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Portada de la Revista Unión, La Habana

Portada de la Revista Unión, La Habana

Cuento publicado en Unión, Revista de Literatura y Arte La Habana, Año III, 79/2013 pp.64-69

El día que a Caridad le dieron el diagnóstico de la enfermedad de Tío Manteca, lo primero que hizo fue llamar a su primo Enrique.

–Oye, tenemos que hablar hoy mismo.
–Pero, ¿qué puede ser tan urgente? Mira que hay que echar para llegar hasta Guanabacoa.
–Sí tú prefieres yo voy hasta tu casa. Jacinto tiene un almendrón y me puede llevar y si le pago un poco más, me espera. Mira, mejor así, voy para allá después de que sirva la comida, como a las 8 y media.

Cuando estuvieron sentados con las dos tacitas de café que les había servido Hilaria, la esposa de Enrique, Caridad no aguantó más y se le espetó a boca de jarro:

–Tío Manteca se está muriendo. Tiene cáncer en el páncreas. No hay nada que hacer.
–¿Cómo es posible? No es tan mayor…se ve saludable.
— El cáncer no cree en nadie. Y tú sabes como es él, nunca se ha cuidado… fuma, bebe…
–Pero siempre está haciendo chistes.
— ¿Y tú te crees eso de que la risa es la mejor medicina?
–Tampoco es que haya pegado tanto en la vida…Creo que ha jugado más dominó que otra cosa.
–¿Qué más da? – intervino Hilaria – si aquí igual trabajas o no, que nunca se sale adelante.
–¿Él lo sabe?
–No…si sólo se quejaba de un poco de dolor de espalda. Fui yo quien insistí en llevarlo al policlínico, y luego tardó el turno para hacerle las pruebas…
–¿Qué tiempo le queda?
–Poco. No sé, un mes, seis semanas…
–¿Estás segura?
–Si quieres ve tú a hablar con los médicos…
— No, es que es tan de sopetón la noticia. ¿Qué vas a hacer?
–Querrás decir, ¿qué vamos a hacer? Es tío de los dos…
–Claro, pero como vive en Guanabacoa, en tu casa. ¿Se lo has dicho a tu hermana?
— No, tiene el teléfono roto. Y como vive tan lejos…Yo lo cuidaré hasta el último momento. No es eso lo que me preocupa, sino…
–Sino, ¿qué?
— Después…
–¿Después de qué?
–¿Tú eres mongo? Después de muerto…
— Lo enterrarán, ¿no? – habló Hilaria.
— No podemos – contestó cabizbaja Caridad – y se echó a llorar.
–¿Cómo que no podemos? – se asombró Enrique.
— Es que vendí el panteón. Aunque era de tío Manteca falsifiqué su firma… no me quedó más remedio. … han sido tantas las necesidades…Y él a cada rato dice que es una tranquilidad que no lo pondremos en una fosa común por nada del mundo…
–¿Pero cómo es posible…? Te dije que no lo hicieras…
–Tú no tienes hijos, no sabes lo que es criar sola a dos niños…
–Bueno, ya, no te pongas así. De nada vale llorar. Habrá que resolver.
— La verdad es que me sienta mal estar hablando de cómo deshacernos de su cadáver como si lo fuéramos a matar.
–Déjate de remilgos que por algo me has venido a ver.
–Estaba tan angustiada. Imagínate que se me muera y no tener a donde enterrarlo.
–Haberlo pensado antes.
–Le pensé, de veras que lo pensé, pero creí que habría otra solución.
–¿Cuál?
— Cremarlo…hace 15 años construyeron un crematorio en Guanabacoa y es lo que hacen con casi todos los muertos.
–Entonces, ¿cuál es la tragedia?
–No sé lo que costará…y me da una sensación tan mala.
–Déjate de boberías. Mañana mismo ve al crematorio, averigua todo y empezamos los trámites. Aunque claro, si hay algo que los médicos pudieran hacer.
–Cachita – se ofreció Hilaria—si quieres yo te acompaño. Puedo ir contigo al mediodía.
–Ay, mi hermana, cómo te lo voy a agradecer…

Las dos mujeres esperaron a que el tío Manteca se acostara a dormir su acostumbrada siesta y comenzara a roncar, para ir caminando hasta el Crematorio Piti Fajardo de Guanabacoa.
Un joven delgaducho, de espejuelos y voz fañosa las hizo pasar a un pequeño salón con una mesa, cuatro sillas desvencijadas y un ventilador. Le explicaron la inminente muerte del tío Manteca.

–¿No lo conoces? Es punto fijo en una de las mesas de dominó en el parque …
–No, no conozco al compañero y lamento que no tenga salvación. Pero a cualquiera se le muere un tío…– añadió con una risita nerviosa.

A Cachita no le hizo ninguna gracia el chiste.

–Mira, chico, lo que queremos saber es cuánto va a costar para estar preparados.
–Bueno, eso depende.
–Depende ¿de qué?
–Vamos por partes…Mejor es que empecemos llenando los formularios– sin compromiso ninguno—y extrajo unos papeles de una gaveta.
—Nombre completo
–Francisco Pérez Montes
–¿Estado civil?
— Solterón.
–Esa no es una categoría, compañera. Será soltero.
–Bien, soltero.
–¿Domicilio?
— Bueno, yo lo alquilo una habitación en mi casa.
–Dime la dirección, compañera.
— Maceo 317, Guanabacoa.
–Ah, si casi somos vecinos…. Yo vivo a dos cuadras—

Continuaron las preguntas de rigor, hasta que el muchacho indagó:

–¿Altura y peso?
— No sé con exactitud. Creo que debe tener como 5`10“…y pesar no tengo idea. Es bastante gordo.
— ¿Tú crees que más de 250 libras?
— No…bueno sí, a lo mejor, ¿importa eso ahora?
–Mucho…
–Bueno, puedo ir a preguntar al hospital. En la casa no tenemos pesa…
— Es urgente que averigüe.
–¿Por qué?
–Porque después que se rompió una pieza, aunque se reparó la máquina, no se puede cremar a nadie que pese más de 250 libras.

Cachita no sabía sin reír o llorar.

–Entonces. ¿qué vamos a hacer, Dios mío!

Cogió la cartera y se marchó tan rápido que Hilaria tuvo que correr para alcanzarla.

Dos días después Cachita logró que una enfermera en el policlínico, tras hacerle un “regalito”, mirara en la hoja clínica de Tío Manteca y le diera la mala noticia.

–272 libras y media
–¡Dios mío! ¿Cómo es posible en un país que cuesta tanto trabajo conseguir la comida, con lo flaco que se puso cuando el período especial, que mi tío pese tanto….¿Tú estás segura? Si en casa él no come tanto…Aunque la verdad es que es que tiene un barrigón…
–Eso es lo que dice le pesa…y si no come en la casa, comerá en otra parte…

Aquello a Cachita la hizo pensar. Ella era le persona menos entrometida del mundo. Pero no le quedaba otro remedio. Tenía que averiguar con qué estaba engordando el tío Manteca.
Preguntó discretamente a los amigos de la mesa de dominó, a los vecinos del barrio. Todos ponían la misma cara de idiota, como si con ellos no fuera. Por fin logró comunicarse con su hermana y le preguntó si el tío Manteca iba a comer allá alguna vez. Bárbara le dijo que no, y comenzó a hablar como una cotorra de la fiesta de 15 que le preparaba a su hija. Cachita creyó que incluso no la oyó cuando le dijo que el tío se estaba muriendo, porque siguió hablándole de los vestidos, el fotógrafo, el cake, como si nada. Cuando colgó quería matarla. Se le ocurrió por fin visitar a la Presidenta del CDR. Esa si que sabía la vida y milagros de todos. Al principio no había forma de que la mujer hablara. Era una tumba. Por fin Cachita le explicó su dilema. La mujer se fue ablandando.

–Mira, no se lo puedes decir a nadie, porque yo me hago la de la vista gorda y no lo denuncio como debiera, pero Yadiris, con esa cara de santica que tiene, vende chorizos en el mercado negro, y tu tío y sus amigotes forman una fogata por ahí por el monte, los cocinan, y se dan tremendos atracones. Y también consiguen cerveza…
–¡Hijo de puta! Que callado se lo tenía… y yo pasando tantos apuros para buscar comida para él y mis hijos. y mírame, mírame yo lo flaca que estoy.
–Vamos, Caridad, no es para tanto. El pobre hombre es comelón
–Y, ¿con qué hacen los chorizos?
–Vaya usted saber….los trae el novio de Yadiris…algunos dicen que son de puercos que crían por el campo, pero hasta he oído decir que son tripas de caballos o de perros.
–¡Mujer, ya eso no pasa en Cuba!
–Yo tampoco lo creo.
–No sé que voy a hacer. Veré si los médicos le mandan reposo y una dieta, lo mantengo en casa y logro que baje las dichosas 22 libras antes de morirse. ¿Qué tú crees?
–No sé que decirte, pero tú a mí me dejas fuera de este lío.

No hubo consejo médico, engaño o regaño que mantuviera al tío Manteca en la casa ni que bajara una onza.Cachita lo veía tan bien que llegó a creer que los médicos se habían equivocado. Empezó a respirar tranquila. Pensó en las muchas virtudes del hermano de su madre, el único de la familia que se había negado a irse del país. No que en verdad hubiera sido un Revolucionario modelo. Con aquello de que si tenía los pies planos, o que si un problema glandular y la gordura, se las había arreglado para zafarse de trabajos voluntarios, guardias, y marchas. Pero tenía tan buen carácter, era tan servicial, siempre con buena cara aún en los peores momentos, que todos en el barrio se lo dejaban pasar. Además, el condenado, pese a esos dedos regordetes suyos que parecían unos racimos de plátanos manzanos, era increíblemente habilidoso. Así se rompiera un ventilador, un calentador de agua o un radio, el tío lograba arreglarlo. De alguna manera inventaba una pieza con un perchero o el corcho de una botella, pero tenía una mano de oro. Y nunca cobraba.

–Cuando quieras me invitas un día a merendar—decía con un brillo especial en los ojos, y en efecto, en cuanto alguien conseguía algo de más en su casa, guardaba parte para el tío Manteca, como todos le decían.

Pensando estas cosas, Cachita se puso media llorosa. No se dio cuenta que el tío se le había acercado. Le puso una mano en un hombro y la habló muy serio, como pocas veces hacía:

–Mi sobrina, tú has sido más que una hija para mí y tus hijos, mi nietos. No me llores cuando me muera. A mi manera yo he sido feliz. No necesito mucho. Sólo mi cielo, mi mar, mi tierra. Fuera de Cuba me hubiera muerto antes de tristeza. Yo sé que hay problemas, pero esto es lo mío.
–¿Por qué me dices eso, tío?
–Vamos, no llores, si tú lo sabes, … me estoy muriendo…Solo pido que sea rápido y no darte mucha lata. Yo sé que tuviste que vender el panteón, así que después, al crematorio, no a la fosa común, que aunque esté muerto no me gusta que me entierren entre gente desconocida…
Cachita estuvo toda la noche sin dormir. Por la mañana llamó de nuevo a Enrique. Esta vez el primo fue a su casa. Quería ver al tío antes de que empeorara. Cuando se despidió, Cachita salió a la calle con él.
–¿Tú crees que si uno le da dinero a los empleados del crematorio lo acepten aunque esté tan gordo?
–Eso lo arreglo yo…aquí con fula todo se resuelve. Bueno, pero tú la consigues…
–No me quedará más remedio que llamar a mi hermano en Miami para que nos mande el dinero.

Le envió un correo electrónico a Ariel con una compañera de trabajo, y esa noche su hermano la llamó. Se tuvo que meter en el baño para hablar con él y que tío Manteca no oyera la conversación.

–Oye, ¿pero ustedes creen que el dinero crece en los árboles?
–Ariel, tú sabes que yo no te pido si no es por pura necesidad. Esto es una emergencia.
–Es que le acabo de mandar a tu hermana para los 15 de Barbarita.
–Perdona, no lo sabía, pero todavía falta un mes y medio para el cumpleaños de la niña y el tío no va a durar tanto.
–Bueno, mira, tu hermana debe recibir el dinero mañana o pasado. Dile que te lo dé y yo se lo mando a ella de nuevo dentro de dos o tres semanas. Que me de un tiempo para levantar presión. ¿Está bien?
–Está bien, Ariel, yo se lo digo…Espero que no se ponga con majaderías.
–Chica, que yo se lo mando en no más de 3 semanas, si Barbarita es mi ahijada…Yo se lo prometí cuando me fui, que iba a tener un fiestón. No faltaba más.

Cachita se acostó pensando en las ironías de la vida. Su hermana preparando una fiesta y ella viendo como lograba cremar al tío cuando se muriera. Por la mañana temprano llamaría a Bárbara, y que no se pusiera con cosas que bien bueno había sido el tío con ella también…

Cuando les avisaron que fueran a buscar el dinero, madre e hija se volvieron como locas. Se lo entregaron en CUC así que no tuvieron ni que ir a cambiar.

–Mami, vamos a encargar el cake….no, mejor a ver los vestidos primeros para que el cake pueda ser de los mismos colores..

Bárbara y Barbarita se recorrieron media Habana escogiendo vestidos, zapatos, globos y adornos para las decoraciones. Encargaron la comida, el grupito musical. Hicieron turno en la peluquería y lo más importante. ¡Contrataron el fotógrafo! En varias ocasiones dieron un depósito para asegurarse que no hubiera luego problemas. Regresaron a Lawton extenuadas pero felices. La vecina salió enseguida a recibirlas.

–Oye, tu hermana estuvo acá esperándote. Dice que el teléfono tuyo está roto y no se podía comunicar. Tuvo que irse pero te dejó este recado – y le extendió el papel.

La nota decía en letras grandes.

BARBARA, NO TE GASTES EL DINERO QUE MANDA ARIEL. HACE FALTA PARA CREMAR AL TIO MANTECA QUE SE ESTA MURIENDO. ARIEL TE LO ENVIA DE NUEVO PARA LA FIESTA EN 2 O 3 SEMANAS. AVISAME CUANDO LLEGUE PARA VENIR A BUSCARLO. ES URGENTE. UN BESO. CACHITA

Bárbara contó el dinero que le quedaba. No sabía si le alcanzaría a su hermana. Pensó llamarla enseguida desde la casa de al lado pero se imaginó que Cachita pondría el grito en el cielo. Prefirió esperar al día siguiente y pedirle a su esposo que la llevara a Guanabacoa. Así vería también al tío. No le había prestado mucha atención al asunto antes, pero comprendió que era cierto, se les moría el único pariente mayor que les quedaba y quería darle un abrazo antes de que fuera tarde.

Calculó la hora que tío Manteca jugaba dominó en el parque con sus amigotes para poder excusarse con su hermana. Le ofreció el dinero que quedaba hasta que Ariel mandara el resto.

–Eso no va a alcanzar, y el tío no dura 3 semanas—se quejó Cachita llorosa, después de lanzar a su hermana mil reproches, hasta que se le pasó la perreta.

Escucharon a tío Manteca que llegaba silbando el manicero…

–Estoy practicando — dijo con doble sentido, y besó a las dos sobrinas, que se quedaron bastante cortadas.

No se les ocurrió que tío Manteca había escuchado la conversación y se había percatado del dilema en que se encontraban sus sobrinas. Por primera vez tuvo una sensación extraña en el estómago, un vértigo que no provenía de sus males físicos sino de muy dentro. No tenía miedo a morir, pero le asustaba la idea de pasar días en el hospital, de sentir dolor, de que manos extrañas lo estuvieran tocando, riéndose tal vez de su gran barrigón. Sintió ganas de llorar, como no lo había hecho desde niño, y solo una vez de adulto, el día que le llegó la noticia de que su madre había muerto en los fríos de Nueva York a donde se la había llevado la familia, sin que él pudiera verla de nuevo, tras casi treinta años de separación. Tampoco la idea de que lo cremaran le hacía mucha gracia. Hacía años, cuando era jovencito, había leído una historia de dos poetas ingleses que habían naufragado. Uno había muerto y el poeta sobreviviente describía cómo habían quemado su cadáver y cómo al final se prolongaba en arder el gran corazón del bardo náufrago. Se imaginó que era una exageración, licencia poética o metáforas que usan los escritores, pero aquella imagen le regresaba ahora todas las noches y se despertaba sudando, como si ya las llamas del crematorio estuvieran consumiendo sus carnes.

A la mañana siguiente se levantó como unas Pascuas. La solución le había venido en un sueño, en que Yemayá lo había tomado entre sus brazos y mecido como a un bebé en las tranquilas aguas del mar. El tío Manteca pensó que lo más fácil sería suicidarse y la forma mas económica y menos dolorosa iba a ser ahogándose en el mar. No era buen nadador. Quizás por eso le asombraba tanto que la gente se fuera en balsa. Recordó el año 94 y las veces que iban a Cojimar a ver a la gente marchándose en precarias embarcaciones entre adioses y alegría, como si se fueran en un crucero. Entonces cayó en la cuenta que el mejor lugar para adentrarse en el mar sería ese cercano y pintoresco pueblecito pesquero que Ernest Hemingway había hecho famoso con su novela. Y mientras más pronto llevara a cabo su plan, mejor, no fuera a ser que se le quitara el valor. Nunca había sido un hombre valiente, aunque no estaba seguro si ahogarse era más bien un acto de cobardía, o tal vez un reto a la muerte, para enfrentarla en sus propios términos, no en el camastro de un hospital…y en la fecha que él quisiera. Miró el calendario. Se percató que era el día del aniversario de la muerte de su madre. Le pareció una señal. No esperaría más.

Le escribió una carta a su sobrina, se la dejo donde la viera al llegar del trabajo, se metió en el bolsillo unos pocos CUC que tenía, y le pidió a un conocido que usaba su viejo carro de taxi que lo llevara a Cojimar, a La Terraza de Hemingway. Estuvo parco en el camino. No quiso decir nada por temor a que le temblara la voz y el taxista sospechara algo. Le pago en pesos cubanos, y le dio una propina, generosa pero prudente, de nuevo para que todo pareciera lo mas natural posible.

Antes de morir, Francisco Pérez Montes quiso darse un gustazo, algo así como una última cena, aunque en realidad fuera un almuerzo. Se sentó en una mesa desde la que podía mirar el mar y pidió una cerveza fría. Estudio largamente el menú y se decidió por un enchilado de camarones. Hubiera comido la langosta, pero temió que no le alcanzara el dinero. Saboreó cada bocado lentamente. La textura de los mariscos, el aroma a ajo, hasta el rojo de la salsa de tomate, todo le causó un infinito placer. Le alcanzó para un flan – que en nada se parecía a los que en su niñez hacia la vieja, pero no estaba mal. El café lo pidió con poca azúcar. Solía tomarlo amargo, pero en esta ocasión se permitió endulzarlo… Quiso que le quedara en el paladar ese último sabor, tan cubano.

Pensó en Cuba y en su vida, y tuve la triste sensación de que ambos, el País y él, no habían hecho nada útil por mucho tiempo. Tal vez para él este acto final de amor a sus sobrinas para evitarles trastornos era una forma de redimirse, de hundirse en el mar con la esperanza de que renacería en la alturas y se reuniría con su madre y tantos seres queridos que ya se le habían ido. Pensó también en sus amigos del dominó, en Cachita y sus hijos, en su vida pequeñita e intrascendente, pese a su cuerpazo y pese a los sueños de juventud. ¿A dónde se había ido aquel ímpetu de transformar a Cuba alfabetizando, cortando caña, marchando? ¿En que momento preciso había muerto la ilusión y nacido esa resignada pasividad que había marcado sus últimos años?

No tenía respuestas y no las iba a encontrar, así que pagó la cuenta, dejó de propina lo que le había sobrado– tampoco era tanto – y se fue camino a la playa y los brazos tentadores de Yemayá.

Cuando Cachita vio el papel doblado en dos sobre su cómoda, le dio mala espina. Titubeó solo unos segundos antes de cogerlo y leer:

Querida sobrina.

Siempre he dicho que no tenía interés en vivir fuera de Cuba. Era sincero. No sé que poeta de hace años soñaba con la nieve pero pensaba que si se iba del País de inmediato querría regresar. Eso me ha pasado a mí hasta ahora pero de pronto me doy cuenta que se me acaba la vida y apenas he visto el mundo. He decido pues iniciar un largo viaje. El momento puede parecerte el menos propicio, pero ya sabes lo que dicen. Dios escribe con renglones torcidos, y se me ha presentado una oportunidad que no esperaba. No me busques porque no me vas a encontrar. No quise despedirme. Sabes que no me gustan los adioses. No creo que tenga tiempo para regresar, pero tampoco me voy del todo… Desde donde quiera que esté, Enriquito, tu hermana, tú y los muchachos sentirán siempre mi cariño. Espero no haberte dado mucha lata. Y sin duda no quiero darte más. Ya has hecho mucho por mí. Dispón de mis pocas cosas como mejor te parezca. Solo quiero que le des el reloj a tu hijo, que es el mayor y a Barbarita por sus quince el prendedor que era de Mamá y está en una cajita blanca —bueno, amarillenta—en mi escaparate. Son las únicas cosas que no vendí nunca. No estés triste. Voy a un lugar mejor. Gracias por todo. Un abrazo muy fuerte y besos para todos.
Tío Francisco

Cachita se echó a llorar. Leyó la carta de nuevo y entonces entendió su verdadero significado. Tío Manteca no se iba de viaje. Se iba a suicidar. Llamó a Enriquito, a Bárbara, les pidió que viniera lo más pronto posible. Había que buscarlo, evitar ese final… Tampoco quería enfrentarse sola a lo que pudiera venir. Enseguida salió a la calle a preguntar si alguien lo había visto. Supo que no había ido a jugar domino esa tarde. Por fin alguien le dijo que lo habían visto tomar el taxi de Pepe. Pero Pepe estaba en una carrera y no lo pudieran localizar de inmediato. Cuando informó que lo había llevado a La Terraza de Hemingway, ya habían llegado Bárbara, Barbarita, Enrique e Hilaria. Se amontonaron todos– sus hijos también– en el carro de Enrique y se fueron para Cojimar.

–A lo mejor es verdad lo del viaje…a lo mejor algún americano está haciendo una película y lo contrató para que hiciera de Hemingway. Teñido de blanco y con barba podría parecerse– dijo Barbarita.
–No hables bobería, niña, que la gente no se va de Cuba con es facilidad.
–Pues a lo mejor se piensa ir en una balsa..
–Si no la hizo antes…
–Ay, mi hermana, ¿nos habrá oído hablar el otro día?
–No lo había pensado… Mira, en la carta dice que no quiere darme más lata.
–Tía, ¿el prendedor es bonito?
–Por Dios, Barbarita, cállate la boca…

En La Terraza les contaron sobre como tío Manteca había disfrutado su almuerzo y dejado una buena propina.

–Parecía un hombre satisfecho. – les dijo el camarero y no entendió por que Cachita empezó a llorar.

Caminaron todo Cojimar preguntando si lo habían visto. La mayoría decía que no, algunos que a lo mejor, otros fueron recordando haber visto a un hombre gordo caminando por la playa.

Atardecía cuando encontraron los zapatos a la orilla del mar. Cachita al verlos se dio cuenta de lo viejo que estaban y de que para lo grande que era tío Manteca, tenía los pies chiquitos, como los dedos de las manos, y ese detalle tan tonto le inspiró una inmensa ternura.

Se abrazaron llorando, hasta que poco a poco vino el consuelo…El tío había tenido un último gesto de generosidad y les había evitado el problema de lidiar con el crematorio.

–Bueno, ya saben la lección – dijo Hilaria – entre tantas otras cosas en este país, está prohibido morirse gordo en Guanabacoa.

Todos se rieron, con esa risa nerviosa que da alivio a los momentos tensos. Acordaron que tenían que ir a informar la policía. Caminaban hacia el carro cuando Cachita decidió volver y recoger los zapatos. Fue entonces que lo vio. El cadáver de tío Manteca, la barriga mas protuberante que nunca, flotaba sobre las aguas y se acercaba a la arena. Por fin quedó fijo sobre la playa. Se llevó las manos a la cabeza y exclamó:

–Ay, Dios mio, ¿Qué vamos a hacer! –

Todos se volvieron, la miraron, vieron el cuerpo y repitieron angustiados la misma pregunta.

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Acerca de uvadearagon

escritora cubana
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6 respuestas a Prohibido

  1. El cuento está buenísimo…me apuré en leerlo para llegar al final y ver como acababa la odisea del tío Manteca. Pobre hombre… Pero me he reído muchísimo. ¡Que ocurrente! Tan pronto escribes bien serio, como luego cómico, vas de palo pa’rumba…ja ja. ¡Muchas Felicidades por este nuevo éxito de publicar en Cuba!

  2. cecilio1942 dijo:

    Excelente. Agarra desde el principio, combinando el drama con la ironía, ofrece una escena muy convincente y vívida.

  3. Fifi Smith dijo:

    Muy gracioso y bien realista!

  4. Iraida dijo:

    Muy bueno, Uva. Mantiene el interés y el humor nos desvía de la tragedia.

  5. Cristobal Diaz Ayala dijo:

    Cristobal
    Precioso, un cuento de humor negro muy bien logrado, no decae el interés un instante, te parece estar viendo a los personajes y te compenetras con ellos. Tiene en un texto breve, la misma fuerza que tuvo en su momento, La muerte de un burócrata, esa difícil mezcla de humor de humor y dolor cubano. Ojalá se lleve al cine, es un guión de primera.

  6. BUENÍSIMO!!! Humor en la tragedia.

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