El sueño del celta

Diario Las Americas
Publicado el 11-24-2010

“El sueño del celta”: un dardo en la conciencia

 


Por una feliz coincidencia el último libro de Mario Vargas Llosa estaba en imprenta cuando le otorgaron el Premio Nobel de Literatura. No es de extrañar que se encuentre entre los más vendidos en media docena de países latinoamericanos. En realidad, siempre sucede con todos los títulos de este peruano universal.

“El sueño del celta”, novela histórica, narra la vida de Roger Casement, nacido en las afueras de Dublin, Irlanda, en 1865 y encarcelado, juzgado por traidor y muerto en la horca por orden del gobierno británico en 1916. El hilo conductor de la existencia de Casement es uno de los temas recurrentes en gran parte de la obra de Don Mario: la relación del individuo frente al poder. En este caso, los vínculos son intrincados. Por una parte, Casement, diplomático inglés, después de visitar el Congo Belga y la Amazonía, elabora dos informes contundentes sobre los abusos del colonialismo contra los negros en África y los indios en el Perú, Brasil, Colombia. Sorprende que la misma Gran Bretaña, después de haber abolido la esclavitud en 1833, sostuviera en América, a principios del Siglo XX, una compañía cauchera que maltratara a los indios de forma brutal e inhumana. Hay todo un engranaje de intereses creados que convierten la misión del cónsul inglés y la comisión que encabeza en un gran peligro para sus vidas. Pese a que Inglaterra acoge favorablemente las denuncias de su diplomático y lo premia con un título nobiliario, Casement comprende que “el Estado es parte inseparable de la máquina de explotación y exterminio.” Acaba convirtiéndose en independentista irlandés y católico. Incluso, en plena Primera Guerra Mundial, busca la alianza con Alemania para impulsar el movimiento nacionalista en Irlanda. Es por ello que es condenado como traidor. Asimismo, el novelista revela la contradictoria relación entre victimarios y víctimas en un plano humano, al mostrar la compenetración y el respeto que alcanza a sentir el sheriff carcelero con su presidiario, al que en un principio despreciaba.

A pesar de la cantidad de datos –fechas, lugares, nombres propios—que producen cierta densidad en el texto, Vargas Llosa va tejiendo con mano maestra el mundo interior del personaje central. Para ello se vale, entre otros recursos, de un exquisito manejo del tiempo, en que las memorias de la infancia, la madre muerta, los campos de la Irlanda de su niñez, se convierten en el asidero espiritual de un hombre que mira cara a cara la vileza, hipocresía y crueldad más descarnada en las que es capaz de incurrir el ser humano. Aunque basta leer la contraportada para saber el desenlace, los últimos capítulos mantienen el ritmo de una novela de suspense. Tal es la afinidad que llega a sentir el lector con Roger Casement, que el final del libro y de su vida nos produce un gran desconsuelo.

En “El sueño del celta” se observa un rasgo estilístico utilizado en el pasado por Vargas Llosa, el de la enumeración, pero que en esta obra se agudiza, tal vez por la necesidad de explicar, con acumulación de sustantivos, aquello para lo que no hay adjetivos adecuados. O, en otras ocasiones, no basta un solo adjetivo, sino la aglomeración de varios, para describir una realidad tan cruda que se torna casi inverosímil. Los personajes secundarios están retratados con unas pocas frases, como brochazos impresionistas, que nos dan, sin embargo, una imagen precisa de sus apariencias físicas y personalidades.

Otros temas recurrentes en la obra de Vargas Llosa, quizás especialmente en sus ensayos, como el nacionalismo y la religión están filtrados en este caso por la perspectiva del protagonista, y, como debe ser en la buena literatura, no escuchamos la voz del autor, aunque quizás podamos intuir que su perspectiva ha ganado en matices al tratar estos asuntos. El supuesto homosexualismo del protagonista, cuyos encuentros homoeróticos aparecen narrados en diarios que se dan a conocer durante su prisión, y pudieran ser apócrifos, está tratado con maestría literaria, pues mientras que Vargas Llosa los considera verídicos, el protagonista los niega, al afirmar que los episodios amorosos han sido imaginados y no vividos. El lector, pues, es libre de formar su propio juicio.

Como todo ser genuino, Casement está lleno de contradicciones. Héroe y antihéroe, mártir y pecador, patriota y traidor, se debate entre la fe y las dudas. En fin, es entrañablemente humano.

Algunos han comparado “El sueño del celta” a otras novelas de Vargas Llosa, y opinado que no alcanza el nivel de algunas de sus obras cumbres como “Conversación en la Catedral” y “La fiesta del chivo”. El comentario me parece superficial. Dejando a un lado las afinidades personales que podamos tener por los diversos asuntos y ambientes de sus novelas, nos encontramos ante un autor en plenitud, cuya obra en su totalidad, y esta novela en particular, justifican de sobra al galardón que recibirá en Suecia el 10 de diciembre.

“El sueño del celta” combina el rigor de una extensa investigación y la capacidad de descifrar los recodos más íntimos de los seres humanos. Es sin duda una obra de madurez, de esas que, más que entretener, hacen pensar. Un dardo que penetra hondo en la conciencia, y punza.

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Acerca de uvadearagon

escritora cubana
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5 respuestas a El sueño del celta

  1. Tendré que leerlo. Magnífica reseña

  2. dovalpage dijo:

    ¡¡Tus reseñas animan a leer!!

  3. Gerardo Piña-Rosales dijo:

    Excelente reseña. Totalmente de acuerdo con tus apreciaciones.
    El único reparo que le pondría a la novela es el exceso de referencias factuales. En otras palabras, creo que la novela hubiera quedado mejor si los tres focos de acción –el Congo, la Amazonía, Irlanda/Inglaterra/Alemania– despertaran el mismo interés; no es así:
    en el relato de las peripecias independentistas de Casement pesan demasiado los hechos.
    Gerardo Piña-Rosales
    Director, Academia Norteamericana de la Lengua Española.

  4. Armando R. Carvallo dijo:

    muy interesante y, como siempre, magistralmente reseñada…

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