Cuaderno II – Viaje a la semilla

La Habana. 13 de febrero de 2015. Deseo enseñarle a Jeffrey Barnet, que ha traducido Memoria del silencio, los escenarios de mi novela, y después de ver por fuera la casa de mi abuela paterna en la Calle C, nos dirigimos a la Calle 42 (o Calle de la Copa) No. 115, entre 1era y 3era en Miramar, ahora Playa. Esta casa la mandó a construir mi padre y nos mudamos a ella en 1946 cuando yo tenía dos años. De ella salí el 13 de julio de 1959 para el exilio. Fue el reino de mi infancia, de nuestra familia.

Cuando mi hermana Lucía y yo vinimos a Cuba por primera vez en 1999, no nos dejaron entrar. Por muchos años la ocupó la embajada de Yugoslavia, luego Serbia, pero en mi viaje anterior a finales de 2013, que pasé frente a ella casi por casualidad, estaba vacía y abandonada. Me dejó un sabor amargo verla así. La casa no aparece apenas en la novela, pero de todas formas deseaba enseñarle a Jeff donde vivía, así como el barrio donde crecí, que se ha mantenido igual en muchos sentidos, aunque ha cambiado para peor.

Esperaba que sería una visita breve, de pasar frente a la casa, ir en el carro por las dos o tres cuadras donde tanto monté bicicleta, ver el centro comercial, el lugar donde estaba la Casa Fuentes, la quincalla donde compré por vez primera con mi propio dinero unos libritos de Ediciones Pulgar…

Al llegar encontramos gente entrando y saliendo, y otra insignia (que resultó ser la de la Embajada de Ghana).

Cuando llegamos a mi antigua casa, nos encontramos gente entrando y saiendo

Cuando llegamos a mi antigua casa, nos encontramos gente entrando y saiendo

Le pregunté a un señor si trabajaba allí, le expliqué que había vivido en esa casa y le pedí permiso para entrar. Me dijo que sin cámara y solo hasta la puerta, pero se fue a averiguar. Me quedé en el jardincito del frente con Jeff y retrate una pequeña palma que han plantado en el centro.

Han plantado una pequeña palma en el jardín de enfrente

Han plantado una pequeña palma en el jardín de enfrente

Al momento salió una señora de unos 40 y pico, ó 50 años, educada, amable, y me invitó a pasar y a tomar fotos. Me llevó a la cocina que han remodelado y no quise mirarla mucho porque prefería recordarla como era antes. Fuimos por el pasillo hasta el comedor, y allí vi la pequeña escalera de servicio y me dio un pálpito el corazón. ¡Tanto que subí y bajé esas escalones! Esa no había cambiado.

La escalera de servicio fue una de las cosas que me emocionó ver

La escalera de servicio fue una de las cosas que me emocionó ver

El comedor estaba lleno de muebles – se estaban mudando – pero la vitrina donde mi madre exhibía unos bellos platos de porcelana se mantenía exacta. En la sala no había muchos cambios. La terraza estaba cerrada porque hacían reparaciones al igual que en el jardín de atrás.

La biblioteca mantenía intactos los libreros de madera a la medida que mi padre había mandado a hacer. (Aunque no había un solo volumen en ellos.) Una chica trabajaba tras un buró, con una mesa auxiliar con una computadora al lado. Le dije que a lo mejor no quería que le retratara pero deseaba tomar fotos de la biblioteca…se apartó, me dijo que me sentara, que me tomaba una foto en el escritorio…

Los libreros estaban intactos pero sin libros, y faltaba naturalmente e,l oleo de mi madre donde ahora hay un reloj

Los libreros estaban intactos pero sin libros, y faltaba naturalmente e,l oleo de mi madre donde ahora hay un reloj

Salimos de nuevo al foyer de entrada. Pregunté por las matas de anón y la amable cubana que me servía de guía, y que parecía querer mi aprobación de los cambios hechos, me dijo que el embajador las había mandado a quitar para hacer unas plazas de parqueo.

– Qué pena, las sembró mi padre, tres de este lado por cada una de sus hijas, y una de este otro, por mi madre

– ¿Cómo se llamaba su padre?

– Ernesto R. de Aragón, era médico, y murió en esta casa, arriba, en la habitación del fondo, a mano derecha…

Se excusó que no podía dejarme subir porque estaba al llegar el embajador. Empecé a describirle los altos. Sin dejarme terminar, tomó mi cámara y corrió escaleras arriba a tomarme fotos.

Me quedé en el hall de entrada esperándola con Jeff. Le expliqué que, cosa rara en Cuba, la casa a la entrada tenía dos closets de abrigos… retraté la escalera principal. Cuando regresó la señora, que parecía ser una asistente ejecutiva, y me devolvió la cámara, me preguntó si la había encontrado todo bien… Le aseguré que sí y dijo algo sobre que conocía el dolor de los que regresaban y veían sus casas hechas verdaderos desastres.

Nos tomamos unas fotos en la puerta de la casa, le di las gracias, y regresamos al carro de mi amiga Marta Rosa que nos esperaba.

Le conté lo amable que había sido la señora y que me había emocionado ver la casa. Jeff aclaró:

–Tú estabas muy serena, la que estaba a punto de llorar era la señora…

Luego las fotos me han mostrado sus ojos rojos y húmedos.

Comenté a mis amistades que la serenidad, casi frialdad con que recorrí la casa, el hecho que no llorara, era una buena señal: mis viajes a Cuba no eran ya sobre el pasado, sino sobre el futuro. No viajaba en busca de mis raíces, sino con la ilusión de presentar un libro, ofrecer una conferencia, investigar para mi próxima novela.

Posdata: 30 de marzo. Mes y medio después de esa visita, creo que me engañaba, que mi distanciamiento se debió a la sorpresa y a un mecanismo de defensa. Desde entonces he lamentado no pedir ver el patio del costado, con su lavadero…Pero sobretodo, me han regresado mil sonidos e imágenes. Escucho la voz y los tacones de mi madre en la casa. Oigo los disco de los Panchos en el tocadiscos. De pronto Lucía está bailando cha chá chá en la terraza. Gloria se despierta de la siesta en su cunita. La enfermedad y muerte de mi padre, los años de la campaña política de Carlos, la infancia, adolescencia, los amigos, primos, mi abuela, mi tía Sara, mis hermanos mayores, todos entran y salen, hablan, vuelven a la vida en esa casa. A veces me alegra recuperarlos. Otras veces me duele su ausencia. No sé. Es algo muy confuso que no he sentido antes y que nada tiene que ver con desear recuperar esa propiedad, lo cual no me interesa. ¿Quién podría devolverme el reino de una familia? A veces por las madrugadas me pongo a ver las fotos…descubro que el escritorio era el de mi padre… es inconfundible por la madera tallada…allí se sentaba a calificar con un lápiz rojo y azul los exámenes de sus alumnus

Sentada en el antiguo escritorio de mi padre. Antes estaba colocado en forna diagonal y no estaban las cortinas.

Sentada en el antiguo escritorio de mi padre. Antes estaba colocado en forna diagonal y no estaban las cortinas.

De las que tomó arriba la señora no puedo distinguir las habitaciones porque son ahora oficinas, pero hay dos que me han conmovido inmensamente, y responden al pasaje de mi novela a continuación , cuando Lauri, una de las protagonistas, se despide de su abuela. Está basado en la realidad. Fue la última vez que vi a Mama Lila, mi abuela materna.

Mama Luya no quiere venir al aeropuerto. Papá dice que es mejor así, porque no vamos a caber todos en la máquina. Me despido de ella en los altos de la escalera. Aspiro su fragancia a jazmín y siento la suavidad de su cutis contra el mío. En el rellano, alzo la vista y la contemplo. Su cabeza cana y sus ojos gris acero. Sé que en cuanto me vaya se echará a llorar, pero ahora me sostiene la mirada y me sonríe. Le tiro un beso y corro escaleras abajo, temerosa de que si la vuelvo a ver la abrazaré llorando y no habrá quien me separe de ella.

Detrás de la varanda de la escalera estaba parade mi abuela cuando la vi oor última vez

Detrás de la varanda de la escalera estaba parade mi abuela cuando la vi oor última vez

Parada en el rellano de la escalera, mire hacia arriba y ví a mi abuela por última vez. La imagen me acompaña desde entonces.

Parada en el rellano de la escalera, mire hacia arriba y ví a mi abuela por última vez. La imagen me acompaña desde entonces.

Anuncios

Acerca de uvadearagon

escritora cubana
Esta entrada fue publicada en Crónicas de viaje, Cubanoamericanos, Diáspora cubana, Mi familia, Mis libros, Realidad cubana, Reconciliación de los cubanos, Viajes, Vida de la escritora, Vida en Cuba. Guarda el enlace permanente.

3 respuestas a Cuaderno II – Viaje a la semilla

  1. Armando R. Carvallo dijo:

    ¡Qué clase de experiencia! Me imagino fácilmente el cúmulo de emociones, a veces encontradas. Me impresionó que hayan mantenido el buró y los estantes de tu padre intactos.

  2. Armando Nuviola dijo:

    Muy conmovedora!!!. Cuantas habrán como esta?. Todavía quedan personas como la ejecutiva, que respetan el dolor ajeno.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s