La herencia de mi padre

Mi padre, Ernesto R. de Aragón, rodeado de sus alumnos

Mi padre, Ernesto R. de Aragón, rodeado de sus alumnos

Desde por la mañana, hoy Día del Médico, no hago más que pensar en mi padre, el Dr. Ernesto R. de Aragón y del Pozo. Murió cuando tenía yo nueve años y es increíble que en tan corto tiempo que lo tuve a mi lado, me haya dejado una herencia tan grande que crece con el tiempo.

Durante mi infancia habanera, en esta fecha la casa se llenaba de regalos, felicitaciones, visitas. Cirujano, ginecólogo y obstetra –aunque ya en sus últimos años no hacía partos– sus pacientes eran, naturalmente, mujeres. Le traían o enviaban un número desmedido de pomos de colonia Guerlain y plumas Parker, al punto que tenía una gaveta llena, que servían a menudo para hacer regalos a familiares, amigos y maestros. También recibía yugos, corbatas y, lo que más me llamaba la atención, telegramas.

Año tras año mi padre agradecía estas atenciones con la mayor cortesía pero pienso ahora que no le conmovían demasiado estos presentes de ritual. Sin embargo, no había un 3 de diciembre que no fueran a su oficina o a casa alguna mujer pobre, de las que había atendido en el Calixto García – el hospital público de La Habana donde siempre trabajó gratis –. Venía con un dulce casero, un pañuelo bordado a mano. En una ocasión, le trajeron unos pollos vivos. A menudo las mujeres llegaban acompañadas por sus niños pequeños o adolescentes, y agradecían una y otra vez “el milagro” de haberles dado vida gracias a mi padre, quien tuvo dos incesantes caballos de batalla en su carrera médica: combatir la mortalidad infantil y la infertilidad. Estas muestras de gratitud le significaban mucho y siempre se empeñaba en que conociéramos a estas mujeres humildes y agradecidas.

Los tratamientos eran muy distintos que en el presente, pero él iba a cuánto congreso se ofreciera y leía las revistas médicas más importantes – tenía un inglés impecable pues había vivido en Estados Unidos de niño cuando sus padres se exiliaron durante la Guerra del 95–, para mantenerse al día en su especialidad y ofrecerle a sus pacientes lo mejor de la ciencia de entonces.

Ni mis hermanas ni yo estudiamos medicina, pero con su ejemplo nos inculcó valiosas lecciones: una genuina voluntad de servicio, la búsqueda de la excelencia, la puntualidad, el afán de compartir con otros los conocimientos adquiridos y un inquebrantable sentido de justicia social.

Murió joven – a los 61 años – cuando sus tres hijas menores éramos niñas. Trató de dejarnos asegurados el futuro, con una casa, seguros de vida, pensiones. Apenas cinco años después de su muerte, todo eso lo perdimos. Pero nadie pudo jamás arrebatarme esa herencia tanto más valiosa: el sentido ético de la profesión y la vida, una buena educación, y los bellos recuerdos de esa infancia de juegos de pelota, playas y cariño.

Gracias, Padre, y feliz Día del Médico.

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Acerca de uvadearagon

escritora cubana
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2 respuestas a La herencia de mi padre

  1. fundmusicalia fundmusicalia dijo:

    Lindo!!! Doc

  2. Armando R. Carvallo dijo:

    El recuerdo de nuestros padres es siempre imperecedero… ¡muy bonito homenaje!

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