Mi amigo Marcelo

Hoy 17 de marzo mi gran amigo Marcelo Fernández Zayas hubiera cumplido 76 años, y yo lo hubiera llamado para felicitarlo. Como no puedo hacerlo, reproduzco lo que escribí cuando murió. !Feliz cumpleaños, amigo del alma, donde quiera que estés!

Publicado en Diario Las Américas 12-1-2005

Conocí a Marcelo Fernández Zayas en una inolvidable tarde de domingo en casa de Olga Connor en Anápolis, Maryland. Debió ser a principios de los años 70. Era entonces yo una joven de alrededor de 30 años, con un primer libro de prosas adolescentes publicado, lecturas desordenadas y gran curiosidad intelectual, difícil de saciar en un exilio de trabajo, nieves, responsabilidades familiares y necesidad de supervivencia. Marcelo me aventajaba en edad, lecturas, experiencia de vida. Recuerdo con claridad meridiana como durante aquella tertulia Marcelo dominaba la conversación rodeado de un pequeño grupo. Tenía una voz fuerte, de locutor, y mucha labia. No sé cómo ni por qué comenzó a hablarse de José Martí, y él se puso a provocar a los presentes con comentarios atrevidos, irreverentes tal vez, sobre el Apóstol. Varios cubanos respondían contrariados. De pronto Marcelo se viró hacia mí y me preguntó mi opinión. Me quedé helada. Desde niña he sido muy martiana, pero la intuición me hizo comprender que las ideas de este hombre de piel trigueña y cabellos oscuros no eran gratuitas. Criticaba, más que a José Martí, a los cubanos y sus conocimientos superficiales y muchas veces tergiversados de un hombre inmensamente complejo. Le di la razón, y pronto los dos discutíamos con todos los demás. Nuestra amistad quedó sellada.

Poco después Marcelo me llamó. Quería venir a mi casa a prestarme un libro. Era “El sueño y la distancia” de Luis Ortega, de donde comprendí surgía gran parte de la tesis que esbozaba en aquella tertulia de domingo. Nuestra amistad creció. Marcelo se sentó conmigo muchas noches a revisar el manuscrito de mi segundo libro, la colección de narraciones breves “Ni verdad ni mentira y otros cuentos”. Hizo más. Me dio sabios consejos que me han sido útiles a través de toda mi carrera literaria y periodística.

Con Marcelo Fernández Zayas en mi casa en Rockville, Md., circa 1975

Con Marcelo Fernández Zayas en mi casa en Rockville, Md., circa 1975


Nos vimos con frecuencia en esos años. Teníamos amigos en común: Luis Aguilar, Tony Diez, Frank Calzón, entre otros muchos de la colonia cubana en la ciudad junto al Potamac. Marcelo era un conocedor de la política local, nacional e internacional. Estaba informado. Tenía buenos contactos y una prodigiosa imaginación. Siempre estaba esgrimiendo alguna tesis peregrina, algún nuevo proyecto. Le gustaba escucharse. En ocasiones, era vanidoso, mas las hinchazones del ego se veían compensadas por un sentido del humor que le permitía reírse de sí mismo.

Era gregario y hablador. Sin embargo, a medida que lo fui conociendo mejor, que compartimos largas noches de scotch y charla, comprendí que era un hombre que se sentía solo, con una soledad que nada tenía que ver con el calor de su hogar, su hija Cristina, sus amigos. Venía de algún lugar profundo, que nunca me descubrió del todo.
Sin duda su personalidad vital y extrovertida disimulaba su vulnerabilidad. Había en él una escondida ternura que afloraba en un gesto, una sonrisa, un guiño. Era un hombre sensual que dominaba el arte del flirt. En nuestra relación de amistad siempre se filtraba una leve tensión, ese delicioso juego de insinuaciones. Pero sabía muy bien respetar los límites.

Analizaba el tema cubano con la misma agudeza periodística que aplicaba a la política internacional. No se las daba de patriota, pero acaso esa angustia existencial que yo adivinaba en él provenía de vivir en el exilio. Había una cubanía nata en Marcelo que afloraba incluso en su modo de mover las manos al hablar. Pienso que en la isla hubiera sido un buen político, una personalidad de la prensa.

Era amigo de sus amigos y gustaba de hacer favores. Por recomendación suya participé en un programa en Oyster School en Washington como “Poet in Residence”, que luego me fue muy útil para que me escogieran en Miami Dade County en un programa similar. Cuando me mudé a Miami, llamó a Salvador Lew, para cuya estación, WRHC, Marcelo hacía comentarios radiales, y me recomendó a su gran amigo, que desde entonces me ha tratado siempre con la mayor deferencia.

Después que me fui de Washington vi a Marcelo varias veces en viajes suyos a Miami o míos al norte. Siempre recordaba mi cumpleaños y me llamaba. Yo no olvidaba el suyo, el día de San Patricio. Publicó en 1992 un libro de viñetas, “La Villa”, que comenté en esta columna. Hará una década – tal vez más – Marcelo sufrió una embolia. Pocos meses después fui a un congreso en Washington, y en cuanto pude tomé un taxi y me escapé a verlo. Me esperaba en el portalito de su casa con una manta sobre las piernas para protegerse del frío otoñal. Cuando se levantó lentamente a abrazarme, tuve que hacer un gran esfuerzo para no echarme a llorar. Aquel hombre alto, fuerte, de manos grandes y grandes sueños, caminaba con dificultad y apenas tenía movimiento en uno de los brazos, que caía flácido a lo largo de su cuerpo, con la mano engarrotada. Pero no había perdido su espíritu. Me mostró las cosas que hacía con la computadora y conversó con optimismo y naturalidad sobre su recuperación futura.

Me mantuve en contacto con él por correo electrónico y las anuales llamadas de cumpleaños, pero en algún momento le perdí la pista. Supe por amigos comunes que estaba viviendo con su hija en Carolina del Norte. Apenas hace unos días me dijeron que estaba grave, ya sin conocimiento. El 14 de noviembre murió Marcelo Fernández Zayas. Los dos periódicos de esta ciudad han publicado su esquela y han dado cuenta de sus estudios, su activismo político, su labor como pedagogo y periodista. Yo he querido hablar de mi amigo Marcelo, irreverente y tierno, cosmopolita y criollo, extrovertido y vulnerable. Otro hermano que se me ha ido. Otro adiós. Otra herida.

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Acerca de uvadearagon

escritora cubana
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2 respuestas a Mi amigo Marcelo

  1. Wekayak2 dijo:

    Lindo tributo- me encantó!

  2. Martha Pardiño dijo:

    Querida Uva, ojalá, cuando yo parta de este mundo, un amigo o una maiga, me haga un homenaje de Amistad y de Cariño tan lindo como éste que le has hecho a tu amigo Marcelo..
    Un abrazo,
    Martha Pardiño

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