Cultura cubana en la diáspora: ¿Ajiaco y ensalada?

Diario Las Americas 
Publicado el 04-25-2012

Ponencia presentado en el encuentro “Un diálogo entre cubanos” convocado por la Revista “Palabra Nueva”, Casa San Juan María Vianney, La Habana, 19 al 21 de Abril, 2012.

Dedicado a la memoria de Maria Cristina Herrera

Exilio es vivir

Donde no hay casa alguna

  En la que hayamos sido niños
 
  Lourdes Casals

  Parte I

 Muchísimas gracias a los organizadores de este seminario, muy en especial a   Orlando Márquez,  a la Revista Palabra Nueva y a esta Casa que nos acoge por ofrecerme   la oportunidad de compartir con ustedes algunas ideas sobre la cultura   cubana, particularmente en la diáspora, que es lo que más puedo aportar a   este encuentro, ya que vivo fuera de Cuba desde hace casi 53 años.

Comencemos, como es de rigor, definiendo los términos más básicos que nos   ocuparán. Para hablar de cultura, acudimos a dos acepciones que ofrece la Real Academia de la Lengua: 1) “conjunto de vida y costumbres, conocimiento y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social” y 2) “manifestaciones en que se expresa la vida tradicional de un pueblo”.  Al referirnos a las expresiones propias de los cubanos, estamos conscientes de sus antecedentes en otras culturas y de que existen características de nuestra identidad que pueden encontrarse, en mayor o menor medida, en otras sociedades.

De España y África—ya sabemos— provienen nuestras raíces.  Quedaron por igual   algunos elementos de las civilizaciones indígenas en la Isla, y con el transcurso de los siglos recibimos asimismo el influjo de diversos pueblos.   Nadie lo dijo mejor que Don Fernando Ortiz al referirse a un criollo plato de ajiaco para describir la mezcla de elementos que cocinados a fuego lento  forjaron nuestro modo de ser, pensar, actuar.

Sabemos también que la identidad y la cultura — que no son sinónimos, pero sí términos relacionados, pues la cultura nos identifica como pueblos – no son fijas ni estáticas, sino que cambian, crecen, se reducen o aumentan, en fin, fluyen, con el devenir del tiempo y los acontecimientos.

Por diáspora nos referimos a todos los cubanos que viven fuera del país,   independientemente de si se trata de exiliados políticos o inmigrantes   económicos, precisiones en muchos casos difíciles de hacer, pues en el caso de la gran mayoría de los que vivimos fuera –un por ciento considerable del total poblacional–, la relación con el estado cubano es problemática con respecto a entrar y salir del País, o regresar a residir en el mismo, con lo cual los migrantes económicos se transforman de facto en desterrados políticos a quienes se les ha impuesto la llamada “salida definitiva del país”.

Y para terminar esta introducción, al hablar de cubanos nos referimos a la   nacionalidad, independientemente de la ciudadanía, que es un status legal, ajeno a los aspectos culturales que nos ocupan. Tampoco nos limitamos a los nacidos en la Isla, pues muchos sin haber abierto por vez primera los ojos en estas tierras, llevan en la sangre, para bien o para mal, lo que a menudo llamo, medio en broma medio en serio, “la enfermedad de ser cubano,   incurable, hereditaria, y a veces, contagiosa”.  Entremos, pues, en materia.

En todas las ramas del quehacer cultural  –de la literatura a las artes plásticas, de la música a la danza, de los deportes a la gastronomía, de la arquitectura al ámbito empresarial, de la medicina a la docencia–  los cubanos regados por el mundo han creado un corpus cultural verdaderamente  impresionante en tamaño y calidad. Tengo la esperanza de que en un futuro no  muy lejano habrá que añadirle varios pisos a la Biblioteca Nacional cuando acoja, como lo harán asimismo otras instituciones, los miles de libros en  todos los géneros, revistas y periódicos, publicados por cubanos diseminados por los cuatro puntos cardinales del mapamundi, que forman parte indiscutible  del patrimonio nacional.

Librería Universal en Miami

Librerìa Universal en Miami

Las librerías en nuestra Isla –como hace desde hace años la Librería Universal de Juan Manuel Salvat en Miami– venderán al público obras de autores que salieron al exilio junto a los de escritores que permanecieron en Cuba y se identificaron con el proceso revolucionario. Y en escuelas, universidades, antologías, editoriales, ferias del libro, estudios de tesis, se incluirán escritores de cualquier parte sin otro criterio que sus méritos literarios.

Habrá que añadirle salas a nuestro Museo Nacional para incluir obras de pintores   que están hoy representados en los mejores museos del mundo menos en el de su   Patria. En el Teatro García Lorca, en el Hubert de Blank, en el Festival de Cine disfrutaremos actuaciones y veremos filmes que si acaso han circulado   clandestinamente en Cuba.  No me extrañaría que la Universidad de La Habana   confiera algún día doctorados honoris causa a cubanoamericanos que han   presidido universidades en Estados Unidos y han sido clave en la formación de   miles y miles de cubanoamericanos.  Y la Academia de la Lengua Cubana rendirá   en su momento justo homenaje al lingüista cubano que funge como Secretario   General de las Asociaciones de Academias de la Lengua Española.

En alguna galería se montará una exhibición sobre el quehacer de los cubanos  en la diáspora –como tuve oportunidad de ver sobre los exilados españoles en   un Pabellón en el Parque del Retiro de Madrid, poco después del triunfo de Felipe González–, con las ya amarillentas fotos de las paradas martianas; los juegos de dominó; las misas de los 8 de septiembre; los menús de restoranes cubanos en las más diversas ciudades; las imágenes de tinajones, sillones, taburetes en hogares criollos que han mantenido sus tradiciones  contra viento y nevadas; los programas de Pro Arte Grateli con montajes de Cecilia Valdés y María de la O; los de Prometeo y Teatro Avante con puestas  en escenas de Electra Garrigó, Aire Frío; las grabaciones de música de Ernesto Lecuona y otros compositores.  Y habrá fotos y programas de centros  culturales y casas Cuba, que donde quiera que haya más de dos cubanos, allí ponen bandera y se reúnen, con Cuba siempre como tema central.

Afiche de producciòn de Cecilia Valdès en Miami

Cecilia Valdès en Miami

Las vitrinas mostrarán manuscritos, partituras, revistas literarias, trofeos,   medallas, documentales, afiches; en fin, más de medio siglo de un quehacer continuo  de Nueva York a Miami, de Washington a Madrid, de Ciudad México a París, de  San Juan a Londres, del Cairo a Caracas, de Santo Domingo a Santiago de  Chile, en ciudades grandes y pequeñas, donde los hijos de Cuba han recordado   insistentemente su pasado –la historia es siempre prólogo– , y han soñado un futuro mejor.  Muchos cubanos de la diáspora –especialmente los de la primera oleada– somos locos de un solo tema: Cuba. La mayoría no nos escapamos de esa enajenación colectiva que es tenerla eternamente presente. Y  para esta exhibición habrá que contar con las colecciones cubanas de la Universidad de Miami y de la Universidad Internacional de la Florida.

(Continuará)

 

 

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Acerca de uvadearagon

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Una respuesta a Cultura cubana en la diáspora: ¿Ajiaco y ensalada?

  1. Has comenzado tratando el tema muy respetuosamente… ¡pero al duro y sin guante! ¡Muy bueno!

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