El escándalo de Penn State: ¿qué hemos perdido?

Diario Las Americas
Publicado el 11-16-2011

Vigilia en Penn State 2011

Estudiantes de Penn State durante una vigilia por las víctimas de abuso sexual

Mi nieto Cristian, de 17 años, juega fútbol en el equipo del Colegio de Belén. He visto pocos muchachos tan disciplinados para un deporte que comenzó jugando a los 9 años. Hace unos meses me contó que su primer coach en Tamiami Park les dijo a los niños al comenzar las prácticas que a lo mejor dos o tres de ellos jugarían en secundaria, y tal vez, con suerte, uno a nivel de college. Cristian se dijo a sí mismo que sería él.

Va bien encaminado, puesto que ya juega en High School, sin dejar de entender que lo más importante no son los deportes sino el nivel académico que llegue a alcanzar. Aspira a ir a una buena universidad. Belén –lo sé– tiene muy fieles alumnos y ex alumnos, pero creo que habrá pocos de su edad con plena conciencia del valor de la educación que recibe. Cuando este año comprábamos sus libros, lamentó el gasto tal alto, pero añadió: “Abuela, Belén es lo mejor que me ha pasado en la vida.”

Tengo razones para estar orgullosa de mis cuatro nietos, pero también para respetar sus razonamientos. Por eso, cuando estalló el escándalo de PennState University y la forma en que se encubrieron las acusaciones de abuso sexual a niños por uno de sus entrenadores, Jerry Sandusky, les pregunté sobre el tema. Zachary, el mayor, que vive conmigo de lunes a jueves y estudia en FIU, expresó su indignación cuando vimos en la televisión a los estudiantes de PennState protestando porque hubieran despedido al legendario Joe Paterno. “Abuela, ¡nadie habla de las víctimas!” No fue hasta días después que se llevó a cabo una vigilia en el recinto universitario por los niños abusados y sus familiares.

No hace falta repetir toda la compleja y larga historia. Algo parece claro, sin embargo. Mike McQueary, entonces un estudiante de 20 años, y ahora uno de los entrenadores, vio en las duchas de la propia universidad a Sandusky violando a un niño de 10 años. El joven no intentó detener el crimen ni llamó a la policía. Al día siguiente, fue a contarlo a su superior, Joe Paterno, que a su vez informó a otros administradores del plantel docente. Sin embargo, nadie avisó a las autoridades ni hizo otra cosa que prohibirle a Sandusky traer a la universidad a los niños –que supuestamente ayudaba a través de su fundación SecondMile –. ¿Por qué le echaron tierra al asunto? Muchos piensan que fue una forma de proteger la imagen de un equipo de fútbol que ha traído a PennState gran prestigio y ganancias millonarias.

Le pregunté a Cristian si pensaba que McQueary no había hecho nada para detener el crimen por respeto a una figura de autoridad, miedo a que no lo creyeran, o temor a perjudicar a su equipo y su universidad. “Sí, abuela, por todas esas cosas…pero de todas maneras, actuó mal.”

Lamentablemente, las acusaciones de abuso sexual contra Sandusky y las mentiras y hasta perjurio cometido por administradores de PennState son muestra de la cultura que prevalece en el mundo del fútbol universitario. Me preocupa en general por cuanto revela de Estados Unidos como sociedad y en particular porque es un ambiente en el que es muy probable Cristian pase los próximos años. Me tranquilizo porque sé que el colegio de Belén no sólo le está dando una magnífica educación académica, sino que ha fortalecido el compás moral que siempre hemos querido inculcar a hijas y nietos.

Es curioso notar que estos abusos y acciones para encubrirlos se llevan a cabo casi siempre en grupos exclusivamente masculinos, como es el caso de la Iglesia Católica y el mundo del fútbol. Sin duda creo que la presencia de mujeres en cualquier organización ejerce una influencia moderadora en el comportamiento de los hombres.

El escándalo crece por momentos y hasta el presidente Barack Obama lo ha comentado. Vale preguntarse ¿hemos perdido como sociedad la capacidad de discernir entre el bien y el mal? Cuando vemos tantas acusaciones de fraude, acoso sexual, todo tipo de conductas impropias en figuras en el mundo de los negocios, la política, el entretenimiento, la Iglesia y el deporte tal parece que el poder, el dinero, y la fama lleva a demasiadas personas a creer que están por encima de las leyes y las normas de conducta ética. Por eso los ciudadanos comunes y corrientes debemos involucrarnos más cuando somos testigos de violaciones no sólo de las leyes sino de los principios morales. Al menos, salvemos a los niños.

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Acerca de uvadearagon

escritora cubana
Esta entrada fue publicada en Actividades académicas, Actualidad norteamericana, Historia de Estados Unidos, Mi columna semanal, Mi familia, Política en Estados Unidos. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a El escándalo de Penn State: ¿qué hemos perdido?

  1. Armando R. Carvallo dijo:

    el Mundo se está volviendo loco!

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