Otro primo que se va…

Publicado Diario Las Américas 6-12-2014

Nada me preparó para el que mensaje electrónico que recibí hace pocos días informándome que mi primo Fernando Rodríguez Amaro había muerto en la madrugada del 4 de junio de un infarto masivo, a los 66 años recién cumplidos, menos de un mes antes de su jubilación, prevista para el 30 de este mes. En “El Nuevo Día” de San Juan, ciudad donde residía, han aparecido 30 esquelas que trasmiten el cariño de su esposa de 47 años, Carmen Rita Vélez, su hija Carmen Lucía, sus nietas, su hermano Ernesto, su cuñada, sus sobrinos. Aquí en Miami su hermana Olguita está igualmente inconsolable.

Fernando Rodríguez Amaro Miami, 2007

Fernando Rodríguez Amaro
Miami, 2007

Los testimonios en la prensa muestran asimismo el respeto de sus socios y empleados en la firma RSM ROC & Co., y el alta estima de muchos por su trayectoria profesional como contador público. Revelan también su labor humanitaria. La Universidad del Sagrado Corazón, por ejemplo, destaca “su fe profunda, su compromiso cristiano, su apoyo a nuestros estudiantes talentosos de escasos recursos, a quienes facilitó su educación y luego les brindó oportunidad de trabajo en su oficina.” Hay incluso una esquela de sus vecinos en el condominio donde residía. Cientos de personas asistieron a la misa por su eterno descanso para acompañar a su familia a darle el último adiós. Estos testimonios ofrecen la visión de un hombre con gran ética de trabajo, voluntad de servicio, unión familiar. Son valores que nos inculcaron desde la cuna.

Fernán, como le decíamos cariñosamente, era el hijo mayor de mi primo hermano Fernando Rodríguez Aragón, ya fallecido, y nieto de Aurora de Aragón, hermana de mi padre. De pronto, se me agolpan los recuerdos de las vacaciones de Semana Santa que pasamos, pocos meses después de morir mi padre en enero de 1954, en Ácana, la finca de su abuelo Máximo Ródriguez, cerca del pueblo de Cidra, en Matanzas. Fernando y su esposa Olga Amaro, nuestros anfitriones durante esos días, querían mucho a mi madre y la atendieron con especial amor al quedarse viuda a los 40 años con tres niñas pequeñas.

Mi hermana Lucía y yo, de 11 y 9 años, (Gloria tenía sólo dos) compartíamos con sus hijos. Fernandito era trigueño, flaco, ágil, sabichoso. Olguita, alegre, dicharachera, pícara. Aunque menores que nosotras, ya conocían los secretos del lugar. Con ellos aprendimos a montar a caballo, bañarnos en un arroyuelo, cazar cocuyos, distinguir el canto de las aves, el nombre de los árboles, y corretear sin descanso campo abierto. Los únicos ratos tranquilos eran cuando nos dejaban participar en algún juego de dominó, y la hora de la cena alrededor de la gran mesa, donde se servían abundantes manjares criollos, y a la que se sentaban, especialmente los domingos, un gran número de familiares y amigos. Por las noches nos deleitábamos escuchando a los guajiros entonar décimas o contar leyendas fantasmales de la zona. Caíamos rendidos en la cama, protegidos de los insectos por los altos y blancos mosquiteros.

De la mano de mi primo Fernandito aprendí los misterios del campo cubano

De la mano de mi primo Fernandito aprendí los misterios del campo cubano

Lamentablemente, uno de los precios más altos del exilio ha sido la dispersión de la familia, y no fue hasta 2007, en la celebración de los 80 años de su tío, Roberto Rodríguez Aragón, fallecido hace año y medio, que volví a ver a Fernán, y a conocer a su hermano Ernesto, que no solo lleva el nombre de mi padre sino que guarda un asombroso parecido con él. Aunque desde entonces nos hemos mantenido en contacto por vía electrónica, comprendo con tristeza que apenas llegué a conocer a este primo más joven que yo que la muerte ha sorprendido a temprana edad.

Roberto Roddríguez Aragón (centro) con sus sobrinos Fernando y Ernesto, Miami, Mayo 2007

Roberto Roddríguez Aragón (centro) con sus sobrinos Fernando y Ernesto, Miami, Mayo 2007

Quisiera pensar que su partida inesperada me unirá más a los familiares que quedan, porque nos hace cobrar conciencia de la incertidumbre que pesa sobre cada uno de nosotros. Me reitera que nunca debemos dejar de decir una palabra amable ni de expresar sin rubor nuestros sentimientos, porque nunca sabemos si habrá otra oportunidad. Sé también que nunca nadie muere mientras otros lo recuerden. Sin duda para muchos mi primo Fernando ha dejado una vida de memorias de momentos que no compartí. En la distancia, los abrazo a todos, al igual que a su hermana Olguita. A mí me queda para siempre la imagen de aquel niño moreno e intrépido, compañero inseparable de aventuras en el campo cubano, quien, sin saberlo quizás, ayudó a aliviar el gran dolor por la muerte de mi padre.

Otro primo que se va, otra rama del árbol familiar que se quiebra. Afortunadamente, también hay nuevos frutos. Descansa en paz, Fernan querido.

Este artículo también puede leers en http://diariolasamericas.com/blogs/primo-que-uva-aragon.html

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Acerca de uvadearagon

escritora cubana
Esta entrada fue publicada en Mi columna semanal, Mi familia, Vida de la escritora, Vida en Cuba. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Otro primo que se va…

  1. Tuve la suerte de conocer a Fernando personalmente en el 2010, en Nueva York, gracias a su hermano Ernesto, que me invitó a visitarlos en un viaje que hicieron juntos a esa ciudad. Pasamos un rato estupendo, y desde entonces siempre nos mantuvimos en contacto electrónico. En ese encuentro Fernando supo del trabajo que hemos hecho con nuestro árbol genealógico y enseguida se convirtió en un activo colaborador de los sitios webs donde lo tenemos publicado. Mis condolencias a Carmen Rita, Carmen Lucía, Olguita, Ernesto y a toda nuestra familia, que tanto hemos sentido su inesperada pérdida.

  2. cecilio1942 dijo:

    Lo siento. Como Ud. bien dice, cuando se nos va alguien querido, si nos va parte de nuestra vida.

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