In memoriam: Ernesto R. de Aragón

Hoy hace 60 años que murió mi padre, Ernesto R. de Argón, con 61 de edad. O sea, que casi lleva tanto tiempo en la otra vida como la que disfrutó en este mundo. Seis meses antes, en Julio de 1953, había sufrido un infarto. No quiso ir a la clínica. La casa fue adquiriendo ese ambiente – olores, silencios, susurros, ir y venir de enfermeras y médicos, frascos de pastillas, jeringuillas, balones de oxígeno – de cuando hay un enfermo crónico. Pero estaba mejor –como suele suceder siempre antes del viaje final – y ya caminaba por la planta alta. Aquel domingo de enero sufrió otro infarto como a la 1 de la tarde, y al anochecer, a las 7 p.m., falleció. Como en la coplas de Jorge Manrique a su padre, la muerte vino “tan callando…”

Mi madre decidió que mi hermana Lucía y yo no lo viéramos ni fuéramos a la funeraria. Sé que lo hizo por nuestro bien, pero por meses todas las noches le pedía a Dios, con la inmensa fe de mis nueve años, que me permitiera verlo siquiera una vez más. Deseaba decirle cuánto lo quería, y despedirme de él. Hasta que me vencía el sueño estaba atenta a cada sonido de la casa con la esperanza de que en cualquier momento escucharía sus pasos acercándose a mi cama. Naturalmente, nunca vino.

A lo largo de los años he aprendido muchas cosas de su vida que ignoraba entonces: que residió de niño en Estados Unidos porque mi abuelo, médico y farmacéutico, le suministraba medicinas a los mambises y tuvo que exiliarse; que mi padre jugó un papel importante en la reforma universitaria; que era gran amigo de las feministas y trabajó arduamente porque las mujeres embarazadas tuvieran acceso a cuidados prenatales; que luchó con igual ardor por reducir la mortalidad infantil; que tantos fueron sus méritos que le otorgaron la distinción más alta que se daba a un civil en la República: la Cruz de la Orden Carlos Manuel de Céspedes.

Aragon, Ernesto 3

Mi madre me contó otras cosas más personales: que cada 10 de febrero, fecha de su cumpleaños, le enviaba flores a su madre para agradecerle la vida; que en los meses antes de morir le dio instrucciones de que Lucía y yo estudiáramos en Ruston Academy, para que aprendiéramos buen inglés, ya que sabía que ella no nos mandaría a estudiar a Estados Unidos, como hicieron mis tres medios hermanos.

Siempre, a lo largo de mi vida, pese a la fortuna de haber tenido un magnífico segundo padre, he sentido muy cerca su presencia. Me acompañó la mañana de mi boda, en el nacimiento de cada hija, de cada nieto, en la presentación de mis libros, a la hora de tomar decisiones importantes. Y me acompaña aún. El sentido del deber y los valores éticos que nos inculcó a mi hermana y a mi han sido pilares de nuestras vidas. Aquella ternura suya cuando se hacía pasar por un león dormido que despertaba repentinamente para comerse a besos a sus niñas pequeñas; su gozo por la vida –juegos de pelota, viajes, reuniones de familia, regalos sorpresivos para mi madre, chistes que le hacían reír tanto que se le movía el vientre, como a un Buda feliz—son el mejor bálsamo para todas las heridas.

Con todo, hubiera querido tenerlo más tiempo… Cada 3 de enero revivo aquel triste domingo de mi infancia y aunque, aliviada por el paso de los años, permanece sin cicatrizar del todo la honda herida de su muerte. Ya sé que no puede venir para que yo le diga adiós, pero sé también que me espera para algún día recibirme en esa otra vida a la que se marchó hace hoy 60 años.

Ernesto R. de Aragon

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Acerca de uvadearagon

escritora cubana
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5 respuestas a In memoriam: Ernesto R. de Aragón

  1. fundmusicalia fundmusicalia dijo:

    Sobrina: Creo que tu madre hizo lo correcto. Eres muy sensible, y quizs el recuerdo de tu padre muerto, hubiera sido peor. Te cuento. Mi abuela por parte de padre, estaba semiinvlida desde que yo la conoc, digamos desde mis cuatro aos, pero como todos los fines de semana los pasaba en su casa, la tena muy presente, me acariciaba, me diriga algunas palabras que a veces no poda entender, pero sobre todo, la recordaba presidiendo la cena de nochebuena, con ms de 30 personas entre hijos,e hijas,sus respectivos cnyuges y descendencia… Cuando tena yo siete aos, cay con el ltimo ataque cardiaco, y estuvo en agona varios das.En aquella, poca, 1937, el oxigeno se aplicaba a los pacientes en unas grandes bolsas de tela que se situaban al lado de la cama; como iba saliendo lentamente de esas bolsas, alguiente tena que sentarse al lado de la cama, con la bolsa sobre las piernas, y los brazos encima de la bolsa, para ir haciendo presin sobre ella. Yo gustosamente hice mucho ese trabajo, me gustaba estar al lado de ella, y de cierta manera, ayudarla. Finalmente muri, y como era costumbre de la poca, el velorio fue en la casa. Acudieron muchas personas. Como era varn, se decidi que poda asistir al entierro, y asistir tambin a la misa de difuntos en el cementerio que cantaba un cura o dicono con voz de ultratumba. Todo eso me marc; por meses estuve atacado por unos ataques de bostezos que no haba manera de controlarlos. Ahora s que era un problema de hernia hiatal, pero cuando aquello, no se saba. Pero adems, me da las navidades para siempre: Jams podrn compararse a aquellas, por otros detalles que haran muy larga esta narracin. Desde entonces pertenezco a ese club de personas que sufren las navidades…CDA

    • uvadearagon dijo:

      Tío: yo sé que mi madre lo hizo por nuestro bien y posiblemente tenía razón. Además, ella recordaba el cuento que le había hecho su padre de la impresión que había sufrido a los ocho años cuando murió su padre. Los primeros meses que estuvo enfermo mi padre estuvo en una cámara de oxígeno, era como un mosquitero (sin huecos, claro), transparente, conectado a los balones de gases, que lo cubrían todo e impedía que lo pudiera tocar. Pero ya el final no necesitaba el oxígeno. Yo también tengo un episodio de ese 31 de diciembre, 3 días antes de su muerte, que ha hecho que nunca más me agrade esa fecha, aunque a veces haga un esfuerzo por los demás.

  2. Teresa Fernández Soneira dijo:

    Mi padre también se fue muy joven, y aunque siempre está presente ese vacío que dejó, se que está conmigo y que me cuida y hasta me da consejos de vez en cuando. Ya la vida nunca ha vuelto a ser igual, pero fue la voluntad de Dios y hay que aceptarlo.

    Tu padre y el mío gozan ya para siempre de una vida mejor. Hoy rezo especialmente por el alma de Ernesto para que su espíritu te de aliento a seguir la lucha de la vida, y para que mantengas la esperanza de que volverás a reunirte otra vez con el algún día.. Que descanse en paz.

  3. Muy bonita semblanza, Uva. Se te pasó decir que también participó en representación de Cuba en el Congreso de OPS, en Dallas, TX, en 1937, donde se proclamó el 3 de Diciembre como Día de la Medicina Latinoamericana en honor a Carlos J. Finlay.

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