Sara Hernández-Catá: la alegría de vivir

Portada de La Gaceta de Cuba

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Sara Hernández-Catá y Fernando Ortiz, La Habana. circa 1950

Sara Hernández-Catá y Fernando Ortiz, La Habana. circa 1950


Publicado en
La Gaceta de Cuba, Marzo/Abril No. 2, 2013, 26-31

Sara Hernández-Catá era una mujer distinta en todos los sentidos. Tenía la frente amplia, los ojos grandes y un tanto saltones de su padre, el pelo crespo que peinaba hacia arriba, dejando ver con claridad el rostro, un poco cuadrado, que ella maquillaba a diario como quien pinta un retrato. No se vestía igual a las demás mujeres de la época. No usaba faja ni medias. En vez de collares de perlas, se adornaba con prendas exóticas, grandes, casi obras de arte. Fumaba en una boquilla larga. En La Habana de los años 40 y 50 iba en guagua a todas partes. Dormía desnuda. Hacía cuentos picantes con gracia insuperable, que acompañaba con el movimiento de sus hermosas manos. Decía malas palabras en los momentos adecuados, sin grosería ni aspavientos. Era liberal y liberada.

Su vida fue tan interesante como su personalidad. Nació el 22 de Julio de 1909 en El Havre, Francia, donde su padre, el escritor Alfonso Hernández-Catá, había comenzado su carrera diplomática el año anterior como cónsul. Su madre, Mercedes Lila Galt Escobar (1), una criolla de ojos grises, hija de un gallego y una camagüeyana, había dado ya a luz al hijo mayor, Alfonso, nacido en La Habana en 1908. En 1910 llegaría Alberto.

La familia vivió después un corto tiempo en Birmingham, Inglaterra, y en el otoño de 1913 se trasladaron a Madrid, donde nació la cuarta hija, Uva, mi madre, y once años después Pepe. En España residieron hasta 1934 (Sara y Alberto dos años más, hasta el comienzo de la Guerra Civil). Es decir, vivió en la Madre Patria desde los cuatro años hasta los 27. Nunca perdió su acento y gracejo español. Hablaba con fluidez el francés que aprendió de pequeña. Pero el padre había inculcado en todos los hijos el amor a la Patria, y Sara, como sus hermanos, se sintió siempre cubana.

Desde niña fue rebelde, apasionada y atrevida. Una vez, en el colegio de monjas al que asistía con su hermana, iban a castigar a todas las alumnas pues no habían podido identificar a la responsable de cierta fechoría. Indignada por la injusticia de que pagaran justas por pecadoras, no se le ocurrió a Sara una manera mejor para descubrir a la culpable que esconderse en el confesionario, hacerse pasar por cura y escuchar los pecados de todas las estudiantes. Cuando llegaron las monjas a confesarse, sin embargo, se asustó, trató de escapar, y la descubrieron. Naturalmente, la expulsaron de la escuela, lo cual a la larga resultó de gran beneficio para ella y mi madre pues terminaron su educación en la progresista Institución Libre de Enseñanza.

De adolescente y joven mujer discutía de tú a tú con su padre y con los muchos intelectuales amigos de la familia. La estancia de Hernández-Catá en Madrid, donde mantuvo su residencia mientras ejercía funciones consulares en distintas ciudades de España, coincidió con la Edad de Plata de la literatura española. Algunos de los amigos más cercanos al escritor eran su cuñado Alberto Insua, con quien colaboró en varias obras teatrales, y Eduardo Zamacois, también de origen cubano, quien les brindó a ambos la oportunidad de publicar en El cuento semanal y La novela semanal, folletines muy vendidos, que aportaban a la economía familiar.

Cuando murió en 1920 Benito Pérez Galdós, quien fue un verdadero mentor para el joven cubano, Alfonso llevó a sus hijos al entierro del famoso escritor. La multitud desbordaba la Puerta del Sol y zonas adyacentes. Uva, de apenas seis años, se aferraba a los pantalones del padre, temerosa de perderse. Pero Sara, cuatro años mayor, y muy desenvuelta, decidió separarse del grupo, se fue abriendo paso entre la muchedumbre para escuchar los discursos desde las primeras filas, y luego volvió a pie sola y tan campante hasta casa de su abuelo Don Waldo, no muy lejos, en la Calle de Los Caños del Peral No, 3, al costado de la Plaza de Isabel II. (2)

Otros amigos cercanos de la familia incluían al Dr. Gregorio Marañón y el político y abogado criminalista Luis Jiménez de Asúa (3) , con quien Sara sostuvo un affaire a principio de la década de los 30. El abogado le llevaba diez años, eran tiempos turbulentos en España, y la relación terminó, aunque es posible que se vieran cuando él visito La Habana en 1950 y se mantuvieran en contacto durante el exilio de Jiménez de Asúa en Argentina, donde murió en 1970. Muchos años después me contó Raúl Roa Kourí, que en los 50, cuando él era un jovencito, al terminar una función en el Auditorium, se fue con Javier Pazos al bar Turf, donde les servían una copa de cognac por 25 centavos, pese a ser menores de edad. Entró al local Sara, se escandalizó al verlos bebiendo y amenazó con decírselo a Ada Kourí, madre de Raúl e íntima amiga de ella. A Raulito – así lo llamábamos entonces – no se le ocurrió otra manera de defenderse que apelar a su vanidad:

–Pero Sara, ¿cómo te vas a escandalizar porque tomemos un trago una mujer de mundo como tú a quien conquistó Jiménez de Asúa?

De inmediato cambió su actitud, y de forma coqueta y desafiante, le contestó:

–¿Conquistarme él? De ninguna manera…fui yo quien lo seduje. —

Probablemente era cierto.

Aunque en Cuba polemizaban sobre si su escritura pertenecía o no a la Isla, en España siempre consideraron a Alfonso Hernández-Catá cubano. Sin embargo, en el Ateneo de Madrid, en las tertulias de café, en las funciones teatrales, en las redacciones de los periódicos, se codeaba con la flor y nata de la intelectualidad española como Miguel de Unamuno, José Ortega y Gasset, los hermanos Machado, Rafael Marquina (con quien colaboró en una obra de teatro), Rafael Alberti y Federico García Lorca. Estos últimos, jóvenes entonces, visitaban la casa, e incluso en una ocasión mi madre actuó en una obra de Lorca. Ella contaba con mucha gracia que lo había hecho mal y Lorca le había llamado la atención. Añadía que no tenía idea entonces de lo importante que era el poeta. Sara siempre ripostaba:

–Tampoco él.

El diplomático cubano fungió como protector de jóvenes latinoamericanos que iban buscando renombre en la Madre Patria. Así fue como el puertorriqueño José Agustín Balseiro se hizo íntimo de la casa y recomendó a los padres de sus compatriotas Narciso y Pepito Figueroa, que comenzaban en España su carrera musical, que buscaran para sus hijos la tutela de Alfonso Hernández-Catá. Muchos años después Narciso narra sus impresiones sobre la familia y en especial, Sara:

“El día en que lo conocimos a él, conocimos también a sus dos hijas: Ubaldina y la preciosa Sara, de la que me quedé prendado. Yo tenía entones diecisiete años, diecisiete “con fouco” porque mientras viví en Puerto Rico, no había tenido tiempo de ocuparme mucho de las chicas. (…)

“Pero la visión de Sara, de su piel y de su cuerpo, de sus ojos que eran como dos pavesas, me transformó de golpe, me abrió las puertas de una emoción distinta. Empecé a soñar con esa mujer, me estremecía de sólo acercarme a ella, de respirar poquito a poco su perfume. Ambos teníamos la misma edad. Sara hacia gala de una gran soltura. Tal era su forma de imponerse y de tomar las cosas, una voluptuosidad que desarmaba incluso a los amigos de su padre. Hombres ya mayores que, sin embargo, se desvivían por ella.” (4)

Continúa Figueroa contando como una mañana que llegó preguntando por su padre al pasar “me topé con ella, es decir, con su perfume y la promesa de su voz: esa lenta sonata decisiva. Estaba reclinada en un sofá, con el cabello suelto, su cuello arqueado levemente hacia atrás. La sirvienta se fue y nos dejó a solas. Sara tenía la mirada más honda en la que ningún hombre puede hundirse. Y yo pasé unos minutos debatiéndome en aquella mirada, indeciso entre si echarme a correr hacia sus brazos, y sumergirme de una vez por todas, o escapar para siempre, que es como hundirse también, pero de otro modo: la nostalgia es un océano que no perdona.” (5) El músico luego explica como el respeto a los padres de la joven lo detuvo y no tuvo el valor para besarla. Añade que en todos los años pasados no se lo ha perdonado a sí mismo. Quizás hizo bien. No creo que Sara le hubiera correspondido a aquel joven delgaducho que comenzaba su carrera, aunque con el tiempo se convirtiera en un distinguidísimo pianista.

En sus años en Madrid, Sara trabó especial amistad con María Zambrano, su hermana Araceli y Luis Cernuda, entre otros. En el caso del poeta, durante su breve estancia en Cuba (1951-52) recibía su correspondencia en la casa que Sara compartía con su madre en el Reparto la Sierra en La Habana.(6) En los archivos de María Zambrano se conservan epístolas de Sara a ella durante sus años en Venezuela (1961-1980) pero no se han localizado las de María a su amiga cubana. Contesté el teléfono y hablé con la intelectual española, cuando llamó a mi madre a darle el pésame por la muerte de mi tía Sara en 1980. La familiaridad en el trato durante la conversación me asombró porque hasta ese momento desconocía la gran amistad de mi familia, y en especial de Sara, con María Zambrano.

De la importancia de Sara en esos años ha dado testimonio su amiga mexicana Angelina Muñoz-Huberman al referirse a ella en estos términos: “…En su época fue una mujer famosa, relacionada con el mundo literario y diplomático de España, siendo su padre el escritor y embajador cubano Alfonso Hernández-Catá.” (7) Muñoz-Huberman también recuerda de los dos a los cinco años ella vivió en Cuba con sus padres, refugiados de la Guerra Civil Española. “Mi padre, periodista, marcado por la tragedia de la muerte de su primogénito y de la pérdida de la guerra, quiso huir del mundo y vivir en el campo para olvidar su dolor. Eligió un pequeño pueblo, Caimito del Guayabal en la provincia habanera, para su especial retiro de las vanaglorias. En ese lugar nos visitaba Sara Hernández-Catá, amiga de mis padres en Madrid y en París.” Una de las calidades de esta mujer singular era la fidelidad incondicional a sus amigos, en buenos y malos tiempos.

Durante los años que vivieron en Madrid, además de codearse con intelectuales, Sara y su padre compartían un gran interés por la gente rara. Mi abuela los llamaba “la galería de monstruos”. Así, en cualquier momento se sentaban a la mesa los seres más estrafalarios, los cuales no dudo que aparecieran tiempo después en los cuentos del escritor. De igual forma, en más de una ocasión protegieron a perseguidos políticos. El escritor Luis de Oteyza, por ejemplo, narra como Hernández-Catá lo escondió en su propia casa cuando lo perseguía el dictador Miguel Primo de Rivera y lo ayudó económicamente para que pudiera salir hacia la frontera francesa.(8)

Don Alfonso solía trabajar de noche y le gustaba que su esposa Lila estuviera cerca para leerle en voz alta lo que acababa de escribir. Sara se ocultaba tras una puerta para escuchar los cuentos del padre en su propia voz. En una ocasión, cuando se acercaba el desenlace, no pudo contenerse, salió de su escondite y le rogó angustiada, refiriéndose a la protagonista:

–Por favor, Papá, no la mates…no la mates…

El novelista cambió el final y a menudo se lamentaba, entre orgulloso y arrepentido, que había echado a perder la narración.
Sara, sin embargo, no quiso ampararse en el apellido de su padre, cuando publicó la novela “Tres sombras” (9) y utilizó el seudónimo Sara Martí. La influencia de su progenitor, sin embargo, es notable en su único libro, del que no recuerdo que hablara, y que conseguí en una librería de libros de uso en Madrid muchos años después, cuando ya ella y mi madre habían muerto.

Sara tenía plena conciencia de ser testigo de importantes acontecimientos históricos en España. Cuando en 1931 Alfonso XIII se marchó del Palacio Real y se proclamó la República, obligó a su hermana Uva y a su amiga María Elena (10) a salir a las calles a presenciar los eventos:

–Algún día le contarán esto a sus hijos y nietos – les decía, como en efecto fue.

El 8 de noviembre de 1940, Don Alfonso, entonces Ministro Plenipotenciario y ya reconocido escritor, murió en un accidente de aviación en Brasil. No sé por qué el Vapor Argentina, en el que llevaron el cadáver a Cuba, fue primero a Nueva York, donde el poeta Eugenio Florit, a la sazón agregado cultural de Cuba en esa ciudad, y amigo del escritor fallecido, los recibió. Me contó muchas veces Florit que acompañó a Sara y a mi madre—mi abuela se negó a bajarse del barco– a comprarse ropa de luto, pues no habían podido hacerlo en Río de Janeiro. Llegaron a Cuba en diciembre de ese año con el cadáver de mi abuelo, poco dinero y un gran capital social: los muchos amigos, intelectuales cubanos, que Hernández-Catá había cultivado pese a vivir fuera del País. (11)

En los poco más de veinte años que vivió en Cuba –1940 a 1961–, Sara se ganó la vida escribiendo novelones para la radio, a veces bajo seudónimo. También hacía entrevistas a personajes de la farándula para diversas revistas. A finales de los cincuenta logró por poco tiempo tener un programa de televisión.

Tuvo amistades entrañables entre los intelectuales de su era: escritores, periodistas, pintores, músicos. Su compañero sentimental era el periodista Luis Gómez-Wangüemert. Luego he pensado que aquella relación debió escandalizar un poco a la sociedad habanera, ya que él estaba casado, pero en mi familia era lo más natural del mundo. Para mis primos, hermanas y para mí, Wangüemert era “tío Luis” y nos encanaba verlo en el noticiero cuando hacia comentarios de política internacional. Guardo intacto el recuerdo de los gestos que hacía con las manos al hablar.

Las tertulias en casa de Sara eran memorables. No solían faltar Raúl Roa y Ada Kourí, Fernando Ortiz y María, Gustavo Torrealla y Beba Kourí, Salvador Bueno y Ada, Piro Pendás y Silvia Kourí, el caricaturista Juan David y Luis Mariano Carbonell – que nos deleitaba recitando. Una noche podían estar Enrique Labrador Ruiz y Cheché. Otra a lo mejor acudía Alejo Carpentier, que a la gente menuda nos hacía mucha gracia como decía –Sarrita, consígueme otro whiskey….– con su acento afrancesado y las “re” arrastradas. En algunas ocasiones acudieron Ernesto Lecuona y su hermana Ernestina. También Bola de Nieve. Sobre estos músicos debo contar dos deliciosas anécdotas.

En octubre de 1950 coincidimos con Ernesto Lecuona en un viaje de por mar de regreso de Europa. Mi tía Sara enseguida organizó las tertulias y el compositor cubano se sentaba ante un impresionante piano de cola y deleitaba a los pasajeros. A mi hermana Lucía y a mí nos sorprendía un poco que a aquel hombre que solía comprarnos helado y a quien considerábamos un amigo, le dijeran Maestro, y le pidieran con gran respeto que tocara tal o más cual pieza. Las veladas duraban hasta tarde, y mi madre, mucho menos liberal que su hermana, nos hacía acostar temprano. Pese a que éramos muy dóciles, en ese viaje nos habíamos rebelado un poco de la disciplina materna, y una noche nos acostamos vestidas, nos hicimos las dormidas cuando Mami entró a darnos un beso y la bendición –como se usaba entonces–, y en cuanto se fue, salimos del camarote para ir a escuchar al Maestro. Nos escondimos tras unas gruesas cortinas rojas, que aunque nos hicieron pasar un calor espantoso, nos permitían ver claramente las manos de Lecuona sobre el teclado. En una de las ocasiones en que se puso de pie y se inclinó para recibir los aplausos de la audiencia, en vez de regresar al piano, caminó de espaldas y se detuvo justo a nuestro lado. Nos aterramos pensando que nos iba a acusar, pero por el contrario, Lecuona, sin apenas moverse, nos preguntó bajito:

–¿Qué desearían las señoritas escuchar?

No sé por qué –tenía yo seis años– le contesté de inmediato:

–Siboney

Y el famoso pianista y compositor regresó al piano, y en medio de la
madrugada y el Atlántico interpretó ese lamento cubano para aquellas dos niñas que lo escuchaban extasiadas desde su escondite.

La anécdota con el Bola es más divertida. La contó el arquitecto Nicolás Quintana en una conferencia que ofreció en la Universidad Internacional de la Florida hace pocos años. Una tarde lo llamó Sara para pedirle que recogiera un piano y lo trajera a su casa para la reunión de esa noche. Como Quintana, uno de los más jóvenes de las tertulias, tenía acceso a los camiones de la compañía constructora de su padre, y como según sus palabras “a Sarita no se le podía decir que no”, se disponía a cumplir la encomienda cuando ella lo llamó de nuevo para instruirle que debería también recoger al pianista que lo esperaría a tal hora en tal esquina. No era otro que el Bola.

Cuando se acercaban a la calle donde estaba la casa de mi abuela, Bola le pidió de pronto que pararan. Se bajó del carro, se subió al camión y entraron a la cuadra con Bola tecleando con deleite sobre el piano. Así lo vimos la gente menuda que estábamos en la acera esperando a los invitados. Por muchos años tenía un vago recuerdo de esa escena tan surrealista que pensaba era producto de mi imaginación. Quintana, entonces joven, alto, apuesto, de ojos claro, me pareció una especie de mago aquella noche, y de nuevo, cuando ya envejecido, me hizo recuperar esta bella historia.

Otro lugar donde Sara acudía a menudo y algunas veces la acompañábamos era la casona de Fernando Ortiz y María en 27 y L en El Vedado. Mi hermana y yo, cuando niñas, jugábamos con María Fernanda, correteando por el largo portal que rodeaba la casa, pero a medida que fuimos creciendo compartíamos más con los mayores. El grupo era el mismo que acudía a casa de Sara, y muchos otros. Allí se hablaba de todo lo humano y lo divino: de política internacional, la situación del país, literatura, una próxima exhibición de pintura, un libro recién publicado, un filme europeo, o un juego entre El Habana y el Almendares, los dos equipos de pelota más populares. Eran gente muy divertida, que pasaba de las discusiones más serias, a cantar y bailar Sum Sum Bababeé, pájaro lindo de la madrugá. Incluso improvisaban disfraces con lo más inesperado: una lámpara, una toalla que hacía de turbante.

Hoy pienso que una de las características de aquellas generaciones era el sentido de amistad que tenían. En verdad no recuerdo chismes, celos, rencillas o diferencia de clases o razas. Si alguno de ellos viajaba, publicaba, ofrecía un concierto, una exposición, una conferencia, se festejaba como si el éxito fuera de todos. Vivían preocupados por las realidades políticas del país, en muchas formas inquietantes, pero tal vez porque era una época más sencilla, los recuerdo como gente feliz, que gozaban la vida y la compañía unos de otros. Quizás sea una de las tantas contradicciones de Cuba, que coexistiera en un país la inestabilidad política, y una vida cultural e intelectual intensa y provechosa.

Entre las amigas de Sara, además de todas las Kourí, una de más allegadas fue María Luisa Gómez Mena. Se conocían desde los años en que María Luisa vivió en España de 1926 a 1936. Era una mujer bajita, trigueña, de un pelo muy negro, habladora, simpática y sin ninguno de esos remilgos que a veces tienen la gente de dinero y posición. Por el contrario, ayudó mucho a los refugiados españoles, fue gran mecenas del teatro, la literatura y las artes plásticas. Era tan desenfadada en su forma de hablar como mi tía Sara. De ella puedo contar una anécdota un tanto subida de tono. Estaba María Luisa en Río de Janeiro de visita en casa de los Hernández-Catá, y en la víspera de su regreso a Cuba se formó gran alboroto porque una de las chicas que trabajaban en la embajada había sido “desflorada” por su novio, de apellido Fagundes. Tanto fue el daño del fogoso enamorado, que hubo que llamar al médico y darle puntos a la joven. En medio de los llantos, suspiros y la preocupación de mi abuela, María Luisa se puso las manos de jarro sobre la cintura, y dijo:

–A no, yo no regreso a La Habana sin verle “la cosa” a Fagundes.

El nombre de Fagundes se quedó siempre en la familia como código secreto para referirse a cualquier hombre generosamente dotado.

Sara tenía amistades con periodistas – Francisco Ichaso, Antonio Ortega, Gaspar Pumarejo, José Pardo Llada. Se relacionaba con la farándula. La acompañé en ocasiones a entrevistar para la Revista Vanidades a actrices como Raquel Revuelta, Maritza Rosales, Violeta Jiménez. A veces algunos acudían a sus tertulias. Recuerdo en su casa una noche al galán Humberto Estévez. También era amiga de los pintores, entre ellos Mario Carreño, que estuvo casado con María Luisa Gómez Mena. Un colega – el profesor Juan Martínez—que escribió un libro de Carlos Enríquez y tuvo acceso a sus papeles, me contó que encontró el nombre de Sara en su libreta de teléfonos. Asistía a muchas actividades culturales, a menudo en guagua, hasta 1956 en que aprendió a conducir y se compró un Ford azul. Se le veía por igual en el primer banquete del Pen Club, como en la fiesta ofrecida en la Cervecería Modelo en el Cotorro en honor de Ernest Hemingway cuando se le otorgó el Premio Nobel de Literatura en 1955. Era asidua a las salitas de teatro que comenzaron a proliferar a mediados de los 50.

Los 8 de noviembre, aniversario de la muerte de Alfonso Hernández-Catá, Antonio Barreras, que pudiera decirse fue su albacea literaria, y el escritor Juan Marinello, organizaban peregrinaciones a la tumba del escritor tempranamente desaparecido. El grupo solía reunirse en la capilla y caminar por la senda central hasta el fondo, donde al doblar a la derecha se encuentra la tumba con el arquero apuntando hacia arriba y la leyenda “Apasionadamente hacia la muerte”, que fue el ex libris que utilizó Hernández-Catá en sus últimos años. En esa improvisada tribuna hablaron importantes escritores de la época como Juan Marinello, Octavio R. Costa, Jorge Mañach, Salvador Bueno, Guillermo Cabrera Infante y muchos otros. Naturalmente que toda la familia acudíamos. Pienso ahora que Sara debía tener algo que ver a la hora de escoger e invitar a los oradores.

Sus amistades eran de diversas ideas política: muchos del Partido Socialista, pero también ortodoxos como José Pardo Llada y Carlos Márquez Sterling, auténticos como Aureliano Sánchez Arango, Felipe Pazos y Carlos Prío, a quien recuerdo, siendo presidente, acudir a uno de estos actos en el Cementerio de Colón un 8 de noviembre . Su vieja amistad con Guillermo de Zéndegui y Beatriz Lugris no se afectó porque Guillermo aceptara el Ministerio de Cultura durante la segunda era de Batista. Era de generosidad proverbial. Daba lo que tenía y más. Incluso arriesgaba su vida y la de su madre. Como décadas antes lo hiciera su padre en España con Oteyza y otros en época de Primo de Rivera, en la turbulencia política de Cuba, escondió a muchos en su casa, fueran tirios o troyanos. Su fidelidad era a sus amigos.

A Sara le encantaba viajar. Debió hacerlo mucho en su juventud, y lo hizo de nuevo asiduamente después de 1948 que su hermano Alfonso fue nombrado uno de los 11 miembros de la Junta Internacional de Registro de Frecuencias (IFRB). Sara y su madre viajaban a Suiza por lo menos cada dos años, pues no podían pasar mucho tiempo sin ver a Alfonso y a su esposa Ángela, a quien Sara quiso como a una hermana, y mucho menos a los sobrinos, Alfonsito y Ernestico, como entonces los llamábamos, con ese diminutivo cariñoso del que no escapábamos los niños de entonces.(12) Por el menor, tanto la abuela como la tía tenían especial predilección ya que prácticamente había vivido con ellas desde que nació hasta ya cumplidos los cinco años, cuando el traslado de la familia a Ginebra. Desde la capital suiza visitaba otros países del viejo continente. Describía calles, cafés, plazas de Copenhague, París, Viena, Roma, con exactitud asombrosa. En uno de mis viajes a La Habana, a principios de los 2000, Ada Kourí extrajo de un closet una caja y me mostró múltiples fotos de un viaje que Raúl, Ada, Wangüemert y mi tía habían hecho juntos a Italia. Solo logré que me regalara una de mi tía y mi madre cuando jóvenes.

No sé cuando empezó a viajar a Venezuela, pero recuerdo que en una ocasión regresó casi al día siguiente de haberse marchado. Era Noviembre de 1948 y Marcos Pérez Jiménez le había dado un golpe de estado al Presidente Rómulo Gallegos. Varios venezolanos se exiliaron en Cuba. Hasta donde llegaría la generosidad y el sentido de amistad de Sara, que cuando el autor de Doña Bárbara llegó a la Habana con su esposa Teotiste y sus hijos Sonia y Alexis, ella vino con mi abuela a vivir a nuestra casa, y le cedió la suya hasta que encontraron donde asentarse. Otros líderes de Acción Democrática también se hospedaron en su casa en otras ocasiones. A menudo solía reunirse a almorzar los domingos con los exiliados venezolanos en Río Cristal, en la carretera de Rancho Boyeros. Entre ellos se encontraba también Rómulo Betancourt y el poeta Andrés Eloy Blanco, quien le compuso estos versos:

Palabreo de Sara Catá

Y esto lo sabe cualquiera;
cuando el pan se pone amargo
o ha llorado el panadero
o el que come está llorando.

Por el ancho de tu mano,
que nos va midiendo sola,
con la medida española
de tu corazón cubano,
por el sol venezolano
que sembraste en su solera
para que tu vino fuera
de los tristes la alegría,
cualquiera te cantaría,
y esto lo sabe cualquiera.
Cuando nos ponen tan lejos,
con traiciones y enredijos
del más acá de los hijos
y el más allá de los viejos,
vamos a beber reflejos
en el mar de trago largo,
y, al despertar del letargo,
nos da la tierra mambisa
el azúcar de tu risa,
cuando el pan se pone amargo.
La verdad es la verdad,
los ricos le dan al pobre,
por la Caridad del Cobre,
su cobre de caridad;
pero lo tuyo es bondad
de lo grande y lo sincero,
lo tuyo no es el ventero
que no piensa, al dar su vino,
si se ha muerto el campesino
o ha llorado el panadero.
Sara Catá, hermosa y buena,
ojos de amar lo mirado,
pelo de ciclón pasmado
sobre la frente serena,
varadero de la pena
de los que penan luchando
si a los que luchan penando
tu pan no quita los males,
o no hay trigo en los trigales
o el que come está llorando. (13)

Sara fue el sostén económico y emocional de su madre desde que murió su padre en 1940 hasta la muerte de Mama Lila (como llamábamos a mi abuela) en Caracas en 1968. Eran como un matrimonio mal llevado, que peleaban a menudo, y no podían vivir la una sin la otra.

Nunca se casó ni tuvo hijos, pero el diablo le dio sobrinos tanto de sangre como de espíritu. Tita Sara era con la gente menuda una especie de guía traviesa. Nos ensañaba cantos, cuentos, poemas, adivinanzas y malas palabras. Era cariñosa físicamente –le gustaba besarnos, abrazarnos– pero nos hablaba como si fuéramos adultos, no con esa condescendencia que a veces tienen los mayores con los chicos. A mí me dio una pluma a los nueve años y me puso a escribir. Me llevaba a entrevistas y visitas a intelectuales. Fue con ella y Luis Gómez-Wangüemert que visité por primera vez la Bodeguita del Medio y probé una cerveza. En mi primer viaje de regreso a Cuba en 1999 encontré bajo un cristal, en una vitrina junto al bar de la Bodeguita, entre una serie de viejas fotografías en blanco y negro, una de un grupo en que está ella junto al poeta Nicolás Guillén.
Si con los pequeños era una especie de tía maga, en la familia le decían el General Saro, por su capacidad para resolver cualquier problema. Si una chica quedaba en estado y no tenía marido, el General Saro buscaba a un amigo homosexual que se casara con ella y le diera el apellido a la criatura. Si un matrimonio tenía desavenencias, era mejor que cualquier psiquiatra para ayudar a limar asperezas. Si había que sacar a alguien del país, ella tenía amigos entre los embajadores. En cualquier crisis, todos, hasta los hermanos varones, acudían a ella.

Le gustaban los juegos. El sábado de canasta en su casa, con familiares y amigos, no en clubes con damas de sociedad, era un rito casi religioso. También, sentada sobre las piernas cruzadas en el chaise longue de su estudio, hacía solitarios. Toda la familia participaba en las competencias de refranes. Nos poníamos en círculo a decirlos y se iban eliminando los jugadores que no recordarán ninguno. Con ese entrenamiento aprendimos buena parte del refranero español. Pero el pasatiempo favorito era escoger a un personaje famoso para que uno de los jugadores, mandado a salir momentáneamente del salón, lo adivinara. Para descubrirlo, por lo general hacíamos preguntas corrientes, tales como si la persona era hombre o mujer, vivo o muerto, famoso en ésta u otra rama. Pero en ocasiones Tita Sara sugería interrogaciones más sofisticadas como “Si fuera flor, ¿qué flor sería? Si fuera animal, ¿qué animal sería?

Tenía mucha gracia para poner apodos. Al poeta Manolito Altolaguirre solía decirle “el gitano señorón” y a la esposa de Salvador Bueno, “Ada mejor.”

Pese a llevar una vida bohemia en muchos aspectos, también tenía costumbres que eran casi ritos. Los domingos por la tarde llevaba a su madre y al cine y a comer. En cuanto fuimos adolescentes mi hermana y yo, y luego los novios, nos uníamos a ellas. A veces íbamos a los cines cercanos a su casa como el Ambasador y el Arenal, pero también a los de El Vedado, y a la salida gustábamos de ir a comer los famosos sándwiches cubanos de 12 y 23.

Sara se fue de Cuba con su madre en 1961 con destino a México. Pese a las incertidumbres y el desgarramiento que sufría, logró recrear el ambiente de las tertulias habaneras con el compositor Julián Orbòn y su esposa Tanguy, Piro Pendás y Silvia Kourí, Guillermo de Zéndegui y su esposa Beatriz, que residían entonces en el país azteca, y su sobrino Ernesto que las visitaba cada vez que podía.. Pocos meses después viajó a México Rómulo Betancourt, entonces Presidente de Venezuela, y al verla en una recepción en la Embajada Venezolana le preguntó qué hacía allí. “Lo mismo que tú en La Habana cuando estabas exiliado,” fue su respuesta. Don Rómulo inmediatamente organizó el viaje de Sara y su madre a Caracas.

Si ella había acogido a los venezolanos en su exilio, los de la tierra de Bolívar le pagaron con creces en el suyo. Desde el Presidente Rómulo Betancourt a Carlos Andrés Pérez, todos le facilitaron trabajo en su giro del periodismo los casi 20 años que allí vivió. En Caracas también forjó amistades y, mujer sensual y atractiva que era, tuvo nuevos amores.

Cuando le cerró los ojos a su madre en 1968, comenzó a viajar a Estados Unidos cada dos años, donde pasaba largas temporadas con mis padres en Nueva York y nos visitaba a los sobrinos en Washington.(14) En una de esas estancias en la capital americana, íbamos por la Calle 13 del barrio negro, que tiene hileras de casas estrechas y altas, de ladrillos oscuros. Como su mirada todo lo embellecía, me preguntó admirada: “¿Qué es esto tan hermoso, mezcla de Estocolmo y Haití?”

Hizo su último viaje a Miami a finales de 1979. Estuvo en casa cerca de tres meses. Ofrecimos un cóctel en su honor. Vinieron sus viejos amigos como los Zéndegui, el pintor Mijares. Los nuestros la adoraron. El poeta Orlando Rossardi le escribió versos. Me escuchó dar una lectura de poesía y una conferencia sobre el erotismo en la literatura latinoamericana. Fue feliz.

Hablaba en esos días de escribir un libro que titularía “Los hombres que yo palpé.” Tenía ya un pasaje para ir a Europa la primavera de 1980. Repetía a menudo que el secreto de no envejecer era tener ilusiones y proyectos. Pocos días antes de regresar a Caracas en diciembre de 1979 nos dijo que no la lloráramos cuando muriera, que había tenido una vida intensa y feliz. ¿Presentía el final? Falleció en Caracas dos meses después en febrero de 1980 de una breve enfermedad que nunca supimos exactamente cuál fue. No llegué a tiempo para despedirla. Descansa en tierra venezolana al igual que su madre y sus hermanos Alfonso y Pepe.

Sara Hernández-Catá se codeó por igual con presidentes y artistas muertos de hambre. Fue exótica, liberada, valiente, voluptuosa y tierna. Mucho me enseñó y mucho le debo a esta mujer adelantada a su tiempo, que de niña me alentó a escribir, revisó mis primeras cuartillas y estimuló siempre mi vocación literaria. Más que nada, le agradezco su actitud desafiante, su personalidad arrolladora, su alegría de vivir. No he conocido a nadie igual.

Notas:

1.Oficialmente, Mercedes Lila era la segunda hija de Sara Escobar Cisneros y un americano de apellido Galt, con quien la casaron muy jovencita, debido a la precaria situación económica sufrida por la familia durante la guerra de 1868, ya que la madre de Sara era pariente cercana de los Betancourt Cisneros y Cisneros Betancourt y les confiscaron todos sus bienes. Sin embargo, Sara estaba enamorada de Waldo A. Insua, joven periodista gallego que llegó a Cuba en 1877. Con el tiempo Galt enfermó, don Waldo fundó el Eco de Galicia, se hizo abogado, prosperó. Sara y él se convirtieron en amantes. De esos amores nació Mercedes. Doña Sara estaba embarazada de Alberto, cuando murió Galt. Mercedes siempre mantuvo el apellido Galt, pero Alberto, que fue escritor como Don Waldo, se firmaba Alberto Insua, con el apellido del supuesto padrastro, que era en verdad su padre. Waldo y Sara se casaron cuando ella enviudó y tuvieron varios hijos más. Ver Olimpio Arca Caldas, “Waldo Álvarez Insua. Estradense, emigrante, escritor”. Asociación “Filos e amigos de A Estrada”. Esta biografía no detalla estas intimidades, que me fueron contadas por mi tía Sara, y confirmadas por mi pariente Alberto Sánchez Álvarez Insua, nieto de Alberto Insua, y como yo, bisnieto de Don Waldo.
2.Fue en esa casa que el 13 de octubre de 1913 nació mi madre, y Don Waldo, su abuelo, sin consultar a los padres la inscribió con la versión femenina de su nombre, Waldina, pronunciado Ubaldina. Le decían Uva, y de ahí proviene mi nombre, tan poco común.
3.Dr. Gregorio Marañón escribió el prólogo y Luis Jiménez de Asúa el epílogo de la segunda edición de El ángel de Sodoma, de Alfonso Hernández-Catà, la primera novela cubana sobre el tema del homosexualismo, (Madrid, Editorial Mundo Latino, 1929)
4. Mayra Montero, Vana ilusión. Las memorias de Narciso Figueroa. San Juan: Ediciones Callejón, 2003, .54-55
5.Idmem 55
6.James Valender, Luis Cernuda y María Zambrano: simpatías y diferencias”, Homenaje a María Zambrano: Estudios y correspondencia. México, D.F., Colegio de México, 1998, pp 165 a 198. Valendar en una nota escribe: “Sara Hernández Catá era una amiga cubana de María Zambrano que parece haber conocido también a Cernuda. En la primera carta que envía desde La Habana, Cernuda pone como señas el domicilia de Sara Hernández Catá, pero a partir de 25 de enero de 1952, las de María Zambrano.”
7.Muñiz-Huberman, Angelina. “Luis Cernuda: una fotografía y el exilio del viento y el alma.” La Experiencia Literaria 16 (2009): 89-94.
8.Luis de Oteyza, “El primer viaje aéreo de Hernández-Catá”, Memoria de Alfonso Hernández-Catá, La Habana, Año 1, No. 4, 74. A la sazón Alfonso Hernández-Catá y su familia residían en la Calle Velázquez No. 103 en Madrid.
9.Sara Martí, Tres sombras, Bilbao-Madrid-Barcelona: Espasa Calpe, S.A., 1923
10.María Elena (apodada la Quichi), amiga entrañable de mi madre, se casó años después con el periodista español Francisco (Paco) Lucientes, y vivieron exiliados a partir de la Guerra Civil.
11.Para hacerse una idea de las amistades de Alfonso Hernández-Catá con intelectuales cubanos, ver su epistolario, Compañeros de viaje. Recopilación, introducción y notas de Cira Romero. Santiago de Cuba: Editorial Oriente, 2004, así como Memoria de Alfonso Hernández-Catá, La Habana, Año 1, Nos.1-10 publicados por Antonio Barreras en 1954.
12. Alfonso Hernández-Catá III (1937-199o) se destacó como bailarín de ballet, coreógrafo y director de los Ballet de Frankfurt, Ginebra y el Ballet du Nord en Roubaix, entre otros. Ernesto (n. 1942) ha sobresalido como economista y profesor universitario.
13.Andrés Eloy Blanco, Obras Selectas. Madrid-Caracas: Ediciones Edima, 1968, 495-496.
14. Al decir mis padres, me refiero a mi madre Uva y su segundo esposo Carlos Márquez Sterling, a quien Sara mucho quiso, al igual que a mi padre el Dr. Ernesto R. de Aragón, fallecido en 1954. Con respecto a los sobrinos, vivíamos en esa época en Washington mi primo Ernesto Hernández-Catá, su esposa Ximena y sus hijas; mi hermana Lucía y su familia, y yo y la mía.

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Acerca de uvadearagon

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9 respuestas a Sara Hernández-Catá: la alegría de vivir

  1. Wekayak2 dijo:

    Me encantó!!!

  2. Alejandro Querejeta dijo:

    Hermoso, instructivo, ameno…

  3. Armando R. Carvallo dijo:

    FABULOSA ¨disección¨ de tu tía Sara, como la que siempre había querido leer… ¡GRACIAS!

  4. alberto11@comcast.net dijo:

    Una Novela merece este personaje adelantada a su tiempo…muy interesante,Gracias por compartir estas memorias.

  5. Victor Moné dijo:

    Lo he disfrutado mucho. Sobre todo tantos nombres que aun guardo en mi memoria.

  6. Francisca dijo:

    Gracias por la información. Estoy buscando datos de Sara Insúa (hermana de Alberto Insúa) autora, entre otros de relatos infantiles, que es el objeto de mi investigación. ¿Podría facilitarme algún dato de la autora?
    Gracias

  7. Cerrnuda dijo:

    Acabo de leer este artículo maravilloso. Escrito por quien puede hacerlo. No me queda más que felicitarla y agradecerle.

  8. Hilda Otero dijo:

    Que interesante! Fantástico. Tu tía Sara, una gran mujer. Su biografía un hallazgo para mi! Mil gracias y a por el libro, porque su vida merece una indagación a fondo.

  9. Mª José Galván dijo:

    Me ha encantado descubrir a una figura tan importante y desconocida en la España actual.
    Muchas gracias por compartir estos recuerdos con los lectores.

  10. Alex Noppel dijo:

    Muchas gracias por este escrito, llegué a saber de su tía Sara debido a un escrito de Arqueles Vela llamado “Herández Catá y su cautivera” incluido en el libro de Sincronicas y me llamó mucho la atención así que me puse a investigar y con suerte di con usted. Si no tuviera este libro yo con mucho gusto se lo hago llegar. Saludos

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