Fina y la luz

Diario Las Americas
Publicado el 05-18-2011

Fina García Marruz

Decía un intelectual cubano –creo que Orestes Ferrara– que Cuba era el país de los viceversas. Quizás se refería a las muchas contradicciones que ha vivido siempre nuestra Isla, entre ellas el florecimiento de las artes en todas sus ramas, pese a problemas económicos, sociales, políticos. Visto con perspectiva, el Grupo Orígenes fue como un milagro de luz en un pequeño país. Aunque sus miembros tenían con anterioridad profundos lazos de amistad y habían colaborado en otras revistas, la que le dio nombre al grupo fue fundada en 1944 y reunió a poetas de la talla de José Lezama Lima, Ángel Gaztelu, Eliseo Diego, Cintio Vitier, Virgilio Piñera y Gastón Baquero. Entre los pintores se encontraban Mariano Rodríguez y René Portocarrero, y, representando a los músicos, Julián Orbón y José Ardévol. Las únicas mujeres eran Fina García Marruz y su hermana Bella. Fina se casaría con Cintio y Bella con Eliseo Diego.

Muchos de estos intelectuales eran amigos de mi familia materna y tuve el privilegio de conocerlos y tratarlos. No entendía entonces por qué mi tía Sara, que ponía apodos muy poéticos e ingeniosos, la llamaba Fina Luz. Lo supe cuando compré en La Habana hace una década una antología de sus poemas titulada Habana del Centro (Ediciones Unión, 1997). Antes solo había leído unos ensayos de ella muy lúcidos sobre la obra lírica de José Martí y algunos poemas publicados en revistas literarias.

Pronto descubrí que los ejes de la poesía de Fina son su fe religiosa, la memoria, Cuba. Y la luz. Quizás más que a la Isla, Fina canta a La Habana, a la “Señora de la Gran Llave”, al “Manrique y Lealtad de mis niñeces”. Más aún, a una ciudad íntima, de bocacalles marinas, almidón de trajes colgados en la lavandería de los chinos, olas blancas batiendo, azulejos verdiblancos, y las más esplendidas puestas de sol, vistas con arrobo por ella y sus hermanos desde la azotea. Evoca al hermano ido cuando el robo que le hace la muerte convierte a “Los Cuatro Diablos” en tres. Recuerda a la madre que le daba asilo a todos: la loca de Cárdenas, el viejo siempre cesante, el estudiante del interior, la fracasada cantante de ópera. Las manos fugitivas del padre mientras escribía quedan inmortalizadas en su poema “El secante”. Y en estos versos en que ciudad y familia se entrelazan, resplandece siempre la luz del mediodía, luz que daba en la sala, luz filtrada por vitrales, por las rejillas de un mueble, luz de domingo que da los buenos días, luz fulgor fugaz de vida joven que termina, luz del alba que separa la luz de la sombra, “luz que nos habrá de unir a todos alguna vez.” También Dios está en la luz cubanísima y universal de la poesía de Fina.

Fina escribió a los amigos. A Eliseo que “Vienes de una infancia pura,/ dulce y taciturno hermano,/ como el pan de la ternura/ de tu mano”; a Lezama: “Él necesita del coro/ como un mar, él necesita/ lo coral, pero va solo a la cita”; a Orbón: “sentado en el piano/ un duende de lejanía/ era la mano.”

Otro tema recurrente en la obra de Fina García Marruz es la poesía en sí. “Yo vi un niño todo amor/ una mañana galana/ y vi, en la yerba temprana/ entre el rocío, la flor”, comienzan sus “Glosas” martianas. A Horacio le dedica una epístola y este sabio verso: “Plena luz: el silencio es latido.” También hay un poema para “Gabriela de ojos anchos ancha/ espalda cordillera abuela gris.” Reta con humor al bardo del Siglo de Oro: “Perdona, Lope amigo, si me meto/ en este viejo y conocido lance/ pero ¿por qué te burlas, si Violante/ no te puso con ello en tanto aprieto?” Y a la poesía en sí le dice:

Poesía, abro la mano. Estás generosa hoy. ¡Qué menesterosa me has visto a tus puertas, sin que ningún rocío tuyo me cubriese los pies helados! ¿No ves que sin ti me muero de pena? Poesía, conozco tu sabor. Eres huraña. No gustas que te miren mucho. Si quiero tocarte, escapas. Llegas, cuando quieres y, sin causa, te vas. Y así como un amante no confundiría entre mil otros semejantes, los pasos de su amada que se acerca, te conozco cuando vienes, y sé cuando te vas. Tus costumbres, como de paloma. Sé el lugar solitario donde moras y donde musitas todas las cosas que hemos olvidado. No siempre acerté a serte fiel, pero mis entrañas únicamente saben del imponente ímpetu con que tus aguas una vez llenaron las cavernas húmedas de mi roca desierta.

Ella sabe, sin embargo, que el verdadero valor de la poesía es la Vida misma, así, con mayúsculas. Por eso escribe: “Si mis poemas todos se perdiesen/ la pequeña verdad que en ellos brilla/ permanecería igual en alguna piedra gris/ junto al agua, o en una verde yerba.” En otros versos nos confiesa:

Sin duda cuando miento

digo también la verdad.

Algo queda, nada queda, queda todo.

Lector, crítico, amigo,

no estés demasiado seguro.

¿Quién te dijo que podía ofrecer,

o que pudo tocar, la Vida,

que es uno de Tus Nombres?

Fina García Marruz, la Fina Luz de mi infancia, la poeta de Orígenes, Premio Nacional de Literatura, acaba de merecer el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. En momentos que tantas interrogantes sobre el futuro de Cuba nos preocupan, la noticia nos llena de júbilo y fe en el poder perdurable de la palabra, y en esa “luz que nos habrá de unir a todos alguna vez.” ¡Enhorabuena, poeta!

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Acerca de uvadearagon

escritora cubana
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2 respuestas a Fina y la luz

  1. Marlene Moleon dijo:

    También tuve la suerte de conocer a Fina. Es una de las pocas mujeres que no ha apagado su valía al lado de su marido, Cintio Vitier. Fina brilla con luz propia

  2. Armando R. Carvallo dijo:

    Muy bonita análisis de la obra de Fina. Gracias…

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