No tengas miedo a crecer, Dania

Publicado Diario Las Américas nov 6 2013

Leí recientemente en estas páginas de DIARIO LAS AMÉRICAS una columna de Dania Ferro en que se lamentaba de la agonía de su lado romántico. A los 30 años sentía nostalgias de “canciones, poesía, espiritualidad, besos delicados con ojos cerrados” y otros placeres que se había negado en su nueva madurez. Al leerla pensé en mi misma a esa edad, e incluso mucho más joven, cuando apenas adolescente escribí unas cuartillas tituladas “No te vayas, infancia, no te vayas”. El dilema de la joven periodista me hizo reflexionar sobre las ventajas de cada edad.

Desde mis casi 70 años -que espero cumplir el próximo verano- cada vez me siento más cómoda conmigo misma. He aprendido a aceptar mis defectos, y por tanto, soy más tolerante con los de los demás. Sigo disfrutando inmensamente la compañía de familiares y amigos, pero atesoro mis horas de soledad. Ya jubilada, al fin gozo de ese ocio creador que tanto apreciaban los griegos, aunque las horas para leer, oír música y escribir nunca me parecen suficientes. Por primera vez, hago ejercicios regularmente y el taichí me ayuda además con el estrés, que nunca desaparece, porque es parte de la vida del siglo XXI. Lo evito cuando puedo. Si prefiero no tomar la autopista de noche, busco otro camino o a alguien que me maneje. No aspiro a quedar bien con todo el mundo. Tampoco digo mentiras cuando me excuso por no asistir a algún acto. Casi siempre la verdad es suficiente: “Estaba cansada esa noche…”, “Opté por ir a un juego de baloncesto de mi nieto…” , “No lo apunté y se me olvidó”.

No me incomoda tanto tener que usar unos horribles zapatos ortopédicos. Estoy convencida que el que no me aprecie por mi cabeza y mi corazón, no vale la pena. Me queda, sin embargo, suficiente vanidad para usar collares grandes que llamen la atención y que así no se fijen mucho en mis pies. (La verdad es que los colgalejos extravagantes me han gustado siempre). Además, veo que muchas mujeres de mi edad usan calzado parecido.

Entiendo cómo cambia la dinámica entre las personas, dependiendo de cuántas se reúnan. Aunque continúa pareciéndome imprescindible que la familia entera celebremos juntos ocasiones especiales, me agrada pasar tiempo a solas con cada una de mis hijas y nietos. Atesoro las tradiciones; valoro la espontaneidad, lo inesperado. He aprendido que si lo estoy pasando bien en un lugar, no me marcho aunque hubiera tenido previsto otra actividad. Una vez dejé de usar un boleto para una función de ópera que había pagado a buen precio, por no abandonar una grata charla con amigos.

Hay cosas a las que he tenido que renunciar. No puedo comer chocolate porque me da migrañas. He gustado así de nuevos sabores insospechados. Ya no se me ocurre bailar bajo la lluvia, pero contemplarla desde mi ventana me produce una grata serenidad. Me asusta bañarme sola en el mar. Es más, necesito del brazo de uno de los nietos – ya jóvenes de más de seis pies—para sentirme segura al entrar o salir del agua, especialmente si hay olas o desniveles en la arena. No importa. Hace años, cuando eran pequeñines, les daba la mano yo a ellos, y, antes, a sus madres. Es el ciclo de la vida.

He visto morir demasiados seres queridos y cada uno es una herida en el alma, cuya cicatriz no sana del todo, porque se reabre con las memorias que trae inesperadamente una canción, un lugar, una vieja foto. Algunos de mis alumnos son hoy profesores universitarios o jóvenes profesionales. Sus éxitos me compensan el vacío por la ausencia de mis maestros.

Sé que no leeré todos los libros, no veré todas las películas, no visitaré todas la ciudades que hubiera querido, pero todavía disfruto a plenitud las cosas que me gustan: ese primer sorbo de scotch, la luna llena, los aeropuertos, las puestas de sol, una buena exhibición de pintura, el café de la mañana, un filme, el tiempo compartido con los que amo, descubrir un nuevo amigo, salir de viaje, regresar a casa…

No veo canciones, poesías, espiritualidad, besos, abrazos, entregas, alas, cielo, mar y mucho más como parte de un yo romántico que fue. Forman parte de mi esencia más íntima –alimentada por recuerdos e ilusiones- y no contradicen, sino enriquecen, a la periodista, conferencista, novelista, profesora. Todavía -y ojalá así sea hasta que cierre los ojos- me enfurecen las injusticias y me apasionan la política, la historia, la literatura, Cuba. No tengas miedo a crecer, Dania. Vale la pena

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Acerca de uvadearagon

escritora cubana
Esta entrada fue publicada en Cubanoamericanos, Mi familia, Mis libros, Mujeres cubanas, Periodismo, Pintura, Poesía, Viajes, Vida de la escritora. Guarda el enlace permanente.

9 respuestas a No tengas miedo a crecer, Dania

  1. Qué lindo , Uva! Pues tu familia debe estar muy feliz de tenerte con ellos, tan comprensiva y tolerante. Yo ya tengo 47, que no me lo creo, pero no estoy muy segura de haber “crecido” o “madurado” accordingly. Ya ni modo 🙂 …espero conocerte en persona alguna vez!!

  2. Wekayak2 dijo:

    Lindísimo- me encantó.

  3. Hilda dijo:

    Muy bello Uva. Yo también he dejado atrás el romanticismo de esa primera juventud y siento el equipaje de mano más ligero. Cada día amo más el presente y dejo de soñar con el futuro o el porvenir…palabras con ciertas dosis de demagogia. Nada como vivir el presente y aceptarse y amarse como es una. Con defectos y virtudes. No quiero romanticismo que me hagan ver lo que no es y equivocarme apreciando lo que distrae mi tiempo de lo auténtico. Estoy totalmente de acuerdo contigo y creo, sinceramente, que una vida plena como la que has tenido tiene que dar muchas razones para ser feliz.

  4. cecilio1942 dijo:

    Una vez más, gracias por sus sabias palabras, en las que, no obstante, veo aún mucha ilusión y energía, pero de otro tipo.

  5. Heros, Sonia T dijo:

    Querida Uva,

    No sabes como he disfrutado leyendo tu comentario “a Dania”…..me llega tanto lo que dices….eres incredible.
    Guardare esto para volverlo a leer regularmente….
    Gracias por ser tu.
    Abrazo,
    Sonia

  6. Adela dijo:

    No se ni como llegue hasta su blog a leer sobre su viaje a Cuba. Que aunque fabuloso no lo termine y comencé a mirar lo que escribe. Al llegar aquí me cautivo este escrito al punto de lágrimas. Su relato es esencia de la verdad. Invitación sin culpas a la tercera edad. Al leerlo pensé en mis locuras de los 30 años; lo precioso de la vanidad a esa edad y lo cómodo de mi edad actual (55 acabados de cumplir). Espero que la persona a quien le escribe sepa cuanta suerte tiene que usted le alumbre su camino a la mayoría de edad con este magnífico consejo. Le agradezco la información de los zapatos ortopédicos y saber que podre usarlos sin que me causen pena. Debo decirle que ahora mismo me rio tanto que tuve que dejar de escribir con eso ultimo. En fin un millón de gracias. Dios le de la salud necesaria para que dure otros muchos mas.

  7. nestor dijo:

    uva, disfruto de mi edad, 66 y tengo una excelente familia, pero le pregunto…..como podre desprenderme del lindo pasado q vivi en mi ciudad natal Cienfuegos?……y si veo una foto de esas q hacen hoy y la veo linda y limpia aun, mas me voy a ese pasado.
    Cuba es muy fuerte en nuestros corazones y en el alma para abandonar el pasado y volver a creer en un presente y en la utopia de un futuro………solo puedo creer en futuro si se logra la aceptacion de la reunificacion de la familia cubana, con aquellos mismos gobernantes eternos eso sera una verdadera utopia, saludos y HAPPY NAVIDAD.

    • uvadearagon dijo:

      Nestor,
      No tenemos por qué desprendernos de nuestro pasado, pero entenderlo como tal, para que no nos impida disfrutar el presente y soñar el future. En cuanto a Cuba, el tiempo de la historia no es el mismo que el del ser humano. Vendran tiempos mejores pera nuestro país, porque el dolor purifica y los cubanos hemos sufrido mucho. No sé si veré esos tiempos pero estoy convencida que vendrán.

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