Marc Chagall en Madrid y mi corazón

Diario Las Americas 
Publicado el 08-22-2012

Uno de mis rituales madrileños es visitar el Museo Thyssen-Bornemisza con mi sobrina Isabel.  En mi último viaje el pasado marzo tuve la suerte de que el Thyssen y la Fundación Caja Madrid, situada en la Plaza de San Martín,  acogieran una de las exhibiciones más completas que he visto de Marc Chagall.   Meses después de haberme pasado largos ratos ante muchos de sus lienzos, comprendo con mayor claridad por qué Chagall ha sido siempre uno de mis artistas plásticos favoritos.

Con mi sobrina Isabel frente al Thyssen en Madrid

Chagall es el pintor poeta, músico, cuentacuentos; el pintor errante,  solitario, exiliado; el pintor enamorado, que renace a la esperanza, que nos trasmite en explosiones de colores sus alegrías y fantasías; el pintor que toma del cubismo y el surrealismo, de la tradición judía y la cristiana para   crear un lenguaje propio, fácil de distinguir, imposible de imitar.

El pintor (1887-1985), cuya vida y obra atraviesan el siglo 20, nos coloca una y otra vez frente al espejo de lo sublime y lo más vil, de los ritos y lo  cotidiano, lo público y lo íntimo. Crea un universo particular tan suyo, y  sin embargo tan nuestro, como si en sus lienzos atrapara nuestros propias heridas, nostalgias e ilusiones.

“El violinista”, 1912-1913

“Nunca he subrayado pero tampoco he disimulado los rasgos nacionales, ni en el arte ni en la vida, pues pienso que es una cuestión tan natural como el  árbol que está atado a la tierra por sus raíces y acostumbrado al agua de su   lluvia”, escribió Marc Chagall, oriundo de Vitebsk, en la actual Bielorrusia.   Nacido en el seno de una familia humilde de origen judío, a lo largo de su obra, Chagall regresa siempre a su infancia: los animales del campo, el  trabajo de los campesinos y personajes como el tío que al volver del trabajo se subía al tejado a tocar al violín, y que aparece repetidamente en sus lienzos. Los iconos rusos y la iconografía bizantina insertan riqueza  cromática, sencillez y expresividad a su pincel.  En perpetuo diálogo con sus raíces religiosas y la cultura judía, se aferra especialmente a los aspectos  de la tradición jasídica que hablan de la alegría y el éxtasis del corazón.   “Si no fuera judío no sería artista,” escribió. Cristo era también el judío  perseguido y Chagall incorpora a su mundo la simbología cristiana. En pocos pintores armoniza en tal equilibrio ambas culturas.

Marc Chaggal, “La virgen de la Aldea” 1938-1942

Ya sea en una atmósfera tormentosa, de tonos oscuros y sombríos (“La casa gris”, 1917); o en fiesta de amarillos, rojos, azules y verdes que trasmiten alegría y serenidad (“La casa azul”, 1920), Vitebsk – como para mí La Habana de mi niñez– es una constante en su obra.

“La casa azul” de March Chagall, 1920

Las mujeres que amó —Bella, su esposa; Ida, su hija; Virginia McNeil, su asistente y  compañera después de la muerte de Bella; y Valentina Brodsky (Vava), su última mujer— fueron asimismo una presencia continua en su pintura, como lo fue el amor en sí, el éxtasis y la serenidad que conllevan, y la ternura infinita de la maternidad.

“La novia de las dos caras” de Marc Chagall, 1927

Marc Chagall escapó casi milagrosamente de la persecución a los judíos
en Francia, sufrió la invasión alemana a Rusia, la destrucción de su pueblo
natal. Buscó amparo en Estados Unidos y en Francia, una vez liberada; pero
sobre todo, se refugió en su trabajo. Aún años después trató de contar el
horror de aquellos tiempos en cuadros como “La Guerra” (1964-1966). “El exilio
desarraiga el yo, en el sentido de que lo arranca de la tierra en la que tiene
todas sus fibras biológicas. Es un momento dramático, de una terrible pesadumbre,
pues el exiliado no podrá nunca echar raíces en otro suelo. Sus raíces quedarán
a la intemperie, al descubierto, en el vacío, y en cierto modo podría decirse
que no podrán agarrarse nada más que al cielo, a ese vacío por el que se
extenderán en su nuevo intento de tocar otra vez la tierra.” Así intentó
explicar el pintor poeta el drama humano, pues todos somos exiliados de alguna
parte. Quizás por ello sus figuras parecen siempre flotar, incapaces de
asentarse en nada fijo, de echar raíces.

“La guerra” , 1964-1966

En 1973 regresó a Rusia, de donde había partido en 1922. Poco después pintó   “El hijo pródigo”, que muestra el momento preciso en que hijo y padre se abrazan, rodeados de la alegría de todo un pueblo.  Es su Vitebsk natal, con  sus paisajes nevados y sus viejas casas de madera con tejados inclinados.   Lejos, nos parece ver al judío errante que uno presiente o desea que haya  encontrado por fin el camino a la tierra prometida. En primer plano distinguimos al artista –testigo e historiador… — sentado de nuevo ante el  caballete, tranquilo y satisfecho, dispuesto a narrarnos el fin del cuento,  que sin embargo, volverá siempre a empezar.

“El hijo pródigo”, 1975-1976

Marc Chagall es inacabable, y cada vez que lo rencuentro descubro nuevos  aspectos de su lenguaje, su universo y mi propio corazón.

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Acerca de uvadearagon

escritora cubana
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3 respuestas a Marc Chagall en Madrid y mi corazón

  1. Armando R. Carvallo dijo:

    Muy interesante. Conocía a Chagall y algunos de sus cuadros, pero no su personalidad ni su historia. Gracias…

  2. carmen diaz dijo:

    “El exilio desarraiga el yo…” Parece cierto. Arraigarlo es un largo proceso. Gracias, Uva.

  3. Martha Pardiño dijo:

    Leí este artículo de Uva sobre Chagall en el Diario Las Américas y me enteré de la historia de este pintor, que siempre me ha gustado, y más ahora que conozco de su vida. Y pienso en el corazón de Uva, que late por Cuba al igual que laten los corazones de todos nosotros los exiliados por la patria que perdimos y nunca olvidaremos.
    Te felicito Uva por este escrito lleno de ternura y recordación.
    Martha Pardiño

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