Hasta luego a nuestra Zenaida Manfugás

Diario Las Americas
Publicado el 05-30-2012

Zenaida Gonzaléz Manfugás,  guantanamera y universal, es una de las mejores pianistas cubanas del Siglo XX.   Creció en Baracoa, hermoso y remoto extremo oriental de la Isla.  Conquistó aplausos en medio mundo.   Nació y murió pobre;  ganó la admiración y el cariño de grandes personalidades.  Sufrió prejuicios por su piel negra;  se convirtió en una diva caprichosa, exigente y simpática.   Era voluble.  En medio de cualquier concierto se salía del programa impreso y tocaba lo que se le antojara.  Sus manos no eran hermosas, pero sobre el teclado adquirían la belleza de dos mariposas en vuelo. En lo esencial,  fue siempre la misma: fiel a sus principios y sus afectos.   Exiliada desde 1974, no disfrutó de las oportunidades que tiene un artista en su país, pero brindó conciertos en muchos auditorios del mundo, y en especial de Nueva York, donde vivía, y fue profesora de música en Kean College.  En Miami dictó clases magistrales y  conciertos en salones llenos, tanto en la Universidad de Miami como en la Universidad Internacional de la Florida.

Zenaida Manfugás

Zenaida Manfugás

Leía.  Estaba al tanto de las noticias.  Poseía esa inteligencia natural que es regalo de los dioses, como lo era su talento musical.  Tuvo como primera maestra a  su madre, que en esa República tan injustamente criticada, abrió una escuela de música en Baracoa, afiliada al conservatorio Orbón.  Para honrarla, Zenaida escogió solo su apellido materno cuando se hizo ciudadana americana. La niña era precoz, y a los siete años ejecutaba con gracia complicadas piezas de Mozart y Beethoven. En La Habana debutó en  1949 en el Anfiteatro de la Avenida del Puerto con la Banda Municipal, bajo la batuta de Gonzalo Roig.  Continuó tocando con ellos; el Maestro reconoció de inmediato su  gran capacidad, tal como ocurrió con Ernesto Lecuona, el periodista Agustín Tamargo y el padre José Rubino,  entonces rector del Colegio Belén.

Zenaida contaba con dolor sobre los prejuicios que sufrió en la Cuba de aquellos años.  Reconocía de igual modo que su genio musical se imponía.  El Maestro Roig le organizó un concierto en la Plaza de la Catedral donde puso 100 sillas.  “Tú sales y tocas”,  le dijo ante su temor de enfrentarse  a “la chusma diligente”,  como hubiera dicho La Avellanda.  Y la negrita de 101 libras los embrujó  con sus acordes de la Rapsodia Azul de Gerswhin.  Sus seguidores la  ayudaron a conseguir  una beca.  En 1952,  a los 30 años, (había nacido en 1922)  cruzó al Atlántico para estudiar en el Conservatorio Real de Madrid.  Regresó a Cuba en 1958.  Comenzaron a abrírsele puertas.

Ya después del triunfo de la Revolución,  dio conciertos en Europa y Asia, y en 1974 hizo una gira por varias ciudades de Estados Unidos.  Vio Cuba por última vez en 1979.  Zenaida era demasiado genial para aceptar limitaciones a su libertad.

Tuve la oportunidad no sólo de escuchar a Zenaida muchas veces al piano, tanto en concierto como en veladas íntimas, sino de tratarla, organizar su visita a FIU, recogerla y llevarla a su hotel,  y hasta en una ocasión hospedarla en mi casa.  Fue también la buena amiga que me llamaba indignada si alguien me atacaba por algo que había escrito o hecho.  Guardaba un recuerdo de agradecimiento a mis padres, que según ella me contó la ayudaron a su llegada a Nueva York.  A veces era ingenua como una niña.  Siempre se asombraba porque le reconocía la voz, cuando era inconfundible su timbre agudo,  que no se avenía con la grandeza de su personalidad y la armonía perfecta de su ejecutoria pianística.

En la conferencia que ofrecí recientemente en La Habana, acompañada por una presentación de imágenes de personas que se han distinguido en la diáspora en diversos aspectos de nuestra cultura, incluí la misma foto de ella que acompaña este artículo. La escogí por la mirada sonriente y el gesto de sus manos que invita al abrazo.

Zeneida murió en su apartamentico de New Jersey el pasado 2 de mayo, enferma de cáncer. Al recibir la noticia sentí como si toda la música del mundo hubiera muerto con ella. Pero luego, poco a poco, me ha regresado su voz cariñosa y chillona, la protección de su amistad, sus acordes ricos en sutilezas, la belleza de su alma con heridas y sin odios, y el pañuelito blanco con que se secaba el sudor de las manos en sus inolvidables conciertos.  He sentido que sus brazos extendidos me rodean y consuelan.

¡Hasta siempre, Zenaida, hasta siempre!

 

 

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Acerca de uvadearagon

escritora cubana
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2 respuestas a Hasta luego a nuestra Zenaida Manfugás

  1. José Taín dijo:

    Querida Uva, muchas gracias. Bellísimo ensayo sobre la genial Zenaida. Se percibe que la conociste muy bien porque la has retrado con exactitud y elegancia. Gracias, Gracias, Gracias
    José Taín

  2. No la recordaba, por lo que te agradezco dármela a conocer. Gracias…

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