La Habana está de luto

 

El arquitecto Nicolás Quintana y Uva de Aragón, Miami, 2009

 En La Habana de los años 50, una noche los muchachos de la familia esperábamos en la acera a los invitados a una de las famosas tertulias de mi tía Sara Hernández-Catá.  Nos habían anunciado que vendría alguien muy especial. Nos sorprendimos sin embargo cuando vimos llegar un camión con un piano. Lo iba a tocando mientras cantaba a toda voz el mismísimo Bola de Nieve.  Con él se bajó un joven alto, guapísimo, que a mí me pareció una especie de mago.   Era Nicolás Quintana.  Por mucho tiempo pensé que esa imagen, que parece salida de  un cuento de García Márquez,  era producto de mi imaginación, hasta que Quintana en una conferencia hizo el cuento de cómo Sarita le había pedido que recogiera al famoso Bola y su piano.

                Me reencontré con Nicolás muchos años después cuando vino a dar una conferencia en la Universidad Internacional de la Florida.  Más tarde, en 1993,  se sumó al claustro y tuve oportunidad de trabar con él una hermosa amistad.

                Recuerdo en particular un panel que organizamos sobre el centenario de la República para la reunión del  Latin American Studies Association (LASA) del 2001 en Washington, D.C. Quintana habló de nuestra arquitectura. El salón estaba repleto. Muchos eran académicos de la Isla. Lo aplaudieron a rabiar y muchos se le acercaron a pedirle copias de su trabajo. Estaba feliz.

                En FIU, Quintana desarrollaba un proyecto para la reconstrucción de La Habana. No era un ejercicio en el vacío. Tenía una red de arquitectos en la Isla que le enviaban información y colaboraban con él, al igual que sus alumnos  y colegas de FIU.  Yo misma en un viaje le retraté tramo por tramo la Calle Galiano.  En conferencias y maquetas dejó constancia de la capital cubana que soñaba. La ciudad en que vivió la llevaba en la cabeza y en el corazón.  Conocía cada calle, cada columna, cada edificio, el movimiento de la brisa, la forma en que se filtraba la luz. Podía andarla con solo cerrar los ojos.  Perteneció a una familia de arquitectos. Fue miembro de una generación que rompió con viejos moldes pero incorporó tradición, modernidad y elementos cubanísimos en la construcción. Nicolás sin embargo era único. Un soñador realista. Un nostálgico con la mirada fija en el futuro. Un profesor que siempre se sentía alumno. Un Maestro, con mayúscula, con la humildad y el entusiasmo de un joven.

                En Miami no había conferencia suya que no se abarrotara. Le gustaba citar a Lezama, hablar de Fernando Ortiz, de Lidia Cabrera. Mezclaba la literatura con la arquitectura. Pero sobretodo, con la vivencia y el sentimiento. Por eso cada charla era igual y distinta. La base era siempre un recorrido por esa Habana que se llevó escondida en el equipaje cuando se fue de la Isla. Como la ciudad, sus charlas tenían tantas variaciones como una sinfonía musical

                Ganó premios y reconocimientos en la Cuba de su juventud, en el Caribe – Puerto Rico, Santo Domingo, Aruba –; en la América Latina – Venezuela, Brasil; y en Estados Unidos – Nueva York, Los Ángeles, Miami.  De  palabra elegante y sonrisa amplia,  generoso para reconocer el talento de las nuevas generaciones,  tenía amigos y admiradores en todas partes.

                En los últimos años se vio necesitado de utilizar una silla de ruedas para moverse, pero ello no le impedía recorrer el recinto de FIU para ir a sus clases, o incluso a las de otros colegas.  Siempre aceptó hablarles a mis estudiantes en el curso sobre Cuba que he enseñado varias veces en FIU. Los dejaba con deseos de saber más. Al final, era su esposa Isabel quien lo ayudaba.  Así, estuvo enseñando hasta la primavera del pasado año. Mientras tuvo salud,  estaba en primera fila en muchas de las actividades del Cuban Research Institute (CRI) y de otras instituciones culturales y académicas.    

Además de sus logros como arquitecto, profesor, conferencista, crió con Isabel una linda familia de cuatro hijos y varios nietos.  Hombre multifacético, era siempre el mismo, fiel a los suyos y a su ciudad.

                Nicolás Quintana murió en Miami el 31 de mayo. Evoco al joven apuesto que confundí por un mago en mi infancia, al colega, al Maestro, al amigo, al famoso arquitecto, al habanero que vivió siempre entre la memoria  y el sueño. Me vienen a la mente los versos de Martí, ¿por qué tiene luz el sol?   También sobre la Isla debe haber en estos momentos una rara sombra. Uno de sus mejores hijos se ha ido sin regresar.    Estamos de luto.

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Acerca de uvadearagon

escritora cubana
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3 respuestas a La Habana está de luto

  1. Pingback: Muere en el exilio el arquitecto cubano Nicolas Quintana |

  2. Armando R. Carvallo dijo:

    Descanse en paz. Ojalá su trabajo sobre la reconstrución de La Habana sea tomado por otra mano sabia.

  3. Marlene Moleon dijo:

    Tuve la suerte de oir varias de sus conferencias. Era un arquitecto más que brillante y una persona tenaz y culta.

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