La voz de José Ignacio Rasco

Diario Las Americas 
Publicado el 09-05-2012

Parte II

Prólogo de “Acuerdos, desacuerdos y recuerdos de José Ignacio Rasco, que   se presentará en la Casa Bacardí, el 5 de septiembre a las 6:30 p.m.

José Ignacio Rasco creció en el seno de una familia de hondas raíces cristianas. (Su hermano Emilio Rasco, S.J, fue por décadas profesor de la Universidad Gregoriana en Roma y reconocido experto en el Nuevo Testamento; Ofelia, la menor de los cinco hermanos y la única mujer, fue religiosa del Apostolado).  Pero la misión de José Ignacio fue otra: crear y criar dos familias. La primera, junto a Estela – que tanto lo apoyó y se sacrificó gozosamente a su lado– , la de sus hijos María Rasco Lytle y José Ignacio (Joe) Rasco, Jr. y sus descendientes; la segunda, la de la Democracia Cristina Cubana. “Acuerdos, desacuerdos y recuerdos” es, en parte, la   historia de esa segunda familia.  La idea de recoger algunos trabajos de Rasco   en forma de libro surgió en conversación entre colegas del Instituto Jacques Maritain de Cuba, en el hogar del matrimonio chileno Ángel y Marta Correa,   entre la pareja, María Cristina Zarraluqui y Pedro L. Guerra.

El libro comienza con textos de 1959 y termina con una larga entrevista que   le hace a Rasco en 1998 la Dra. Silvia Pedraza –-distinguida profesora de   sociología de la Universidad de Michigan en Ann Arbor, y autora de varios libros– revisada en 2011 por ambos con la ayuda de Pedro L. Guerra, actual presidente del Instituto Jacques Maritain de Cuba. El trabajo publicado en Bohemia sobre el V Congreso de la Democracia Cristiana al que asistió José Ignacio en Lima en octubre de 1959 es un documento medular, que sintetiza principios de la Democracia Cristiana que han inspirado a Rasco desde temprana edad. En la Carta Abierta que dirige a Fidel Castro en diciembre de 1959 y en su comparecencia en el programa Ante la Prensa en La Habana en enero de 1960 sorprenden la astucia y acrobacia verbal del joven Rasco en momentos en que quien hiciera cualquier comentario negativo sobre el gobierno podía terminar fácilmente entre rejas o ante el pelotón de fusilamiento. No extraña que fuera perseguido y se viera forzado a asilarse y salir del País en abril de 1960.

Ya fuera de Cuba, en su paso por la Patria de San Martín, se ha convertido en   “misionero de la verdad”, ansioso de advertir —aunque nadie escuchaba—   sobre la realidad de su patria y los peligros que acechaban “Nuestra América”.  La entrevista que décadas después le hace la profesora Pedraza nos presenta a un hombre en el umbral de su era otoñal, que mira hacia atrás con sabiduría, recuerda sin nostalgias, y habla a calzón quitado, con la honestidad de un ser humano íntegro, sin dobleces. Como algunos de los textos provienen de testimonios orales, los que conocen a Rasco al leer este libro sentirán en ocasiones que lo están escuchando hablar –con esa “rr” que arrastra ligeramente –, gesticulando con las manos, de tú a tú, campechano y   franco.

Fidel Castro es un personaje importante de este libro, no sólo por el desmedido protagonismo que ha tenido en la historia de Cuba por más de medio siglo, sino porque Rasco y él se conocieron bien, compartieron en las aulas del Colegio de Belén y de la Universidad de la Habana, y tuvieron amplios contactos en los primeros meses de la Revolución de enero. En la larga semblanza que dedica al dictador cubano, rememora anécdotas del joven Castro, da una visión balanceada de sus defectos y virtudes, se avala en opiniones de  otros para trazar sus patologías, y lamenta que el antiguo compañero no haya usado su inteligencia, memoria y personalidad para el bien de Cuba. Aunque el retrato que ofrece de Castro es tan sombrío como Las Pinturas Negras de Francisco Goya, no hay en su visión rencor ni sed de venganza.  En Rasco el amor al prójimo, a Cuba, a la justicia y sobretodo a Dios, cancelan cualquier posibilidad de odio.  Ha hecho suya la fórmula martiana de la rosa blanca.

José Ignacio Rasco (foto Armando Terrón)

Rasco ha sido siempre un intelectual público. Un activista que desde el   Partido Demócrata Cristiano, la Junta Patriótica, la Plataforma Democrática   –organizaciones todas en las que ocupó papeles destacados– ha luchado siempre a favor de la libertad, la democracia, el estado de derecho. Le gusta viajar, aunar voluntades, recabar apoyo a la causa cubana. Para él la presencia es indispensable en la política.

Los trabajos que aquí ha reunido, con la ayuda de su gran colaboradora María   Cristina Zarraluqui, no son necesariamente sus ensayos más enjundiosos, de estilo siempre pulido aunque espontáneo. No se trata tampoco, de un libro académico, con notas al calce, como quizás deba hacerse en el futuro en otra edición, para que generaciones venideras entiendan mejor el rompecabezas cubano. Estos testimonios orales y periodísticos, a veces escritos de prisa, guardan el ritmo acelerado de un trotamundos y el calor de lo vivido con autenticidad.  Son la voz de Rasco. Por eso, el propio autor es asimismo el personaje central del libro.

Dos compañeros de aulas que encaminaron sus vidas por sendas opuestas, la   formación y el desarrollo de la Democracia Cristiana Cubana, la lucha de los   cubanos por su libertad y la propia vida y el pensamiento de Rasco son los cuatro hilos narrativos que tejen este libro. Ninguno de estos relatos aparece en su totalidad, pero todo cuanto aquí podemos leer es historia e intrahistoria, y contribuye a que entendamos mejor la personalidad poliédrica de José Ignacio Rasco y los intríngulis del quehacer político del exilio cubano.

Conozco a Rasco desde mi adolescencia habanera. Ha sido no sólo un amigo   entrañable, sino maestro, mentor. Escribir este prólogo significa para mí un   inmerecido privilegio. Lo he hecho con admiración pero también con el rigor y la honestidad que él merece. Nada aquí es hipérbole o elogio ciego dictado por el cariño. Las páginas de este libro le irán descubriendo a cualquier  lector la trayectoria vital de un cubano bueno, demócrata y cristiano, que ha  ufrido un doble exilio, pues como a muchos de su generación y de otras que le siguieron, le anularon la posibilidad de participar en la vida pública de su País. No dudo que con sus dotes, en una república democrática hubiera llegado a ocupar los más altos cargos. Pienso que hubiera sido un presidente de lujo, este político innato e innovador a quien le cabe Cuba en la cabeza y el corazón, como dijera de él recientemente Carlos Alberto Montaner.  Fue algo más que perdió la Patria en su trágico Siglo XX.

Pero su legado no se lo llevará el viento.  Se adelantó a su tiempo en la búsqueda de soluciones pacíficas y en la creación en la Isla de un movimiento político moderno. Este libro así lo comprueba. Son lecciones para la Cuba futura.

Nota: “Acuerdos, desacuerdos y recuerdos” de José Ignacio Rasco fue presentado en la Casa Bacardí de la Universidad de Miami, 1531 Brescia   Avenue, Coral Gables, el miércoles 5 de septiembre a las 6:30 p.m. por el P. Ernesto Fernández-Travieso, S.J., Carlos Alberto  Montaner, Silvia Pedraza y Uva de Aragón.

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Acerca de uvadearagon

escritora cubana
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3 respuestas a La voz de José Ignacio Rasco

  1. Matias Montes Huidobro dijo:

    Una bella y documentada semblanza de José Ignacio Rasco, merecedor de estos reconocimientos y muchos más. Informativa y sentida.
    Matías Montes Huidobro

  2. Armando R. Carvallo dijo:

    Estupenda semblanza…

  3. Martha Pardiño dijo:

    Felicito a Uva de Aragón por esta semblanza, bella y sentida, de José Ignacio Rasco, un patriota y un exiliado más que lleva a Cuba en su corazón y en su mente.
    Teníamos pensado ir a la Casa Bacardí para estar presentes en el acto de presentación de su libro, pero se presentó algo y no pudimos asistir.
    Un millón de gracias, Uva, por enviarme el link del acto. Cuando lo ví pensé: ¡Lo que nos hemos perdido!
    Martha Pardiño

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