Visita a Sorolla en Madrid

Diario Las Americas 
Publicado el 07-11-2012

Durante mi viaje a Madrid el pasado mes de marzo, cierta mañana una señora a quien llevaba un encargo me invitó a desayunar cerca de su casa.  La última dirección de mi abuelo en Madrid fue Diego de León 22, esquina a Velázquez, y fue precisamente en esa esquina que se encontraba Chikito, el café donde me citó. Ya en otras ocasiones había estado por la zona, pero como la numeración ha cambiado, nunca he podido precisar el edificio exacto donde residía mi familia en los años 30, antes de la guerra. No importa. Cada vez que camino por el barrio, me parece escuchar los tacones de mi   madre, la voz ronca de mi tía Sara. Huelo el perfume de mi abuela e imagino a   Don Alfonso andando por esas calles junto a alguno de sus muchos amigos escritores. Gloria Comeseña resultó ser una mujer encantadora, y además del   café con leche, la barrita de pan con aceite y la grata charla, le debo que   me animara a visitar el Museo Sorolla, no muy lejos de allí, y que a pesar de   las tantas veces que he ido a la capital española, no conocía.

Cafe Chikito en Madrid

Cafè Chikito, esquina de Velàzquez y Diego León en Madrid

Mientras el taxi me llevaba por el Paseo General Martínez Campos, donde está   situada la antigua casa estudio del pintor valenciano, recordé la reunión del   militar español con Antonio Maceo después del Pacto del Zanjón, su renuncia   como Capitán General durante la guerra del 95 por no querer imponer las duras   medidas que luego tomó Valeriano Weyler contra los criollos. Un español   noble, pensé.

Nada me preparó para el oasis que encontré en medio de la animación citadina   cuando entré en los jardines del Museo Sorolla. Fue como si hubiera llegado a   Andalucía: pórtico sevillano en la fachada, rumor de agua de las pilas de las   fuentes que evoca a Granada; flores, azulejos, y un busto de Sorolla que   parece distraerse de sus bocetos para contemplar a los visitantes, o disfrutar del jardín.  En la planta baja continúa el patio andaluz, con abundantes cerámicas.

Museo Sorolla, Madrid

Jardìnes del Museo Sorolla, Madrid

La planta principal nos permite apreciar cómo era la casa de un artista a principios del siglo XX.  Se han mantenido muchos de los muebles originales, e incluso están colocados en el mismo lugar. Da la impresión de que en  cualquier momento Joaquín Sorolla va a entrar por la puerta de su  casa-taller, dirigirse al caballete, tomar los pinceles, ponerse a pintar.

Es en la Sala II que sentimos por vez primera el ambiente de un museo.  En sus   paredes se muestran algunas de las obras más características del pintor como   “Paseo a orillas del mar”(1909) de dos jóvenes mujeres vestidas de blanco   caminando por la playa, “Clotilde en la playa” (1904), donde pinta a su esposa en tonos luminosos, muy diferente a “Clotilede con traje de noche”   (1910) en que la mujer aparece vestida de negro y con una expresión más seria. En esta ocasión hay precisamente una exposición dedicada a ella, y abundan los retratos de la mujer que fue su compañera desde 1888 hasta la  muerte del pintor en 1923.

Entrada al Museo Sorolla

Entrada a la exhibición dedicada a Clotilde en el Museo Sorolla

También fue Clotilde quien en su testamento de  1925 donó la casa y gran parte de los cuadros de su marido al Estado español.  Murió cuatro años después y en 1932 se inauguró el museo.  El hijo mayor de la pareja, Joaquín Sorrolla y García, fue, por deseos de su madre, su primer  director y continuó viviendo allí.

Paseo a orllas del mar de Joaquín Sorolla

Paseo a orillas del mar (1909)

El pintor estuvo involucrado en cada detalle del diseño de la casa, y a tal punto dejó su huella en cada rincón, que el edificio parece tener vida.   Abundan también retratos de sus tres hijos pequeños —uno bellísimo en el   descanso de la escalera, que acentúa el aura de amor familiar—.

En el Museo Sorolla se huele el mar, ese mar tan lejano de Castilla, tan presente en su infancia valenciana y en su obra de costumbrismo marítimo. En algún cuadro, uno sospecha una sombra de Velázquez, en otro asoman los impresionistas.  Pero no escucho al guía que ha llegado con un grupo, no tomo notas, apenas leo las placas explicativas, no escudriño el estilo. Me dejo invadir por la fuerza creadora, la luz, la serena alegría, la suave melancolía, la universalidad de este maestro tan español.

Me llama la atención el cuadro de un rosal amarillo y leo la leyenda: “Según   la tradición familiar, el rosal amarillo del pórtico de la casa, plantado y   pintado por Sorolla, y que Clotilde cuidaba, enfermó cuando él murió; y murió finalmente el rosal cuando Clotilde despareció”.

Salgo del museo con la extraña sensación de que he viajado en el tiempo y he   estado visitando a los Sorolla.  Se me ocurre pensar que seguramente mi familia habrá ido a alguna de sus exposiciones, quizás hasta lo habrán conocido. Cuando recorro de nuevo el jardín, me parece que el busto del pintor me sonríe, cómplice. Le prometo que regresaré…

Busto de Sorolla en su museo

Busto de Joaquín Sorolla

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Acerca de uvadearagon

escritora cubana
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2 respuestas a Visita a Sorolla en Madrid

  1. Teresa Fernández Soneira dijo:

    Me gustó mucho tu reseña de la visita al Museo de Sorolla. Yo he estado un par de veces porque me fascinan los juegos de luces y las playas de Sorolla, así como los personajes con trajes típicos. Y además la casa es bella! Saludos

  2. Tienes razón, Uva, es una casa museo entrañable. Una siente la vida familiara y artística que hubo en ella. En ese jardín hasta la luz es la que necesita un pintor.
    Fui varias veces a verla cuando vivía en Madrid.
    Muy lograda tu semblanza, Uva.

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