Homenaje a las mujeres cubanas del exilio

Publicado en Diario Las Américas 10-17-13

Desde la era colonial hasta nuestros días, las mujeres cubanas han jugado papeles importantes. Pocas veces han recibido justo reconocimiento.

Por ejemplo, mucho se ha escrito del “milagro económico” de las primeras oleadas de exiliados de los años sesenta y setenta, pero no siempre se ha destacado el papel clave de las mujeres de aquellas familias.

Con frecuencia dejaron vidas cómodas para enfrentarse a situaciones de verdadera escasez. Muchas cambiaron las meriendas en el Carmelo por los paquetes de queso y los pomos de mantequilla de maní del Refugio.

No contaban con experiencia en el competitivo campo de la economía liberal, causa citada a menudo para explicar el éxito económico cubano de aquella etapa del exilio. Pocas poseían títulos universitarios. Muchas no dominaban el inglés. Provenían en gran número de las clases medias y altas de la sociedad y se dedicaban a las labores de su casa.

También se exiliaron mujeres de clase pobre y media, que en Cuba laboraban en escuelas, oficinas, tiendas, peluquerías, la radio y televisión; en este país trabajaron incansablemente (al igual que sus esposos) para que sus hijos tuvieran una carrera. En muchos casos, esos niños y niñas que vinieron pequeños o nacieron aquí fueron los primeros en sus familias en estudiar en una universidad.

Para poner esta situación en perspectiva, recordemos que en el censo de 1953, menos del 14% de las cubanas formaban parte del mercado laboral, y para 1970 la cifra en la isla sólo había aumentado al 18,5%. Sin embargo, en el censo de ese año, el 47% de las exiliadas en EEUU trabajaban.

El aporte de la mujer cubana a la economía familiar en EEUU no puede desestimarse. Pero su contribución ha sido mucho mayor. Además de trabajar en la calle, su amplia gama de obligaciones incluía la cena criolla en la mesa puesta a la hora precisa, la ropa limpia doblada en los armarios (menos mal que pudo cambiar la batea y la tendedera por la lavadora y secadora); más la ayuda con la tarea de los hijos, la casa impoluta, el cuidado de los viejos y servir el cafecito caliente al marido y sus amigos que jugaban dominó y discutían en el “Florida room” o en el “basement”, cómo derrocar a Castro.

Las considero una clase especial, a esas “damas cubanas”, por la elegancia que las distinguía, aunque no lucieran ropa de diseñadores. Se trataba de una aristocracia del espíritu, sustantiva, no adjetiva. Siempre bien vestidas y peinadas, perfumadas, y maquilladas con discreción, supieron crecerse, darle frente a situaciones que nunca hubieran imaginado que iban a vivir.

Fueron el centro de hogares donde convivían varias generaciones. Cuidaron a los padres viejecitos antes de que hubiera muchos de los servicios que hoy ofrece Medicare. Alentaron a los maridos en sus luchas por la libertad de Cuba, en los proyectos y sacrificios de fundar y echar adelante un negocio propio, o volver a estudiar la carrera que ejercían en Cuba; inculcaron a sus hijos valores éticos y cubanía; e incluso alcanzaron a ser manto protector para nietos y bisnietos.

Nacidas muchas a principios del siglo XX, y criadas con costumbres del XIX, supieron adaptarse a otra cultura, otro ritmo. Sirvieron de puente entre la Cuba Republicana y la vida en EEUU. No todas se establecieron en Miami. Muchas residieron en “el norte”. Pasaron apuros con el inglés. Vieron la caída de las hojas de otoño; sufrieron los rigores del frío y la nieve; disfrutaron de las cálidas primaveras; y ansiaban la llegada del verano para viajar a Miami, lo más cerca que tenían de su añorada Cuba.

Estas damas cubanas, de Union City a Miami, de Los Ángeles a Nueva York, de Madrid a Caracas, formaron agrupaciones para preservar nuestras raíces culturales. Lograron éxitos en el mundo empresarial. No olvidaron al prójimo y laboraron en organizaciones filantrópicas.

Enriquecieron nuestras letras, música, artes visuales, ballet. Mi madre, Uva Hernández-Catá, fue una de esas damas. Por eso, en el centenario de su nacimiento, he querido rendirle un merecido homenaje así como a todas las mujeres el exilio, y en especial a las de su generación.

Lo haremos en un acto convocado por la Asociación Nacional de Educadores Cubanoamericanos (NACAE) y el Instituto de Investigaciones Cubanas (CRI) de la Universidad Internacional de la Florida (FIU) que tendrá lugar a las 6:30 p.m. el jueves 17 de octubre en la Casa Bacardí de la Universidad de Miami.

Nota: La Casa Bacardí está situada en 1531 Brescia Avenue, Coral Gables, Fl. Para información o reservaciones, llamar al 305 284-2822.

Uva Hernández-Catá 1913-1997

Uva Hernández-Catá
1913-1997

Este artículo también puede leers en http://diariolasamericas.com/

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Acerca de uvadearagon

escritora cubana
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4 respuestas a Homenaje a las mujeres cubanas del exilio

  1. Wekayak2 dijo:

    Muy bonito! Vamos a tratar por todos los medios de ir.

  2. Armando R Carvallo dijo:

    Muy merecido homenaje a todas las mujeres.

  3. Teresa Fernández Soneira dijo:

    La mujer cubana ha sido poco y mal reconocida ya desde las guerras de independencia hasta nuestros días. Y sin embargo fue y es ella el pilar de la familia y en cierto modo de la sociedad. Como bien decía el sacerdote y periodista español, José Luis Martín Descalzo: “Todos tus esfuerzos personales jamás serán capaces de construir el amor y la ternura que te regaló tu madre y la honradez y el amor al trabajo que te enseñó tu padre”. Gracias Uva por tu reconocimiento a la mujer cubana en tu comentario de hoy, y felicidades en el aniversario de nacer a la vida de tu querida mamá.

  4. Martha Pardiño dijo:

    Gracias Uva, por este recomocimiento a la mujer cubana del exilio. Cuando llegamos a Miami mi marido y yo, el 31 de Julio de 1962, con una mano alante y otra atrás, pensaba que este exilio no iba a se largor… a los pocos meses me di cuenta de mi equivocación, y aprendí a cocinar, a hervir pañales de mi primer hijo, a planchar, etc. Cuando apretó la economía del hogar, me puse a trabajar en oficina y cuando regresaba a casa recogía a mi hijo de la señora que me lo cuidaba que vivía frente a nuestro apartamento, y bañaba a mi hijo, jugaba un rato con él, le daba la comida, lo dormía y preparaba la cena para cuando mi esposo llegara de trabajar todo estuviera listo.. Antes de acostarme dejaba todo ordenado y arreglado para el día siguiente. Aprendí a coger guagua, a comprar los mandados para la semana, siempre ahorrando, a coser, etc. Cuando me encontraba, de vez en cuando, con amigas mías que habían trabajado conmigo en el Banco Hipotecario Mendoza, situado en el bello Palacio Aldama, en La Habana, y comprobaba que al igual que yo, ellas habían formado familias y trabajan para ayudar con los gastos del hogar, y además hacían todo el trabajo de la casa. Nos sentíamos muy orgullosas.
    Por eso Uva, le doy nuevamente las gracias por este homenaje a las mujeres cubanas del exilio que ya era hora que alguien se ocupara de nosotras.
    Un abrazo,
    Martha Pardiño

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