Regalo de Navidad

Publicado en Diario Las Américas 12-26-13

Cuando tenía unos cuatro o cinco años me dio por decir que quería ser heladero. Esas Navidades le pedí a Santa Claus que me trajera un carrito de helados. Y en efecto, el 25 de diciembre, junto al árbol que mi madre decoraba bellamente, allí estaba. Era igual que los que empujaban por las calles de La Habana los vendedores ambulantes: un cajón de madera con una gran tapa, pintado de amarillo claro, montado sobre dos varillas y una rueda al frente en el centro, para que rodara al empujarlo. Estaba hecho a la medida de mi estatura y en ambos costados, en grandes letras azules y rojas, decía: “Helados Uvita”. Venía además con unas sonoras campanas, iguales, pero más pequeñas, que las que usaban los heladeros de Guarina, Hatuey, San Bernardo y otros, muy populares en mis años de infancia.

Carrito de helado parecido al que encontré bajo el árbol

Carrito de helado parecido al que encontré bajo el árbol

Apenas pude esperar a estar vestida para salir a la calle y pregonar a toda voz “¡Fresa, vainilla, chocolate! ¡Piña, coco, mamey!”.

A los vecinos, que naturalmente me conocían, les hacía gracia y paraban a “comprarme”. Muy seria les preguntaba si querían vasito, barquillo, o bocadito, y les entregaba los helados imaginarios que a veces me pagaban con dinero igualmente invisible, y otras con algunas monedas que me regalaban.

Anuncio de helados Guarina, muy populares durante mi infancia habanera

Anuncio de helados Guarina, muy populares durante mi infancia habanera

A la hora de acostarme no hubo forma de que me separaran del carrito de helados, hasta que no quedó otro remedio que subirlo a mi cuarto y colocarlo al lado de mi cama. No recuerdo un regalo mejor que el de aquellas Navidades.

Me imagino que como a todos los pequeños, el embullo se me habrá pasado pronto, el carrito de “Helados Uvita” habrá quedado olvidado en algún closet, y finalmente pararía en la basura. Muchos años después, ya adulta, le pregunté a mi madre dónde lo habían conseguido, y me contestó con toda naturalidad:

_ Ernesto en persona se lo mandó a hacer a un carpintero.

Pensé en aquel médico, cirujano, profesor universitario, conocido, respetado y querido por pacientes, colegas, alumnos, familiares, y lo imaginé entre consultas, operaciones y clases, explicándole a un carpintero cómo debía construir aquel carrito para su pequeña hija soñadora que quería ser heladero. Todavía hoy, al escribir estos párrafos, me embarga la emoción ante su gesto de amor de padre.

Estas Navidades, tal vez porque en 2013 he perdido a dos amigos muy queridos, o acaso porque no tenemos en estos momentos niños pequeños en el núcleo familiar -en enero nació Lucy, mi sobrina bisnieta, pero vive lejos y sólo la he visto una vez-, me ha invadido a menudo una honda melancolía.

Comprendo hoy por qué cada mes de diciembre mi madre rememoraba nostálgica el guirlache y el Roscón de Reyes, sabores de su infancia madrileña, del mismo modo que yo ahora me quejo de que no hay turrón de yema que pueda compararse con el que compraba mi padre en la Casa Suárez en La Habana.

Recuerdo las distintas etapas de mi vida y cómo fueron cambiando los rituales. Nunca podré olvidar esos tiempos en que llevábamos a mis hijas pequeñas a ver el árbol de Navidad de la Casa Blanca y que escuchaba la misa de Gallo con el peso de una de ellas dormida en mi regazo. Hasta me parecen lejanos los años en que mis nietos eran pequeños -ahora los cuatro miden más de seis pies y tienen de 17 a 21 años-. ¿En qué momento, cómo, cuándo dejaron de ser niños y se hicieron hombrecitos?

Para los que tenemos fe, la Navidad es la celebración del cumpleaños del niño Jesús y, en su esencia, el milagro de la vida, renovándose.
Siempre espero que en estas fechas me invada, siquiera por breve segundos, el asombro ante ese milagro.

El Papa Francisco besa una figura de niño Jesús

El Papa Francisco besa una figura de niño Jesús

Pocos años después de mandarme a hacer aquel carrito de helados, cuando tenía yo nueve años, mi padre murió. Pero su regalo es aún asidero de mi fe en el amor de familia y el amor del Padre. Combato las nostalgias con proyectos y sueños. Son muchos los que me acompañan para el 2014. Ojalá que también a ustedes.

Este artículo también puede leers en http://diariolasamericas.com/blogs/regalo-navidad-columna-uva-aragon.html

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Acerca de uvadearagon

escritora cubana
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4 respuestas a Regalo de Navidad

  1. Teresa Fernández Soneira dijo:

    Uva, muy lindo tu artículo y muy simpático lo del carrito de vender helados. Yo también recuerdo con nostalgia aquellos años de la niñez en La Habana, recorriendo iglesias para ver los nacimientos con sonidos, cascadas, música, ángeles cantando y luego visitar las vidrieras de las tiendas para escoger lo que quería para que me trajeran los Reyes Magos. Todas las etapas de la vida tienen sus momentos bellos. Lo que hay es que aprovecherlos y disfrutarlos. Te deseo que no te invada mucho la nostalgia de estos días, que logres tus proyectos para el 2014, y que el Niño Jesús, que trae la paz y el amor, ilumine tu vida y te bendiga siempre.

  2. ¡Qué bien sabes expresar tus sentimientos!… ¡Precioso! La nostalgia puede se combata con proyectos, pero OLVIDAR y NO REMEMORAR es imposible, y a nuestros años, ¡ni siquiera hay que proponérselo!
    FELIZ NAVIDAD y AÑO NUEVO… ¡fíjate que mis eÑes tiene su tilde!

  3. lori dijo:

    Que historia tan linda Uva, me inspira a escribir anecdotas de mi niñez. Feliz Año,

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