Sara Hernández-Catá: Mi personaje inolvidable

Diario Las Américas  Publicado 6 de octubre de 2011

I

A mi primo Armando, que me pidió esta semblanza

Caricatura de Sara Hernández Catá por Vidal

Sara Hernández-Catá nació el 22 de Julio de 1909 en El Havre, Francia, donde su padre, Don Alfonso,  había comenzado su carrera diplomática el año anterior como cónsul de tercera categoría.
Su madre Mercedes Lila, una criolla de ojos grises,  hija de un gallego y una camagüeyana,  había dado ya a luz al hijo mayor, Alfonso, nacido en La Habana. Apenas un año más tarde, llegaría Alberto.

La familia vivió después un corto  tiempo en Birmingham, Inglaterra, y en el otoño de 1913 se trasladaron a  Madrid, donde nació la cuarta hija, Uva, mi madre, y años después Pepe.  En España residieron hasta el comienzo de la Guerra Civil, y Sara, que llegó a la Madre Patria a los cuatro años, nunca perdió su acento y gracejo español.

Me contaba mi madre que desde niña, Sara era rebelde, apasionada y atrevida.
Hay un cuento famoso sobre cuando en el colegio de monjas a que las dos
asistían castigaron a todas las alumnas por no saber cuál había hecho cierta
fechoría. Indignada por la injusticia de que pagaran justas por pecadoras, no
se le ocurrió una manera mejor para descubrir a la culpable que hacerse pasar
por cura,  esconderse en el confesionario y escuchar los pecados de todas las estudiantes.  Cuando llegaron las monjas a confesarse, sin embargo, se asustó,  y la descubrieron.
Naturalmente, la expulsaron de la escuela, lo cual a la larga resultó de gran
beneficio para ella y mi madre pues terminaron su educación en el prestigioso
Instituto de Libre Enseñanza.

De adolescente y joven mujer discutía con su padre y con los muchos intelectuales que los visitaban de tú a tú.  Publicó una novela con el seudónimo  Sara Martí para no ampararse en el apellido del padre novelista, cuya influencia, sin embargo, es notable en
su único libro. Le sobraban enamorados. Sostuvo una relación amorosa con un prominente profesor de derecho penal. Se quedó en España después que estalló la guerra y trató inútilmente de salvar la biblioteca de su padre y de apoyar a sus amigos republicanos, grandes idealistas en su mayoría.

Cuando Don Alfonso, entonces Ministro Plenipotenciario y reconocido escritor,  murió en un accidente de aviación en 1940 en Brasil, ya Sara se había unido a la familia.
Llegaron a Cuba a finales de ese año con el cadáver de mi abuelo, poco
dinero y un gran capital social: los muchos amigos, intelectuales cubanos, que
Hernández-Catá había cultivado pese a vivir fuera del País.

Sara fue el sostén económico y emocional de su madre desde esa fecha hasta la muerte de Mama Lila (como llamábamos a mi abuela) en Caracas en 1968. Eran como  un matrimonio mal llevado, que peleaban a menudo, y no podían vivir la una sin la otra. Sara residió en Cuba de 1940 a 1960, es decir desde los 31 años hasta los 51, la edad de la juventud y plenitud.

Era una mujer distinta. Tenía la frente amplia, los ojos grandes y un poco saltones de su padre,  el pelo crespo que peinaba hacia arriba, dejando ver con claridad el rostro, un poco cuadrado, y que ella maquillaba a diario como quien pinta un retrato.  No
se vestía igual a las demás mujeres de la época. No usaba faja ni medias. En
vez de collares de perlas, se adornaba con prendas exóticas, grandes, casi
obras de arte. Fumaba en una boquilla larga.  Iba en guagua a todas partes.  Dormía
desnuda. Hacía cuentos picantes con gracia insuperable, que acompañaba con el
movimiento de sus hermosas manos, con una gestualidad que años después he
comprendido se parecía más a la de los españoles que a la de los cubanos.  Decía malas palabras en los momentos adecuados, sin grosería ni aspavientos.

Se ganó la vida escribiendo novelones para la radio, a veces bajo seudónimo. También hacía entrevistas a personajes de la farándula para diversas revistas.  A finales de los cincuenta logró por pocos años tener un programa de televisión.

Supo afianzar por méritos propios las amistades que heredó de su padre. Su poder de convocatoria era insuperable.  A las tertulias en su casa, como he contado en numerosas ocasiones, acudía la flor y nata de la intelectualidad cubana.  Por muchos años
su compañero sentimental fue el periodista Luis Gómez-Wangüemert.  Nosotros, los niños, lo aceptábamos  con la misma naturalidad con que ella burlaba
las convenciones sociales.

Era de generosidad proverbial con familiares y amigos.  Daba lo que tenía y más.  En la turbulencia política de Cuba, escondió a muchos en su casa, fueran tirios o troyanos.
Su fidelidad era a sus amigos. Cuando los venezolanos se exiliaron en Cuba, cedió a Don Rómulo Gallegos y a su familia su propia casa hasta que encontraran donde vivir, y se mudó unos meses con Mama Lila a nuestro hogar.  No en balde el poeta Andrés Eloy Blanco le escribió el “Palabreo de Sara Catá” que termina así:

Sara Catá, hermosa y buena,

ojos de amar lo mirado,

pelo de ciclón pasmado

sobre la frente serena,

varadero de la pena

de los que penan luchando

si a los que luchan penando

tu pan no quita los males,

o no hay trigo en los trigales

o el que come está llorando.

(continuará)

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Acerca de uvadearagon

escritora cubana
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6 respuestas a Sara Hernández-Catá: Mi personaje inolvidable

  1. Armando R. Carvallo dijo:

    Wow, muchas gracias por el artículo, por la dedicatoria, y por darnos a conocer a tan pintoresco e interesante personaje. Como comienza con un I Romano, esperamos el II…

  2. Marlene Moleon dijo:

    Oh Uva!! Tú tía Sara da para una novela ella sola.

  3. Sin duda…Quizás la escriba.

  4. María Ayub dijo:

    Tuvo que ser la “Gertrude Stein” de su familia.
    Muy interesante.

  5. Lucia de Aragon Perez dijo:

    Aunque yo llevo a Tita Sara a menudo en mis recuerdos y siempre en mi corzon, gracias por ofrecerle a los que no la conocieron igual este bellisimo retrato

  6. Amber Nogueras dijo:

    Uvita, revivir en tu acertada descripción de la genialidad inimitable de mi muy amada Tita Sara el recuerdo de mis años junto a ella.. Lo cual trajo lágrimas a mis ojos, recordando cuando muy joven tuve el maravilloso privilegio de vivir un par de años con ella. Ella, simplemente era distinta a todos, con su sonrisa de niña, sus collares gigantescos, sus batas multicolores…Y francés insólitas… Un día llegaba yo de la universidad y debajo de su Edificio en la Avenida Arboleda, de la urbanización El Bosque,en la bella Caracas, estaban estacionados los autos de la escolta presidencial, y al entrar en el departamento de Sara, me encuentro a Tita Sara, tomando wisky sola en la cocina, con el Presidente en oficio en aquel tiempo, Carlos Andrés Pérez .Anécdotas de mi vida a su lado, muchas….Peri te comparto esta. Un día en Venezuela estábamos en un restaurant bar, con Diego Mendoza su amigo , y alli conocieron a un Colombiano, y con el se tomaron unos tragos y platicaron largo rato…El Colombiano era dueño de varias funerarias.. Y de repente Diego, ya medio prendido por los tragos , abraza al individuo y le dice: Oiga Yo paisano, yo soy un bohemio, un trota mundo, deberías regalarme el entierro…Y el funerario, saca una tarjeta de presentación, escribe algo en ella, y le dice a Diego: ” Guárdala paisano en tu billetera, ahí dice que me llamen a mí y me recuerden este pacto, mi palabra de honor de paisano, que tu entierro corre por a mi cuenta.. Y se dan la mano. Y un abrazo…..En eso, Tita Sara, se pone de pie , solemnemente levanta una mano y dice: Ya lo tengo…Ya yo tengo el epitafio:
    “En está humilde fosa de tercera…Yace un hijo de puta… de primera..!
    Mi Tita Sara era , simplemente genial…!

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