Descansa en paz, amigo del alma

Anoche, ya tarde, estuve repasando el libro sobre Luis Carbonell que comenté en mi columna de hace dos días. En una de las entrevistas que al parecer no había leído completa, encontré una referencia a que visitaba “la casa d los Hernández-Catá” donde había “una tertulia muy fina, muy buena. Iba mucha gente.” Como me recordó en Noviembre, cuenta que “Allí conocí a Rómulo Betancourt, que fue luego presidente de Venezuela, al novelista Rómulos Gallegos, que también fue presidente, al poeta Manuel Altolaguirre, a Raúl Roa García y a su esposa Ada Kourí. Mucha gente brillante iba, y yo recitaba.” Narra por igual que al oír hablar de una antología de cuentos de Salvador Bueno, al día siguiente fue a comprarla y de esa lectura surgió que comenzara a memorizar cuentos, diera con gran éxito un recital a fines de 1956 en el Conservatorio Hubert de Blanck, y muchas otras cosas que fueron abriéndole puertas y ganándole amistades.

Pensé revisar en el blog lo escrito, para añadir estos datos, pero eran más de las doce de la noche, y decidí dejarlo para hoy. Me dormí, pues, pensando en Luis Carbonell. Al despertar, revisé mi teléfono y el primer mensaje electrónico me avisaba de su muerte unas horas antes. Me invadió una inmensa tristeza, pues con él se me mueren de nuevo mis padres, mi abuela, mis tíos. Cuando hay quienes los recuerdan, ellos viven aún en su memoria, pero cada día quedan menos que los conocieron, trataron, quisieron. Al mismo tiempo, me alivió que pude ver a Carbonell en noviembre y que escribí de él justo antes de su muerte, como un obituario adelantado. Ayer mismo le había pedido a un mutuo amigo en La Habana que le leyera mi artículo a Carbonell, pero me devolvieron el correo, de modo que no creo que lo haya hecho. No importa. Sé que me visita fue también una alegría para Luis Mariano, una forma de hacerle revivir una etapa feliz de su vida, cuando era joven y sentía el cariño de muchos que reconocían su talento y lo ayudaban en su carrera.

No tengo detalles de su muerte. Al parecer fue súbita, de madrugada, tal vez dormido. Sé que a los 90 años conservaba su mente clara, y ya eso es un privilegio.

A esta hora en que escribo lo están enterrando en el Cementerio de Colón. Quisiera poder acompañarlo, llevarle una flor, tirarle un beso. Los cubanos en la Isla y en la diáspora lo lloran. En lo escrito antes, decía que lo había recuperado para siempre. Con su muerte, lo recobro en su plenitud. Me regresan sus gestos, su voz, su risa. Es una imagen alegre, que, sin embargo, me hace llorar. Descansa en paz, amigo del alma.

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Acerca de uvadearagon

escritora cubana
Esta entrada fue publicada en Actividades culturales, América Latina, Crónicas de viaje, Cubanos famosos, Cuento, Literatura, Mi familia, Poesía, Reconciliación de los cubanos, Viajes, Vida de la escritora, Vida en Cuba. Guarda el enlace permanente.

3 respuestas a Descansa en paz, amigo del alma

  1. Wekayak dijo:

    Muy bonito. Y qué suerte que hayas podido verlo en noviembre!

  2. Virginia Aponte dijo:

    Uva hace nada me lo regresaste desde mi infancia y hoy me dices que acaba de morir…igual ha quedado en el recuerdo que me diste la semana pasada. Ciertamente lo lloro como a “mamá Luya”.
    Virginia

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