Monseñor Agustín Román: el santo de Miami

Monseñor Agustín Román

Monseñor Agustín Román junto a la Ermita de la Caridad

MIAMI–.  Agustín Alejo Román Rodríguez nació en San Antonio de los Baños el 5 de mayo de 1928.   Sus padres, Rosendo y Juana, eran humildes guajiros.  Le escuché varias veces narrar como de niño amaba el campo cubano, su verdor, el trino de sus pájaros, sus amaneceres y atardeceres en que el cielo parecía una paleta divina. Sintió que Dios le hablaba por medio de la naturaleza.  A los dieciséis años supo que deseaba consagrar su vida al Señor.  Cuando terminó el bachillerato ingresó en el Seminario San Alberto Magno en Matanzas y luego, aunque hubiera preferido hacerlo en La Habana, estudió teología en Montreal.  Conoció otros mundos, un paisaje nevado muy lejano del verdor de su infancia, y batalló  día y noche para dominar el latín.  De regreso a Cuba, Agustín Román  fue ordenado como sacerdote el 5 de julio de 1959.  Le asignaron las parroquias de Coliseo-Lagunillas y Pedro Betancourt en Matanzas, y  lo  nombraron líder espiritual de la Juventud Católica en esa provincia.

Poco más de dos años después, le tocaron a la puerta una madrugada y se lo llevaron a La Habana a punta de pistola. Lo metieron en la cárcel con otros sacerdotes.  A la mañana siguiente, el 17 de septiembre de 1961, de nuevo encañonado,  lo subieron al Vapor Covadonga y lo expulsaron de Cuba con 130 religiosos más.  Llegaron a España sin documentos y sin otra posesión que la sotana que vestían.  Le oí contar estas cosas a Monseñor Román con tristeza, pero sin rencor. Era ajeno a esos sentimientos, este pastor de la paz.

De España lo mandaron a Temuco, Chile, y se sintió feliz de servir al Señor entre la gente humilde. Todo lo hacía con alegría; no deseaba otra cosa que ser un siervo de Dios.  En 1966, al volver de un largo retiro en Canadá, pasó por Miami.  Los cubanos le pidieron que no siguiera para Chile.  ¿Para qué? Pronto todos regresaríamos a Cuba.  No fue así.  Monseñor Román acaba de morir en esta ciudad, sin ver de nuevo esos campos cubanos en que sintió por primera vez la presencia de Dios. Pero ha llegado a la Gran Patria, al Reino del Señor, este hombre humilde y sabio que tantos consideramos santo: el santo de Miami.

Es imposible resumir en breves párrafos su liderazgo al recaudar fondos para construir la Ermita de la Caridad con donaciones –centavo a centavo, peso a peso– de cubanos exiliados;  su labor como  guía espiritual de los cubanos; su trabajo social con los refugiados de todas partes que durante décadas han llegado al Sur de la Florida.  Tan grande fue su obra que no puede extrañar que miles y miles de fieles hayan desfilado por la Capilla de la Ermita  donde estuvo expuesto su cadáver para rendirle tributo y darle el último adiós. Ni sorprende la callada emoción de los asistentes a  la misa fúnebre oficiada en la Catedral de St. Mary  por el Arzobispo Tomás Wenski, ni  que hubiera  allí representantes de la Iglesia de diversas partes,  incluyendo el Obispo de Santiago de Cuba, Dionisio García.  Ni asombran tampoco las muchas expresiones de admiración,  gratitud y tristeza de figuras importantes y sencillos creyentes.

Misa fúnebre de Monseñor Agustín Román

En 1979 Monseñor Román fue el primer sacerdote cubano consagrado Obispo en Estados Unidos.  Era hombre culto; poseía dos títulos de Maestría de la Universidad de St. Thomas.  Siempre se sintió un humilde pastor.    Nunca perdió esa manera de hablar tan sencilla de los hombres de campo.   En una ciudad adolorida, donde abundan  las polémicas y la retórica de altos decibeles,  se pronunció siempre en voz baja, predicó la tolerancia,  el perdón.  Inspiraba sosiego, sin duda porque Dios le otorgó la gracia de la armonía interior.  Era un amante de nuestra historia, pero no vivió anclado en el pasado, sino quiso prepararnos para un futuro mejor.  Deseaba ardientemente  una Cuba distinta; pero jamás de sus labios salieron palabras de odio.  Se enorgullecía al mostrar cómo algunos balseros traían sus trusas mojadas como ofrenda a la Virgen de la Caridad, para agradecerle su protección en la peligrosa travesía.  Dio consuelo a los enfermos. Organizó cursos en la Ermita para generaciones de cubanos que crecieron en una sociedad atea, sin instrucción religiosa; les ofreció el regalo de la fe y de los sacramentos.   Caminó con la misma  sencillez junto a ricos y pobres, blancos y negros, altos jerarcas de la Iglesia Católica y creyentes de  otras religiones.

Para ser santo hay que haber hecho milagros.  Creo que Monseñor Román hizo al menos dos. El primero fue mantenerse incólume, siempre sonriente,  y predicando la paz en medio de una comunidad tan herida.  El otro  fue en 1986 cuando los refugiados del Mariel,  largamente detenidos en prisiones federales, prendieron fuego a la cárcel estatal de Atlanta y se apoderaron de varios rehenes.  Recuerdo haber ido a esa ciudad con un grupo de cubanos para intentar una mediación, pero aquellos hombres solo aceptaron hablar con Monseñor Román.  Cuando llegó, horas después,  les pidió que para poder rezar juntos un Padre Nuestro liberaran a los rehenes y depusieran las armas.  Así lo hicieron. Uno a uno aquellos hombres enfurecidos soltaron palos, cuchillos, pistolas y se unieron a él en oración.  ABC declaró a Monseñor Román “Hombre de la semana”. Muchos lo proclamaban héroe.  Con su acostumbrada humildad,  rechazaba ese calificativo y aseguraba que  un obispo, un sacerdote, era solo un mensajero de Dios.

Aunque estaba ya retirado, continuaba su labor pastoral, y fue precisamente en la Ermita de la Caridad,  por la que tanto luchó para construir y donde predicó por tantos años, que  sufrió el último infarto.  Y fue en el Hospital Mercy, donde consoló a tantos enfermos, que su gran corazón dejó de latir a las 8:45 p.m. del 11 de abril de 2012.

            No dudo que miles como yo están agradecidos por los años que estuvo con nosotros, y  al mismo tiempo sienten gran dolor por  el vacío que nos ha dejado. Pero recordemos también esa alegría, tan suya, y tratemos de imitarlo, sabiendo que Monseñor, hombre de paz, ya reposa en la paz eterna de Nuestro Señor.

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Acerca de uvadearagon

escritora cubana
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6 respuestas a Monseñor Agustín Román: el santo de Miami

  1. Espero que llegue el día en que los cubanos de la isla también puedan conocer la extraordinaria labor de Monseñor Román. Muy buena reseña Uva. Gracias por compartir.

  2. Lucia A Perez dijo:

    Magnifico articulo, tal como lo merece el Monsenor Roman.

  3. Nic dijo:

    Dice la autora que Mons. Agustín Román “no deseaba otra cosa que ser un ciervo de Dios”. En realidad, deseaba ser un ‘siervo de Dios’, no un ciervo o venado.

  4. Hilda dijo:

    Gracias Uva por regalarnos esta visión de Monseñor Agustín Román. Estará en el Cielo, la patria de todos. Sobrellevar la cruz del exilio sin amargura, sólo es posible cuando se tiene un gran corazón. He conocido a muchas personas así. A nuestro alrededor, entre los que peinan canas, hay grandes ejemplos de sabiduría que sin duda siguen la ruta del fallecido Obispo cubano.
    Ojalá pronto, en algún rincón de su San Antonio natal, le puedan dedicar un pequeño homenaje a ese gran hombre.

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