Un paseo por las calles de La Habana Vieja

Manuel Fernandez Santalices

Manuel Fernandez Santalices

Hoy he decidido pasear por la capital de Cuba. Me he dirigido a La Habana Vieja acompañada por un magnífico guía, Manuel Fernández Santalices, que nació y vivió hasta su madurez en el sector de intramuros de la ciudad.

Don Manuel me comenta que en el trazado de las calles del núcleo fundacional de La Habana no se encuentran muchas cuadras simétricas ni calles paralelas como en otras ciudades americanas fundadas en la misma época.

Me cuenta también que las calles tardaron mucho tiempo en tener nombres oficiales y eran conocidas por alguna característica o el apellido de algún vecino ilustre. Un árbol sobresaliente es el distintivo de “Aguacate”; las actividades comerciales definen a “Mercaderes”; las artesanías a “Oficios”; las instalaciones militares a “Cuarteles” y las religiosas a “Santa Clara”, “San Ignacio” y otras. Me habla también de las etapas por las que pasó la numeración; de las calles cerradas; de los entoldados que ya en el Siglo XIX anunciaban comercios y protegían del sol; de la pavimentación, que comenzó, naturalmente en “Empedrado”; de cómo los vecinos debían desplazarse con un farol de aceite o un hachón de tea por las noches, hasta que comenzó el alumbrado a mediados del Siglo XVIII; y de cómo los tranvías fueron parte del paisaje urbano toda la primera mitad del Siglo XX.

Me describe mi erudito guía el bullicio cotidiano de las calles, los pregones anunciando cosas tan disímiles como pulpa de tamarindo, flores o pirulís; y la música de los cabildos negros en la fiesta de Reyes, las comparsas de carnaval; los desfiles bailables durante las campañas electorales en la era republicana; y una especie de rapsodias callejeras cantadas en las esquinas para contar el último suceso, muchas veces un crimen pasional.

Me explica Fernández Santalices que a mediados del siglo XIX había una veintena de iglesias en la zona, muchas alineadas en las Calles Compostela y Cuba, de gran animación durante las fiestas religiosas. En la Calle Amargura circuló por muchos años un vía crucis los viernes de cuaresma, a lo que debe su angustioso nombre. En la Parroquia del Espíritu Santo – donde se casó mi bisabuela– se rezaba todas las noches el rosario a las 9 p.m., de modo que el célebre cañonazo, era conocido antes como “el cañonazo del rosario”.

Se detiene mi culto acompañante a hablarme sobre los barrios y las parroquias. Me recuerda asimismo que en los primeros siglos la sociedad cubana estaba rígidamente estratificada en dos clases sociales muy distintas: la aristocracia y los siervos, formada esta última principalmente por negros, esclavos o libertos, y “pardos”. La zona de los “nobles” estaba conformada por las calles más cercanas al litoral, durante mucho tiempo el centro de actividad económica. En las plazas, especialmente la de la Ciénaga (después de la Catedral) y la plaza Nueva (llamada después Vieja) se construyeron los más hermosos palacios habaneros. Las calles donde se asentaban las clases más pobres, sin embargo, penetraban en los barrios de los más acomodados. También hubo un sector separado para los aborígenes, el barrio de Campeche, donde se encuentra la Iglesia La Merced. Las fiestas allí eran una ocasión donde compartían las razas, aunque no siempre con los mejores resultados. Los jóvenes blancos, por ejemplo, iban atraídos por la belleza y sandunga de las mulatas, como aparece en la novela “Cecilia Valdés” de Cirilo Villaverde.

Las calles estrechas, convenientes para protegerse del sol, y las grandes puertas y ventanas, con sus enrejados, pero abiertas de par en par, hacían casi imposible la privacidad en los hogares. Al comenzar el Siglo XX surge una Habana nueva, extramuros. La Habana Vieja comienza su decadencia con la demolición de la muralla y la pérdida de los residentes de las clases pudientes, aunque quedó una zona central con bancos, ministerios y comercios, que se llamó el Wall Street habanero.

Hace varios años la UNESCO declaró el casco histórico de La Habana patrimonio de la humanidad, y su historiador, Eusebio Leal, no ha escatimado esfuerzos para restaurarlo.

Deseo seguir caminando, adentrarme ya por estas calles que recogen tanto de la Historia, con mayúscula, y también de la “petite histoire” de nuestros antepasados. Pero mi guía da muestras de cansancio y nos sentamos en un banco en la Plaza de Albear. ¿Podremos continuar más tarde nuestro paseo?

Manuel Fernández Santalices murió el 29 de agosto del 2013 a la edad de 92 años en Madrid, donde se tituló de la Escuela de Periodismo y trabajó varios años en la Comisión de Misiones y Cooperación entre las Iglesias de la Conferencia Episcopal española. Según sus deseos, fue incinerado y sus cenizas se regarán por la Bahía de la Habana, no lejos de la calle Cuba, donde nació y creció. En la Isla fue director y redactor de revistas católicas, crítico y animador de cine-debates y, al triunfo de la Revolución, fue parte del Instituto Cubano de Arte e Industrias Cinematográficas (ICAIC).

Nos deja en herencia a todos sus compatriotas una serie de libros importantes entre los que se destacan “Presencia en Cuba del Catolicismo- apuntes históricos del siglo veinte”, “Las antiguas iglesias de la Habana” –que tuve el gusto de presentar en la Feria del Libro hace más de 20 años–, “Mis lugares preferidos en La Habana”, “Cronología histórica de Cuba, 1492- 2000”, y “Calles de La Habana Vieja” (Madrid: Agualarga Editores, S.L., 2000), el cual me ha guiado en este paseo imaginario por mi ciudad natal. Lo lloran su sobrina Teresa Fernández Soneira, que heredó de su tío el amor a la investigación, la escritura y todo lo cubano, y un grupo de viejos amigos. Lo llora también La Habana, a la que dedicó horas de investigación y estudio, y que recorrió tantas veces en juegos, paseos y los caminos insondables de la memoria y el corazón.

Una versión abreviada de este artícuo fue publicada en Diario Las Américas el 5 de septiembre de 2013

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Acerca de uvadearagon

escritora cubana
Esta entrada fue publicada en Actividades culturales, Cine, Críticas literarias, Crónicas de viaje, Cubanos famosos, Diáspora cubana, España, Estudios sobre Cuba, Historia de Cuba, La Iglesia Católica, La Iglesia en Cuba, Libros cubanos, Literatura, Mi columna semanal, Periodismo. Guarda el enlace permanente.

6 respuestas a Un paseo por las calles de La Habana Vieja

  1. Wekayak2 dijo:

    Muy interesante, Uva.

  2. En la Habana Vieja tuve mi primer trabajo como arquitecta. En medio de los derrumbes y suciedades aprendí a admirar las coloridas ceramicas en pisos y paredes, los enrevesados guardavecinos, las laboriosas puertas de madera con imponentes picaportes y toca puertas de bronce macizo…
    Gracias por este artículo

  3. Armando R Carvallo dijo:

    Muy bueno y merecido homenaje a Fernández Santalices, gracias por el recorrido…

  4. Teresa Fernández Soneira dijo:

    Gracias, Uva, por recordar y honrar a mi tío y su labor en Cuba y luego en España.
    El siempre quiso vivir en Cuba; las circunstancias no lo permitieron, pero ahora ya no tendrá problemas en transportarse a su Habana querida desde un punto estratégico en el cielo. Un abrazo, Tere

  5. Martha Pardiño dijo:

    Gracias, querida Uva, porque he recorrido ese paseo contigo. En mi memoria archivé los viajes que daba cuando jovencita con mi padre a un banco de la Habana Vieja. También el oculista que nos atendía a toda la familia (astigmatismo y miopia), el Dr. Ferrer, tenía su oficina en ese pedazo de nuestra Habana querida. Después de las diliguencias mi padre me invitaba a un café que estaba por esa area donde hacían unos batidos exquisitos. Que pena que no me acuerdo del nombre. Te felicito.

    Un abrazo,
    Martha Pardiño

  6. Eduardo Mesa dijo:

    Lo lamento mucho. Fue un hombre integro y un intelectual riguroso, tuve el gusto de conocerlo y tratarlo en sus viajes a Cuba, conservo varios de sus libros. Su recuerdo va unido al de Fina Vazquez, Beatriz Teston y una generacion de cubanos que han vivido en laborioso desvelo por Cuba. Que Dios nos ayude a encontrar el camino con la mediacion de tantos cubanos buenos.

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