Homenaje a una madre

Octubre va siempre asociado para mí al recuerdo de mi madre, que nació el 13 de octubre de 1913 y murió el 3 de octubre de 1997.  Como homenaje a ella que hubiera cumplido este mes 99 años y que se nos fue hace ya 15, reproduzco a continuación dos artículos. El primero “La grande dame” fue publicado en Diario Las Américas el 13 de octubre de 1994 y el segundo el “Descansa en paz, Reina Madre”  el 9 de octubre de 1997.

La grande dame

Vino al mundo  un día de otoño en Madrid, en casa de su abuelo, quien quiso que se llamara como él.  La bautizaron, claro, con la versión femenina del nombre del antespasado gallego.  Al verla por vez primera su padre, que estaba en Londres cuando la criatura nació, exclamó: “Con ese nombre tan feo, más vale que seas muy simpática.”    Como si el comentario paterno se tornara en presagio de  hados,  la niña creció a ser una bellísima y elegante mujer, con un especial “charm” que la distinguió siempre.

Calle de los Caños del Peral No. 3, Madrid, donde nació Uva Hernández-Catà

Su infancia de colegio de monjas, guirlache y  roscón en Días de Reyes y dulce de guayaba que llegaba desde la Cuba lejana que los padres recordaban con nostalgia, fue feliz.  Creció en la España de Unamuno, Ortega y Gasset, los Machado, Lorca, Alberti, a quienes conoció.  Aun adolescente, vio a Alfonso XIII marcharse del Palacio de Oriente y fue testigo de como el pueblo español protegió la vida del monarca.  Presenció asimismo otro momento histórico de la España donde había nacido y crecido: la proclamación de la República.

Su padre, escritor y diplomático, fue trasladado a América cuando su hija — la cuarta de cinco hijos– era una joven y bella mujer.   Y si ya en España se había visto rodeada de pretendientes, en todos los países en que vivió –Panamá, Chile, Brasil– encontró hombres que aspiraran a su amor.

Uva Hernández-Catà, circa 1938

El primer golpe duro de su vida se lo asestó la muerte.   Su padre, que tenía especial debilidad por ella, murió en un accidente de aviación.  La familia regresó desolada a La Habana con el cadáver.   Pero el amor fue poco a poco mitigando su dolor.  Un médico, bastante mayor que ella, amigo de su padre, se enamoró locamente de aquella mujer esbelta, de abundante cabellera negra, que combinaba un desmayado aire aristocrático con una singular simpatía criolla.  Al año se casaron y un año después nació la primera hija.   Tendrían dos más.   Fueron tiempos buenos, de viajes, salidas a cenar, al cine, al Encanto, la Carmelo, a casa de su madre. Fueron años en que la maternidad le imprimió una especial ternura.    Ya adultas, sus hijas recuerdan a menudo el exagerado cuido que ponía en ellas la madre.

Se quedó viuda muy joven.   De nuevo se vio rodeada de pretendientes.   Supo escoger bien.   Su segundo marido, también mayor que ella, era un intelectual de fuste, una figura pública de probada integridad, un ser humano adornado por las más nobles virtudes.   Y las tres niñas que acudieron vestidas iguales a al boda de su madre, tuvieron un nuevo padre.

Uva Hernàndez-Catà, La Habana, circa 1955

Vinieron años de zozobra política en el país.   Llegó el exilio.  La mujer de gustos refinados aprendió a cocinar, a construir un hogar en tierra extranjera.   La niña que el padre escritor protegió, la madre que en Miramar se dedicó al cuidado de sus hijas pequeñas, la esposa que acompañó al político en una azarosa campaña electoral, se enfrentaba a otra vida, más dura, menos protegida.  Washington fue escenario de sus primeras nostalgias. Pero la dama de gustos refinados era también una mujer de carácter.  Nueva York fue testigo de sus apuros en su primer trabajo. También, de su plenitud, de su paso de mujer segura.  Como en todas las ciudades en que vivió, forjó amistades entrañables.

A Miami vino con su esposo hace tres lustros, ya ambos retirados.  Hubo que aprender a vivir con los hijos, con las nietas.   Saber de qué lado de Flagler quedaba el sur. Forjar nuevos amigos.  Ver envejecer al hombre que fue su inseparable compañero.   Aceptar su muerte.   Como  había aceptado ya la de todos los hermanos, la de tantos buenos amigos.

Conozco bien a esta grande dame, a esta Reina Madre a cuyo alrededor se cobijan hijis, nietos, biznietos y amigos.  Por años he disfrutado su conversación sabrosa, sus sabios consejos, su capacidad inagotable de comprensión.   Con ella he compartido buenos y malos tiempos.

Me he alimentado de su joie de vivre, de su vitalidad sin par.   Conozco también sus miedos y debilidades.    Y la veo, día a día, ceder algo de su eterna juventud al paso inexorable del tiempo.  Siempre con la misma elegancia, el mismo porte real, el mismo espíritu noble.

Hoy trece de octubre, Uva Hernández Catá Vda. de Márquez Sterling, cumple 81 años.   Vengo de las tiendas, de buscar inútilmente un regalo para ella.  Y como cuando era niña y le dedicaba torpes versos, me he puesto a escribirle estas cuartillas.

Feliz cumpleaños, madre.  (Y, claro, gracias por ser como eres.)

Descansa en paz, Reina Madre

Palabras leídas en la misa por la celebración de la vida de Uva Hernández-Catá en  la Iglesia de St. Raymond  el  6 de octubre de 1997

 Uva Hernández-Catá fue una mujer singular.   Encantadora, exquisita, refinada, elegante, bella,  una gran dama: son todas palabras apropiadas pare describirla.  Estas cualidades no eran en ella adjetivas, sino sustantivas. Su esencia misma.  Porque su aristocracia no provenía de títulos nobiliarios ni de cuentas bancarias, sino del espíritu.

La distinguía por igual una innata simpatía, un charm especial, un incalculable poder de cautivar.   Madrid, donde nació y se crió,  le dio su garbó.  Cuba, su increíble capacidad conciliadora. Si de su madre, Mama Lila, heredó la belleza, el padre escritor le regaló el arte de conversar.  Nadie como ella para narrar una anécdota, un chiste picante. Charlar con Doña Uva era un regalo. Sabía ponerse al nivel de todos. Donde quiera que estuviera, era el centro. La Reina Madre.

Mi hermana Gloria — y todos coincidimos — señala como uno de sus atributos más sobresaliente, su capacidad de decir una palabra agradable a cada persona que conociera o tratara, ya fuera el presidente de una república — y conoció a varios — o un simple jardinero.  En efecto, sabía, o intuía, lo que cada cual necesitaba oír. Las palabras en ella se convertían en abrazos. Eran su forma de acariciar.

Los Hernández-Catá fueron siempre una familia de pensamiento abierto, liberales, en el sentido decimonónico y europeo del vocablo. También a esa herencia hizo honor. Su hija Lucía ha señalado en estos días la capacidad de nuestra madre de entenderlo todo, de no juzgar a las personas.  Digna representante de una era más gentil que va muriendo, era, sin embargo, una mujer el siglo XXI. Por eso, para sus hijos y nietos, fue también amiga y confidente. No es de extrañar que desde los cuatro puntos cardinales de la tierra hayan todos venido y se reúnan aquí varias generaciones para decirle el último adiós.

Tuvo una vida llena y feliz. Nunca he conocido a nadie con un mayor joie de vivre.  Era una mujer alegre, vital, que amaba la vida desinteresadamente, por sí misma.  No sabía de rencores. Sólo cuando alguien hería a uno de los suyos podía vérsele enojada o herida.

Hubo tres hombres importantes en su vida: el padre que la mimó en su infancia y adolescencia; mi padre, Ernesto R. de Aragón, a quien le agradecía, sobre todo, las tres hijas que tuvieron juntos; y Carlos Márquez Sterling, su compañero en la plenitud y la vejez. De ambos maridos heredó nuevos hijos. La presencia de todos ellos aquí atestigua otra de sus habilidades: la de unir siempre.  Y esa fue también una de sus últimas peticiones, que mantuviera unida la familia.   En sus últimos años fueron los biznietos su mayor fuente de felicidad.

Uva Hernández-Catà, Miami, Domingo de Pascua Florida, 1997, con biznietos, Zachary, Jenny, Cristian, Jessica, Brandon y Nikulas en sus brazos, seis meses antes de morir

Al pensarla, se me agolpan los recuerdos, desde los días de infancia en que aliviaba la amargura de una medicina con la lectura de un poema, hasta los últimos años en que vivimos juntas solas, y en que a veces fue no sólo mi madre, sino también mi hija.

No era perfecta Doña Uva. Tenía sus egoísmos y sus vanidades, como todos. Era impaciente. Majadera para comer. Voluntariosa. También sufría sus miedos y sus penas. Creo haber tenido el privilegio de ser de las personas que más íntimamente la conoció. Y puedo decir con una propiedad que no empaña el amor filial, que era una mujer buena, en el sentido machadiano y cristiano de la palabra.

Con mi madre en enero de 1974, la noche de la pesentación de mi libro “El caimán ante el espejo”.

Nadie como ella me estimuló en la a veces dolorosa vocación por la literatura, y se sentía orgullosa de haberme trasmitido la misma pasión que por la escritura consumió a su padre.  Pero también fui siempre para ella, como lo fueron mis hermanas, una niña.  Hoy, con su muerte y nuestra orfandad, todos llegamos ya a la adultez rotunda. Somos ahora los viejos de la familia, y de ella tenemos la misión de perpetuar las historias que de generación en generación se han ido trasmitiendo.

Vivió y murió rodeada de amor y de belleza. Mantuvo hasta sus últimos momentos su sentido del humor y su dignidad.  De nadie mejor puede decirse, “genio y figura hasta la sepultura.” Como la guardia imperial, murió, pero nunca rindió armas.

Madre, en octubre naciste y en octubre naces de nuevo para Cristo.   Madre, no lo vemos en Miami, pero en octubre, en tu Madrid natal y en el Nueva York que marcó tu paso de mujer en plenitud, caen hoy las hojas doradas de otoño.  Madre, hoy por tí doblan las campanas en muchos corazones.

Descansa en paz, Reina Madre.

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Acerca de uvadearagon

escritora cubana
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6 respuestas a Homenaje a una madre

  1. Waldo González López dijo:

    Querida Uva, te felicito por mantener tan viva la memoria de tu prestigiosa familia. Saludos, Waldo González López

  2. Armando R. Carvallo dijo:

    Octubre es también el mes que nació mi madre, el mismo día que la tuya, y el mes que murió mi padre, así que también es un mes importante para mi…

  3. Alberto Romeu dijo:

    Bellas tus palabras hacia tu Mama,he leido dos veces estos dos articulos. Cuanto siento no haberla conocido.

  4. uvadearagon dijo:

    Alberto, hubieras disfrutado conocerla y retratarla. Era una mujer bellìsima y elegante como pocas.

  5. Vibrante artículo Uva. Ella está muy orgullosa de ti.

  6. Martha Pardiño dijo:

    Querida Uva:
    Este homenaje a tu madre me trae a la mente el recuerdo de mi madre que, como la tuya, nació en España y tenía esa gracia española que la hacía imprescindible a todo el que la conociera.
    Estuvimos mi marido Alberto y yo en la presentación de tu libro “Un caimán frente al espejo” y adquirimos tu libro que tu gentilmente nos dedicaste y, aunque no recuerdo haber visto a tu madre contigo porque no la conocí, es en esa foto donde veo la elegancia y la distinción que retratas en tu artículo.
    Yo siempre digo, Uva, que las madres son eternas. ¡Cuántas veces al día nos acordamos de sus consejos, decimos una frase que ella nos enseñó, o hacemos un gesto cariñoso que copiamos de ella!
    Te felicito porque como siempre, tus palabras vuelan y nos llevan a conocer a ese ser generoso e inolvidable que para tí fue tu madre.
    Martha Pardiño

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