Cultura cubana en la diáspora: ¿Ajiaco y ensalada?

Diario Las Americas

Publicado el 05-09-2012

Ponencia presentado en el encuentro “Un diálogo entre cubanos” convocado por la Revista Palabra Nueva,  Casa San Juan María Vianney, La Habana, 19 al 21 de Abril, 2012

III

             Es una verdad de Pero Grullo.   Cualquier inmigrante que viva por mucho tiempo fuera de su país de origen interactuará y asimilará elementos de la cultura del país receptor, de la misma forma que aportará a ella.  Quiero, sin embargo, detenerme en dos breves reflexiones.  Los cubanos que en las primeras décadas se vieron forzados a irse de Cuba –no, como se repite, a abandonarla, que nunca ha sido el caso– lo hicieron como exiliados, no como inmigrantes. Y esto los marcó para siempre.  Porque mientras el inmigrante mira hacia delante,  construye el futuro, el exiliado mira hacia atrás, revive y se aferra el pasado.  El inmigrante sueña; el exiliado recuerda.  Al primero le urge que sus hijos aprendan el idioma de su nuevo lugar de residencia;  el exiliado lucha porque los suyos no olviden el de la Patria.  El inmigrante quiere parecerse a los demás; el exiliado siente orgullo en su origen, y lo exhibe como un trofeo.  El primero se esfuerza por echar raíces; el segundo, como dijera Martí,  siente que hay algo de buque en todo hogar en tierra extranjera.  Está convencido de que nunca serán tan hermosas las playas de Miami Beach o las Islas Canarias como las de Varadero, hasta el día que pueda decirles adiós.   Vive –vivimos– por muchos años con el sueño del regreso y la maleta en que cabían nuestras pocas pertenencias al alcance de la mano.  El año que viene en Cuba era el brindis ritual cada 31 de diciembre.  Los desterrados, me temo, también vivimos a destiempo.  El reloj se detiene con frecuencia en ese día, esa hora, en que nos marchamos, y la vida –el alma misma– quedó divida en dos. Un antes y un después. Un “allá en Cuba” y un “aquí en este país…” Y esta mentalidad, trasmitida a hijos y nietos, creó una especie de gueto cultural en una Pequeña Habana que en nada se parece a la majestuosa capital cubana más que en la reafirmación de una cultura que no sólo no muere, sino que se reanima y renueva con la llegada de otras oleadas migratorias, aunque no vengan ya con la misma perspectiva de los primeros exiliados.

Parada martiana en Hialeah

Parada martiana en Hialeah

Mi segunda reflexión es sobre esa  generación de cubanos – residan en la Isla o en la diáspora – que hablan más fluidamente el ruso que el inglés.  Estudiaron en Odessa o Moscú.  Sintieron nostalgias y fríos.   Bastaba que se reunieran varios para que buscaran cómo compartir los sabores de la Patria – hay un precioso cuento de José Antonio Ponte, Las lágrimas sobre el congrí que me reveló esta otra cara de la añoranza por Cuba.  ¿Tampoco son ellos cubanos por su contagio con la cultura rusa?

Los cubanos,  que siempre hemos sido tan cosmopolitas como etnocentristas –una de las muchas contradicciones de nuestra identidad nacional– hemos bebido en el último medio siglo de muchas culturas  –nos hemos abierto al mundo que recorremos con la Isla a cuesta –, y ello, a mi modo de ver, lejos de debilitarnos, nos enriquece.

            Donde quiera que haya cubanos subsisten costumbres y gustos nacionales,  desde el sofrito de cebolla y ají, al hablar en voz alta, gesticular con las manos, y ese choteo cubano, que Jorge Mañach miró con desdén pero reconoció asimismo como un amortiguador contra el dolor.  Nadie posee el monopolio del sufrimiento de la separación y la distancia.  Abunda en todas las orillas.  Estas penas se agudizan ahora por el alto costo de las comunicaciones telefónicas y el escaso acceso a servicios de mensajería electrónica por Internet, pero en las primeras décadas se hacía casi imposible el contacto.  Era como si Cuba hubiera caído en un hueco negro.

(continuará)

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Acerca de uvadearagon

escritora cubana
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Una respuesta a Cultura cubana en la diáspora: ¿Ajiaco y ensalada?

  1. Uva, como se dice en Cuba: ¡apretaste! Esta III parte de hoy es una verdadera joya.

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