Sara Hernández-Catá: mi personaje inolvidable

Diario Las Americas 
Publicado el 10-12-2011A mi primo Armando, que me pidió esta semblanza

II

Beatriz Lugriz de Zédengui, Sara Hernández-Catá y Uva de Aragón, Maryland, 1975

Nunca se casó ni tuvo hijos, pero el diablo le dio sobrinos tanto de sangre  como de espíritu. Tita Sara era con la gente menuda una especie de guía   traviesa.  Nos enseñaba cantos, cuentos, poemas, adivinanzas y malas palabras.  Era cariñosa físicamente –le gustaba besarnos, abrazarnos– pero nos hablaba  como si fuéramos adultos, no con esa condescendencia que a veces tienen los   mayores con los chicos. A mí me dio una pluma a los nueve años y me puso a  escribir.  Me llevaba a entrevistas y visitas a intelectuales.  Fue con ella y Luis Gómez-Wangüemert que visité por primera vez la Bodeguita del Medio y probé una cerveza.

Le gustaban los juegos. El sábado de canasta en su casa, con familiares y amigos,
no en clubes con damas de sociedad, era un rito casi religioso. También,
sentada sobre las piernas cruzadas en el chaiselongue de su estudio, hacía
solitarios. Toda la familia participaba en las competencias de refranes. Nos
poníamos en círculo a decirlos y se iban eliminando los jugadores que no
recordarán ninguno. Con ese entrenamiento aprendimos buena parte del
refranero español. Pero el pasatiempo favorito era escoger a un personaje
famoso para que uno de los jugadores, mandado a salir momentáneamente del
salón, lo adivinara. Para descubrirlo, por lo general hacíamos preguntas
corrientes, tales como si la persona era hombre o mujer, vivo o muerto,
famoso en ésta u otra rama. Pero en ocasiones Tita Sara sugería
interrogaciones más sofisticadas como “Si fuera flor”, ¿qué flor sería? Si
fuera animal, ¿qué animal sería? Es juego que bien conocen y disfrutan mis
nietos hoy en día.

Nuestras amiguitas la adoraban. A veces ella les ponía apodos pintorescos.
Una que nadaba bien era “Pececito”. Otra, rubia, era “La niña dorada”. Los
veranos en la Playa Veneciana montaba bicicleta con nosotros, y en el mar nos
ponía en hilera cogidas de las manos para saltar las grandes olas. Mi madre,
temiendo el peligro de las corrientes, siempre la estaba amonestando: “Sara,
por Dios, cuidado con las niñas…” Pero con Tita Sara a nuestro lado, nunca
teníamos miedo.

Cuando algunos de los primos peleábamos –como lo hicimos una vez Ernesto y yo en Ginebra—era le mediadora perfecta, que nos entretenía con cantos
inventados por ella para narrar nuestras pendencias. En ese caso fue con
música de un corrido mejicano. Terminábamos siempre riendo.

Si con los pequeños era una especie de tía maga, en la familia le decían el
General Saro, por su capacidad para resolver cualquier problema. Si una chica
quedaba en estado y no tenía marido, el General Saro buscaba a un amigo
homosexual que se casara con ella y le diera el apellido a la criatura. Si un
matrimonio tenía desavenencias, era mejor que cualquier psiquiatra para
ayudar a limar asperezas. En cualquier crisis, todos, hasta los hermanos
varones, acudían a ella. Cuando el 4 de enero de 1959 vinieron a mi casa a
arrestar a su cuñado, Carlos Márquez Sterling, quien se fue a La Cabaña con
él –junto a mi hermano Bebo y Patricio Estévez– fue mi tía Sara. Meses
después fue ella quien logró esconderlo y llevarlo a la embajada de
Venezuela, para que se asilara.

Si Sara acogió a los venezolanos en su exilio, los de la tierra de Bolívar le
pagaron con creces en el suyo. Desde el Presidente Rómulo Betancourt a Carlos
Andrés Pérez, todos le facilitaron trabajo en su giro del periodismo los 20
años que allí vivió. Con todo, es admirable que una mujer de más de 50 años,
con una madre anciana, haya dejado atrás su casa y tantos afectos, para  enfrentarse sola a la vida en el destierro. En Caracas también forjó amistades y, mujer  sensual y atractiva que era, tuvo siempre amores.

Le gustaba viajar. Hablaba francés. Se codeaba por igual con presidentes o
artistas muertos de hambre. Fue exótica, liberada, valiente y tierna. Cuidó
de su madre hasta cerrarle los ojos. Cuando se quedó sola, iba cada dos años
a Nueva York a ver a mis padres. En varias ocasiones nos visitó en
Washington. En una de esas estancias en la capital americana, íbamos por la
Calle 13 del barrio negro, que tiene hermosas casas estrechas y altas, de
ladrillos oscuros, unidas unas tras otras. Como su mirada todo lo embellecía,
me preguntó admirada: “¿Qué es esto tan hermoso, mezcla de Estocolmo y
Haití?”

Hizo su último viaje a Miami a finales de 1979. Estuvo en casa cerca de tres
meses. Nos trajo un solo regalo: un cuadro de flores que aún adorna mi sala.
Poco a poco encontró la ocasión para hacernos a cada uno el presente
apropiado. Se fue unos días a Washington a ver a mi hermana Lucía y mi primo
Ernesto. En casa ofrecimos un cocktail en su honor. Vinieron sus viejos
amigos como los Zéndegui, el pintor Mijares. Los nuestros la adoraron.
Rossardi le escribió versos. Los Rascos le dieron una gran fiesta. Me escuchó
dar una lectura de poesía y una conferencia sobre el erotismo en la
literatura latinoamericana. Fue feliz.

Hablaba en esos días de escribir un libro que titularía “Los hombres que yo
palpé.” Tenía ya un pasaje para ir a Europa la primavera de 1980. Repetía a
menudo que el secreto de no envejecer era tener ilusiones y proyectos. Pocos
días antes de regresar a Caracas en diciembre nos dijo que no la lloráramos
cuando muriera, que había tenido una vida intensa y feliz. ¿Presentía el
final? Falleció en Caracas dos meses después de una breve enfermedad que
nunca supimos exactamente cuál fue. No llegué a tiempo para despedirla.

Mucho me enseñó y mucho le debo a esta mujer adelantada a su tiempo, que de
niña me alentó a escribir, revisó mis primeras cuartillas y estimuló siempre
mi vocación literaria. Más que nada, le agradezco su actitud desafiante, su
alegría de vivir, su personalidad arrolladora. No he conocido a nadie igual.

Anuncios

Acerca de uvadearagon

escritora cubana
Esta entrada fue publicada en Actividades culturales, Cubanos famosos, Historia de Cuba, Mi familia, Mujeres cubanas, Vida de la escritora. Guarda el enlace permanente.

4 respuestas a Sara Hernández-Catá: mi personaje inolvidable

  1. Armando R. Carvallo dijo:

    Gracias otra vez. Sin duda alguna tu tía da material para una novela…

  2. Silvia Pendás Kourí dijo:

    Pues efectivamente Uva, Tita Sara fue nuestra tia espiritual y no solo eso, sino tambien la hermana espiritual de las hermanas Kourí. Ella nos enseñó muchas cosas que enriqueció nuestra infancia. Poemas, adivinanzas y tanto mas. Los sábados nos reuníamos en casa con todas las primas porque Tita Sara venía a darnos clases pues de todo, de la vida y teniamos un libro maravilloso titulado, “Asi cantaba mi loro”, que practicamente nos lo aprendimos de memoria.
    Cuando ella llegaba esos sábados soleados, todas la recibíamos en coro: “Sara Catá Tita Sara, Sara Catá Tita Sara, Sara Catá Tita Sara” y asi empezaba esa clase, llena de alegría sentadas a su alrededor en el jardín. Eramos cinco primas, empezando por mi, la mayor y seguían Fifi Pelleyá Kouri, Marta Torroella Kouri, Maria Pelleyá Kouri y la mas pequeña Margarita Torroella Kouri. Siempre la tendré en mi corazón, fue un ser maravilloso, como dices único y generoso, que tocó la vida de tantos.
    Un cariñoso abrazo desde México.
    Silvita

  3. René Pedraza del Prado dijo:

    Ay aquellas Cubanas “soletronas” besuconas, buenas. Como extraño aquellos personajes de los 60’s y 70’s…..

  4. Lourdes Gil dijo:

    Hermosa semblanza. Muy conmovedor el retrato intimo para los que solamente conocemos el personaje publico. Gracias, Uva.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s