Memorial de Gastón

Este artículo fue publicado en Diario Las Américas el 22 de mayo de 1997, y recogido en el libro Morir de Exilio (Miami, Ediciones Universal, 2006) 92-94

Cada muerto es de nuevo la plenitud del mundo.
Gastón Baquero

Isabel Castellanos me dio la noticia. Gastón ha muerto. Todos la esperábamos, y siempre sorprende. Me encerré en mi oficina y me quedé quieta. Me pareció oír la voz de trueno del poeta. ″Yo te amo, ciudad, aunque sólo escucho de ti el lejano rumor″. Debería estar contenta. Ya Gastón regresa a La Habana y la contempla ″desde su cielo único y humilde″. Ya es nube y estrella. Ya es pez. Ya es de nuevo la plenitud del mundo.

Se me agolpan las lágrimas y los recuerdos. Contemplo a un Gastón mucho más joven sentado a la mesa del comedor de nuestra casa en La Habana. A mí me parecía entonces un señor mayor y sabio. La primera apreciación se debía a mi mirada de niña pues el poeta en aquellos años no había cumplido aún los cuarenta.

Lo veo ahora en su apartamento en Antonio Acuña No 5 en Madrid, donde tantas veces lo visité, rodeado de libros, fotos y palabras. Gastón estaba hecho de palabras. Le salían a borbotones de la boca y de la pluma. Gustaba de hacer maldades. Se montaba en los ómnibus con un letrero que decía “Soy sordomudo” para que lo dejaran tranquilo en sus lecturas y silencios. Llevaba siempre dulce de tamarindo en los bolsillos. A mí me parecía un hombre niño y sabio.

Recuerdo con gratitud los ratos que disfruté de su conversación cultísima, embriagadora. De las cenas y los refrescos de horchata compartidos. De las gentilezas que tuvo conmigo desde que descubrió en mi adolescencia mi afición por la literatura. Haberlo tratado es un privilegio que me enriquece.

Felipe Lázar, Uva de Aragón y Gastón Baquero, Madrid, 1994

Felipe Lázar, Uva de Aragón y Gastón Baquero, Madrid, 1994

Reflexiono por un momento de los años que sufrió de verdadero exilio. Es decir, de estar al margen de todo. En la Cuba revolucionaria no cabía y se fue en 1959, aunque llevó la isla siempre consigo en su corazón inmenso y suave, como fruta de trópico. España le dio entonces trabajo, y poco más. Fue por años un oscuro empleado de la Radio Nacional Española. Un “señor gordo y herido”, como él mismo se describió en sus versos. Pienso que tenía entonces dos vidas, y la que contaba era la otra, la de sus magias e invenciones.

No se prodigaba con extraños. Había que saber el santo y seña para que abriera la puerta, contestara una carta o el timbre del teléfono. A veces se hacía necesario enviarle un telegrama. Pero quien lograba pasar el umbral de su castillo, en las moradas interiores encontraba siempre al poeta, al amigo, al cubano universal, al anciano inocente, al niño precoz y travieso, al sabio.

La sabiduría y la poesía juntas le daban una luz especial que no pudo quedar oculta. España supo reconocer a tiempo la talla del intelectual que tenía como huésped. La Cátedra Poética Fray Luis de León de la Universidad Pontificia de Salamanca le rindió un homenaje que lo sacó del olvido y le trajo otros merecidos galardones y la publicación de dos tomos de sus obras completas. También, hasta la Cuba que tanto amaba llegaron los destellos de su obra y su humanidad sensible. Los poetas jóvenes lo descubrieron y lo amaron. Comenzaron a circular sus libros. Los que podían, cruzaban el océano y le tocaban a la puerta. “Quiero conocerlo, Maestro”. Dejó de ser una isla invisible en el olvido de su Patria.

Si para las generaciones de jóvenes escritores en Cuba, Lezama Lima fue el Maestro, para nosotros en el destierro lo ha sido el autor de Memorial de un testigo. La hondura y versatilidad de sus conocimientos, el barroquismo de su conversación, la riqueza inagotable de su poesía y de su prosa, la lucidez de su pensamiento, han sido una fiesta con nombre y apellido: Gastón Baquero.

Gastón Baquero, Madrid, 1991

Gastón Baquero, Madrid, 1991

El poeta ha pedido que lo incineren y que desde una Cuba de libertades echen algún día sus cenizas a las aguas caribeñas. Así será, Gastón. Allí estaremos los que hemos crecido a la sombra de tu amistad y de tus libros, y estarán los que te han amado sin conocerte, y nos tomaremos de las manos sobre las arenas tibias de alguna playa a la hora en que el sol se aleja y nacen las sombras de la noche, y escribiremos poemas invisibles sobre las olas que te acunarán, y te veremos —para que se cumplan tus profecías— venciendo a la muerte, “renaciendo, ciudad, en cada instante / en tus peces de oro, tus hijos, tus estrellas”.

Descansa en paz, poeta.

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Acerca de uvadearagon

escritora cubana
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