuel Márquez Sterling, Proceso histórico de la Enmienda Platt, La Habana, 1941.
22 “La misma piedra”. El Mundo, La Habana, 13 de marzo de 1957.
23 Para más información sobre esta tema, ver Roberto Esquemazi-Mayo, A Survey of Cuban Revistas. 1902-1958, Washington, D.C.: Library of Congress, 1993.
24 Ver Zenaida Guitérrez-Vega, Fernando Ortiz en sus cartas a José María Chacón y Calvo, (1914-1936, 1956), Madrid: Imprenta Universitaria, 1982, y Fascinación de la memoria. Textos inéditos de José Lezama Lima, La Habana: Editorial Letras Cubanas, 1993.
25 Salvador Bueno, “Prólogo”, Cubanía y españolidad de José María Chacón y Calvo, La Habana: Editorial Letras Cubanas, 1994, 17.
26 Iván González Cruz, “Vórtice de José Lezama Lima”, Fascinación de la memoria. Textos inéditos de José Lezama Lima…, 8.
27 Pedro Martínez Píerez, “Eusebio Leal…”, 9.

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Acerca de uvadearagon

escritora cubana
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Una respuesta a El papel de los intelectuales en la República de Cuba

  1. Armando Carvallo dijo:

    Interesantísimo… ¡lo guardo!

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