Un Nobel para Mario

Diario Las Americas
Publicado el 10-27-2010

Un Nobel para Mario: entre el realismo y la utopía

 

No hay discusión. Mario Vargas Llosa es en la actualidad el escritor latinoamericano de mayor relevancia. El premio Nobel de Literatura que acaban de concederle viene a confirmarlo. La obra de este peruano universal es, por su extensión y nivel, verdaderamente superior. Hay más. Se trata de un intelectual coherente, comprometido, valiente, que expresa sus opiniones sin cortapisas, que denuncia tanto a las izquierdas como a las derechas cuanto se atreven a reprimir lo que más valora: la dignidad del ser humano.

Perú, en el centro de sus novelas tempranas, fue su primer amor. Supo, como nadie, asimilar las características narrativas del “boom”. “La casa verde” (1966) con su multiplicidad de hilos narrativos, montaje de planos espacio-temporales, efectos impresionistas, monólogos interiores, es muestra de una destreza técnica y un virtuosismo del lenguaje singulares. Más allá de la estructura, la pericia y el estilo, esa novela, como antes “La ciudad y los perros” (1963) y más tarde en “Conversación en la Catedral” (1969) es una denuncia de los conflictos raciales, sexuales, morales y políticos de la realidad peruana.

Hombre de múltiples viajes y lecturas, Vargas Llosa amplía su mirada a toda “Nuestra América” y nos ofrece obras tan variadas como “La guerra del fin del mundo” (1981), una incursión en la realidad sociopolítica de Brasil a fines del siglo XIX, y “La fiesta del chivo”, retrato sobre la larga y cruel era de Rafael Leónidas Trujillo en la República Dominicana, que se inscribe en la tradición latinoamericana de novelas sobre dictadores. En su narrativa más reciente, “El paraíso en la otra esquina” (2003), “Travesuras de la niña mala” (2006) y “El sueño del celta” (2010) describe escenarios que recorren todo el globo terráqueo.

Además de diecisiete títulos de novelas y cuentos, donde también está presente el sentido del humor y el erotismo, Vargas Llosa ha incursionado con éxito en el género del teatro, con obras como “La señorita de Tacna” y “Kathie y el hipopótamo”; ha ejercido con lucidez la crítica literaria, como lo demuestran “La orgía perpetua: Flaubert y Madame Bovary” (1975) y “La verdad de las mentiras: ensayos sobre la novela moderna” (1990), y ha escrito infinidad de artículos periodísticos, algunos en verdad breves ensayos, que son pequeñas joyas.

En esta obra tan extensa y variada, existen sin embargo varias constantes que conviene señalar. En Vargas Llosa está siempre latente la tensión entre el realismo y la utopía. Como intelectual latinoamericano viene de una tradición en que la literatura ha tenido un sentido utilitario. Hay plumas que se han dedicado a matar dictadores. Otras se han visto imbuidas de la necesidad de plasmar nuestra lucha constante entre la barbarie y la civilización. Para escapar realidades a menudo ramplonas, algunos de nuestros escritores buscaron un componente mágico. Vargas Llosa, no. Para él la manera de superar los límites de la realidad, reside en ese elemento añadido que convierte la narración de un hecho real en literatura. Es decir, el escritor ha ido tejiendo hilos invisibles que ensanchan las posibilidades de nuestras vidas cotidianas y nos ha creado un mundo donde podemos sumergirnos, no para huir, sino para enfrentar la vida y superarla.

Además de haber pasado infinidad de horas disfrutando de la lectura de la obra de Vargas Llosa y aprendiendo de él, he tenido el privilegio de tratarlo desde hace casi veinte años. Lo conocí a mediados de los años ochenta aquí en Miami en una puesta en escena de “Kathie y el Hipopótamo”. En el intermedio, habló animadamente con mi profesor Kessel Schwartz y conmigo. En 1990 le otorgamos un doctorado honoris causa en FIU, donde al año siguiente regresó para dictar un curso sobre José María Arguedas. Tiempo después, invitado por el Museo de la Universidad, vino a ofrecernos una inolvidable conferencia sobre Fernando Botero. Tengo el orgullo además de que asistiera en 1994 a la presentación de mi libro “El caimán ante el espejo” y lo comentara en una de sus columnas. Lo he entrevistado para la televisión y la prensa; hemos compartido cenas y gratas horas de charla. Reseñé para estas páginas de “Diario Las Américas” la entrega a Vargas Llosa del Premio Cervantes en Alcalá de Henares, donde Mario tuvo la amabilidad de presentarme al Rey Juan Carlos I durante la recepción.

Vargas Llosa es un conversador fascinante, de una curiosidad insaciable, disciplinado en su trabajo, profesor responsable que prepara sus clases con diligencia, hombre de familia, amigo leal y generoso (siempre agradeceré sus consejos cuando escribía mi novela y más aún, el fax que me envió con motivo de la muerte de mi padre, que había presidido la mesa dos semanas antes cuando Mario y su esposa Patricia cenaron en nuestra casa).

Aparte de felicitar calurosamente a Mario Vargas Llosa por el Premio Nobel de Literatura, tan merecido, aplaudo a la Academia por hacer, al fin, tan acertada selección. Y bato palmas por nosotros, los que hablamos y escribimos en español. Es un premio a nuestro idioma, nuestra cultura, nuestra literatura. Y a la integridad ética y moral de un intelectual que hemos visto crecer y desarrollarse a lo largo de su obra, sin miedo a experimentar ni a repetirse, siendo siempre distinto y el mismo. Sus mentiras –es decir, sus ficciones– se construyen invariablemente sobre el eje de sus valores. Sus lectores y amigos estamos de plácemes.

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Acerca de uvadearagon

escritora cubana
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2 respuestas a Un Nobel para Mario

  1. Armando R Carvallo dijo:

    Maravilloso escritor el laureado, y estupendo el artículo…

  2. maria-cristina williams dijo:

    He disfrutado muchisimo leyendo no solo el articulo tan bien escrito sobre Vargas Llosas si no tambien todos tus otros comentarios y articulos.
    Como siempre orgullosisima de ti! Abrazos, Ma.Cristina

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