Los indignados: razones y sinrazones

Diario Las Americas Publicado el 10-19-2011

Protestas en Wasll Street

Protestas en Wall Street

Aunque no soy economista, creo que he aprendido algunas verdades de  Perogrullo: que el sistema de libre empresa con adecuada regulación estatal,
pese a todas sus imperfecciones, es el mejor para las sociedades; que la  riqueza de los ricos no es la causa de la pobreza de los pobres, pero que los  primeros tienen una responsabilidad social de pagar impuestos adecuados y
combatir la pobreza; y que los ciclos de vacas gordas y flacas no se deben a  un solo factor sino a muchos y muy complejos. También sé que las sociedades democráticas y capitalistas deben ofrecer igualdad de oportunidades ante la  ley.  Es necesario el acceso a la educación, la movilidad social y un mínimo  de red social para proteger a los que de forma permanente o temporal están en  desventaja. Es decir, desde los minusválidos hasta los desempleados.

Los acampados en Wall Street –movimiento que comenzó con “los indignados”en
la Puerta del Sol, y tardó unos meses en surgir en Nueva York y otras
ciudades americanas– no han logrado aún articular un discurso coherente
sobre sus quejas y demandas. Es natural. Representan, en esencia, un malestar
difuso que recorre el país y que no se puede simplificar diciendo que les
moleste que 1% de la población acumule grandes riquezas.

Las personas no sienten envidia ante la prosperidad ajena cuando creen que su
trabajo es justamente recompensado y que pueden, paso a paso, construir la
vida que desean. El sueño americano de ser dueño de una casa, tener uno o dos
autos, disfrutar de unas vacaciones anuales y proveer para los hijos una vida
mejor que la que han tenido las generaciones anteriores, se nos esfuma entre
las manos. ¿Por qué? Porque en vez de la ética de trabajo que sentó las bases
de la riqueza americana, por décadas se ha ido creando una cultura de
hedonismo, consumismo y avaricia.

Porque los bancos aprobaron préstamos a personas sin los ingresos y el
crédito debido, y contribuyeron al colapso del sistema financiero. Porque el
costo de las medicinas ha subido astronómicamente como también las ganancias
de los laboratorios y empresas farmacéuticas. Porque no hubo regulaciones
suficientes en las grandes empresas para proteger nuestro medio ambiente, ni
se invirtió suficiente en la infraestructura del país o la creación de medios
de energía verde. Porque la deuda ha llegado a cifras astronómicas, no por el
costo de programas sociales, sino por el de dos guerras cuyos beneficios a la
seguridad de Estados Unidos no todos ven con claridad. Y porque ha habido un
trato favorable, en cuanto a las estructuras de impuestos, a las grandes
corporaciones.

Se dice con frecuencia que esas compañías, al igual que los millonarios, y
los pequeños negocios, son creadores de empleos. En un momento que se sufre
más del 9% de desempleo, el argumento no convence. Se alega que si los ricos
repartieran su dinero no alcanzaría para beneficiar a muchos, pero al ver
ejemplos como el de Bill Gates, el razonamiento se debilita. Se propone que
los multimillonarios merecen sus fortunas porque trabajaron más, son más
inteligentes o tuvieron mejor suerte, pero cuando el resto de la población ha
visto disminuir sus ingresos en un 10% en la última década, no es fácil
permanecer indiferente.

El punto más álgido, sin embargo, ha sido que el dinero de los que pagamos
impuestos se ha utilizado para salvar del desastre a industrias y bancos, y
que los ejecutivos se llevan todavía en estos momentos grandes ganancias a
los bolsillos, mientras las tarjetas de crédito cobran altos intereses, los
bancos planean nuevos cargos por las transacciones en los banqueros
automáticos, y no cooperan para refinanciar las hipotecas o prestar dinero.
En resumen, no creo que los estadounidenses aboguen por un país sin
diferencias de clases, o sin ricos, pero otra cosa es que exista una clase
privilegiada que lejos de ayudar al ciudadano de a pie, lo perjudique.

Ese malestar difuso que revelan los que han ocupado Wall Street es compartido
por muchos: los estudiantes que consiguen menos becas y préstamos; los
graduados que no encuentran puestos; los maestros, policías y bomberos que
trabajan con menos recursos por sueldos menores; las miles de personas que se
han visto forzadas a posponer sus jubilaciones o ancianos ya retirados que
han tenido que regresar a trabajar, por haber perdido el dinero que habían
invertido; los matrimonios jóvenes que confrontan deudas mayores que el valor
de sus casas; los que han perdido sus empleos y seguros médicos después de
décadas trabajando. ¿Quién es culpable? La respuesta es compleja.

Quizás todos los seamos –las diversas administraciones, el congreso, la clase
empresarial, el sistema financiero y la sociedad en general—haber vivido en
la era de prosperidad sin prever que inevitablemente vendría el momento de
pagar la cuenta por tantos excesos. Pero más que los ciudadanos de a pie,
indudablemente son los líderes, no solo políticos, sino en todos los
sectores, quienes tienen mayor responsabilidad.

¿Qué impacto ejercerá este movimiento en las elecciones en Estados Unidos y
en resto del mundo? ¿Podrá mantenerse como una protesta pacífica? ¿Será
infiltrado por extremistas de algún tipo, como ocurrió en Roma con los
anarquistas? ¿Llegará este descontento nacional e internacional a encontrar
una voz sensata que influya sobre los acontecimientos? Son preguntas a
meditar. Sólo el tiempo nos traerá las respuestas.

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Acerca de uvadearagon

escritora cubana
Esta entrada fue publicada en Actualidad norteamericana, Historia de Estados Unidos, Mi columna semanal, Noticias internacionales, Política en Estados Unidos. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Los indignados: razones y sinrazones

  1. Armando R. Carvallo dijo:

    Muy buen análisis… ojalá este movimiento no explote inadecuadamente!

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